Cuento: Cacería, por Juan Carlos Hernández Díaz

Solo eran tres, estaban grandes y eran de las que volaban. Se encontraban en la caja del rincón. Primero salió una, corrió hasta que topó con mi mochila; no supo a dónde ir y quiso regresarse, pero ya la habíamos visto. Se alborotó. Volvió a correrle, ahora sin dirección alguna. Los gritos de la maestra me exaltaron más que la cucaracha. Ya estaba de pie, sobre su silla. Y desde ahí rogó que la matáramos, fue como una súplica que pretendía la peor de las torturas para aquel insecto; sin embargo, no dudó de que éramos capaces de llevar a cabo tal brutalidad, por lo que tuve que matarlo, pero más que por quererlo hacer, lo pisoteé para que ella se callara.

Todos fueron cómplices de mi crueldad. La alimaña aún se movía, lo hacía con gran esfuerzo. No conformes, querían que la matara bien, y me sentí comprometida a hacerlo. Así que le solté un pisotón: solo se escuchó un chasquido. Cuando desprendí mi pie, vimos que ya había dejado de moverse. Entonces la maestra me expresó su alivio.

—Muy bien, Samantha. Mugres animales, cómo dan lata —sin responderle, me quedé mirando la mucosidad que había salido.

—Tienes que restregarla, si no va a revivir —Toño intervino.

Después Chuy insistió y me exigió despedazarla. La maestra no sabía si tal milagro era posible y, por si las dudas, me ordenó cumplir lo que pedían. Froté mi pie sobre el insecto. Las alas y las patas fueron deshaciéndose junto a la secreción que había brotado, dejando una ligera mancha sobre el suelo. Luego Toño levantó la voz, nos alertó de otra amenaza, dijo que él iría por esa. Al instante, la maestra dio de nuevo un salto y gritó horrorosamente.

¡Dios santo, dónde, rápido, que alguien la mate! a la orden, se emprendió la cacería.

El bicho se metió entre los asientos y las mesas y no podíamos aplastarlo. Toño estuvo a punto, pero el animal sacó sus alas y voló hacia la cortina. Rápidamente, la maestra quiso irse y, justo al dar un paso, el animal volvió a volar, cayendo frente a ella, entre sus tacones, haciéndole perder el equilibrio hasta que poco a poco se detuvo y por nada se atrevió a moverse.

Toño y yo nos miramos fijamente: yo levantaría mochilas y él pisaría al animal. Entretanto, Chuy se puso atento en caso de que se escapara, sujetó la escoba y nos dijo “denle”. De inmediato levanté un morral, pero ahí no estaba, levanté otro y ahí tampoco. De pronto, una sensación de tedio me incitó a perderme. Pensé que, si esto terminaba, iban a empezar las clases, por lo que paré, ya no quise levantarles nada. Además, la maestra había perdido el porte. Era increíble. Siempre lucía muy bien, pero hoy era distinto: estaba despeinada y angustiada. Y si todo esto acababa, nos pondría mucho trabajo mientras se arreglaba.

—A ver a qué hora, Sam —Toño no tardó en pedirme hacer mi parte.

—Uy, niña tenía que ser —Chuy le contestó. A lo que respondí que había matado a la primera y que esa les tocaba a ellos. También, les dije que el pretexto de ser niña no tenía que ver en este entierro. Solo discutí por discutir, lo que en verdad quería era perder el tiempo.

—Ya apúrense, dejen de alegar al oír a la maestra, retrocedí unos pasos. Quise ignorarla, negándome a seguir.

Toño no pensó dos veces y se apuró a ocupar mi sitio. Chuy ahora iba a pisar la cucaracha y, además, aprovechó para alardear de que yo era bien collona. Continué retrocediendo y cuando llegué a mi silla los seguí mirando, riéndome de su alardeo, mientras la maestra les pedía no hacerme caso.

Volteé al rincón, deseando que saliera la otra y que estuviera más inmensa. Y como no salió, volví a voltear hacia ellos. Toño estaba levantando una mochila cuando algo apareció en el aire y se perdió entre los cabellos de la maestra. Tuve la impresión de que salió de donde yo lo había invocado y mi sorpresa fue mayor al percatarme de que nadie más lo había notado. Toda la atención estaba en no dejar ir a la presa, la cual logró escaparse y meterse a un hoyo.

—Usted tranquila. Ahorita de volada la aplastamos, va a ver —Chuy intentó calmar a la maestra, quien se alarmó al mirar que el animal se les había escapado.

Inmediatamente, Toño expresó un shh, y señaló hacia el hueco. Las antenas se podían mirar muy claramente, se movían y, con paso lento, de puntillas, se dirigió a sacar un lápiz. Cuando lo tuvo se arrodilló en el piso, donde yacía la suciedad, casi invisible, del animal que yo aplasté. Luego, sin titubeos, empuñó muy bien el lápiz y comenzó a clavarlo, una y otra vez, en el agujero. Al terminar, se paró sonriendo, resuelto, y sopló a su lápiz como si recién hubiera disparado un arma, para después, sin limpiarlo, guardarlo en su bolsillo.

Se contentaron. Y aquellos dos dijeron, con presunción, que se la habían rifado. La maestra sonrió, ya estaba más tranquila. Les pidió sacar la caja y, mientras lo hacían, ella se arregló la falda y las mangas de su blusa. Lo hizo mirando al piso, diciendo que le pediría al director mandar a fumigar hoy mismo. Y yo seguí sin distinguir lo que se había perdido entre su pelo.

—Nombre, maestra, con nosotros tiene —Chuy trató de hacerle ver que no era para tanto y, al escucharlo, levantó la vista, pero en lugar de verlo o responderle, con gesto desafiante me miró.

—¿Por qué me ves así, no habías visto a nadie despeinada, acaso no te has visto en un espejo? —me preguntó.

—Es que… no es eso, maestra —traté de explicarle, pero me lo impidió.

—Es que nada, señorita, para la próxima obedezca —mejor cerré la boca y asentí con la cabeza. Pensé en lo inútil que había sido haber matado a la primera.

A mi maestra nunca le duraba el gusto. Eso sí, al iniciar el día, siempre me pedía favores, ponía su cara amable y me decía: Sam, lava esta taza; Sam, ve y diles esto; Sam, ve y moja el trapo; Sam, límpiale allí; Sam, límpiale acá; Sam, ve y hazme esto; Sam, ve y hazme aquello; Sam, haz esto otro; Sam, mata ese insecto… Entonces, nada funcionaba para tenerla contenta, al final siempre me regañaba. Por eso me callé, porque decirle sí a todo no servía de nada.

De cualquier modo, por más que lo intenté, no pude saber lo que tenía en la cabeza. El color de su cabello no ayudaba, era igual al de las cucarachas. En todo caso, si fuera la otra, la tercera, tarde o temprano iba salir y volvería la cacería.

Ya todo estaba en orden. La maestra nos pidió sentarnos y anotar la fecha mientras se peinaba. La obedecimos para no hacerla enojar. En seguida tomó su bolso y sacó un espejo para revisarse. Nos expresó que había quedado horrible, que cuando creciéramos la entenderíamos. Ciertamente era bonita, además olía muy rico. En ocasiones la admiraba porque parecía artista de televisión, era guapa y atractiva, su figura y su sonrisa eran “perfectas”; también, usaba una ropa diferente cada día. En poco, casi en nada, se asemejaba al resto de las maestras, quienes no eran feas, pero a su lado, ni para qué les cuento…

Recuerdo que cuando se presentó sostuvo que ella no venía a perder su tiempo, el cual era valioso y no debía gastarlo en enseñar a mocosos, que pronto ocuparía mejores puestos y que ganaría más dinero sin tener que soportarnos. Nos platicó que todo lo tenía previsto gracias a su nuevo novio, por lo que supuse que era de esos mandos que por sus antojos y caprichos son capaces de arruinar al mundo entero y se me ocurrió que muy distinto era lo que ella juzgaba, con lo que en verdad implica su trabajo, aunque al gobierno del país le importe un bledo y no la dignifique con salarios justos y las condiciones favorables que vindiquen su prestigio.

Volví en sí después de haber reflexionado. La cara de mis compañeros expresaba asombro, viendo cómo se pasaba y repasaba su cepillo. Le lancé la vista a Toño y él dejó de mordisquear su lápiz con el que mató a la cucaracha; sus ojos estaban enormes, demasiado abiertos, sabía que un nuevo lamento estaba a punto de estropear la calma.

—¿Ya viste, Sam? Ahí está la otra… —Chuy se acercó, me susurró al oído. Y yo le susurré que sí había visto.

Nadie se atrevió a avisarle. Solo vimos cómo se palpó el cabello con los dedos, cerrándolos de golpe hasta que escuchó un crujido. Deprisa extendió su brazo, abrió los dedos y los sacudió, al mismo tiempo que lanzó un grito espantoso. Vi caer al animal, cayó aplastado y era más grotesco que los otros dos. Al ver su grasa, me dio asco imaginar tocarla. Nos mantuvimos quietos, un movimiento en falso costaría muy caro. La maestra casi vomitaba y corrió al baño a lavarse, no sin antes preguntarnos sobre quién había sido el payaso que planeó ese chiste, pero todos nos quedamos serios.

No había nada por hacer para arreglar la situación. Mejor me acomedí: le arranqué una hoja al cuaderno y recogí la cucaracha, la arrojé hacia el cesto; sin embargo, cayó al piso; tuve que ir por ella nuevamente. Antes de juntarla, arrugué la hoja, la hice bola y la azoté en el bote. Y sin dudar siquiera, pisoteé a la alimaña, desapareciendo todo indicio de ella. Ahora nos pondrían mucho trabajo, mucha tarea y, sobre todo, la maestra contaría a su novio que esa escuela estaba horrible, repleta de animales, que éramos odiosos y que así le era imposible dar sus clases, que la ascendiera pronto o, definitivamente, su relación se terminaba.

 


carlos

Juan Carlos Hernández Díaz. Nació en la Ciudad de México en 1990. Actualmente se dedica a la docencia en la Secretaría de Educación Pública y radica en Celaya, Guanajuato. No tiene trabajos publicados previamente. Su dirección electrónica es: carlos_thinks@hotmail.com

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