El mundial después de Galeano, por Fernanda Piña

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El año 2015 llegaba a su centésimo tercer día cuando Eduardo Galeano partió del plano terrenal. Apenas un año antes colgaba en la puerta de su hogar, como cada cuatro años, un cartelito con la frase «Cerrado por Mundial». Su libro, El fútbol a sol y sombra, estaba en constante actualización gracias, en gran parte, a que ese cartelito le permitía vivir en estado de fútbol (sí, así con la tilde «sudaca» en la u, no con pronunciación mexicana) durante prácticamente un mes sin interrupciones. El 2018 es un año mundialista con muchas peculiaridades, con la notable ausencia de selecciones como Italia, Países Bajos, Chile y Estados Unidos. Sin embargo, la ausencia que más le pesará a los románticos del fútbol es la de Eduardo Galeano, pues por primera vez su pluma no se volcará en narraciones emotivas de goles ni relacionará a este Mundial con un contexto político como sólo él se atrevió.

Si algo nos ha regalado la República Oriental del Uruguay ha sido una gran cantidad de grandes manos y de grandes pies. Este país del Cono Sur, en sus 176 215 km2, ha visto nacer a escritores de fama internacional y a auténticos ídolos del balompié. A Galeano le tocó nacer con un indiscutible talento para las letras y, según él mismo, con una tremenda falta de habilidad para controlar el balón. Lo de Galeano y el fútbol podría pensarse a simple vista como un amor no correspondido, pero el fútbol no sólo corresponde a sus enamorados permitiéndoles jugar sino también dejándose escribir. Este era un uruguayo al que tampoco se le daba eso de hinchar por un equipo, pues su amor por el fútbol le impedía no ovacionar a cualquier equipo que diera cátedra de cómo domar un balón y ponerlo a dormir al fondo de la portería rival. Fue un supuesto hincha del Nacional al que no le molestaba el aurinegro de Peñarol. Me atrevo a decir, sin el menor atisbo de duda, que Eduardo Galeano fue el escritor que mejor ha comprendido el fútbol en la historia, no sólo como un deporte que mueve pasiones en el mundo entero sino también como uno de los negocios más propensos a la corrupción que ha existido. Logró lo que pocos aficionados –sin hablar de escritores- han podido hacer, tenerle más amor al balón que a cualquier color de jersey o cualquier dorsal en éste.

Para Galeano, el fútbol no era sólo el juego en el que 22 hombres adultos en pantalones cortos se dedicaban a patearse un balón entre ellos durante más de 90 minutos ante la mirada expectante de un montón de personas portando un jersey a imitación de sus ídolos. Era para él una ventana a un mundo impregnado por conductas racistas, xenofóbicas, misóginas y homofóbicas. Era un lugar en el que gran parte de los problemas del mundo se hacían presentes de una manera simplificada, como una oportunidad de entender causas y efectos. Es decir, representaba todo lo contrario a una distracción para evitar armar una revolución, como muchos intelectuales lo hicieron ver. Como él decía, las semejanzas entre el fútbol y Dios son: la devoción que le tienen muchos creyentes y la desconfianza que le tienen muchos intelectuales.

Escribir un gol no es cosa sencilla. En esa tarea debería haber más pasión que en cualquier novela erótica. Es la euforia colectiva que puedo incluso producir movimientos telúricos como el que se registró en Perú cuando cayó el tanto que llevará a la nación inca a un Mundial tras 36 años de ausencia. Es ni más ni menos que el orgasmo del fútbol, como él mismo lo describió y, como tal, es cada vez menos frecuente en la vida moderna. No hay mayor sacrilegio para Galeano que el fútbol que se juega a «no perder» en vez de ganar. Es ese el punto máximo del fútbol como negocio y algo que los enamorados del deporte no deberían permitir. Es, también, seguramente lo que se verá en Rusia 2018. Un 0-0 no es más que un par de bostezos. Muchos llaman al gol el «invitado» cuando debería ser el protagonista.

El fútbol ha convertido a sus actores en publicidad andante; a sus espectadores en consumidores y a sus directivos en millonarios, pero no hay página en El fútbol a sol y sombra que permita olvidar la alegría que producen los 90 minutos del deporte más famoso del mundo.

Existe un término en el fútbol llamado «garra charrúa» que se utiliza para describir el particular coraje con el que los jugadores uruguayos hacen frente a cada uno de sus partidos. Ya para que tenga un nombre es porque es algo insólito. Fue uruguayo el primer equipo que se coronó campeón del mundo en la historia y uruguayo el escritor que se encargó de transportarnos mediante palabras a cada uno de los mundiales desde Uruguay 1930 hasta Brasil 2014. La «garra charrúa» es el mito que le impide a cualquier rival dar por muerto al equipo celeste antes del pitazo final, se trata de la capacidad de los charrúas de dar siempre un poco más aunque ya no se espere nada de ellos. Uruguay es la cuna del fútbol que enamora, ese que se juega para conquistar no con su técnica, sino con su pasión. En la actualidad considero que está representada por la letal delantera que conforman Edinson Cavani y Luis Suárez. Si se aplicara la «garra charrúa”»a las letras uruguayas se podría concluir que el escritor uruguayo es también un ser cuyo coraje le permite abrirse paso y escribir su nombre en letras de oro en la literatura en lengua española. Los libros y el balón han puesto a Uruguay en el mapa del mundo.

Rusia 2018 será un Mundial nostálgico por la ausencia del máximo enamorado del fútbol pero abre la posibilidad de que imaginemos en cada partido las palabras que emanaría su pluma, el gol que más destacaría y la manera en que podría narrarlo para enchinarnos la piel. Por más que haya millones de dólares de por medio en el fútbol, las alegrías siempre serán más.

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Arturo reyes dice:

    Me parecen sobrebuscados los términos, para entender a Galeano y al futbol no hay que buscar dentro de la complejidad, hay que vivir dentro de la simpleza. La humilde opinión de un sociólogo enamorado del fútbol (con acento en la U) saludos.

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