Ensayo: Juzgar un libro por su portada: Farabeuf de Salvador Elizondo, por Armando Gutiérrez

Es común escuchar la frase “nunca se debe juzgar un libro por su portada”. Aquella sentencia se funda en una profesión de fe casi tan absurda como su opuesta “juzgar un libro por su portada”. En ambos casos subyace una idea: texto e imagen en el objeto libro están completa o parcialmente desvinculados. El siguiente ejercicio parte de la idea opuesta, ya que, en contraste con la concepción platónica de los textos, considero que la materialidad de lo que conocemos como “libro” es un factor que influye sustancialmente en cualquier proceso interpretativo.

Antes de continuar reconozco mis deudas: la principal es el artículo dedicado a Balún Canan de Alejandro Higashi en la Nueva Revista de Filología Hispánica. La segunda es un poco menos precisa, pero no menos importante, pues Roger Chartier, creo yo, sigue siendo un teórico fundamental en cualquier estudio sobre la materialidad y circulación textual.

Para comenzar valdría plantear algunas consideraciones de orden teórico. La más importante es precisamente la imposibilidad de desligar el discurso literario, en tanto creación verbal puesta en libro, de los procesos editoriales y de circulación material. Ello implica mirar el objeto que tenemos en las manos y preguntarnos sobre sus condiciones de materialidad (tamaño, papel, formato, portada, etc.) y sobre sus condiciones de circulación (editorial, dinámicas de publicación, colección, tiempo y espacio de aparición y difusión). Puesto que, por muchos años, tal como señala Higashi, la tradición de estudios literarios mexicanos ha dejado de lado esta senda, hoy se vuelve imperativo trabajar en torno a estas preocupaciones y considerarlas como parte de las variables que influyen en la obra, pues es producto de la cultura occidental. Para ejemplificar solo uno de estos elementos —la portada— y analizar las implicaciones que se desligan a nivel interpretativo y de recepción, trabajaré con Farabeuf de Salvador Elizondo.

Resulta necesario, con base en las ideas expuestas arriba, señalar con precisión la edición de Farabeuf que será sometida a análisis. La cual es Elizondo, Salvador. Farabeuf. México: SEP-Joaquín Mortiz, 1985. (Lecturas Mexicanas Segunda Serie, 14). Seleccioné esta edición en particular por varios factores: el primero de ellos es que pertenece a un proyecto editorial importante en el panorama de las letras del pasado siglo aún con la necesidad de un estudio profundo y documentado que eche luz sobre él; el segundo, derivado de lo anterior, es la difusión y lector ideal que consideraba la colección; y el tercero radica en la propuesta estética de su portada.

Farabeuf, con el pasar de los años y de los críticos, se ha convertido en el barco insignia de la obra de Elizondo. La novela, a pesar de ser una apuesta estética poco convencional en tierras mexicanas, ha adquirido con las décadas una renovada atención por parte de los lectores. Basten para ilustrar lo dicho tan solo las numerosas tesis procedentes de la UNAM. Podría decirse que nos hallamos ante una obra de alto consumo en contraste con la producción restante del autor, misma razón por la cual es natural cuestionarse desde la recepción y la materialidad por aquellas variables que inevitablemente la atraviesan.

Volviendo sobre la portada, hay que señalar su importancia como discurso iconográfico en el objeto libro; ya que, opuesto a como reza el adagio, es la portada el primer elemento receptivo que interactúa con su lector. Consciente o inconscientemente, nosotros como lectores somos susceptibles a los encantos de los colores, las formas, la tipografía, la disposición y la apuesta visual de cada portada en cada libro. Esto es una verdad irrefutable en el medio editorial, pues justo es ahí donde un grupo de entes se encarga de seleccionar la portada ideal que acompañe al material verbal. Nada de lo que tenemos en las manos cuando sujetamos un libro es gratuito y nada, por ende, deja de ser material crucial en un acto receptivo.

Higashi señala muy bien la importancia de la portada en la producción de best sellers como un índice significante que da pautas de un lector ideal, de aquel sujeto para quien se pensó el libro en tanto mercancía, pero también en tanto deleite y objeto estético. Claro, siempre y cuando hablemos de literatura, pues me es difícil pensar en deleite estético, a la manera de Hans Robert Jauss, en un manual de catalogación o un libro de leyes.

De lo anterior surge la legítima pregunta: ¿quién es el lector ideal de la portada y de la edición de Farabeuf en Lecturas Mexicanas Segunda Serie? Para ello hay que remitir a un paratexto que antecede a la novela y que hallamos en todos los títulos de la serie, el cual dice “Lecturas Mexicanas divulga en ediciones de grandes tiradas y precio reducido, obras relevantes de las letras, la historia, la ciencia, las ideas y el arte de nuestro país”. Tan solo con este reducido texto surgen una serie de ideas que, espero, ayudarán a dar respuesta a la pregunta central.

Vale decir, pues, que el lector ideal es un mexicano promedio. Y, aunque dicha afirmación raye en lo estúpido, es justo enunciarla puesto que implica la apertura. Lecturas Mexicanas no es una colección de especialistas, no es una colección para niños ni para hombres ni para mujeres. Es una colección para todos, por ello sus grandes tirajes a bajo precio. Lo cual nos lleva a pensar que el comité editorial dictó que Farabeuf sería una pieza apta para la población mexicana en general; sin embargo, hay otra consideración que no debe escapar: al incluir la novela de Elizondo en la colección, hay de fondo un juicio sobre su canonicidad, pues el mismo texto preliminar apunta con su sintético “obras relevantes” lo exclusivo de la selección. Farabeuf, con 20 años desde su aparición en Joaquín Mortiz, estaba dentro de aquella lista imaginaria que es el canon, sino occidental, al menos mexicano.

Lecturas Mexicanas, con su dinámica comercial de venta en puestos de periódicos, llevaba al mexicano promedio la novela cumbre de Elizondo. Y lo primero que este lector ideal veía era la portada que daba identidad al volumen. Opuesto a lo que pueda pensarse, Lecturas Mexicanas apostaba por ilustrar sus volúmenes con diseños singulares en cada libro. El trabajo que acompaña Farabeuf es de naturaleza compleja, diría yo hasta abstracta. Esta portada está muy lejos de un discurso visual primario, por lo demás muy socorrido en ediciones de difusión. Su portada está constituida por un elemento rojo, similar a una espina de maguey, que atraviesa verticalmente todo el libro sobre un fondo negro profundo.

Repasemos los colores: el elemento rojo, principal componente del trabajo, sin duda —siempre desde una actitud anterior a la experiencia de lectura de la novela— remite a una simbología occidental emparentada con la sangre, lo peligroso y lo prohibido (ejemplo de ello son las señales de tránsito o la sangre en la pintura expresionista); por su parte, el elemento negro remite a un horizonte simbólico en consonancia con la muerte, lo oculto y el crimen (no gratuitamente el género policial recibe, según sea el caso, la etiqueta de “género negro”). Los dos colores, por ser ellos elementos muy atractivos y casi únicos en la composición tienen más significado sobre las formas, las líneas o hasta las palabras; sin embargo, esa extraña “espina de maguey” podría ser considerada un símbolo fálico en algunos análisis, lo que irremediablemente nos llamaría sobre la sexualidad.

Contrástese todo lo dicho con las líneas interpretativas de la novela. Se verá que aquellos elementos “abstractos” significan y prevén a un lector al hacer énfasis en temas como la muerte, la sangre y el cuerpo o el falo y el sexo. Hay que decir, no obstante, que la portada es solo una interpretación o una lectura; por lo cual es natural que ella deje fuera líneas de análisis como el tiempo, la fotografía o la fragmentación textual.

Véase ahora que el receptor del Farabeuf de Lecturas Mexicanas es bombardeado con todos estos indicios que de un modo u otro condicionan la lectura misma. Es un lector sobre el cual se llama la atención para primar la muerte, la sangre y el falo en una composición abstracta que tal vez implique ella misma el extrañamiento y la no convencionalidad de la novela que estamos a punto de comenzar.

 


Jesús Armando Gutiérrez Victoria. Es estudiante de la licenciatura Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM.

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