Goethe, el joven Werther y el comienzo de un sueño (IV), por Fernando Chelle

En esta cuarta y última entrega del estudio de la novela juvenil de Johann Wolfgang von Goethe, Las cuitas del joven Werther (1774), trabajaré con la epístola que cierra el Libro Primero, la del 10 de septiembre. El texto comprende la primera despedida de Werther y, de alguna manera, funciona como una anticipación de la carta del 20 de diciembre, porque aquí ya aparecen los aspectos que desencadenarán en el suicidio del protagonista. Es una carta que presenta un clima trágico, oscuro, sombrío, con un tono casi elegíaco. El tema del triángulo amoroso que se ha venido desarrollando desde la carta del 16 de junio, ha llevado a que el joven artista tome la decisión de alejarse del lugar. El pueblo de Wahlheim, sitio que Werther a elegido para vivir, para huir del mundo burgués y explorar su sensibilidad, ha dejado de ser esa especie de paraíso aldeano. El gusto por la naturaleza y las costumbres sencillas de los habitantes del lugar ha pasado a un segundo plano, ahora la importancia capital la ocupa el amor, un amor que vive allí y que no le corresponde; por eso, para evitar un sufrimiento continuo, el joven y enamorado protagonista decide abandonar el lugar. Hay un carácter heroico en Werther, porque tiene el valor de alejarse y no revelar su secreto, de alguna manera enmascara su despedida, aunque la desesperación que intenta detener por momentos lo desborda. Un tema interesante que también encontramos en esta carta es el de la vida después de la muerte, ya que en la conversación entre los personajes se hace referencia a un hipotético encuentro después de la vida, de manera que la muerte no está considerada como un final, sino como el comienzo de otra cosa.

En la introducción, el joven artista se queja amargamente de su estado y lamenta no poder expresar a cabalidad a su amigo y receptor, Guillermo, la situación opresiva por la que está pasando. A partir de esta carta, asistiremos, en la obra, al decaimiento de Werther. La desesperación que lo embarga de ninguna manera es compartida por Carlota, la que duerme tranquilamente. Werther referirá, pasará a contarle a Guillermo y por ende a nosotros los lectores, la conversación que tuvo con Alberto y Carlota en la alameda.  Es importante el lugar en el cual transcurre el encuentro: un sitio donde antiguamente el joven artista selló su relación con Carlota y por el que ambos sentían una especie de empatía misteriosa e inexplicable. El lugar es calificado con el término “romántico” y esto es muy significativo, porque se trata de una palabra que en esa época no tenía las connotaciones que le damos hoy en día: se la utilizaba para hacer referencia a un tipo de relato sentimental. El marco escenográfico se plantea nuevamente en un atardecer, aunque claro, este atardecer es muy distinto a los anteriores. Es significativo que Werther diga que ve ocultarse el sol, porque es justamente desde las sombras de su alma, desde la congoja, desde donde recuerda los momentos de felicidad vividos con Carlota más allá del valle, en ese lugar ameno y apacible, que divisa desde dónde se encuentra. Aquel arrobamiento en medio de la naturaleza que vimos en la carta del 10 de mayo, aquella sensación casi mística, que le imposibilitaba a Werther trazar la menor línea, ha quedado atrás. Aquí la naturaleza sigue estando presente como objeto artístico, pero como telón de fondo de una escena de despedida. El sitio en que se encuentra lo remite a un pasado que ya no existe, un pasado donde fue feliz y esto lo llena aún más de dolor. Para describir su situación podríamos utilizar las palabras de Francesca, en el Canto V de la Divina Comedia, cuando refiere que “¡No hay mayor dolor, en la miseria, que recordar el tiempo de la dicha!”. En la descripción que Werther hace del lugar, sigue estando presente el tratamiento teatral y su despedida no será solo de Carlota, sino también de esos sitios donde ha sido tan feliz. Werther experimenta una sensación ambigua en el lugar, entre melancólica y dulce. Por un lado, lo embarga la melancolía de la despedida y, por el otro, experimenta la dulzura de ver a Carlota. Pero lo que va a primar es el dolor, porque, si bien ve a Carlota, es consciente que la está viendo por última vez y eso implica una sensación de desgarramiento: sabe que se alejará de la mujer a quien ama profundamente. La intensidad emocional con que vive Werther el presente es sustancialmente diferente a como lo viven Carlota y Alberto, porque él es el único que sabe que se va a despedir.

Lo primero que hace Werther al ver llegar a Carlota es ir corriendo a besarle la mano. La forma en que se sientan los tres personajes es muy significativa, allí está representado el triángulo amoroso: Carlota en el medio, a sus costados sus pretendientes. Werther es el único que se ve alterado, que se para, camina, se vuelve a sentar; Carlota y Alberto están muy tranquilos. La tranquilidad de la muchacha le permite poner su atención en la claridad de la luna y así se lo hace ver a sus acompañantes. Carlota refiere que en los paseos a la claridad de la luna siempre recuerda a sus muertos. De aquí en más, pareciera como si los personajes dejaran de estar allí como cuerpos definidos y concretos: pasan a imaginarse siendo espíritus ellos mismos y a preguntarse cómo será la existencia después de la vida. La conversación comienza a transitar por un terreno metafísico, donde la muerte no aparece como límite, sino como cambio. En este espacio Werther se siente a sus anchas, escuchando la dulce voz de Carlota, en una especie de teatro onírico, nocturno y espiritual. Para Werther todas las palabras de Carlota implican un mensaje subliminal y el “subsistiremos” funciona como una piedra fundacional del futuro suicidio. El diálogo es fundamentalmente entre Werther y Carlota, Alberto pareciera como si hubiera desaparecido. Es que hay una afinidad muy notoria entre ellos, han mantenido muchas conversaciones similares en ese lugar. Esas charlas, que le apasionan a Carlota, quizá porque no las puede sostener con Alberto, son las que han enamorado perdidamente al joven pintor. Carlota, en sus palabras, resalta el papel de responsabilidad maternal que ha heredado, y que ha cumplido hasta las últimas consecuencias, e instala en el discurso el tema de los muertos. El hecho de que se pregunte si “¿ellos saben algo de nosotros?, ¿son conscientes de que los recordamos?” implica ingresar a un territorio, si se quiere, fantasmal, de ultratumba. Las palabras de Carlota son escuchadas por Werther como si vinieran de otra dimensión. El joven protagonista parece tener una fe ciega de que realmente existirá, después de la vida, otro tiempo en que se podrán encontrar; incluso, en la última carta, afirma que después de la vida volverán a estar juntos y se encontrarán con la madre de Carlota. Quizás esas certezas, esa fe en el más allá, es lo que lo lleva a tomar la decisión de matarse. El suicidio de Werther tiene un valor trascendente, místico, está basado en la confianza de que, en el más allá, alcanzará la posesión final de su deseo.

Cuando termina el encuentro y Carlota se retira junto a Alberto, Werther queda mirando a la pareja desde los altos tilos. El encuentro ha sido una pequeña muerte para el joven artista y, desde ese lugar de soledad donde se queda, su enamorada es solo un vestido blanco brillando a lo lejos. La figura de Carlota, de aquí en más, se irá transformando en un imposible, en una figura fantasmal. Durante el Libro Primero, Werther ha soñado con establecer un vínculo amoroso con Carlota, pero, en el Libro Segundo, comprenderá que ese vínculo será imposible. Su pasión por Carlota se transformará en una obsesión destructiva que lo llevará a tomar la decisión fatal; pero, como vimos, para él, trascendental.


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Fernando Chelle. (Mercedes, Uruguay, 1976) Poeta, narrador, ensayista, corrector de estilo y crítico literario uruguayo, radicado en Colombia desde el año 2011. Autor de los libros: Poesía de los pájaros pintados (2013), Curso general de lectoescritura y corrección de estilo (2014), El cuento fantástico en el Río de la Plata (2015), Muelles de la palabra (2015), Las otras realidades de la ficción (2016); El cuento latinoamericano en el siglo XX (2016), SPAM (2017), Las flores del tiempo (2018) y Cadencias que el aire dilata en la sombra (2018). Ha recibido varios premios en poesía, cuento y ensayo literario. Algunas de sus obras, traducidas a diferentes idiomas, forman parte de diversas antologías y se han publicado en numerosos países.

Su blog: PALABRA ESCRITA

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