Cuento: Big Data, por José Luis Díaz Marcos

La logística empieza a predecir dónde hacer entregas
                    antes de recibir el pedido.
Daniel Pastrana

 

1

Sonó el timbre.

—¡Voy! —clamó Luisa avanzando por el pasillo.

—Buenos días. Su paquete —ofreció un mensajero en la puerta.

—¿Mi paquete? Lo siento, pero se equivoca. Hace como dos semanas que no pido nada.

—Lo sé. No ha pedido nada desde hace exactamente… doce días —concluyó tras consultar su dispositivo electrónico—. Aun así, doña Luisa, este es su paquete. Lo pedirá hoy mismo.

—Disculpe, pero no entiendo.

—No se preocupe. Últimamente, créame, es lo habitual. Se trata de un pequeño milagro tecnológico. Gracias a la información que las empresas tienen de nosotros, a eso que llaman big data o macrodatos, sus almacenes son capaces de predecir el contenido y el momento de nuestras compras. Y hoy, aunque todavía lo ignore, usted comprará. Créame, doña Luisa.

—Eso es absurdo, con perdón.

—Y sin perdón, como Clint Eastwood[1], si me permite la broma. Ya sé que suena a disparate, pero es cierto. Internet ya casi, o sin casi, nos conoce mejor que nosotros mismos. ¿Le gusta el cine? Hoy, el comercio ya opera como la policía en esa película en la que Tom Cruise detiene a los malos antes de infringir la ley[2]. Nos venden cosas, ¡y las compramos!, antes de quererlas.

—Si usted lo dice… Gracias, pero no me interesa mi paquete. Buenos días.

—Tenga —propuso el mensajero— es una copia del albarán, contiene las referencias necesarias para el seguro reenvío. Previo pago de una penalización, me temo.

Luisa aceptó el papel antes de cerrar.

2

“¡¿Hablaba en serio?!”, dudó Luisa sentada ante ambos escritorios: el físico de su cuarto y el virtual de su ordenador. “¡¿De verdad pueden saber, antes que yo misma, qué y cuándo voy a querer comprar?! ¡¿Tan predecibles somos?! No me lo creo. ¡Eso no lo anticipa ni el guaperas del Cruise con bola de cristal incluida!”.

Abrió su tienda online predilecta. Como bien le había recordado el chico, llevaba exactamente doce días, “¡Doce!”, sin adquirir ninguno de los ya numerosos amores que integraban su lista de favoritos. Y tal abstinencia compradora no se debía, precisamente, al desinterés, sino a la peor de las desgracias que puede sufrir una fashion victim: los números rojos. “¡Hasta el siguiente sueldo, ni unos calcetines!”, lamentó.

Decidió consolarse, “¡Pues eso!”, con la búsqueda y el almacenamiento virtual de aquellas novedades que, en un futuro no demasiado remoto, “¡Ojalá!”, pudiera lucir. No obstante, Luisa sabía que la suya era, casi siempre, una batalla perdida de antemano: “Son tantas cosas, ¡y tan caras!, las que me gustan, que la gran mayoría no las vestiré en la vida. Y las otras, poquísimas, ya estarán demodé cuando pueda pagarlas”.

Vestidos, zapatos, complementos… “¡Ay! Es todo tan… ¡Chulísimo! ¡¿Por qué no nací rica?!”.

Y, de pronto, aparición soñada, lo vio en la galería de imágenes: el abrigo enfundado por todas, “Y todas son ¡todas!”, las celebrities de Hollywood, la prenda también de sus sueños. Si, como el tipo aquel, Fausto, tenía que vender su alma para conseguirlo, ella la vendería. “¡O la regalo, si es menester!”. Miró la ficha:

  • Talla: “¡¿Cuándo entenderán los diseñadores que las mujeres tenemos curvas?! ¡No importa, me pongo a dieta!”.
  • Precio: “¡¿QUÉ?! ¡¿Lo cosen con hilo de oro?!”.
  • Unidades disponibles: “¡¡DOS!! ¡¡SOLO DOS!!”.

A Luisa dejó de importarle su lista de favoritos, “¡Y de cualquier otra cosa en el planeta Tierra! ¡Es él y solo él! ¡Tiene que ser mío! Pero la gran pregunta, la dichosa preguntita, es ¡¿cómo?! ¡El saldo de mi cuenta no compraría ni la etiqueta!”.

Desesperada, barajó diversas opciones. Incluidas algunas legales. “Sí, mejor este: el naranja Guantánamo no va con mi cutis”, decidió. “A ver, en el mundo moderno, ¿cuál suele ser el mejor recurso de una mujer hecha y derecha para solucionar sus problemas?”. La respuesta surgió cristalina y deprimente como ella sola: “¡¡MAMÁ!!”.

No tenía mucho tiempo. De hecho, no tenía ningún tiempo: “¡Ahora mismo, con un simple clic, cualquiera… Y yo, pobrecita de mí, no podría hacer nada para impedirlo!”. Cogió el teléfono:

—¡MAMÁ! ¡MAMÁ!

—¡¿Qué pasa, hija?! ¡¿Un incendio?! ¡Ay, no me digas que estás en un incendio! ¡¿Aviso a los bomberos?!

—¡¡No!! ¡Qué manía la tuya de incendiarlo todo! No tengo tiempo para explicaciones. ¡Escucha: necesito ya el número de tu tarjeta de crédito!

—¡Acabáramos con la urgencia! ¡Y aún te extraña que todo lo tuyo me huela a chamusquina! ¿Cuánto es esta vez?

—¡Luego, mamá! ¡Luego!

—¡Será luego si sobrevivo al susto del palo, porque ni su importe quieres decirme!

—¡MAMÁ!

—¡Está bien, aunque esté muy mal, apunta, que ya hablaremos! ¡Vaya si hablaremos!

“¡Están todos!”, se dijo Luisa con la cifra ya anotada. “¡Espero, ay, que no se haya equivocado con el cabreo ni yo con los nervios!”. Volvió a la pantalla:

  • Unidades disponibles: “¡¡DOS!! ¡¡SIGUEN QUEDANDO DOS!!”.

Rellenó el formulario con manos temblorosas y…

Su pedido se ha tramitado correctamente.

—¡¡YA ES MÍO!!

Eufórica, reparó en el albarán, caído a sus pies. Lo recuperó, curiosa. “No… No me lo puedo creer… ¡Todo coincide!”, comprobó. “Y todo es ¡todo! Artículo, modelo, talla, precio. Hasta… ¡Hasta la hora del pedido!”.

 

3

—¡¿Qué?! ¡¿Tenía o no tenía yo razón?!

—Sí. Increíble, pero… Cierto, sí.

—Como dijo alguien, el futuro es ayer: lo que hasta hace un tiempo solo existía en el cine, hoy es verdad verdadera. Bueno, recargo mediante —recondujo el mensajero— este es, otra vez, su paquete.

En el formulario online, el avisado sobreprecio se había añadido de manera automática, “¡No se les olvidará, no!”, al sangrante TOTAL. “Pero lo vale, ¡qué demonios! Espero que mi santa madre y su tarjeta puedan llegar a entenderme. Al menos, y también como en el cine, quizás en un futuro muy lejano…”.

—¡Gracias! No se imagina qué ilusión.

—Lo supongo. Pero ya le anticipo, y no es que quiera meterme donde no me llaman, que no le va a quedar bien.

—¡¿Y usted… qué sabe?! ¡¿Será posible?!

—Lo sé. Créame. Y no se enfade, tiene su explicación. ¿La recuerda? El big data.

—¿C… Cómo?

—Según su historial de compras —buscó la terminal electrónica— en el 98% de sus pedidos, ¡el 98%!, doña Luisa, equivoca, siempre a la baja, la medida de las prendas. Usted sabrá por qué, eso no lo pone. Pero la estadística, según veo, sí dice que este envío sigue la misma tónica. Y, esta misma tarde, como hizo ayer mismo, entrará en la web de la tienda para corregir este nuevo error —Luisa lo miraba de hito en hito, muda— Se ha quedado de piedra, ¿verdad? Suele ocurrir. Pero no se preocupe, tengo la corrección abajo en la furgoneta. ¿Confía, no ya en mí, sino en el big data y se la subo, o prefiere que vuelva también mañana con, ya sabe, un segundo recargo?

—P… Pues… Ya que… Ya que estamos.

—Lógico, doña Luisa. De todas formas, y para formalizar el pedido, recuerde que deberá cumplir igualmente con el formulario online —ella asintió— ¡Ok! No se retire, enseguida vuelvo.

[1]Sin perdón. Clint Eastwood. 1992.

[2] Minority Report. Steven Spielberg. 2002.

 



José Luis Díaz Marcos. Albacete, España, 1972. Ha publicado relatos en diversas antologías y webs nacionales y extranjeras. También es autor de sendas novelas:  Paraísos de magia y fuego y Botij-Oh!

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