Cuento: Marcelo el duende, por R. Y. Ayala M.

Despertó con un tremendo dolor de cabeza. Estaba confundido y se frotaba los ojos intentando reconocer el lugar. Sus pequeños cabellos pelirrojos se asomaban desordenados y caricaturescos bajo el sombrero azul de copa redonda. Se miró en el cristal que estaba en frente y se encontró bastante cómico; sin embargo, la angustia comenzó a presionar su pecho cuando inútilmente intentaba recordar lo sucedido y sus pequeños zapatos se sentían húmedos.

Marcelo gustaba de la vida en la Ciudad de México. Constantemente instalaba su hogar en algún parque y le agradaba hacer bromas a algún extraño distraído, una que otra pareja que allí encontrara o niños que se acercaran demasiado a su hogar. Pero los tiempos cambiaban, la ciudad crecía a pasos acelerados y con ello encontrar parques era una tarea difícil. Optó por habitar hoteles de mala muerte y, sin darse cuenta, la ciudad lo absorbía poco a poco introduciéndolo en los complicados entramados de vida nocturna que en ella existen.  Había presenciado robos, algunas de sus bromas habían terminado en asesinatos pasionales o ajustes de cuenta (¿cómo olvidar cuando escondió el éxtasis detrás del cuadro y los sujetos de pasamontañas dispararon quince veces al inquilino por no encontrarlas? ¿o cuando colocó la ropa interior de mujer en la cama y resultó ser de la amante y la esposa apuñaló setenta y dos veces al marido?). Cada noche, al robar alcohol, se recordaba que ser un duende contemporáneo apestaba.

Metió las manos en sus bolsillos y encontró unas bolitas para el cabello. Comenzó a rememorar…

Hace dos noches, a la habitación donde tenía su pequeña casa tras el armario habían llegado una mujer madura de enormes siliconas y una pequeña de carita rara que poco se le entendía cuando hablaba. Lo recordaba claramente, porque esa noche la niña lloraba encerrada en el baño mientras su madre se acostaba con distintos hombres y llenaba de polvo blanco su nariz. Él no pudo soportar esa escena y se sentó en el lavamanos frente a la niña, decidió hacerse visible y hacer su viejo truco de sacar algodón de azúcar del sombrero. La niña sorprendida lo comió y se quedó dormida. A la mañana siguiente lo despertó un popote que le picaba las costillas: la niña lo observaba con los ojos muy abiertos.

—¿Eres un duende?, ¿te puedo llamar Marcelo?, ¿de tu sombrero también puedes darme un desayuno? Ya puse la mesa y te estamos esperando. Me llamo Lorena —dijo la niña con una voz apenas legible—. Anda, siéntate con nosotras, ellas son Melanie y Carolina, son mis únicas amigas, pero no les hables fuerte porque lloran. Ya te apartaron tu lugar —añadió.

Él observó en el piso una mesa improvisada, unas corcholatas que simulaban vasos y platos, y un par de muñecas viejas. Una de ellas tenía su sombrero, en el que sería su lugar se encontraba una pequeña tarjetita que decía «Marcelo» y un par de galletas. Aquel le parecía un nombre bastante feo y extraño para un duende de su clase, pero quizás en esa habitación convertida en un muladar de ropa sucia, condones usados, aroma de tabaco, alcohol y jabón barato, dejarse llamar así significaría un instante de felicidad para aquella criatura.

Lamentablemente, su magia no consistía en aparecer desayunos o en dar riquezas. La magia de los duendes pelirrojos es tan limitada que únicamente son capaces de abrir portales para llevar humanos de un sitio a otro (pero era tan malo que por eso había sido abandonado en México desde hace un siglo) y eran más cotizados por el mito urbano de que producían las mejores sustancias alucinógenas con sus sombreros y la velocidad con la que corrían para hurtar objetos.

Comió un poco de las galletas y escuchó atento a su anfitriona, quien le expresó todo aquello que oprimía su corazón de inocencia. ¿Cómo una niña de tan sólo seis años podría vivir así? Su madre era una prostituta que perdía más dinero en los vicios de lo que ganaba en una semana. En diversas ocasiones la niña había tenido que esconderse o encerrarse, porque algunos señores habían querido abusar de ella mientras la mujer que debía cuidarle y protegerla se hallaba tirada inconsciente sobre la cama; en más de una ocasión, había escuchado a su mamá decirle a su proxeneta que en un par de años más harían el negocio de su vida vendiéndola al gringo. Eso era…

La puerta se abrió violentamente y un par de sujetos agarraron a Lorena. Detrás de ellos entraron la madre, el proxeneta y un norteamericano obeso de cara redonda y gafas circulares que tomó por los cabellos a la pequeña, pateando los accesorios con los que minutos antes jugaba.

­—Si me dejas llevármela en este momento, te pago cincuenta mil dólares extras de lo que acordamos y quince anfetaminas. Más no puedo ofrecerte, porque dices que no habla bien.

—No lo sé… te digo que mi hija no ha sido tocada por ningún hombre y, a su corta edad, creo eso le da un valor más alto. Puedes comprobarlo si lo deseas —respondió la señora mientras aspiraba una línea de cocaína y dejaba que el otro par de sujetos le tocaran las siliconas.

—Ok, te puedo ofrecer la noche estelar del miércoles en el antro de mi amigo y otros cincuenta dólares­— dijo el gringo.

La madre aceptó el trato. El hombre obeso arrojó a la pequeña sobre la cama, quiso romperle la ropa cuando ésta comenzó a gritar: —¡Marcelo! ¡Ayúdame, Marcelo! ¡No dejes que me lleven! ¡Me hace daño!

Los sujetos desenfundaron sus armas buscando debajo de la cama, en el armario y en el baño algún indicio que revelara que había alguna otra persona allí; sin embargo, sólo veían moverse los objetos de la habitación.

Marcelo corrió como nunca lo había hecho y se hizo presente sobre el estómago de la niña, dejando estupefactos a los presentes. Aprovechó ese instante para tomar una de las bolitas del cabello de la niña, introduciéndolas en su bolsillo y haciéndola desaparecer. De pronto sintió un golpe seco en la cabeza, su pequeño cuerpo se desvaneció y la oscuridad se apoderó de sus ojos.

Eso había pasado, lo habían golpeado después de salvar a la pequeña Lorena y ahora se encontraba capturado dentro de una botella. El nivel del agua subía mientras los minutos transcurrían: pronto le llegaría a la cintura y, después… tal vez no existiría un después.

Hace unos meses hubo una noticia de que encontraron en un bosque de Dublín a una niña mexicana a la que por portar cierto objeto se le asignó la nacionalidad irlandesa y un hogar. Mientras tanto, ahora en las calles de la ciudad de México, los traficantes ofrecen una nueva droga llamada «agua de Marcelo», de receta secreta y es la nueva sensación por sus maravillosos efectos.

 

RYAM

Ramses Yair Ayala M. (Ciudad México, 1989) Egresado de la Facultad de Arte y Diseño de la UNAM. Tiene cuentos publicados en Fanzine Eterno Sopor #2 y #3 (2016), Fanzine a los muertos #2 y #3 (2017), Revista Fantastique #2 (2016), Revista Fantastique #4 (2017), Revista Nictofilia #2 (2017), Revista  digital Rojo Siena (2017) y Revista digital Letras y demonios #2 (2017),  Revista Palabrerías #4 (2018).

 

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