Ensayo sobre la niñez o de la semilla del infinito (2 de 5), por Hugo Martínez

[Imagen: The age of innocense (1788), de Joshua Reynolds]

 

La beldad irreductible del tema nos ha hecho lanzar varias ideas que precisan su profundización si es que deseamos acercarnos a la verdad que la literatura nos ofrece sobre la niñez; en esa dirección, primero debemos aclarar que no nos referimos a la función pedagógica que esta efectúa en muchos casos. La literatura para niños ciertamente cumple y ha cumplido este rol en distintas épocas[1]: textos, cuentos, cánones cuya única meta se identifica con la formación de adultos para su pronta integración a un sistema social constituido de antemano. No censuramos esta tarea, pues probablemente resulta necesaria para el mejor funcionamiento del mundo al que pertenecemos, solo señalemos que, peligrosamente, incluye la posibilidad de frenar el desarrollo del niño en principio llamado a un infinito de posibilidades. Para vislumbrar un tanto mejor la maravilla de este infinito que incluye el peligro de autonegación, evoquemos la siguiente imagen: un jardinero tiene ante sí un abigarrado mundo botánico. Los más variados ejemplares de flores creciendo y viviendo unos junto a otros; orquídeas cantando sus silencios amorosos a los tulipanes que alegran los días soleados, rosas de todos colores orquestando la declaración al lado de jazmines que abrazan la escena completa con su aroma; todo esto en un mundo habitado también por flores cuyas formas y fragancias jamás fueron mancilladas por ojo y olfato alguno, vida en plenitud que no cabe en un nombre y que, sin embargo, invita a hacer poesía. Qué puede hacer un jardinero ante una escena así si su vida, lo sabemos, no es suya sino de la vida de las flores o, mejor dicho, es suya únicamente porque pertenece a las flores; ¿se le puede pedir no tocar el Edén una vez que lo tiene ante sí? Violentado por el asombro, nuestro jardinero con dificultad puede creer el maravilloso espectáculo al que se le ha invitado; toda esa vida entrando por sus ojos es inconcebible, tiene que hacer algo o la inexorable beldad lo volverá loco. Digamos ahora que nuestro querido jardinero no pudo mantenerse en un estado meramente contemplativo ante el bellísimo cuadro que se le dibujaba, hecho que nos lo hace más querido aún al mostrárnoslo como poseedor de una virtud siempre buscada y, tristemente, no siempre encontrada: ¡estaba vivo! Vivo de verdad. En el momento en que el jardinero se encontró frente a la maravilla murió todo dejo de indolencia que pudiera habitar en él y actuó. El mundo florido, bellísimo y caótico (por otra parte, el jardinero no tenía manera de saber si la belleza del primer caos que contempló obedecía o no a alguna forma de orden) empezó a adquirir una nueva forma; donde antes se encontraba un entrecruzamiento salvaje de tallos y hojas él construyó un sendero emparedado por rosas de un lado y orquídeas del otro; nombró aquellas flores que solamente había acariciado en sueños dándoles los nombres más bellos que su mente y pecho pudieron concebir. La vida botánica que antes explotaba sin forma, eventualmente se in-formaba de la mano del jardinero, praxis siempre guiada por sus sueños alimentados de los afectos y desaires constituyentes de su vida. El universo, cuya belleza sublime se apoyaba en lo informe de su infinitud, adquirió la forma de un sueño nacido del pecho de nuestro jardinero; sueño que, como simiente, creció formando un mundo finito alimentado siempre de lo infinito. Se trataba ahora de un mundo creado de sueños poseedor de belleza y majestad, aunque fluctuante bajo la influencia de una ingenuidad muy adulta, la de creer ser el último y único mundo posible. Nuestro jardinero tuvo un sueño formador de un mundo, sin embargo, como todos los soñadores corría el peligro de enamorarse de su creación en un grado enceguecedor que le impedía mirar hacia el infinito; infinito que, por otra parte, latía ya como simiente en él y en el mundo in-formado amorosamente por el trabajo de su mano. Nuestro jardinero creo un mundo jugando con sueños, esperemos que la bendición del juego no le abandone jamás.

Esta metáfora del jardinero señala ya los elementos esenciales que caracterizan el impulso vital que brilla en la niñez; sin embargo, podemos aún explicitarlos entregándonos a una práctica muy adulta consistente en descomponer el tema estudiado para entregarlo en pequeñas partes. Antes de aplicarnos a tan despiadado despedazamiento demos un vistazo a la verdad completa que vive en la niñez, no sea que pequemos de exceso y, súbitamente, nos veamos en la imposibilidad de reedificar aquello que tan encarecidamente buscamos. Así pues, de lo dicho hasta aquí, podemos inferir que si a una persona no tan adulta se le preguntara en qué consiste la niñez, respondería erudita y elocuentemente lo siguiente: la niñez es aquel acto espontáneo, en tanto impulso vital, en el que la Vida creadora se centra en sí misma de manera dinámica e infinita estructurando, de esta manera, nuevos mundos. Ante esta imperativa como clara enunciación, el escucha no podrá más que responder asintiendo de manera políticamente educada; asentimiento que vendrá, necesariamente, acompañado por una cara de asombro luchando, encarecidamente, por no mostrarse como en realidad es, es decir, como el rostro de la perplejidad absoluta. No obstante la honestidad de tan inocente embuste, la desarrollada perspicacia del cuasi-adulto en cuestión lo descubrirá, dando pie a un honesto y valioso intento por esclarecer uno de los más insondables misterios de lo humano, a saber, en qué consiste la niñez. Por otra parte, no está de más decir que este encuentro en verdad sucedió y que el discurso pronunciado, hermosamente, por nuestro cuasi-adulto fue el siguiente:

Nuestras vidas adultas se mueven en un mundo adulto que ha olvidado, o querido olvidar, una de las verdades más hermosas por la infinitud que comporta. Este olvido tiene como objeto lo siguiente: que la vida es dynamis, movimiento perpetuo y por eso es vida. Es cierto que aunque olvidada, esta verdad no se ha perdido, pues cohabita cotidianamente a nuestro lado en la forma de destellos, bastaría tener el valor de tomarla con la seriedad requerida por la vida misma. Afortunadamente para lo humano, esta verdad vive en la niñez y la niñez es parte de nuestro mundo adulto en la forma de su necesaria ruptura. Esto significa que el llamado ofrendado por la vida continúa latiendo como esperando la llegada de una lejana respuesta. Habremos de decir –sin duda con exceso de  condescendencia– en favor de los adultos que la niñez, a pesar de explotar de manera hermosísima y prístina en la vida infantil, no es una suerte de lujo que pertenezca solo a esta como su monopolio; por el contrario, la niñez, sin duda, es una de las posibilidades de la vida adulta siempre y cuando se abandone la pesadez que generalmente le caracteriza; siempre y cuando se tenga el valor y agudeza para aceptar que el mundo ya adulto y a nuestra disposición no es el único posible ni, mucho menos, el más digno. Probablemente en ello radica tanto la pesadez como el tedio que aqueja a ciertas almas demasiado adultas; el nutrimento de este tedio se identifica con una sola idea resumida en su modo de vivir en el mundo (vivir que quizás se acerque más a un no vivir o un no querer vivir). Dichas almas adultas y serias padecen un mal resumido en una creencia verdaderamente peligrosa por ser tan fanática. En un intento por desenmascarar esta creencia fatal la podemos enunciar como sigue: estas personas adultas, en su seriedad, creen que el mundo dado, su mundo, es el último, el único y el mejor posible. Por esta razón se apegan tanto a sus prejuicios realizándolos en ideas de lo bueno y de lo malo, de lo bello y lo feo, de lo que es importante y lo que es una mera bagatela, etc.; este apego a mundos que se creen únicos ha provocado grandes catástrofes en lo humano: guerras nutridas de sangre que también pudo alimentar sueños ahora jamás realizados; la acumulación de riqueza en manos de corazones microscópicos aparejada a la negación del pan al hambriento, etc. La quimera adulta que venimos de señalar parece más bien ir en contra del movimiento que realiza la vida para entronizar nada más uno entre tantos mundos posibles, sin embargo, podemos decir, con algo de sosiego, que se trata únicamente de una pretensión refutada por su propia imposibilidad. La vida es esencialmente movimiento y por eso es vida: formas que llaman a nuevas formas, cantos que buscan la compañía de nuevas canciones, amores y odios aún no escritos en historia alguna. No importa cuántos adultos se unan a la ilusión de un mundo único, jamás podrán contener el excedente que la vida misma está llamada a realizar en la singularidad de cada cuerpo, de cada volición, de cada sueño. Desde este punto, adulto refiere a toda aquella vida que, en su apego a lo dado, parece realizarse como autonegación. Se trata de una especie de querer bajarse del barco, una suerte de desasosiego muy a lo Bernardo Soares[2]. Esta quimera adulta ha sido señalada y desenmascarada en modos altamente conmovedores –no solo por la genialidad de sus formas sino por la belleza de su verdad– en letras pertenecientes a adultos admirables por haber sabido dejar de serlo. Tales obras se articulan en versos, narraciones, juegos de lenguaje que retratan un rechazo dirigido al  tedio del mundo adulto que, más que un rechazo debe considerarse la expresión de la vida deseando entregarse a sí. De lo contrario, qué podrían significar los siguientes versos: “Vi a Jesús Cristo descender a la tierra, / Vino por la ladera de un monte / Volviéndose otra vez niño / […] / Y riendo de modo que se oyera de lejos / […] / Había huido del cielo. / En el cielo todo era falso, todo en desacuerdo / Con flores árboles y piedras. / En el cielo tenía que estar siempre serio / Y de vez en cuando de tornarse otra vez hombre / Y subir para la cruz, y estar siempre muriendo / […]”[3]. La metáfora impresiona tanto por la fuerza de la imagen evocada como por el simbolismo que incluye al margen de toda posible referencia teológica; es decir, por la indicación de una vitalidad infantil (impulso vital) atrapada luchando por su liberación. El encarcelamiento efectuado por la vida adulta es desenmascarado aquí en forma de versos. Porque, cómo no renegar de un cielo (no importa cual, hay tantos) en el que el flujo de la vida se resuelve clavándolo a una cruz, haciéndolo así, estático para que muera siempre. No encontramos razones suficientes (y si se las encuentra seguro que no son las mejores ni las más nobles) para el apego a un mundo en el que la vida se identifica perennemente con una cruz, con el anclaje a un solo punto del cosmos que, encima, concentra solamente sangre y dolor obviando el restante espectro de posibilidades infinitas que realizan nuestra aventura por el mundo. Más vale, sin duda, bajar de aquella como bien hizo el niño Jesús de Alberto Caeiro pues, haciendo tal, la quietud mortal pierde fuerza restituyéndose la dynamis del flujo vital; la posibilidad de mundos más grandes y mejores; en resumen: no más cruces.

 

[1] cf. Escritos. La literatura infantil, los niños y los jóvenes, Benjamin, W., Nueva visión, Buenos Aires, 1989.

[2] Sin embargo, la belleza de la prosa de Pessoa en el Libro del desasosiego nos hace pensar más bien en un querer aferrarse a la vida misma cuya ancla se identifica con la creación literaria; puedo decir que no deseo en esta vida pero al decirlo bellamente me aferro a ella y la afirmo.

[3] Poemas de Alberto Caeiro, Pessoa. F., Madrid, Visor, 1984, pp. 51-53

 


HugoMartínezGarcía.jpg

Hugo Martínez García. Radica en la Ciudad de México. Cursó sus estudios de licenciatura y posgrado en filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Autor del artículo “Una subjetividad ética. Reflexiones sobre el estatus ontológico de la subjetividad en la fenomenología de Levinas”. Actualmente explora la forma de ensayo literario como medio de expresar  contenidos que escapan a otras formas discursivas.

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