Cuento: El cuerpo, por Jonathan Osornio

[Imagen: El grito, de Mauricio García Vega.]

 

A Camila, por la dulce saliva

Rasguñas tus muslos. La sombra desprendida en los objetos no ha alcanzado a confundirlo. El sudor seco de un golpe. Reconoce; a partir de una comezón infinita, rodea sobre la sábana. Las manos trémulas sobre tu sexo, en tu cuello; la sangre de tu cabeza.

Recoges tu cuerpo bajo la sospecha indistinta de haber restregado las sábanas. Misma pesadilla. Palpas las venas en tu frente. La piel roja, que tensa, en el espejo. Luz amarilla. Ahora caminas, procuras la reacción a todo movimiento o punto que acelere por el suelo. ¿Cómo había vuelto? Tres semanas sin sentirla. ¿Habría escapado? Cuando caía agua de tu espalda, en el baño. Al pisar el lodo o las coladeras. El asunto se mezclaba con las imágenes indecisas entre adustos recorridos y despertares en la madrugada. Empero, la comezón terrible, a veces imparable y otras del rojo de tus uñas rascando tu oído, no cedía al azar su fuga perenne. Venía, salía hacia todas partes. Suspiras, mojas tu cara. No ha sido ella, crees. Deberías estar dormido: la piel es un mar del que jamás saldremos. Horror, castigo. Miras los agujeros del azulejo en las paredes. Podrías asegurar que las figuras se desprenden para componer un movimiento, y sus formas se rompen en finísimos puntos.

¡Ahí va! Busca morderte. Golpeas tu frente contra el muro, cambia el curso. Desaparece. Una gota que entra. Vuelves a observar el espejo; al lado de la nariz, adentro de tu parpado, respira. Esta vez has podido sentir las decenas de pasos sobre el ojo. Otro golpe. Tan rápida: baja, ¡está bajando! De la oreja hacia la nuca. Todo lo rasguñas, y los globos oculares parecen romperse agónicos. No, nada. Palpas las huellas en los poros. Aprietas tu cabeza. Modelas los surcos de tu cráneo, intentas comprender sus rutas y caminos. ¿Dónde?

Recostado sobre la pared del baño cifras la calma. Esa noche había llegado más lejos. Abrazas tu cuerpo memorizando el sigilo; se había vuelto más rápida. ¿Qué estaba buscando? Vomitas, has podido recordar el ritmo de sus pasos en la garganta y los labios. El miedo de tener un cuerpo: el terror de no poder salir. La circunstancia perpetúa, un verbo azotado, inocuo, estéril. Mira la hora. No duermas. No cierres los ojos sin creerla. Miseria: la condición de huésped en tu propia piel. Ríes. Que más que la locura desbaratará la boca con los dedos recordando el tacto, el mismo pulso. Aquí: un mar está callado, está doliendo.

Amaneciste contra la puerta. El horizonte intermedio del piso con la luz del cuarto te obliga a revisar el mundo. Pestañeas. Silencio. Intentas sólo no tocar. Es domingo; esta tarde andarás con el pensamiento libre, y ejercerás la autonomía de poseer tu mano, la sensación de apretar agua, de dirigir el movimiento: volverás a poseer, dices, porque hoy vas a volver.

Toma un baño, revisa las puntas de tus extremidades. La sombra en cada vaho calca el aire. Nada. Anda a la calle intentando comprender lo liso de tus palmas, el prurito agotado. Di que el viento es suave y que eres sólo pensamiento; un fuego vestigial que te compone y da suertes a la idea de ser tuyo. Estoy sudando, murmuras, cruzando una calle. Eres. Aunque el Sol lastima; notas que reseca tus hombros, los abre para un polvo mínimo. Descansas, caes en la banca, bajo las sombras del parque. Te tocas la boca agradecido de sentirte tuyo. Los brazos cuelgan abiertos, sin presiones. Quizá la has aplastado, se fue pudriendo de calor.

Alrededor del impotente árbol, dos niñas juegan persiguiéndose: dos pieles blancas que ignoran el fuego. Sabes su encanto como el olor de un jardín oculto, la tela transparente. Tuya es la culpa de los ojos, la forma de un esclavo. La tez que repite el aire luminoso. La
espalda inmerecida de nieve. En medio del parque, mientras guardabas tus manos apenas, en los muslos, vuelve la comezón. Saltas, allí. Cómo sería verdad… abrazas tu cuerpo hasta romperte, hasta aplastarla; imposible. Tan rápida, ruin, ella se llena de tu sangre. Te pide que vayas, pero huyes de la escena desde la atención a un conjunto de ajenos quienes miran con remarque el desagrado de un hombre sacudiéndose las manos de ese modo.

 

Vuelve. Y pensar que la habrías matado. ¿Acaso te abandonaría cierta noche por el canal de un retrete o algún bizarro escupitajo desde el autobús hasta una coladera? No, ella no puede desprenderse de ti. Vuelve el esclavo. Control: te obligas mientras corres de regreso. El dolor es el placer de ser ajeno. Un hilo de sangre cae de tu ojo entonces. Mírate: va por tus hombros. Cierras las ventanas de la casa. Apagas la luz. Te avergüenzas tanto. Ella está debajo, en tu esternón. Juega, se ríe de ti. Rindes. El miedo, aunque preciso, te ha llevado a  comprender la culpa con el mismo hábito. Avanza más lento. Te muerde más lento, jala tus músculos. Recorre los círculos de tu pecho. Doblas en el piso; descubres los dos agujeros, oscuros de tan rojos, como muñones flácidos, que ha hecho. Estás decidido a matarla. Enciendes la bañera. El vapor le hace morderte la espalda, las escápulas, la clavícula. Anda alrededor de tu estómago. Tu insecto no ha parado de moverse al sentir ese calor. La ha espantado. Va y viene de tus labios a tus glúteos; hoy quiere salir. Al fin, salir de ti. Tocas el agua hirviendo con el índice. ¿Te quemarás? Y ella contigo; un vértigo que mira al cielo.

¿Recuerdas la primera vez que sucedió? Ella besaba tu vientre, cerraba sus manos en las
tuyas. Cuánto placer no sentías hasta que, rota en el espanto, retrocedió gritando al ver la figura, la ovalada sombra interna que corría por tu cintura en absoluta libertad. Daba vueltas por tu torso al tiempo que buscabas recuperar sus manos, seguir, besarla. Quién fuera testigo del asco con el que miró el cuerpo habitado por la ágil cucaracha, la reticencia íntima al afán de sus ojos de niña pidiéndote una vez destrozado. Huyó. Jamás pudiste.

Mas todo acabará pronto. Cierras la llave. Ella circula en tu cabeza. La quemarás. Sin poder soportar esa temperatura, el ardor del agua enfurecida y tú verán su frenesí, un relámpago. Pero como si un ingenio impredecible avivará la estrechez, mueve sus antenas. Todavía en tu frente, mira tus ojos e intenta competir. Camino recto, baja hacia tu ingles. Un movimiento te procura el vómito, pero no. No es lo que piensas. Ves atónito: ella sigue bajando por giros. No puedes capturarla, menos ahora. Tan ágil como nunca. Rodea tus testículos pesándolos, quizá los ensaliva antes de morder. Te sacudes, más. Y te rompes.

 

Cuando entendiste, intentaste saltar a la bañera, pero el dolor, uno jamás comprendido por ningún hombre, te hincó, quieto o sumiso observando el trazo inevitable de su ritmo. Tu miembro erecto que dolía de tanta sangre corriendo, y las arterias de tu cuerpo gritando que se detuviera. El dolor, que sólo pudo parecerse a la imaginación de un cuchillo saliendo por tu glande, impulsaba tu lengua con insultos, pero ella haría el esfuerzo hasta salir. ¿Cómo explicar la violencia de tu grito? La sensación de ver sus antenas asomándose en tu uretra, el cuerpo negro y lustre con la luz refleja, café. Su modo más ajeno. Y no podía salir, no.

Sólo observaba tu rostro. Conocía la cara de su esclavo frente a frente. Volvía a sentir el aire. Conmovedor. Sus mínimas patas, como navajas, rasgaban tu sexo, y la piel rosada se
amorataba hasta conseguir un escarlata vivo. Cuanto no hubieses dado por salir de tu cuerpo ese momento. Ella, con la mitad adentro y la mitad fuera, entre el aire y tu miembro destruido te siguió mirando. De pronto, sentiste, salió, como de absoluto ánimo, a toda duda, sin pausa, hasta la punta. Podías sentir como pasaba lento, como sonriendo, su vuelo eyecto, casi como el abandono de tu cuerpo, casi podrías hacerlo. Salir, seguías respirando.

 

Al verla, notaste que era un ser blanco, sólo una forma de saliva espesa, un moco transparente. Derrotado, frágil, volviste a buscar en tu cuerpo su forma, su pulso. No estaba sino tú: recostado, en pausa perpetúa, con la sangre abierta, roja y blanca, sólo tú, muerto.

 

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Foto: Grecia Pérez Calderón

Jonathan Osornio. Estudiante del otoño, se ha especializado en la caída de las hojas cuando llueve en los parques. Ha colaborado con el tiempo en la creación de su memoria y en diversos proyectos de resistencia anónima. En el campo de la estadística sobresalen los dos besos que ha dado, la pila de libros que aún no ha leído y un diseño sin concluir de cómo querría a alguien, del que, dice, falta mucho por hacer. Actualmente trabaja en conjunto con la luna en la formación de un recuerdo que logre entender la nostalgia. Entre sus principales reconocimientos, destaca haber mirado una rosa por más de tres horas, declararle su amor a la lengua y emocionarse ipso facto de ella. Cabe decir que se considera un pájaro con cuerpo de mujer, pero disfrazado de hombre, y no duda admitir que, en el fondo, él también ha llorado.

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