Fragmentos de Milenio Ouroboros, por Martha Rebolledo

Relato encontrado entre las Crónicas de la Luna Fantasma en el 21 LAB del año I de la ECA

 

Fragmento I

Sólo vio un gran fuego que la envolvía junto a alguien más. Luego vino la oscuridad y las voces resonando en el vacío:

—¿Has pensado alguna vez en la fugacidad de la muerte?

—La muerte es tan sólo un instante para estar juntos antes que el soplo de la vida vuelva a enfrentarnos…

Despertó con el corazón latiendo, sudorosa, jadeante y con el eco de las voces aún resonando en su cabeza. No entendía el significado de ese sueño, pero lo había tenido tantas y tantas veces. Volteó a ver a Phen que dormía plácidamente a su lado. De seguro él reiría si ella le contara ese sueño absurdo. Aun inquieta decidió no pensar más en ello, todo era un sin sentido. Volvió a dormirse ya sin soñar nada más.

A la mañana siguiente despertó sin recordar su episodio nocturno, pero con una nostalgia que le laceraba el alma. ¿Qué sucede Arian? Le había interrogado Phen durante el desayuno. Nada, había sido su respuesta, a la que por cierto le añadió una convincente sonrisa. Sin embargo, todo el día mantuvo esa melancolía que la incitaba a escribir durante horas interminables, aunque eso significara descuidar su trabajo.

Phen y Arian tenían una vida de lo más común: se habían casado jóvenes e intensamente enamorados y ahora, después de 10 años de matrimonio su convivencia se había tornado rutinaria y sin sorpresas. Ya no quedaba más que una chispa del gran amor que se tuvieron. Sin embargo, disfrutaban estar juntos y charlar largas horas frente al fuego de su chimenea al regresar del trabajo. Phen era programador en una gran empresa de cómputo, no ganaba una fortuna, pero su sueldo era suficiente para una vida holgada. En cambio, Arian era maestra de literatura y tenía un sueldo bastante modesto. No habían tenido hijos, lo que quizá hubiera roto su rutina y contribuido a hacer su matrimonio más activo. Tal vez todo hubiera continuado igual por 10 años más de no haber sido por un hecho extraordinario que transformó sus vidas.

Cada año tomaban vacaciones, era su gran aventura anual. Hacían sus maletas, se subían al coche y elegían un destino al azar. Claro que después de 10 años de hacerlo conocían casi todo el país, y las sorpresas que se les presentaban eran cada vez más escasas. En esta ocasión incluso habían pensado cancelar y quedarse, por primera vez, viendo televisión en su casa durante los 15 días que duraban las vacaciones de ambos. Y lo hubieran hecho, de no ser por una llamada familiar que les pedía volver a su ciudad natal, la abuela de Arian estaba moribunda. Así que, por esta vez, sus vacaciones se convertirían en funerales.

Hicieron sus maletas en silencio, subieron a su coche y se encaminaron a su antigua ciudad. Había dos maneras de llegar allí, la más rápida era la autopista que, en cierto punto, cruzaba parte del océano. Esa parte del viaje ofrecía el más hermoso panorama que se podía imaginar, ocho carriles de concreto con el mar cercándolos a ambos lados. En ocasiones, el agua golpeaba con tal fuerza que incluso inundaba parte de la autopista, pero casi siempre el mar era calmo y hermoso. Así lo veían ahora ellos, una extensión azul y límpida ante sus ojos. Algo extraño era que la carretera estaba casi vacía, se habían topado tan sólo con dos o tres coches en los casi 13 kilómetros que llevaban de recorrido.

Todo sucedió muy rápido, habían visto que venía un tráiler en los carriles contrarios, se acercaba a una velocidad impresionante y de pronto se les vino encima, no tuvieron tiempo de maniobrar y lo último que vieron fue el choque del parabrisas contra la superficie azul. Phen quitó rápidamente el cinturón de seguridad de Arian y el suyo… Aguanta la respiración amor, le dijo y acto seguido pateó con fuerza el parabrisas para soltarlo. Curiosamente lo logró con gran facilidad. Luego arrastró a Arian hacia la superficie.  Al emerger todo el panorama había cambiado, las nubes oscurecían el cielo y se desató una fuerte tormenta. Una ola gigantesca los separó y no vieron nada más.

Cuando abrió los ojos, Arian pensó que todo había sido un sueño. La luz del sol entraba por la ventana y todo parecía en orden, pero al intentar moverse un fuerte dolor le atravesó el pecho. Tranquila, dijo una voz de mujer autoritaria y suave. ¿Quién eres? preguntó Arian. Me llamo Beida, dijo la voz. ¿Dónde estás, no puedo verte? Estoy aquí, pero aún estas aturdida por el golpe, no te apures, todo pasará pronto. ¿Dónde está Phen? Estabas sola cuando te encontré, no sé de quien hablas. Arian guardó silencio ante esas palabras y reprimió un sollozo, nunca le gustó que nadie la viera llorar.

Permaneció con Beida durante el largo tiempo que duró su recuperación, y jamás volvió a preguntar por Phen. Algo en su interior le hacía sentir que estaba bien, aunque a veces, salía de la cabaña y atisbaba el mar por horas y horas, como si esperara que en cualquier momento él apareciera. Lo gracioso fue que no intentó llamar a su casa, ni siquiera para saber qué había pasado con su abuela. Tampoco se preocupó por contactar con su trabajo. Habían transcurrido tantos días que lo más seguro es que ya lo hubiera perdido. Era como si de pronto nada le importara del mundo, más que estar con Beida y aprender de ella.

Y vaya que aprendía con rapidez. A la semana de estar allí Beida le había confesado a Arian que era una maga, revelación que hizo aparecer una sonrisa indulgente en su rostro, entonces, Beida le demostró con hechos sus palabras y la sonrisa desapareció instantáneamente para dar lugar al asombro y, después, a la curiosidad. Arian le pidió ser su aprendiz, esta vez, la sonrisa fue de Beida.

Sin embargo, le permitió permanecer allí, aunque jamás le enseñaba nada relacionado con la magia, pero sí otras cosas. Hablaban durante horas y horas de temas tan extraños para Arian como el mundo de los sueños, o el despertar de su «manes». Una «manes» como le había explicado Beida es una especie de alter ego que guerreros muy especiales poseen, la «manes» le permite luchar en aquellos mundos donde el cuerpo no puede entrar, Beida les llamaba «simetrías». Es decir, aquellos universos más sutiles o más densos, en los que las leyes que conocemos para este mundo no tienen validez alguna. Había varias «simetrías», pero sólo la «manes» podía acceder a ellas. Arian absorbía el conocimiento con avidez y también la práctica física para convertirse en guerrera. En pocos meses logró dominar la espada con una perfección asombrosa, además, era capaz de mantener diálogos profundos con Beida; sin embargo, su «manes» no aparecía, ni su magia, ni era capaz de interactuar con las «simetrías» de las que Beida hablaba. Arian era tan sólo una teórica de todos esos avatares.

En ocasiones, cuando se quedaba mirando el mar recordaba a Phen y a su vida anterior, pero no la añoraba, era tan común, que no podía comprender cómo la había soportado por tanto tiempo. Pero a Phen sí lo extrañaba, deseaba tanto compartir con él todo lo aprendido, quizá el fuera más hábil, quizá él podría despertar a su «manes» con mayor facilidad.  No obstante, nada sucedía, los días se acumulaban y todo seguía igual, eso la frustraba y, en ocasiones, la hacía desear marcharse, renunciar a algo que jamás tendría.

El salto se dio una noche de manera casi imperceptible. Arian se durmió como de costumbre temprano, dejando a Beida en sus elucubraciones nocturnas. Entonces soñó que estaba parada frente a su maestra y comenzaba a girar rápidamente, rápido, cada vez más, hasta que sintió claramente que su cuerpo se escindía, se convertía en dos. De pronto se detuvo y lo supo, su «manes» había despertado y estaba lista para combatir.

No tuvo necesidad de decirle a Beida lo que había experimentado, a la mañana siguiente, su maestra estaba sonriente y tan sólo dijo: Anoche conocí a Luan, es fuerte y totalmente implacable. Arian sonrió y asintió en silencio. A partir de esa noche Luan salió a recorrer las otras «simetrías» con Hida, la «manes» de Beida.

Era asombroso recorrer esos mundos, los había oscuros y los había luminosos y Luan podía entrar a todos ellos. En ese tiempo Luan había descubierto que era bruja, pero que la magia no estaría con ella, aunque al principio le molestó un poco, después descubrió que ser bruja no era tan malo, podía volar y transformarse a voluntad, y en las simetrías oscuras esas habilidades eran muy apreciadas…

 

Fragmento II

… Había aprendido mucho de los guerreros de Og, especialmente de Astrid, que con mucho era la mejor caballero que había conocido en todos sus viajes en las «simetrías». Ella le había enseñado muchas mañas con la espada, a estar siempre al acecho, aún cuando dormía, pues un guerrero no podía jamás descuidarse. Luan aprendió todo lo que pudo pues deseaba llegar a ser la poseedora de Tarhen.

Tarhen, la espada mágica del reino de Og, sólo la podía poseer una mujer, pero no cualquiera, sino aquella guerrera noble, la que acompañará al Rey en todas sus batallas. Además, era especial por otra razón: podía cortar lo denso y lo sutil con la misma facilidad. Quien la posea puede matar carne y ánima, había dicho alguna vez Astrid a Luan.

Un buen día, el Rey de Og reunió a todos sus guerreros alrededor del lago de palacio. Hoy, tronó su voz, Tarhen ha vuelto a surgir de entre las aguas, lo que significa que una de nuestras guerreras será elegida para portarla. Todos rompieron en vivas y aplausos, pero una mirada sombría cruzó rápidamente el rostro del Rey a pesar de su aparente felicidad. Sólo Seikan, la maga oficial del reino, supo la razón pero nada dijo, como era su costumbre.

Comenzó pues la ceremonia, Seikan abrió el espacio mágico y Tarhen emergió del lago y se mostró en todo su esplendor. Era una espada larga y de apariencia ligera, su hoja tenía un doble filo y un brillo verde refulgía en ella. Su mango era de plata con incrustaciones de una piedra verde que Luan no pudo identificar, pero que formaban curiosas filigranas en espiral.

Tarhen giró lentamente con la punta hacia los guerreros que se encontraban alrededor del lago. De pronto Luan sintió que no era lo suficientemente buena para poseer un arma de tal poder, pero también supo que seguiría fielmente a quien la poseyera, Ahora, mi corazón es tuyo, pensó Luan dirigiéndose a Tarhen. Justo en ese momento la espada se detuvo en dirección de Luan, ella no podía apartar la vista de la espada, se sentía a la vez temerosa y extasiada. Tarhen avanzó hacia ella y, como si una mano invisible se la ofreciera, se presentó con el mango hacia Luan. La guerrera se quedó sin voz, alargó la mano, agradeció con la cabeza y tomó la espada. Sintió desfallecer, sin embargo, su corazón latió con fuerza y una potente voz salió de su garganta, Esta es la espada de Tarhen, que por generaciones ha protegido al pueblo de Og. Juro no deshonrarla y pelear siempre con valor. Usarla sólo en el momento preciso en contra del enemigo.

Hubo aplausos seguidos de fiesta que el Rey no compartió y Luan tampoco, ahora tenía que enterarse de su destino, porque Tarhen era una espada mágica de luz que sólo surgía en los momentos de mayor oscuridad…

 

Fragmento III

… Llevaban ya varias jornadas en batalla, Astrid se había mostrado como la más fiel defensora de Luan y juntas eran prácticamente invencibles. Sin embargo, sabían que los ejércitos a enfrentar eran vastos, tanto como los fuegos del infierno de donde procedían. Og se enfrentaba con Firia, tierra regida por demonios que pretendían adueñarse de todas las “simetrías” existentes. Sólo Og los separaba del mundo del que procedía Luan y ella estaba dispuesta a detenerlos antes que eso sucediera. Pensaba en Phen constantemente, se decía a sí misma que no permitiría que él viviera el sangriento caos que ahora ella presenciaba, y luchaba con mayor ahínco para derrotar a Firia, sólo que el destino la encontró antes, tal como Seikan le predijera antes de partir a la batalla:

Tienes la marca de Tarhen, Lua, y es una marca trágica. Partirás a la batalla y ganarás sólo si permites que el corazón de Arian hablé. Pero no volverás a ver Og hasta que la rueda vuelva a dar una vuelta entera.

Luan casi había olvidado las palabras de Seikan a causa de las largas jornadas en la guerra.

—La batalla se antoja interminable Astrid ¿cuándo acabará? Preguntó en un momento determinado Luan.

—No es posible, los demonios derrotados, aparentemente mueren, pero vuelven a estar bien a la noche siguiente, por esos sus ejércitos son interminables y los nuestros, cada vez están más mermados.

—Y ¿cómo los venceremos?

—Sólo existe una forma Luan, es necesario encontrar a Sephian, su general, matándolo a él, todos los demás desaparecen.

—Sephian, ese nombre será ahora sinónimo de enemigo. Tarhen y yo lo encontraremos pronto y terminaremos con esta locura.

—No te apresures Luan, Sephian es un demonio extraño, dicen que llegó hace no mucho a la tierra de Firia.

—Aún así lo encontraré y mi mano no temblará al descargar el golpe…

 

Fragmento IV

… Pero él vio sus ojos y sintió latir de nuevo su corazón. Ella era la única que podría entenderlo…

 

Fragmento V

… Era inevitable que ambos ejércitos se enfrentaran. Luan iba a la cabeza del ejército de Og, y Sephian comandaba el ejército de Firia. El choque fue brutal, en ambos bandos existían guerreros extraordinarios. Luan y Sephian se buscaban con un frenesí delirante, antes del combate Luan había dicho a sus soldados, Que nadie toque a Sephian, él es mío. Él había hecho lo propio con su ejército de demonios. Así que en medio de la batalla iba uno en pos del otro.

Cuando por fin estuvieron frente a frente sus espadas chocaron con una furia imprudente. Ambos eran guerreros poderosos y hábiles en extremo, tenían las mejores espadas de cada “simetría”. Era el choque de dos titanes, los aceros sonaban enardecidos, el golpe presente siempre era más fuerte que el anterior. No había espacio para la duda, no había posibilidad de error. El más pequeño titubeo en alguno de los contrincantes le significaba una muerte segura. Sin embargo, ambos evitaban mirarse a los ojos. Luan los tenía arrasados por las lágrimas y la mirada de Sephian se desgarraba por el dolor. El ejército de Og se imponía poco a poco al de Firia, lo que significaba la victoria de la luz sobre la oscuridad. Pero la última palabra sería dicha cuando uno de los dos generales cayera. Finalmente, el último rastro de furia entre Luan y Sephian fue extinguido.

Sephian soltó su espada y cayó de rodillas. Termina de una vez Ariahn, le dijo a Luan. Oír de nuevo ese nombre trajo en Luan una serie de sensaciones en apariencia olvidadas, miro a Sephian, alzó a Tarhen –que brilló con una intensa luz verde– y descargó el golpe, pero antes que la espada alcanzará el cuello de Sephian, Luan la detuvo.

No puedo Phen, le dijo llorando, aún te amo, no soy digna de poseer a Tarhen porque no puedo terminar con la vida de mi enemigo. No llores Ariahn, yo tampoco podría matarte, pero para que esto acabe uno de los dos debe morir. Luan miró intensamente a Phen y algo brilló en sus ojos, El corazón de Ariahn, pensó. ¿Me besarías Phen? Por última vez. Sephian se levantó y la tomó en sus brazos. Luan soltó a Tarhen, que flotó en el aire y mientras Sephian la besaba hizo un movimiento suave con su mano. Tarhen se elevó en el cielo, dio media vuelta y regresó a toda velocidad hacia la espalda de Sephian, aunque en un ángulo extraño. Todo fue muy rápido. Atravesó el corazón de Sephian y el de Luan casi a un tiempo –carne y ánima– y salió de sus cuerpos.

Ambos quedaron tendidos sobre el campo de batalla con una sonrisa en sus rostros y con Tarhen flotando a un lado de Luan. Finalmente, la guerra había terminado, la luz triunfó sobre la oscuridad. Astrid, la segunda al mando del ejército de Og, feroz guerrera y fiel compañera de Luan se acercó a los cuerpos. Merecen funerales con todos los honores ¡Preparen la pira!, dijo a sus hombres, pero no hizo falta.

De pronto un gran fuego, que deslumbró a los hombres de Og, los envolvió a ambos. Luego vino la oscuridad y las voces resonando en el vacío:

—¿Has pensado alguna vez en la fugacidad de la muerte?

—La muerte es tan sólo un instante para estar juntos antes que el soplo de la vida vuelva a enfrentarnos…

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