La reinvención de Leonora Carrington

Los centenarios son la mejor excusa para generar nuevas perspectivas sobre la obra de diversos autores. El 2017 marcó los cien años del nacimiento de la pintora, escritora y fantástica creadora de mundos británica Leonora Carrington. Gracias a las numerosas formas que México ha encontrado para rendirle tributo a Leonora en los últimos años —y me refiero no sólo al 2017 sino a las generadas a partir de su reciente fallecimiento en el año 2011— se ha podido reinventar la visión que se tiene sobre su arte y su importancia en este país que es surrealista por naturaleza. El punto culminante de esta magnífica celebración promete ser la exposición «Leonora Carrington: cuentos mágicos», que está a unos días de inaugurarse en el Museo de Arte Moderno y que posteriormente viajará al MARCO de Monterrey.

El arte de Leonora ha encontrado en este siglo XXI una revalorización que se ha generado en buena parte gracias a los nuevos movimientos feministas que están en una búsqueda constante de nuevos estandartes de libertad. Quién mejor para ello que la niña que quiso ser caballo para galopar sin rumbo fijo con la compañía de Tártaro, su equino de madera. La artista colaboró a esta tarea durante su estancia en México con obras como la que realizó para el grupo de Mujeres Conciencia. Me atrevería a decir que Leonora Carrington mostró una independencia muy concordante con el feminismo actual, incluso de una manera más profunda que otros íconos artísticos como Frida Kahlo, con quien convivió en muchas ocasiones.

En esta época de revolución femenina, no sólo la pintura de la británica es una muestra de rebeldía, también su escritura. Cuentos como «La debutante» o «La dama oval» son una muestra de irreverencia y de ganas de llevarle la contraria a una sociedad acostumbrada a tratar a las mujeres como musas y no como creadoras. En estos cuentos, la artista no se censura al momento de jugar con la violencia, los conflictos familiares —sobre todo con su recatado padre— e, incluso, la realeza británica, por lo que constituyen colecciones polémicas que, a mi parecer, han sido infravaloradas desde su aparición. Hay que recordar que la artista provenía de un alto estrato social en el que la presión de su familia por encajar y mantener la compostura fue una inspiración principal en su narrativa. Al igual que la mayoría de las mujeres artistas pertenecientes a la corriente estética del surrealismo, Leonora tomó como estandarte la magna obra de Lewis Carroll, «Alicia en el país de las maravillas», ya que la osadía de la protagonista congeniaba con el carácter de todas ellas.

Por otra parte, otra de las cuestiones que acercaron a Leonora al estilo de vida mexicano —y, por consiguiente, a la admiración de su arte que se ha dado en nuestro país— es el diálogo que tienen sus pinturas con nuestros mitos prehispánicos, los cuales complementan a los relatos mitológicas celtas que Leonora conocía a la perfección desde su infancia. El mejor ejemplo de exaltación a la cultura mexicana presente en su obra es El mundo mágico de los mayas, cuadro que se exhibe permanentemente en el Museo Nacional de Antropología. Esta mezcla euroamericana es una de las razones por las que nos es fácil identificarnos con la artista. Tal es el grado de identificación que una muestra de su obra escultórica se erige en la avenida más importante de la capital, Paseo de la Reforma.

Leonora no era una surrealista «normal»: mientras que otros de los vanguardistas que ella frecuentaba, como André Breton, Kati Horna, Man Ray y, por supuesto, Max Ernst, con quien protagonizó una de las relaciones amorosas más pasionales del mundo artístico del siglo XX, trataban de crear una corriente estética, Leonora se limitaba a plasmar lo que pensaba y sentía. Formó parte del grupo de artistas europeos que emigraron a México tras conflictos bélicos del viejo continente como la Guerra Civil Española y la Segunda Guerra Mundial, círculo de intelectual en el que se introdujo sin dificultad desde su juventud en Reino Unido y Francia. Posteriormente, al llegar a nuestro país, tampoco tuvo problema alguno en convivir con intelectuales mexicanos como Octavio Paz, Carlos Fuentes, Elena Poniatowska, Diego Rivera, entre muchos otros. Su capacidad de adaptación la llevó a ser una de las artistas extranjeras que, a mi parecer, más le aportaron al surrealismo mexicano, junto con Remedios Varo y Luis Buñuel.

México se convirtió poco a poco en uno de los principales centros de creación de los surrealistas. Fue en San Luis Potosí donde Edward James decidió ubicar su propio castillo, específicamente en Xilitla, y en ese mismo estado, dentro del Centro de las Artes, abrió sus puertas el Museo Leonora Carrington el pasado 22 de marzo. Por lo tanto, San Luis Potosí tiene todo lo necesario para convertirse en una de las capitales del arte surrealista a nivel mundial.

Leonora Carrington y su manera de expresar la libertad ha influido en México de la manera más natural posible. Somos un país surrealista, para bien y para mal, el cual se ha enriquecido desde principios del siglo XX por una gran cantidad de artistas provenientes de Europa que compartieron su visión de nuestro país con nosotros. Leonora, con su particular manera de plasmar el mundo y otros más que surgieron de su cabeza, ha representado para México no precisamente un escape de la realidad, sino un abanico de posibilidades para convivir con ella.

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