Prólogo del autor y una amplia selección poética, del libro de Fernando Chelle Las flores del tiempo

Este tercer poemario, en cierto sentido, no deja de ser una continuación de los dos anteriores. Mantiene una gran diversidad temática y también estructural. No obstante, hay una gran cantidad de textos cuyo tema principal o secundario es “el tiempo”, por eso decidí titularlo: “Las flores del tiempo”.

Se trata de las flores del ayer, símbolos de la belleza de un tiempo ido. Las flores que nacieron en la punta del ovillo, las que se reflejaron junto al niño en los vidrios polvorientos y también las primaverales, esas de los primeros vuelos del amor. Inevitablemente, en estas flores pretéritas, aparecen las de una patria del recuerdo, donde se mezclan artistas, manifestaciones culturales, amigos y hasta figuras históricas. Pero hablo también de continuación, porque siguen presente en este poemario, algunos temas, que, a esta altura, ya podría decir que son recurrentes en mi obra. Un ejemplo sería el tema de la consciencia creadora, que reflexiona sobre el hacer poético, especialmente sobre el tema del lenguaje. Las referencias al mundo literario, sin pretender ocultar las influencias en el estilo de diferentes autores, movimientos o escuelas, también forman parte de este ramillete lírico.

Salvo los poemas titulados “Bogotá”, textos sobrevivientes de un poemario perdido, escrito durante una estancia breve en esa ciudad, las demás creaciones tienen, por lo general, un tono optimista y luminoso.

Fernando Chelle

 

 

La madeja

 

En la punta del ovillo estaba el llanto,

dormido, agazapado en las tinieblas del todo.

En ese lío a disiparse por calles grises y ríos negros

se escondía, el primer acorde del suspiro.

El sol en lo alto,

engendrado por el balbuceo sur de una vieja guitarra

y el grito verde y llano de la pradera,

fue luz original de la poesía.

El después es el ahora,

el tiempo donde devano los sueños

donde las palabras,

cada vez más precisas,

no intentan llegar a la otra punta.

 

 

Agua de río

 

La sombra de una caña se parte a la orilla del río

tiembla sobre las hojas de luz, sobre los gajos de sol

dispersos en una alfombra que pasa.

El tiempo allá arriba cruza raudo, en una nube,

muelles, manos, peces, agua, sangre, ojos,

todo va allí, en esa mancha que se transforma

que tiene prisa, que será río.

Esta fuerza fecunda que hace temblar la luz sobre su lomo

este tajo en la tierra, arrebato de nube y tiempo

es el transcurso irreversible hacia el olvido.

 

 

Arrepentimiento

 

Lo confieso,

he asesinado mariposas.

Solía salir junto a mi hermano

cuando el sol calcinaba la siesta

armado de una rama,

cuanto más frondosa mejor.

El día, que caía

cuesta abajo

a morir en el río

se fragmentaba en mariposas

las había amarillas

naranjas en su mayoría

y otras

que parecían tener un reloj entre las alas.

Venían volando por la claridad

esquivando invisibles

como si supieran

de la existencia del gigante

que las esperaba.

Venían zigzagueando

su tiempo de serpentina

regalando su frágil belleza

sin prever

la precipitación de rama

de naturaleza violentada.

Venían con el sol de las chicharras

en su baile arrítmico y silencioso

a morir a plena luz

en lúdico asesinato.

¡Qué pena da confesarlo!

he asesinado mariposas

he sido un vil soldado

que levantó sus armas

contra la belleza.

 

 

Vida

 

Con la piel sujetándome

conteniendo pecho, sueño y palabra

me siento sobre el recuerdo de mi niñez.

Hay un árbol de paraíso

que ahora descubro que lo es,

un niño reflejado en vidrios polvorientos

que pasa, y sin saber observa el recuerdo que será

la vida que está siendo en este lugar

sucesivo y arbitrario como el signo que lo crea.

 

 

A vuelo de pájaro II

 

Siempre es bueno que el pájaro me encuentre trabajando

que observe con sus nerviosos ojos

mis torpes romances

y mis improvisados sonetos

fechos al itálico modo.

Cuando él llega

el que debe volar soy yo

elevarme desde mi rústico escritorio

sobrepasar los falsos tejados

planear sobre las antiguas catedrales de la palabra

y crear por fin un nuevo verbo

con que expresar

la poiesis.

 

 

Cortejo lingüístico

 

A veces las palabras me miran desde lejos

las observo

trato de acercarme

pero me esquivan,

siguen allí

buscan ser conquistadas

ubicarse en mi poema,

no de cualquier manera,

buscan ser cortejadas

seducidas,

luego sí,

se acuestan en la línea de mis versos.

 

 

Cosmos, 1984

 

Una luz dulce de mandarina en otoño

calienta el viejo patio de mi niñez,

la fantasía es un colchón de hojas en el suelo

murmurando con un viento de lenguas invisibles,

lo poético ya está allí

es el silencio de ese patio a plena luz

ese niño amando su soledad

absorto en el diamante

que deja al pasar un caracol,

lo mágico es ese lugar sin mar

sin pantalones blancos

sin perfumes corrompidos,

la felicidad,

es la sombra de un árbol

donde viven los pájaros

la sombra que se arrastra en silencio

con olor a mandarinas

para comunicarse

con el viento

las hojas

y las ramas de diamante.

 

 

Reflejo

 

Algunas veces veo en el estanque

sobre un tapete de luz infinita

temblar de frío a la luna.

Pienso que el agua,

no la culpo por eso,

al sentirse presa y sola

en las noches heladas,

sueña y se cobija

con historias de apariencias.

 

 

El cuchillero

 

Un esquivo pez de luz

como un tajo de plata en la noche

desató la tormenta.

En la esquina del triste farol

calló la sangre negra

y se arrastró en la sombra

como una serpiente

de mil cabezas

moribunda

agónica de borbotones.

La luz de luna

derramada en los viejos adoquines

lustró, todavía más, los mocasines en fuga.

Después, todo fue silencio

quedó sola la esquina

el farol, los adoquines

y hasta la luna en el cielo.

 

 

Ausencia de ti

Un desierto con objetos

que dejan caer su sombra muerta

por la falta de tu aliento.

 Un brillo tenue y triste de cristales

incomparable al resplandor de tus ojos

permanece inmóvil tras una luz polvorienta.

Un vacío de gotas repetidas

una ausencia de sonidos blancos

de gustos verdes y olores naranjas

han despoblado este refugio,

pero todo pasará,

llegará la vida, y tendrá tus ojos.

 

 

La hora intempestiva

Siento desierta la siesta de enero

todo es sol y chicharra

sequedad, polvo y silencio.

Será que seré el único

con los ojos abiertos

en medio de las llamas

de estas calles resecas.

Tal vez yo sea el sueño

de una almohada en el suelo

junto a una cama grande

al pie de la simiente.

 

Bogotá III

La poesía vive en mí

a veces, cuando no puedo más

o cuando las condiciones se dan

la escribo,

pero el himno gigante vive en mí,

lo descubrí hace tiempo,

hoy en una esquina de esta ciudad prosaica,

mientras esperaba el paso de los autos,

obtuve la certeza,

la poesía soy yo.

Diagonal Santander

Voy a escribir el poema

que no pude escribir cuando quise escribirlo,

sentado en un café, con mi revista impresa,

anacrónica, intempestiva, mirando la avenida.

No lo pude hacer, ante el rostro múltiple y fastidiado del calor,

desde ese sitio aireado y panorámico.

Una sombrilla roja como un fruto de sangre

me recordó la costa

un cartel llamando a la barbarie

de no sé qué corrida me recordó a Macondo

a mi espera cataquera, resistente a la sangre,

debajo de unas gradas

donde se apretujaban los Buendía

y los poetas

que no son como yo.

No lo pude escribir

rodeado de murmullos

sonidos electrónicos

y caras satisfechas de café granizado.

Ahora, no recuerdo el poema

que no pude escribir cuando quise escribirlo.

Quizás viva fragmentado en textos posteriores

en versos escritos sin la impertinencia vital y literaria

sin la interrupción de la sangre violentada.

No lo recuerdo y duele

eran versos de amor.

 

 

Del mismo barro

 

A la memoria del pintor Carlos Federico Sáez 1878 – 1901

Un 14 de noviembre,

noventaiocho años antes

de mi 14 de noviembre

naciste allí, igual que yo,

a orillas del Hum,

en la ciudad coqueta

del pequeño país.

Hoy estoy lejos de allí

como lo estuviste tú

y te recuerdo.

Las cosas de la vida, Federico,

tú pintando a la sombra del Coliseo

y yo escribiendo desde esta muralla centenaria,

otros tiempos y otros espacios

para dos llamas de diferentes tiempos

encendidas en el mismo espacio.

Qué lindo sería manipular estos conceptos

 y encontrarnos de pronto

en un fantástico bar de cualquier país,

porque nuestra conversación, nuestro diálogo,

nuestro vino compartido, sabría igual en cualquier lugar,

porque la geografía se reduciría a alguna mesa de madera.

Vernos por ejemplo en 1950,

un año sin nosotros,

sin un hombre

que cincuentaisiete años antes

se retrató con una flor en el ojal

y sin un hombre

que sesentaicinco años después

escribió sobre una muralla

hecha a punta de dolor ajeno.

Hablar de mi futura poesía

y de tu pasada pintura

de tus escasos y nerviosos trazos

y de mis pequeños poemas surrealistas.

Quizá te sirva para pintar

tu “cabeza de viejo”

y yo te use para escribir

y crear,

“del mismo barro”

ese que es fruto

de la tierra antigua

y del Río Negro

que sin ser el mismo nunca,

siempre será nuestro.

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Fernando Chelle (Mercedes, Uruguay, 1976). Estudió literatura y se desempeñó como docente de esa disciplina en Uruguay, en los departamentos de Soriano, Montevideo y Canelones. En el año 2011 se radica en Colombia, en el Departamento Norte de Santander, en la ciudad de Cúcuta, donde ha sido Profesor de Lengua Castellana, Corrector de Estilo y Docente Universitario. Es poeta, ensayista y crítico literario, autor de los libros Poesía de los pájaros pintados (2013), Curso general de lectoescritura y corrección de estilo (2014), El cuento fantástico en el Río de la Plata (2015)  Muelles de la palabra ( 2015), El cuento latinoamericano en el siglo XX: Un abordaje analítico de los trece mejores relatos breves del pasado siglo (2016).

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