Ensayo sobre la niñez o de la semilla del infinito (3 de 5), por Hugo Martínez

[Imagen: María Guerrero, niña (1878), de Emilio Sala]

Un mundo fijo, en su pretensión tan adulta, no puede más que despertar cierto desconcierto que raya en el rechazo, el rechazo más serio jamás imaginado por ser tan niño y expresado, de manera positiva, en este verso: «Con el segundo [milagro] se creó eternamente humano y niño».[1] Si la vida adulta se realiza como imagen espejo de una vida estancada, la niñez apunta al desmentido de tal obstrucción. Un modo otro de ver el mundo, más honesto, libre y niño que, al no perderse bajo el influjo de los prejuicios adultos, se maravilla ante la vitalidad de lo real que le acoge. Ante la pureza de esta visión, el mundo no llega imperiosamente como ya creado, sino, gentilmente, como invitando a crearse.

Por esta razón, la mirada infantil viene acompañada siempre de la expresión de asombro hija de lo novedoso inesperado. Esta novedad no significa que lo visto no haya aparecido nunca ante la mirada, sino, sobre todo, que sea visto con ojos capaces de abarcar el excedente de vitalidad contenido en lo real. Se trata de una mirada infinitamente niña capaz de romper con el mundo adulto:

Después le cuento historias de las cosas sólo propias de los hombres/ y sonríe, porque todo es increíble./Se ríe de los reyes y de los que no son reyes,/y le entristece oír hablar de guerras,/de negocios y de los navíos/que se hacen humo en el aire de alta mar./Porque sabe que todo eso carece de esa verdad/que tiene una flor cuando florece/ y que con la luz del sol/va cambiando los montes y los valles/y haciendo que los muros encalados nos duelan en los ojos […].[2]

Hemos de señalar que esta mirada infinitamente niña es radical en su pureza, pues la subversión que provoca en el mundo adulto trastoca los valores sobre los que éste se apoya. La riqueza de los reyes, todos los botines de guerra, los más lucrativos contratos mercantiles, los logros académicos y sus galardones, etc. dejan de ser los fines últimos del mundo humano para guiarse por una tautología impresionante y hermosísima por su verdad: vida que se consagra a sí misma. Contrariamente a la mirada adulta, la mirada niña no posee intereses ajenos al propio impulso vital; por ello, la actividad que le es más afín se realiza en el juego, pues qué es el juego sino aquella vida que se entrega a sí misma en pura pérdida sin pedir nada a cambio. Así, la niñez «Es lo humano natural, /es lo divino que sonríe y juega, / […]».[3]

La experiencia de cada uno puede comprobar la veracidad de lo anterior, ya que quién no ha visto a un niño, el que sea, entregarse a sus juegos como si fueran el tesoro más preciado sin esbozar por lo menos un dejo de sonrisa. Si lo preguntamos ahora descubriremos que esa tímida sonrisa tiene un sentido muy particular: es la respuesta al exceso de vida, estallando en un cuerpo pequeñito, con sus manecitas y piecitos, sueños pequeños también por ser incipientes y estar escondidos como un futuro en simiente.

Pero, si se piensa bien, lo que sucede ahí resulta inadecuadamente calificado de pequeño, siendo, más bien, enorme, ingente, hermosísimo e infinito estallamiento de vida que invita a preguntar por qué, qué sucede en el juego que reclama al niño con encanto tan fascinante. Sin duda, estas preguntas han motivado a un sin número de poetas entre los cuales los versos de Caeiro, nos parece, rozan una respuesta: «Y el niño humano que es divino/es esta mi cotidiana vida de poeta, / […]/y por lo que mi mínima mirada/me llena de sensación, /y el más pequeño sonido, sea de lo que fuere, /parece hablar conmigo».[4] La paráfrasis de estos versos, indudablemente, dirá mucho menos que la lectura de ellos, sin embargo, coincide con lo ya dicho: vida que se consagra a sí misma como puro desinterés, se trata de la vida entregándose a sí sin otra finalidad más que sí misma; es decir, vida que se realiza jugando.

El misterio maravilloso e inefable de la niñez nos ha descubierto en el juego un tipo de actividad comprometida con la vida misma, pero esta característica no lo agota, pues es claro que la actividad lúdica incluye una dimensión, sin duda, también preciosa por su particular esplendor, esta dimensión se desarrolla como actividad creadora. Desde aquí la creación, la actividad imaginativa y sus posibilidades de creación se hermanan con el acto de jugar. Probablemente este hecho proporcione un índice sobre la cuasi-natural aversión del adulto promedio a entregarse a risas y juegos calificándolos, las más de las veces, de un accesorio secundario e innecesario para la realización de la vida; la razón de esta apática renuencia se encuentra, probablemente, en el exceso de energía, de vida, que la creación requiere para efectuarse y que los adultos suelen tener en grado bajo.

Sería falso decir que tal deficiencia de vitalidad tiene como causa la vejez traducida en la cantidad de años y peripecias que pesan sobre la singularidad de una historia, verdaderamente tal déficit se encuentra en un lugar menos obvio que, aunque ya señalado, requiere su explicitación. Se trata del apego característico de la vida adulta al mundo que le es afín: su zona de confort, por utilizar una expresión corriente en nuestros días; un mundo adulto que carece del peligro de la novedad al precio de carecer también de la riqueza que ésta incluye. Probablemente existe un sinfín de razones adultas para justificar este apego: practicidad, comodidad, quizá la mera enunciación imperativa del adulto diciendo «así son las cosas», etc.; sin embargo, en el fondo de estas pretendidas razones, y cualquier otra, se encuentra como verdadera causa la suerte de incapacidad o indisposición hacia la actividad creadora que, en la vida infantil, resulta necesaria para la marcha de la vida misma y la construcción de un mundo.

El adulto se mueve en el mundo heredando, hasta cierto punto, el sentido que éste poseía sin someterlo a juicio, el adulto pareciera (pareciéramos) realizarse como el análogo de un actor dramático que vive historias escritas hace milenios por un dramaturgo que no es él. No importa la belleza y horror que estas historias incuestionablemente incluyen, pertenecen a un mundo ya escrito y, por ello, estático. El adulto promedio vive en el horizonte de este drama, para nada indigno, que constituye su mundo, en él entroniza valores neciamente considerados como inamovibles, esta actitud es lo que hemos llamado la quimera adulta. No obstante, es preciso decir que la condición estática del horizonte adulto se ve sutilmente trastocada por la invitación a la libertad que incluye como simiente. Tristemente, esta invitación suele ser obviada a causa del enorme esfuerzo que supone consagrarse a ella, tan sólo hay que imaginar a un adulto (no hay que ir muy lejos, bastaría quizás el reflejo del espejo más próximo) ya instalado en la comodidad de lo cotidiano. Y comodidad aquí no significa la falta de peligros que aquejan y amenazan la vida de cualquiera, simplemente significa la certeza de que el mundo está aquí a nuestra disposición con la totalidad de sus pesares y alegrías, se trata de señalar que el drama de la quimera adulta se encuentra escrito hasta la línea final. Basta, para que la vida se realice, representarlo llevándolo a escena.

Ahora, imaginemos lo que significa para la vida adulta renunciar a su quimera. Presumiblemente, este rechazo aparece, a sus ojos, como el acto más lunático jamás concebido y no sin razón, pues algo de locura se requiere para ello; sin embargo, ésta no posee jamás el sentido peyorativo atribuido desde la mirada adulta que es, generalmente, una mirada corta. No resulta adecuado mostrarse severo hacia la vida adulta y su quimera pues el apego que le es propio nos muestra una cara del adulto de la cual él mismo no parece consciente: el adulto no es tan adulto como él mismo quisiera ser, se presenta, por el contrario, irremediablemente frágil hasta la negación. Pedirle que reniegue de su quimera es como pedirle que obre la destrucción del mundo por la siguiente razón: el adulto, en la ingenuidad de su quimera, cree que el mundo dispuesto ahí para él se identifica con la totalidad de la vida (el mundo de los valores que conoce, todos los modos de amar y odiar que pertenecen a su mundo, las maneras de creer en los dioses y aquellas de no creer en los dioses, los distintos modos de ver la belleza y los distintos modos de sufrir el horror, la vida y la muerte, todo esto y más visto desde su mundo) y que renegar de él es renegar de la vida misma. Su debilidad consiste en no poder imaginar nuevos mundos para, después, crearlos, su debilidad consiste también en no saber, o no querer saber, que la vida se proyecta más allá de la conocida por él. Es con relación a este modus vivendi que podemos sopesar la belleza que brilla en la infinitud de la vida niña.

Sabiendo lo anterior, reclamar de la vida adulta la renuncia a lo que ella considera la única vida no resulta una petición baladí, pero sí lo es noble, hermosa y necesaria; pues, más que renuncia, se trata de la mayor consagración que puede ofrendarse a la vida misma. No debe sorprender que el adulto se muestre renuente a dejar la comodidad del mundo que conoce, porque le ama, creyendo que se trata de la única vida que ha sido y que podrá ser. Sin embargo, no es posible ejercer la condescendencia ante este modus vivendi sin dar, de algún modo, la espalda a la marcha del mundo; por esta razón, es preciso que el adulto sea sutil y dulcemente violentado por la noble invitación de la vida niña. Es preciso imaginar una situación en la que un adulto cualquiera (nosotros quizás) es abordado súbitamente por el excedente de vitalidad que invita alegremente a compartir el juego y, con ello, a crear mundos.

En la actividad lúdica se realiza un acontecimiento verdaderamente asombroso, pero obviado por el adulto a causa de que el desbordamiento de vida que estalla allí no cabe en los marcos de su mundo, salvo a condición de que estos cedan en ruptura. Probablemente, esta invitación es una suerte de tentación permanente, las más de las veces, no aceptada por mostrarse demasiado lejana en su altura. La sensibilidad literaria ha sabido retratar esta situación con  tal maestría que hace lamentar aquellas oportunidades en que, por seriedad, se ha querido dar la espalda al juego; pese a eso, hay que saber perdonarse, pues el juego es, innegablemente, una actividad verdaderamente seria que requiere una consagración radical a la vida como también lo han sabido señalar algunos filósofos: «Hegel says for example that play, because of its disinterested and superlative lighthearted nature, is the most sublime and only true form of seriousness. And Nietzsche says in his Ecce Homo I know of no other way of coping with great tasks, than play».[5] No basta decir que la actividad lúdica, el juego, señala un tipo de labor sublime; no importa la fama del nombre de quien lo haya pronunciado (Hegel, Nietzsche o quien sea), al final, será necesario realizar el ejercicio lúdico en carne y vida propia para verdaderamente rozar su belleza.

Aun teniendo presente la verdad de esta consigna, debemos y deseamos advertir los logros, a este respecto, consumados por el ejercicio literario. Le petit prince, publicado en 1943, ha sido una de las obras en las que mejor se retrata el valor de la niñez para el desarrollo de lo humano, basta tan sólo leerla con la seriedad que Saint-Exupéry requiere para percatarse de ello. Recordemos cómo, en el capítulo primero, el primer dibujo logrado por el aviador evoca la imagen de un elefante siendo devorado por una serpiente boa; recordemos, también, que el aviador niño guarda este dibujo como un tesoro mostrándolo a las personas adultas con quienes se encuentra para, desafortunadamente, obtener de aquellos una respuesta usualmente decepcionante, porque la mirada adulta no puede ver más allá de los sombreros:

Quand j’en rencontrais une qui me paraissait un peu lucide, je faisais l’expérience sur elle de mon dessin numéro 1 que j’ai toujours conservé. Je voulais savoir si elle était vraiment compréhensive. Mais toujours elle me répondait : « C’est un chapeau. » Alors je ne lui parlais ni de serpents boas, ni de forêts vierges, ni d’étoiles. Je me mettais à sa portée. Je lui parlais de bridge, de golf, de politique et de cravates.[6]

Ciertamente, este fragmento puede ser leído de manera literal; sin embargo, hacerlo significa ser en exceso adulto, mal ¿necesario? que, por ahora, deseamos evitar. Con él en mente preguntemos: ¿por qué un adulto no ve más allá de un sombrero? Probablemente por la misma razón por la cual el vanidoso ama ser aplaudido y el rey, obedecido; por la misma razón por la que el ebrio se encuentra atrapado en un mundo alcohólico[7]: la creencia adulta en un mundo que se cree único y ya escrito hasta la última palabra.

Bastaría ser niño para romper con el mundo adulto y, en su lugar, ver una boa devorando un elefante, una nueva especie de dinosaurio, quizás un nuevo tipo de rosa, tal vez la fruta que alimenta a los dioses por crecer sólo en el sol, por qué no la forma que los libros tienen en un mundo hecho de arándanos, de tal manera ad infinitum. Tal creación sin duda es posible, bastaría tan sólo con ser niño. Niño tan sólo.

HugoMartínezGarcía.jpg

Hugo Martínez García radica en la Ciudad de México. Cursó sus estudios de licenciatura y posgrado en filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Autor del artículo «Una subjetividad ética. Reflexiones sobre el estatus ontológico de la subjetividad en la fenomenología de Levinas». Actualmente explora la forma de ensayo literario como medio de expresar  contenidos que escapan a otras formas discursivas.

[1] Poemas de Alberto Caeiro, Pessoa. F., Madrid, Visor, 1984, p 51-53.

[2] Ibíd.  p. 61.

[3] Ibíd. p. 57.

[4] Poemas de Alberto Caeiro, Pessoa. F., Madrid, Visor, 1984, pp. 57-59

[5] “The Oasis of happiness: Toward an Ontology of Play”, Fink, E., en Yale French Studies, No. 41, Game, Play, Literature p. 57.

[6] Le petit prince, Saint-Exupéry, A., Valencia, Enrique Sainz Editores, p. 7.

[7] Por la misma razón que el soldado nazi asesinó al judío, el soldado estadounidense al alemán y al italiano, por la misma razón que los romanos quisieron erradicar a los cristianos del siglo I, por la misma razón que la diferencia da miedo: por creer, erróneamente, que sólo hay una única vida.

 

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