Cuento: Sin título, por Aurora Sanchis y J. L. Mejía

Tengo un recuerdo: soy pequeña y estoy parada en medio de un campo verde, no sé si es un campo, todo se ve verde. Hay mucho pasto bajo mis pies, solo pasto durante un par de metros, luego los árboles se levantan formando un círculo y llegan hasta el cielo, al menos eso parece. Probablemente no sea un recuerdo, no recuerdo nada. No tengo idea cómo llegué ahí, por qué estoy sola o si estoy sola, no sé para qué estoy en ese lugar, qué es ese lugar… solamente sé verde. Verde y rosa, mi vestido es rosa, pero no, creo que ahora es verde.

—Laura. Laura, oye, ¡Laura!

También la voz es verde, mi voz no es verde… ¿o sí? ¿Dónde dejé mi voz? ¿Tenía una cuando llegué aquí? Recuerdo que la perdí, no, creo que la perdí. Creo… creo… creo… qué palabra tan verdosa.

—¡Laura! Ah, ahí estás… por Dios, de nuevo estás tirando toda el agua. Es neta, no puedes estar tirándola, parece que no sabes cómo está el mundo.

—¿Qué? Ay… demonios. Perdón, cariño, no sé qué me pasa. Estaba lavando los trastes y luego…

—Te perdiste de nuevo en la ventana, ya lo sé. Te dije que tenemos que tapar esa maldita ventana. Tú sabes que te amo, de verdad que te amo, pero en serio eres un desastre.

—Lo sé. Lo siento. Tal vez no he dormido bien, creo que debería quedarme a dormir y quizás así…

—Así nada, tenemos que irnos ya, ¿tú crees que nos van a esperar toda la vida?

—No me regañes, Ana, ya te perdí perdón. Es solo que no estoy bien, parece como que no estoy aquí.

—Pues yo aquí te veo. Anda, mi niña, ve por tus cosas y vámonos ya.

Le sonrío un poco de mala gana, una sonrisa sardónica que espero no note. Detesto discutir con ella. Arrastro mis pies, casi, apenas los levanto del suelo para dar los pasos. Me deslizo, sí. Me deslizo viperina hacia el cuarto, tomo la bolsa y, antes de salir, me miro en el espejo. El vestido me sienta bien, el vestido verde que escogí para hoy me sienta bien. Me pongo de perfil y acaricio mi vientre. Sí, ella, quizá también será verde, quizá.

—¡Apúrate ya, Laura! —escucho a Ana gritar, me parece, desde la puerta.

“Sí, ya voy”, digo, no, musito para mí misma y vuelvo sobre mis pasos para alcanzarla en la puerta. Mis pies siguen casi deslizándose sobre el azulejo. Es como si flotara. Cuando alcanzo a Ana, la tomo de la mano, me regalo un beso de sus labios, uno suave, pero rápido y acaricio su vientre abultado. ¿Y él será verde, será azul o rojo? Quizá sea azul como su madre, o quizá rojo como su padre. “Perdona, cariño”, le susurro al oído con la poca voz que tengo, voz que parece expirar.

Se abre la puerta. Nos da su mano fría y con voz siempre profunda, como venida del más allá, nos da la bienvenida. Ese doctor siempre me ha parecido tan frío, tan neutral que a veces me pregunto si los bebés están en buenas manos. Sus manos son tan frías, no puedo evitar imaginar cómo sería sentir sus manos como primer contacto después de salir de un lugar tan cálido, de un hogar. Cuando pienso en ello, me dan escalofríos, me siento… ¿muerta? Pero es un doctor de confianza para Ana y su familia. Toso. ¿En dónde habré dejado mi voz?

—Muy bien, procedamos a hacer el chequeo. Como les mencioné antes, es muy importante que hagamos un último ultrasonido para asegurarnos de que los bebés se encuentran en las condiciones adecuadas y de que se desarrollan bien para llegar en un par de meses . ¿Quién primero, señorita Ana?

—Claro. ¿Igual que siempre?

—Sí, ya conoce el procedimiento. Cuando esté lista me llama.

Ahí va Ana, tan tranquila, siempre me ha gustado verla caminar y ahora, con nuestro bebé agregando carga, lo disfruto mucho más. Es como ver un barco en altamar, digo, yo me imagino que así se veían los grandes barcos al navegar.

—Ya está, doctor.

En cambio, él, él camina como dando traspiés. Parece que no sabe lo que hace, sus pies se enredan vaticinando un gran desastre. Yo se lo dije, se lo dije a Ana cuando me trajo aquí por primera vez “Sus pies nos tienen condenadas”, pero no me creyó. Me hizo una de esas muecas que pone cuando cree que estoy diciendo disparates y se lanzó a hacerle “las mil preguntas sobre maternidad que debes hacer a tu doctor» según una de esas revistas de súper mercado. No eran mil, eso espero, yo no las leí. Ana me dio la revista después de aprendérsela de memoria, pero cuando comencé a hojearla me distraje. Ese día había un ruido extraño en la ventana, esa condenada ventana sobre el fregadero, se iba haciendo más molesto conforme pasaba las páginas y tuve que pararme a ver qué lo provocaba.

Me encuentro de nuevo mirando a través de la ventana. Ayer, el doctor dijo que todo iba bien con el embarazo. “Viento en popa” fueron sus palabras. Lleno la regadera, siempre me ha gustado el sonido del agua al caer, me refresca. Dentro de mí un globo se rompe, casi puedo escucharlo. Siempre me ha gustado el sonido del agua al caer, no para, no para de caer como cascada. “Yo se lo dije, se lo dije a Ana”, me digo. Me dirijo al jardín, le hace falta agua a ese rosal. Camino lento, levito, me deslizo entre el pasto y la tierra. Todo se ve verde. Es fresca la sensación del pasto cuando mi cuerpo cae sobre él. Todo es negro.

Abro los ojos. Estoy tirada en medio de un campo verde, no sé si es un campo, todo se ve verde. Hay mucho pasto bajo mis pies, solo pasto durante un par de metros, luego los árboles se levantan formando un círculo y llegan hasta el cielo, al menos eso parece. “Yo se lo dije, se lo dije a Ana”. No tengo idea cómo llegué aquí, por qué estoy sola o si estoy sola, no sé para qué estoy en este lugar, qué es este lugar… solamente sé verde. Verde y rosa, mi vestido es rosa, pero no, creo que ahora es verde.

Veo una silueta salir al jardín, al fin llegó Ana. Corre, corre hacia mí, se hinca y me levanta el vestido. “Yo se lo dije, se lo dije a Ana”. “Sí, ella, quizá también será verde, quizá”. Estoy tirada en medio de un campo verde, no sé si es un campo, todo se ve verde. Quiero gritar, pero me ahogo en mi voz. El rostro de Ana no puede disimular el miedo.

Ese día había un ruido extraño en la ventana, esa condenada ventana sobre el fregadero, se iba haciendo más molesto conforme pasaba las páginas y tuve que pararme a ver qué lo provocaba.

“Yo se lo dije, se lo dije a Ana”. A su espalda, encuentro mi asustado rostro enmarcado en la ventana.

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