Reseña: Antiparras para afinar agudas miradas, por Juan Pablo Ramírez Gallardo

Poesía es creación,
Acto libre.

Octavio Paz

El dominio de los recursos retóricos o licencias literarias en un poeta por lo general se muestra a partir de la aplicación irrestricta de las reglas morfosintácticas o fono-fonológicas; pero también al hacer un uso personal, intencional y arbitrario de esas reglas sin que con ello se pierdan (quizá) los ritmos y las armonías del, digamos, muy personal flujo poético. Sin contar con que hay quien trata de buscar, sin mayores obstáculos formales, la melodía natural que esconden las palabras o refocilarse incluso en el incipiente pero intenso goce de sus diferencias.

Daniel Olivares Viniegra lo sabe y en su libro Antiparras, antipoemas para lectores sin prejuicios, se aboca a la construcción de un territorio poético (lingüístico: visual y acústico) que podríamos denominar pendular, pues oscilando entre el lenguaje poético y el «no poético» (es decir todo aquello que rebasa a la palabra «natural» como unidad comunicativa básica), esculpe una escritura que hace de la distancia retórica la tregua cómoda y adecuada para apuntar y disparar lúcidos dardos de placeres impecables:

Subiendo
Y Sabiendo
Que (no) (Oh) (no) llamas

Y qué llamas…
Qué(más) da
Si nada ya
Sin-cera-mente
Sinseramantes
Ni míseros seres…
M(á)s tampoco ser(E)mo)(s)

Por eso es que, adelantando(les) el final de su libro, digo que Olivares Viniegra termina por autodefinirse o definir su creatividad de manera oscilatoria:

Somos antipoetas
Porque somos…
Todo lo contrario.

Y es con esa «sabiduría de papalote» (por sus altos movimientos, bruscos y armoniosos a la vez) que este autor, por principio, desafía la inercia lectora que nos induce a buscar ­—casi siempre, romántica y bobaliconamente—, sólo al poema bonito y feliz. Pero los antipoemas, por supuesto, portan otra muy venenosa o específica esencia más allá de la materialidad:

Amor mío:
No me trates como a cualquier pendejo.
(Yo soy un pendejo especial).

 Su coartada es una emancipadora irreverencia que busca la adversidad entre los signos y los significados, al mismo tiempo que la diversidad gráfica y polifónica —ya ocultada, ya eclipsada, ya laberíntica­— para conjurar las barreras de la siempre consagrada y «buena» poesía. Con lo anterior pretende, por el contrario (y siguiendo al más joven Octavio Paz), abrir la piel de las palabras hasta desnudarlas, diseccionarlas y quitarles su patética vejez. Tal es su divisa y de manera evidente no únicamente en cuanto a lo lingüístico.

Patear el pesebre
Y más aún patear el avispero…
Siempre patear-patear
Aunque protesten los patos.

 Desdoblar la escritura, condensar sus significados, retorcer sus letras, achicarlas, someterlas, develarlas y encontrar la intimidad de su irreverencia, es el artilugio a partir del cual el autor se erige como amo de su antioficio: un juego que se juega para encontrar el buen humor y, entre letra y letra, dibujar una ambigüedad de sentido plena de vitalidad y, ¿por qué no?, aquejada por una bienamada y contagiosa locura.

Esto no es Li-T-ra-tu-ra.

Son chistes
Son chisteees
Son ¡chist!
Son chis…

Hay un condicionamiento voluntario: la regla es «desarreglar» creativamente; encontrar la liberación de los ritmos y/o los sonidos, o las cadencias ocultas de las palabras o las imágenes.

1

El juego y el oficio consisten en seguir estirando las palabras, en recuperarles su carácter de objeto maleable, en estirar incluso alguna letra hasta re-formarla y encontrar su íntima fórmula o su extrañeza:

2

Como se observa, esta antipoesía aporta algo más que una retórica coloquial, lo cual llevaría encarcelar de nuevo a la palabra, a devolverla hacia sus corrientes y usuales pronunciaciones. Tal de-liberación, en cambio, propala sus signos y sonidos en el aire sin importar que tropiecen (o no) con las bocanadas de aliento que pudieran pronunciarlas.

El poeta Ezra Pound consideraba que en la mejor poesía existe una especie de «sonido residual» que permanece en el oído de quien la escucha o en el pensamiento de quien la lee. El antiparrismo poético de Olivares no es la excepción, pues sus antiversos, una vez leídos, persisten —insisten— en su canto como un eco.

3

Soltar los amarres del lenguaje conduce a liberar no sólo a las palabras sino también a los lectores atrapados en los tradicionalismos de forma y de sonido; es la labor a la que da pauta, en tanto revela una vez más a la lectura como un acercamiento diferente hacia nosotros mismos.

En consecuencia, el antipoetismo de Olivares es un caballeroso reto a las formas poéticas que se pongan enfrente de cualquier lector. Lanza las palabras como dados para que, con la fuerza del azar y el filo de sus letras, rueden, hagan malabares, se detengan y que con su nueva profanía golpeen solemnidades y sacralismos innecesarios.

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En otra parte nos propondrá su:

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Justo con esto último nos recuerda que, ciertamente, el mundo queda lejos de haber sido la realización lineal de una fábula pero ello no implica renunciar a la necesidad de la fabulación para pensarlo (todo) desde nuevas y lúdicas esperanzas. Así el juego radical de Olivares nos invita, quizá sin proponérselo del todo, a contagiarnos, a continuar tejiendo letras y palabras al revés o a contrapunto para volver a significarlas, a dialogarlas y recrear su especulus, es decir, las reminiscencias de su representación del mundo y la vida hasta lograr coser sus rupturas y cocer sus sabores, y luego cogerlas, una por una, con esas pasiones que se escriben e inscriben, jadeantes, en el umbral académico de la poesía prohibida:

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Escribe Mayra Macías que, si la ilusión es la vida misma aferrada a lo que pasa, a lo que está yendo(se), la perversión sería mantenerse en el límite, en el habla irónica de quien transgrede con la ilusión, con el lenguaje y la norma. Entonces, la antipoesía es esa perversión gozada y su escritura (como en Antiparras) delata al perverso que todo poeta lleva dentro. Ningún escritor es ajeno a esa promiscua tarea de acosar y seducir palabras hasta encontrar la identidad estética de su densa y latente desgarradura para poder sonreír en medio del acto creador consumado, sin más mediación que la ignota universalidad de los objetos, en acuarela coloreados, que a aquellas pertenecen.

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Aquí las palabras vuelven a ser tesoros de sentido siempre expuestos a ser descubiertos, si es que en verdad se horadan los bajos fondos o se busca transitar libremente desde sus artificios denotativos o si se cree en su público edicto, mismo que permite husmear y catar la intimidad virginal de su hilaridad. Y así, por ejemplo, aceptando el juego que nos propone el autor, luego de llenar sus espacios en blanco, queda que:

 Quedan prohibidas todas las palabras terminadas en gozar
A menos que promuevan una orientación religiosa;
Lo mismo que todas las palabras terminadas en (n)achas,Sobre todo las que me dan miedo.

Finalmente, la escritura antipoética olivariana apuesta a comprobar que ninguna particularidad de estilo o forma limita lo poético y que el quehacer del poeta siempre será —al decir también de Paz— un permanente «desarraigo» de las palabras hasta que (y esto es parte de su magia) asuman su más intenso, rico y variado sentido, intimo o social, pero siempre y perennemente propositivo.

 Pirinola daltónica
 A la revolución[…]
Todos ponen.
Sin palabra/poesía
a ninguna parte…
Por amor: siempre.
Nunca sin humor.

***

Daniel Olivares Viniegra. Antiparras, antipoemas para lectores sin prejuicios, Trajín Literario, México, 2017, 62 pp.

Daniel Olivares Viniegra (Hidalgo, México, 1961).
Normalista y universitario. Docente, investigador y difusor de la cultura.
, narrador y crítico literario. Colabora en diversas revistas físicas y virtuales.
Ha participado en varios encuentros literarios de carácter nacional e internacional.
Tiene publicados —entre otros— los libros: Poeta en flor…, Sartal del tiempo, ArenasAtar(de)sol  y Antiparras: antipoemas para lectores sin prejuicios.
Premio Interamericano de Poesía, Navachiste 1995. Pertenece al consejo editorial de las revistas electrónicas El Comité 1973 y La Piraña. Es además coeditor del proyecto Humo Sólido.

Juan Pablo Ramírez Gallardo (Morelia, Michoacán). Es poeta, ensayista, narrador y promotor cultural, durante su carrera ha colaborado en periódicos, revistas de arte, cultura y educación, además de estar integrado en antologías nacionales. Ha publicado los libros de poesía El silencio de los pájaros y Ofrenda de tristeza. Es activista del colectivo global Proyecto Cultural Sur y colaborador del grupo cultural mexicano OCCEG.

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