Cuento: Boleto de tren, por Víctor González Astudillo

Cuando conocí al Gonzalo, lo primero que se me vino a la mente fue que era demasiado amistoso. Tenía la costumbre de abrazar a quien se le cruzara, luego intercalaba un par de preguntas y la gente parecía caer presa de una trampa interlocutora. El Gonzalo conocía muy de cerca a la Fabiola o al menos eso fue lo que me dijo, que se conocieron en el liceo y luego, cuando estaban por salir, perdieron contacto. Se saludaron con cariño y luego la Fabiola me presentó:

—Él es Alejandro.

—Buena, un gusto, yo me llamo Gonzalo. ¿Están juntos?

—Sí, o sea, de vez en cuando nos vemos —le dije, pero al parecer no le importaba.

Estábamos a la salida de una biblioteca y yo había tomado un libro de Vallejo, Gonzalo dijo que le encantaba. Hablamos durante largo rato sobre Poemas Humanos. A los dos nos había volado la cabeza casi de forma idéntica. Me dio su contacto y yo le di el mío. Al otro día quedamos de vernos a la noche.

Fuimos a un bar que estaba abandonado a la mitad de una calle angosta, lugar donde el Gonzalo parecía ser más que conocido. Conversamos de muchas cosas, no recuerdo bien. El Gonzalo tomaba como un maniaco. Luego de estar media hora en el bar, ya habíamos bebido lo suficiente como para perder la noción de lo que se hace y lo que no. Recuerdo empezar a hablar sobre la Fabiola. Le dije que era una mujer mala, que jugaba conmigo. Nos acostábamos a menudo y yo era consciente de que solo era eso, pero siempre esperé que la relación tomara otro rumbo. El Gonzalo solo me decía que sí, por supuesto que sí, que todo estaba bien y luego me metía otro vaso por la garganta. Más tarde me comentó que escribía y de la nada recitó algunos poemas, los que di por entendido que eran suyos. Parecían frases cortadas, como descripciones de fotografías o el montaje de una cinta cinematográfica. Cada uno terminaba de forma abrupta, siempre con mujeres que desaparecían, a excepción de uno en donde un niño se lanzaba bajo las ruedas de un ferrocarril, su cuerpo se endurecía y la máquina se volcaba cuando le pasaba por encima. Fuego, explosiones. Entre las llamas, aparecía el maquinista moribundo. Luego no recuerdo más.

Desperté con mucho dolor de cabeza. Tomé tantas aspirinas que tuve miedo de tener una crisis por sobredosis, aunque suene ridículo. Luego llegó la noche y el dolor persistía como la música de fiesta que venía de la casa del vecino. La verdad, no soy muy bueno para el trago. La cabeza me bombeaba. Cada vez que movía los ojos, un rayo me partía el cráneo. Tomé una siesta y desperté en la madrugada. Eran las 6 de la mañana. El dolor se había ido. Preparé un café y luego me quedé boca arriba en la cama, mirando el techo de mi habitación. Recordé: el Gonzalo me regaló un libro, así que me puse de pie y tomé mi mochila. Al sacarlo me di cuenta que el libro lo había hecho él. Tenía una cubierta de cartón y las hojas estaban dobladas por la mitad, todo unido por un corchete. La portada estaba escrita a duras penas con un lápiz pasta: Los mejores poemas de Vallejo según Gonzalo Echeverría. Al abrirlo, un sobre cayó en mis piernas. Adentro había una hoja escrita:

Paulina.

La vi en una estación de Tren. Son las seis de la tarde. Poco a poco el sol cae en el horizonte, las luces comienzan a encenderse al borde de las vías. Estoy esperando el próximo ferrocarril con dirección a San Fernando. Hace años que no veo a mi tía Matilde, tanto que no recuerdo sus facciones de cuando estaba viva. Acaba de morir hace unos días. El velorio será durante la mañana del día sábado. Es viernes.

Cuando el vagón abre sus puertas, descienden alrededor de quince o veinte personas. Mentiría si dijera un número exacto. Al entrar, solamente veo a una mujer en los asientos. Tomo el que está justo de frente. Cuando paramos en la próxima estación, reparo en que nos conocemos desde hace años. A la Paulina la conocí en el colegio. Solía compartir mesa con ella porque dejaba que le copiara sus tareas. La saludo y por suerte me reconoce.

—¿A dónde vas?

—A Chillan —me dice—. Voy por unos documentos del colegio, trámites, esas cosas. Los necesito para el trabajo. ¿Y tú?

—Yo voy a San Fernando. Falleció una tía hace un par de días, voy al velorio, pero no te preocupes, no la recuerdo bien. La última vez que la vi fue hace doce años o quizá más —me da su sentido pésame.

Su cara es demasiado blanca, tanto que pienso si acaso se va a desmayar. Luego, hablamos de nosotros. Me dice que me dejaba copiar sus tareas porque en ese entonces me encontraba lindo. Le quiero preguntar si aún le parezco así, pero cierta sensación me hace morder la lengua, como cuando se decide no hacer lo obvio y resulta que te salvaste la vida. Además, nunca me he llevado bien con las relaciones formales y la apariencia de la Paulina siempre ha tenido un aire de formalidad, similar a la presión de una corbata amarrada al cuello. Entonces, le cuento un poco sobre lo que estoy haciendo, que estudio para ser profesor:

—¿En qué?

—En matemáticas, pero, probablemente, me salga el próximo año. La verdad me gustaría que me pagaran por leer o algo así.

—A mí me gustaría que me pagaran por dormir —y su risa se parece al de un repicar lento, como si cada nota ocupara lo que dura el sonido de las ruedas del ferrocarril, notas fragmentadas en el vagón vacío donde nos hallamos sentados.

Al llegar a San Fernando, le doy un abrazo largo:

—Oye, más adelante voy a estar libre. ¿Te tinca si nos volvemos a ver? Me gustó mucho verte de nuevo.

—Sí, obvio, a mí igual me gustó, pero no sé si pueda pronto. Tengo mucho trabajo encima, pero mira, te dejo mi número —me lo da anotado en un boleto de tren—. Llámame y ahí acordamos.

Ya en la estación, me despido con la mano mientras el tren se marcha en cámara lenta. La Paulina me sonríe con su cara fosforescente. Me siento vagamente melancólico.

El servicio fúnebre de mi tía dura el sábado y la mañana tarde del domingo. Despiden sus restos en una iglesia pequeña, una casucha preciosa, construida solamente con pedazos de madera suelta y algunas latas de zinc. Luego tomo el tren y me devuelvo a casa. Una semana después intento llamar a la Paulina. Cuando marco el número, la operadora me responde que este no existe. Pasan los días y el boleto queda olvidado en alguno de los bolsillos de mis tantos abrigos. Solamente me veo forzado a buscarlo dos meses más tarde, cuando la policía me contacta por la desaparición de Paulina Arabela Sotomayor Rodríguez. Visito una serie de habitaciones pequeñas, en cada una toman mi testimonio al menos en tres ocasiones. Luego estuve bajo observación por unos días, pienso que es un tipo de arresto, solo que en una comisaría y con la libertad de salir a comprar de vez en cuando. Al final todo queda en nada. Algunos dicen que la vieron recorriendo el estero Las Toscas durante la noche, otros, deambulando con un revolver por el centro de la ciudad. Todas mentiras, probablemente. Cuando las cosas terminan, le pregunto a la policía si puedo conservar el boleto donde está escrito el número de la Paulina. Me dicen que no, que está confiscado. Y en realidad el papel no vale nada. Después de todo es un número falso, pero cuando oigo las palabras, siento arrancar de mi cuerpo un pedazo de metal o acaso algún tipo de madera barnizada, como las que tienen los puentes o las mesas para mantener el equilibrio. Siento tambalear el mundo bajo mis pies. Ahora ni si quiera puedo asegurar si la Paulina es una persona real. Si acaso está muerta o si alguna vez existió como un feto sostenido en el limbo intrauterino. La Paulina no es más que una noticia radial de fin de semana. El tiempo pasa y la escritura en el boleto se va borrando al igual que todas las cosas.

Punto final.

Si bien hay partes que me parecen inverosímiles, el texto del sobre me quedó dando vueltas durante todo el día. Además, ni si quiera sabía si el relato estaba deliberadamente puesto entre las páginas del libro. Traté de contactar al Gonzalo durante los siguientes días, pero no recibí ningún tipo de respuesta. Luego, dejé de insistir.

Le mostré el libro a la Fabiola, pero el sobre lo he mantenido oculto todo este tiempo. Tengo la sensación de que el texto es un tipo de mensaje clandestino, aun creyendo que solamente es una ficción breve del Gonzalo. Y, en realidad, lo sigo pensado, a pesar de lo que dicen las noticias, de que el Gonzalo desapareció mientras hacía una excursión en el sur de Chile. Me enteré mientras tomaba un taxi, tratando de escapar de la lluvia. En la radio del automóvil, se escuchaba la voz de un hombre leyendo el boletín informativo. Gonzalo Arturo Echeverría Maturana estaba desaparecido hace dos semanas luego de tomar una mochila de excursión y partir al sur con una bicicleta. A la noche hablé con uno de sus hermanos por teléfono. Le comenté que conocía al Gonzalo y que estaba muy impactado por la noticia. Al rato me contó que solamente había tomado sus cosas y que luego desapareció. Salió muy temprano por la mañana. Nadie de la casa lo vio salir. Solo se percataron cuando descubrieron que el Gonzalo había dejado un pedazo de hoja escrito encima de su cama:

Voy y vuelvo. Díganle al Sebastián que perdón por la bicicleta. Se la voy a cuidar, está en buenas manos.

Adiós.

—¿Nada más?

—No, nada más. O sea, al reverso de la carta hay algunas cosas escritas, pero quizá estaban desde antes. Te envío una foto si quieres. Ya, dale, anota, te doy mi correo.

Y al revisar, me encontré con muchas letras repartidas por la hoja. Lo único legible es lo siguiente:

HOLAADIOSHOLAADIOSHOLAADIOSHOLAADIOS

Por un tiempo estuve obsesionado con la oración. Quizá, existía algún código oculto, algún mensaje dirigido, al igual que el relato que tengo de hace tanto entre mis manos; pero la verdad es que, en ocasiones, o al menos la mayoría de las veces, las cosas parecen estar vacías de todo sentido, como lo son los encuentros fortuitos, los accidentes, las terribles enfermedades y algunos puntos absurdos que la memoria termina borrando. Y he llegado a la conclusión, casi obligatoria, de que nada tiene correlación con otra cosa, al menos hasta donde uno lo decida. Cada cierto tiempo vuelvo a revisar los números, los poemas de Vallejo, algunas noticias de donde Gonzalo pudo haber ido a parar, pero creer que la niebla pueda irse por el solo deseo de saber, es de un optimismo bestial.

Todo termina por desaparecer, pienso. Y a veces es mejor no conocer a nadie. Un día de estos yo también me iré a vivir al abismo. Mientras tanto, hay que seguir viviendo como uno pueda. Prontamente me tragará la tierra.

Victor González Astudillo. Santiago, Chile. 1996 (21). Finalista del XIV premio internacional Gonzalo Rojas Pizarro en categoría relato con el cuento Primeras letras y escrituras. Ha sido publicado en diversas revistas literarias y portales electrónicos, tales como Kaleido, Espora, Nuevo Milenio, Monolito, Elipsis, Libro de arena, Letramía, entre otros. Actualmente se encuentra cursando una Licenciatura en Lengua y Literatura en la Universidad Alberto Hurtado.

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