Cuento: Las hazañas del fuego, por Rodrigo Mora

Para Y.

 

Lejos de la sensación efervescente de los perros muertos, de los reflejos insoportables de nuestros rostros en cualquier lugar de las plazas comerciales y de los últimos segundos del microondas que queman la comida: lejos de la ciudad querían encontrar sus nombres silbando en las cavernas, delineados en los contornos de los pinos o marcados en la tierra húmeda como botas de Neil Armstrong.

Las cavernas no silbaron sus nombres, pues estaban muy ocupadas supervisando a las arañas que tejían suéteres para sus rincones más fríos, los pinos cuidaban que los pájaros no enterraran demasiado las garras en sus ramas y aunque la tierra húmeda sí hizo caso a sus súplicas, sólo encontró la palabra  Jeep en ambas suelas y, decepcionada, la plasmó cientos de veces; era normal, el olor de la tristeza de la tierra era medicinal para todos los que entraban al bosque y hacía desaparecer el olor de los mapaches muertos.

El mediodía y el calor húmedo hicieron que se quitaran sus chamarras, sombreros y mochilas con exhalaciones budistas. El mediodía adulto los animó a poner, rápidamente, las dos casas de campaña impermeables sobre la tierra más seca. Y ya el viejo mediodía había obligado a los dos campistas a tomar agua, prender el fuego y comer algo. Llevaban mezclas precocinadas para la sopa caliente, comida instantánea, salchichas, carne seca, litros de agua, frutas y cazuelas. La luz era una tela dorada y delgada por la neblina que se formaba en los troncos de los árboles. Mientras los mocos más jóvenes y tímidos bailaban más sueltos por encima de los labios, cuando estaban ya muy cansados y viejos morían asustados en las mangas de las chamarras embarrados como cucarachas en los zapatos, solos. Algunos regresaban a la nariz, con sorbos que se confundían con la sopa.

Los dos campistas habían hablado durante todo el camino, en el mediodía, frente al fuego, en la comida; su voz fabricaba olas en la sopa cuando decían sus nombres. En algún momento de la tarde sus nombres aparecieron en el mar de la sopa de letras. Pero como si fuera espuma, sacaban con sus manos letra por letra y los ponían a secar en el tronco de un árbol muerto.

La orina, que había leído acerca de mitología, le pedía disculpas al fuego por apagarlo esa noche: ella sabía que todos los fuegos son el mismo fuego. Prometeo había perdido el hígado muchas veces por robarlo una vez y el fuego había incendiado Troya, después Troya incendió Alejandría y cuarenta mil rollos de papiro ya auguraban extenderse hasta 1937 y quemar el Hidenburg completamente en menos de cuarenta segundos. “Ya vendrán hazañas más extraordinarias”, respondió el fuego, pausándose en chasquidos húmedos.

La gripe los había alcanzado en sus respectivas casas de campaña, les cortaba el cuerpo en dos o en cuatro; les revolvía los nervios con escalofríos en la espalda. Sus mocos bloqueaban el aire a sus pulmones y provocaba que la estrategia infantil de entrar por la boca volviera a sus vidas. Los dos sentían lo mismo en el cuerpo: un nombre escrito con sopa de letras atorado en el estómago.

El tiempo fabricó mil excusas en sus relojes de arena, decidió voltearse y las invirtió todas. Los miedos ahora eran valentías, las angustias eran tranquilidades, la muerte era vida envuelta en gripe. En realidad todo estaba envuelto en gripe.

Toda la vida en el bosque murió unos segundos.

Julia caminó descalza hasta la tienda de Alberto, pisando petunias que se le pegaban en las plantas de los pies y entró. Él subía el cierre de su chamarra cuando Julia se acercaba y volvió a bajar su cierre. Cerraron juntos la tienda sin decir una palabra.

Volvían los grillos a cantar. Las petunias a reír en las plantas de los pies. El bosque a silbar burlándose de la ciudad. El fuego chasqueaba intentando revivir… El mundo era una canción infantil olvidada hace años. Solo ellos estaban en una cápsula, sintiendo llover: por el calor de los cuerpos, la tienda de campaña producía gotas en la superficie. Y mientras ellos se retorcían en la tienda, las gotas ya frías caían con suavidad en sus espaldas calientes.

Alrededor de la tienda se extendía, poco a poco, una luz amarilla: creían que era el amanecer. Dentro de la tienda caían las gotas: creían que era la lluvia. Allí estaba la lluvia acariciándoles las espaldas. Allí estaba el fuego a punto de devorar todo el bosque.

 


Rodrigo Mora. (Ciudad de México, 1996) Estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado cuentos en revistas como Rojo Siena, Palabrerías, Primera Página, La liebre de fuego y La Rabia del Axolotl. Es lector de cómics y novelas gráficas. Hoy, su canción favorita es “1979” de The Smashing Pumpkins.

 

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