Cuento: El suicida, por Luis Gálvez

SE BUSCA VOCALISTA PARA BANDA DE ROCK «LOS SUICIDAS». QUE VIVA EN ZONA CENTRO-NORTE. FAVOR DE LLAMAR AL 55 22 15 92 64 CON ENRIQUE RIZO.

Este mensaje lo vi pegado en la pared de un viejo casino en Montevideo esquina con Eje Central. Llamé cerca del mediodía y me contestó el tal Enrique. Después de presentarme le dije que desde chiquito mi sueño era formar parte de una banda de rock, y el muy pendejo se empezó a reír diciéndome que ya estaba grande, que no anduviera con chingaderas de sueños y que empezara a vivir en la realidad. Escúchame bien, pendejo, le dije, Tú eres la persona menos indicada para hablarme de eso, así que por favor agéndame una cita con la verdadera banda y vete a chingar a tu madre. Okey, nena, dijo Enrique, Te esperamos hoy a las 7 pm en el Café Minichelista, y me colgó.

Por supuesto llegué antes de la hora citada. Así tendría oportunidad de verlos llegar. Pedí un café con leche y pedí que pusieran algo de Gustavo Cerati. ¿Cuál gusta, joven?, me preguntó la mesera. Bocanada, respondí.

Como suele suceder siempre que pido esa canción, se equivocaron y en lugar de poner la rola, pusieron el CD completo. Primero escuché Tabú. La voz de Cerati en esa rola siempre me da en la madre, me causa escalofríos. Engaña casi no me gusta, la voz es muy melosa y la letra me da sueño. Justo cuando empezó Bocanada llegaron Los Suicidas.

Contra lo que yo esperaba, me reconocieron enseguida. Quizá porque era el único hombre en el café, quizá porque estaba cantando o, quizá, porque estaba llorando. ¿Por qué lloras, cabrón?, me dijo Julián. No sé. Pensé que no iban a venir, contesté.

Se presentaron uno a uno: Julián Bermúdez, guitarras. Óscar Soria, bajo. Daniel Arias, batería. El último en presentarse fue el puto Enrique Rizo. Qué apellido tan culero, pensé. Bueno, pues yo me llamo Roger Mora, tengo 20 años y vivo cerca de Indios Verdes. Espera un momento, dijo Enrique. ¿Tú eres el pendejo que cantaba con No Más Ruido? El mismo, le respondí. No podemos tener a este cabrón en la banda, dijo Enrique. ¿Por qué?, preguntaron. Porque siempre se poner bien pedo y bien pacheco antes de salir al escenario, dijo Enrique. ¿Y qué? Eso todo mundo lo hace, dije. Sí pendejo, pero nadie se mea y después se pone a llorar en el escenario.

Todos en el café lo escucharon. Todos se empezaron a reír. Es más, se empezaron a burlar de mí. Puta madre, pensé, esta madre es como una maldición, y las bandas como una mafia, pasa algo en una y en seguida se pasan el dato. Después del café no recuerdo nada, sólo recuerdo llegar a mi habitación, desnudarme, darle la espalda a mi cama, encender un cigarrillo, soltar la primera bocanada y dejarme caer de espaldas como una estrella de rock.

Luis Gálvez. (Ciudad de México, 1996). Estudia la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM.

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