Cuento: La piel de un cerdo, por Israel Montalvo

Hace tiempo que no la veía. Encontrarse con ella fue toda una odisea; para empezar, tuvo que esperarla hasta el mediodía con el sol cayendo a plomo en los confines de una parada de autobús atiborrada, todos desesperados por llegar hacia algún lugar y él perdido en una espera. La puntualidad nunca fue su fuerte, pero Myrna valía esa espera, algo que aún seguía siendo como en los viejos tiempos. ¿En verdad nos conocemos desde hace tanto? Esa idea le tomó por asalto y le vinieron a la mente diversos momentos que compartían, eran más de los que podría englobar en una lista cualquiera.

Siempre había considerado su amistad como algo atípica: había una gran confianza entre ellos, como si fuesen los mejores amigos, pero procuraban verse lo menos posible; en parte, él lo atribuía a esa época en que se conocieron donde intentó por todos los medios ligarla pero ella nunca pudo deshacerse del lastre que era su novio en aquellos días. Desde entonces siempre había un grado de tensión entre ellos, algo que no sabían cómo hablarlo ni si debían hacerlo; estaba presente cada vez que se encontraban, hacía que su interacción  fuera algo torpe, como si se encontraran atrapados en medio de una comedia romántica.

Yeyé, así lo llamó Myrna desde la primera vez que lo vio, porque le recordaba a uno de sus monstruos favoritos, un glotón antropomórfico, pálido y espigado. Él se había flechado desde esa primera vez con esa chica que siempre parecía estar en otro planeta, con la mirada perdida y esa voz aguda como el filo de una navaja. Se convirtió en una obsesión que le costó toda una vida superar, o eso quería creer. Siempre que estaban juntos las cenizas ardían, Myrna lo atrapaba con esa mirada que le penetraba hasta el alma. Intentar iniciar una simple charla era todo un viacrucis, era casi imposible encontrar un tema que compartieran: Myrna se había dedicado a la pintura y estaba obsesionada con los monstruos, ellos poblaban su mundo y se manifestaban en ilustraciones y cuadros perdidos en tonos ocres, eran regordetes como manzanas mordisqueadas y pasadas, o flacos y espigados como mantis sin cabeza. Estaban podridos y eran juguetones como lo puede ser un perro; a él siempre le causaban empatía todas esas imágenes trazadas en sus lienzos. Había aprendido a quererlos como en secreto quería a Myrna por más que se lo negara, esas emociones le revoleteaban por el estómago cada vez que estaba ante ella.

Esa tarde le ayudó a buscar un trozo de piel, así se lo planteó ella: «necesito la piel de algo para practicar». Lo desconcertó un poco, sólo pensaba acompañarla a enmarcar unos cuadros y de ahí regresar a casa. Terminaron en los confines de un mercado donde compraron la piel como «cueros» de cerdo. Él estaba fascinado con la forma en que se encontraban sobrepuestos en una esquina del aparador, parecían pañuelos de tela doblados uno sobre otro. El carnicero lo desdobló para mostrarles que era un metro de cuero; él sólo pudo divisar un lienzo, sería hermoso pintar sobre la piel, pensó, pero no era la piel de un cerdo lo que imaginó. No, pensó en la espalda de una mujer, una silueta amorfa. Alguien le dijo una vez sobre una exposición en la cual a un hombre que acababa de fallecer le retiraron la piel de la espalda donde tenía un enorme tatuaje, el cual enmarcaron y lo expusieron como si fuese un cuadro. Había una sensualidad en todo eso, esa idea lo atrapó por días mientras acompañaba a Myrna a comprar cueros.

Ella se iniciaba en el tatuaje, usaba los cueros para practicar antes de tatuar a una persona por primera vez, dibujaba a sus criaturas y se las mostraba a él. A veces hablaban de hacer prendas con los cueros como en esa película que convirtió a Antony Hopkins en un ícono, esa donde ayudaba a la joven agente a cazar al psicópata que hacía ropa con la piel de las mujeres que secuestraba. Él empezó a fantasear con la idea de una camisa que tuviera una hilera de pezones y los tatuajes multicolores que adornaban cuerpos; esa idea siempre lo orillaba a masturbarse, con la mente fija en una piel, sin un rostro, sin una forma definida, sin sexo, sólo piel, viva y sudorosa. Después del orgasmo aun deseaba más. Ensoñaba el roce de la piel sobrepuesta sobre la suya como si fuese una camisa, una caricia húmeda y aún cálida.

El sabor de la carne no era como lo imaginaba, era como comer chuletas de puerco. Esa fue su primera impresión cuando la probó, el sabor no era tan diferente al de un cerdo. Aun así, no se comparaba con nada. A fin de cuentas, tuvo que cazar su comida y prepararla. La piel era tan parecida a los cueros de puerco. Un lienzo en el cual se podrían estampar los monstruos de Myrna.

Todo se dio de improviso, no hubo tiempo de pensarlo, simplemente se dejó llevar. Había un tipo que merodeaba a Myrna, antes solía juntarse con él. Sabía lo que sentía por ella y a veces le hacía de paño de lágrimas en esa novela que era su historia con Myrna, pero a sus espaldas la pretendía e incluso lo boicoteaba hablando mal de él. Lo primero que hizo cuando se dio cuenta fue evitarlo, ignorarlo deliberadamente, alejarlo lo más lejos posible. Al principio funcionó, pero solía volver, a veces sólo para pasar el rato, otras porque ocupaba algo, un préstamo o alguna cosa que tuviera Yeyé entre sus pertenencias, como esa grabadora que recién compró y sólo la pudo usar en un par de ocasiones antes de que terminara siendo un préstamo sin devolución.

Se presentó un miércoles sin previo aviso, eran cerca de las diez de la noche y Yeyé se disponía a dormir cuando se dio cuenta que tocaban la puerta, era Patanás (cómo se hacía llamar el lastre de su amigo). Esperaba en la puerta con un seis de cervezas empezado en una mano. Venía a pedirle un préstamo para seguir la peda, algo típico de ese cretino, no le importaba mucho que la quincena estuviera lejana o que Yeyé tuviera que madrugar para ir al trabajo. Sólo necesitaba cien varos para poder seguirle, como los cien que aún le seguía debiendo, eso lo puso colérico. Yeyé le recordó que aún le debía y le pidió sus cosas, a lo cual hizo oído sordo y le prometió devolver ese préstamo a la primera oportunidad. Yeyé sabía que era una farsa como cuando simulaba ser su amigo para poder acercarse a Myrna.

Le cerró la puerta en la cara, pero Patanás no estaba dispuesto a irse sin ese mísero préstamo y a como diera lugar pensaba lograrlo, porque como le explicó a Yeyé: «Quedé de verme con una viejas bien buenas en la casa de una de ellas, no puedo llegar con las manos vacías, sólo ocupo a completar para un doce y una caja de Marlboros». El único que podía sacarlo del aprieto era Yeyé, pero Yeyé estaba harto de toda su mierda desde tiempo atrás y sólo ocupaba una excusa para desatar toda esa rabia que le guardaba desde hace años.

Yeyé tuvo que ceder, estaba convirtiéndose en todo un espectáculo, no faltaría mucho para que los vecinos llamaran a la policía; por fin lo dejó entrar después de nueve minutos en que tocó el timbre sin intervalos y gritaba su nombre a todo pulmón. Lo escuchó prometer cómo le devolvería ese préstamo, de cómo serían mejor unos doscientos y el viernes sin falta tendría su dinero. De la deuda anterior hizo omisión.

El martillo acertó por su cabeza en su primer intento y al cuarto golpe su rostro se perdía en un rojo profundo. Patanás intentó cubrirse encogiendo su cuerpo y usando las manos para cubrir su rostro, pero el quinto y sexto golpe acertaron en la nuca: cayó inerte al suelo como si fuera un costal de papas. Yeyé sólo se detuvo un momento para limpiar el mango del martillo para un mejor agarre. Se sorprendía de lo simple que había sido. Había tomado el martillo antes de abrir la puerta sólo para asustar a Patanás y correrlo, pero cuando inició todo ese drama que tenía tan ensayado, prometiéndole que le pagaría, que confiara en él, Yeyé se desquició. Estaba harto de esa farsa y se lo dejó claro al primer golpe, después todo se dio con una naturalidad abrumadora. El tiempo se detuvo, como si el mundo estuviera pausado y él fuera el único que pudiera moverse, tenía el control total de lo que pasaba y cada golpe lo hacía sentir tan libre. La ira se iba disipando a cada martillazo. ¡Tum, tum, tum, tum!

Myrna, para su sorpresa, llegó temprano. Yeyé se había esmerado en preparar la cena como si fuera la mejor de su vida y le tenía una sorpresa guardada en la nevera. Myrna comió como nunca y él disfrutó la carne que le daba un sabor como a chuletas de cerdo. Pensó en que debía encontrar una receta para lograr sacar el mayor provecho a la carne que aún tenía resguardada en la nevera junto a la sorpresa de Myrna. Recordó haber oído de un hombre que hizo galletas pulverizando huesos: también pensó en extrañas páginas de internet donde se venden órganos, quizás ahí podría encontrar un recetario.

Después de la cena le dio la piel de un cerdo como el regalo idóneo a Myrna, era un tanto diferente a los cueros del mercado, esta piel estaba algo bronceada y parecía más suave. A ella le fascinó y le platicó que estaba pensando en no sólo practicar con los cueros para el tatuaje, sino hacer arte objeto con ellos. Yeyé estaba satisfecho: había descubierto que el placer no estaba en el simple hecho de comer la carne, sino la esencia que estaba seguro venía impregnada en la piel, en los músculos y huesos, que eso era lo que realmente había hecho en aquella cena, tomar la esencia de un hombre a cada bocado. Sólo debía encontrar la forma de darle un mejor sabor al guiso. Saber que Myrna encontraba un uso a los restos era un punto adicional. Yeyé estaba consciente de que Myrna siempre lo vio como lo que en verdad era, un monstruo, y sabía que tarde o temprano sería el primero al que ella tatuara con la imagen que le dio un nombre y era su verdadero rostro.

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Israel Montalvo es un trazador de pesadillas, las cuales ha manifestado  en diversos medios artísticos como la pintura, la música, la narrativa y el arte secuencial.  En donde  aborda  como temáticas centrales la metaficción, el horror en todas sus manifestaciones, y la condición humana. Israel ha participado en diversas exposiciones colectivas e individuales en diversas ciudades de México como Tepic, Puerto Vallarta, Guadalajara, Ixtlán del Río, Zacatecas, Celaya, Ciudad de México, San Luis Potosí. También se desarrolla como promotor cultural desarrollando eventos de diversa índole en los estados de Nayarit y Jalisco, y cómo escritor ha publicado en diversas revistas de literatura de Nayarit, Jalisco, Zacatecas y San Luis Potosí. En este 2017 publicó su primera novela gráfica «Momentos en el tiempo» por la que obtuvo dos becas, una para la realización del libro (Fecan edición 2008-2009) y otra para su publicación (Pecda edición 2014).

Correo: israelt.it@hotmail.com 
Facebook: Israel Montalvo art (fanpage)

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