Reseña: Total de greguerías de Ramón Gómez de la Serna, por Alejandro Chirino

[Foto tomada de Desapuntes]

Allá por 1910, hace más o menos 108 años, Ramón Gómez de la Serna (1888-1963), aquel Proteo de las letras españolas, inventó y bautizó la greguería, género literario que mantiene su novedad y frescura más o menos 108 años después y con el que nos podemos deleitar en este mínimo tomo apropiadamente llamado Total de Greguerías. Aunque este título es un poco engañoso: tantas greguerías escribió su autor que un verdadero «total de greguerías» valdría para otros cinco volúmenes de la misma extensión. En sus casi 1600 páginas se halla una muestra inmensa y a la vez selecta de este género escurridizo, maleable y conductor del eléctrico ingenio que pocos, poquísimos puede decirse que poseen.

La greguería se yergue como un género literario cabal, que no le pide nada a la novela o al cuento, excepto tal vez que le pase la sal a la hora de la comida. Pero, ¡ay desdichados de nosotros!, que no recordamos la greguería ni la conocemos desde su fuente, a pesar de que la reconozcamos al verla, pero con otros nombres que no le pertenecen y ofuscan su significado, como aforismo o chiste y más recientemente como «tweet» o «tuit», dependiendo de la hora del día. Pero nada de eso es una greguería, aunque se den aires de ella y quisieran serla para compartir su porte y monumentalidad.

¿Pero, después de todo, qué es una greguería? ¿Qué significa esa palabrilla tan particular que apenas usamos en el lenguaje cotidiano e incluso en el letrado, pero que aun así nos parece haber escuchado incontables veces? Antes de que la greguería fuera greguería, expresaba, de acuerdo con algún viejo diccionario de la lengua española, griterío confuso, vocerío, algarabía, el bullicio y la bulla de una plaza o un mercado y quizá de una biblioteca. Nos sorprende, entonces, que con una definición así la palabra «greguería» nombre ahora a un género mínimo en su extensión y pulcro en su composición, aunque conserve algo de su antigua forma en lo vívido, palpable y masticable de su contenido. En el prólogo que antecede al Total de Greguerías, RAMÓN —como el autor mismo estilizaba su nombre— cuenta que escogió ese nombre casi por coincidencia profética el día que compuso la primera greguería, y «ya siempre greguería será una cosa insustituible, de tal modo que si no se llama ‘greguería’ será inútil que luche por ser ‘greguería’» (24).

Y aun con todo, con su nombre inequívoco e ineludible, RAMÓN ocupa el resto del prólogo para llegar a una definición básica de la greguería y disipar toda duda que quede antes de la lectura del total de estas. Pero, siendo un gran pícaro español, está sumamente consciente del baladí que es pugnar por una definición de greguería y de la contradicción fundamental que esto representa. RAMÓN escribe: «La greguería es el atrevimiento a definir lo que no puede definirse, a capturar lo pasajero, a acertar o a no acertar lo que puede no estar en nadie o puede estar en todos» (25). Escribir una greguería es, pues, una apuesta total, un experimento casi alquímico, un aventarse al precipicio con los ojos vendados, intuyendo que quizás al terminar la caída nos encontraremos de pie al otro lado del abismo. O no.

RAMÓN entonces opta por una descripción apofática de la greguería, diciendo lo que en definitiva no es y sólo de vez en cuando afirmando lo que sí es, pero mediante alguna metáfora o un ejemplo tangencial. No podía ser de otro modo: la greguería verdadera es huidiza y, cuando creemos que por fin hemos logrado asirla, sin más se escapa de entre nuestros dedos, por encima de nuestras pestañas y a través de los cabellos de la nuca.

Algo, sin embargo, nos queda claro: que la greguería es quizás el más lúdico de los géneros literarios. Es juego puro y desenfadado, y por ello un espíritu adusto y circunspecto jamás podría cultivar la greguería, aunque en efecto se requiere de una diligencia enorme para escribirla bien. Su espontaneidad impide y repudia la fórmula prescriptiva, y su carácter clandestino (pues se oculta deliberadamente de nosotros) obstruye su composición premeditada. «Nunca se sabe qué cosa es greguería, cuántas quedan posibles, dónde se encuentran las buenas» (69). A pesar de eso, una greguería íntegra no admite confusión. Al leerla, de inmediato la reconocemos como tal. Aquella persona que gregueriza en serio, no a medias ni con afectación, y logra encontrar entre el cascajo de las metáforas gastadas y los símbolos vacíos una buena greguería, entonces vislumbra por un instante la imagen límpida del mundo. «Por una Greguería bien hallada se podrá flotar en el mundo entero, subiendo a él como una burbuja viva» (70).

Para reconocer una greguería legítima se pueden advertir dos indicios que siempre dejan tras sí. Toda greguería es una conjunción de humor y de una metáfora, como sugiere la fórmula descriptiva de RAMÓN: «Humorismo + metáfora = greguería» (35). Lo primero porque la greguería no tolera la gravedad: es aire, ligero y perpetuamente móvil. (No la insultemos esperando carcajadas de ella: el humor no es lo mismo que la comedia). Lo segundo porque la metáfora es «la expresión de la relatividad» (26). Tomando dos verbos de RAMÓN, la metáfora oscila y yuxtapone: describe dos cosas a la vez usando una comparación tácita y esta comparación entre términos distintos nos otorga un tercero, la combinación de estos dos, la metáfora. De modo que metaforizar es expandir, dilatar, vislumbrar el espacio vacío entre dos puertas como otra salida que siempre estuvo ahí, invisible pero evidente. Esto es el centro de la greguería, lo que la distingue de otros géneros similares, mas no equivalentes.

El autor admite solamente una similitud con otro género: «Si la Greguería puede tener algo de algo es de haikai, pero es haikai en prosa… El Oriente y el Occidente se abrazan en la greguería» (35). Una afirmación no sin cierta verdad, pues, en efecto, tanto la greguería y el haikai (más conocido como haiku) se ocupan de capturar un instante, de hallar el asombro en lo cotidiano y encuentran la suprema belleza en la fugacidad; ambas se erigen sobre una metáfora tácita, una comparación no dicha entre dos opuestos o dos semejantes. Pero eso sólo superficialmente. Uno no podría escribir greguería como escribe un haiku, ni al revés. Hay algo de una en la otra, pero cada cual con la particularidad de no ser como la otra.

La greguería deshace y se regocija en deshacer, parece como arrancada de algún lado y por eso nos parece completa. Una no basta, no puede bastar, pues en cuanto se lee o escribe la primera, incontables más vendrán, aunque no de inmediato. «Las Greguerías deben defenderse en conjunto —por eso deben ser muchas— que sean panorama, no minusculería» (73). En su multitud se aprecia más la greguería, aunque en abundancia se corre el riesgo de intoxicarse, pues la greguería no empalaga ni fastidia, pero si se consumen muchas de golpe, uno entonces no pensaría sino en greguerías y mediante ellas, y se perdería lo fortuito y lo espontáneo que hace greguería a la greguería. «Porque si la Greguería letrada puede ser buena, la Greguería ingenua suele ser mejor» (77). Debe surgir de la más libre asociación de ideas: nada le es ajeno porque todo es su material.

Incluso con toda esta plática sobre la greguería, los respetables lectores dirán que aún queda por verse una sola greguería aquí. No mienten: esta reseña ha hablado de lo reseñado sin mostrarlo de veras. Pero tendrán que ser comprensivos, pues la perfecta reseña de la greguería requeriría un texto compuesto sólo de greguerías y eso me impediría hablar de ella, aunque nos otorgaría el placer de leerla directamente. A veces se debe ser transigente. Por eso ahora quisiera compartir algunas greguerías ejemplares para que ustedes puedan saborear de qué va en realidad la greguería, cuál es su forma, tamaño y contorno. Pero, ¡ay, de nuevo!, el espacio siempre sería insuficiente, pues todas las greguerías son la greguería por antonomasia, y así tendría que incluirlas todas aquí. Pero por esta virtud es que una sola greguería es ejemplar de todas las demás. Incluso puede decirse que el Total de Greguerías es un libro ideal para la bibliomancia caprichosa: basta abrirlo en cualquier página y con seguridad encontraremos la greguería que no sabíamos que buscábamos. Así:

  • El que le ha confundido a uno con otro nos deja convertidos en dos para siempre (649).
  • Daba unos «buenos días» siempre nublados (897).
  • La lluvia quiere serrar el horizonte (1336).
  • El espejo de afeitar es fríamente maligno, porque no está deseando más que ver si nos cortamos (402).
  • Cuando se vierte un vaso de agua en la mesa se apaga la cólera de la conversación (92).
  • Era tan moral que perseguía las conjunciones copulativas (1026).
  • Apático: el que no tira los billetes de tranvía que lleva en el bolsillo (792).
  • La luna pasaría más de prisa por el cielo si no se enredase en los espinos (1054).
  • Hay visitas que dejan envenenados los ceniceros (558).
  • Lo que revela a un hombre es el gesto que hace cuando se le apaga un fósforo (208).

 

Es a mi parecer cierta la observación de RAMÓN: «la Greguería es la más poética broma de la vida» (72). El azar nos dio estas diez greguerías y mentiría si dijera que el azar no las seleccionó deliberadamente. Cada una tiene un sabor original, novedoso, aun si abordan una imagen similar, de modo que si las leyésemos años después nos parecerían igual de nuevas que en este momento. No tenemos que aprenderlas de memoria o jurar recordarlas. Como vienen ahora en este papel aparecerán después en otro, sin haber perdido su lumbre y en ello reside su potencia.

Vano intento sería el de leer por completo el Total de Greguerías, de principio a fin, como si fuese una novela. La greguería desdeña toda continuidad temporal y espacial que no sea la del momento de su lectura, en el lugar en el que se lea. RAMÓN pudo darle nombre y perfeccionarla como unidad, pero reconoce a sus predecesores y continuadores. Es posible que la greguería exista desde que existe la metáfora y el humor y que persista mientras gregueristas halla sobre esta tierra. Por supuesto, los copiones y malos imitadores habrían de abstenerse de greguerizar. La greguería es individual porque es siempre nueva y siempre supera el tópico. Un plagiario es cobarde no porque copie, sino porque no tiene la valentía de crear algo nuevo, que lo desencaje a él y a los demás de sus moldes, algo que en verdad provoque asombro. Si hemos de preservar y perseguir la greguería, ese espíritu, el del cambio constante y perpetuo, es el que hemos de celebrar. O como dice RAMÓN: «Claro que se pueden decir cosas en un más allá del más allá que yo he alcanzado, pero se quejaron tanto de las cosas que yo decía, ¡que quién se atrevería a intentar mayores arbitrariedades!» (66).

Referencia

Gómez de la Serna, Ramón. Total de Greguerías. Madrid: Aguilar, 1962.

Alejandro Chirino nació en la Ciudad de México en 1994. Estudió Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Escribe cuento, ensayo y haiku. Ha sido publicado en revistas literarias como Marabunta, Página Salmón y Revista Kaleido.

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