El cementerio de mis muertos

En el pueblo hay un cementerio. Allí están muchos de mis muertos. Pero se aferra a una montaña en una de las tres cordilleras que atraviesa el país, Colombia, y nos han informado que se está cayendo.

No se está cayendo el cementerio, sino la colina en la cual fue construido. En Anolaima uno nace camino a la muerte. No es sino bajar derechito por una calle muy empinada, cruzar el puente que pasa sobre una cañada y allí está el hospital San Antonio; más abajo, el cementerio. El riachuelo que separa al pueblo de la vida y la muerte es el que ha cortado el trozo de montaña que eventualmente se vendrá abajo.

Un camino de palmeras lleva del hospital al cementerio, donde muere la calle. La última vez que traspasé el portal del camposanto, descubrí frente a la entrada escombros de uno de los columbarios más llamativos, pues tenía un nicho cuya lápida parecía cerámica de Fajalauza. Las figuras azules sobre fondo blanco brillaban en el suelo, entre trozos grises.

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Entré al cementerio para despedirme de mi tía abuela Soledad Alvarado; a pesar de la tristeza, me fue imposible no echar un vistazo al lugar en donde debería estar la tumba que me gustaba. Toda la estructura había sido reemplazada por una pared de nichos nueva, con lápidas idénticas y flores de plástico.

Había llevado desde Bogotá un arreglo de rosas color salmón, pero ahora estaba prohibido ponerlas a los pies de los muertos, pues atraían insectos. Lo dejé de contrabando al decirle adiós a mi tía. Después caminé montaña abajo para visitar esas tumbas que la memoria me decía que estaban por allí. Debía verlas, quién sabe, tal vez por última vez.

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Mi abuelo Eustasio Melo y mi tío Tacho están enterrados juntos. Tacho falleció de un tiro, dizque mientras limpiaba un arma en el ejército, hace más de treinta años. Cuando abrimos el ataúd para acomodar allí al abuelito, encontramos su traje militar con todas las medallas e insignias, pero sin cuerpo: cáscara vacía. El tío Jorge agarró una de las medallitas y el roce de sus dedos hizo polvo el uniforme.

Seguí bajando. Me detuve en los panteones que parecían baños. Siempre me gustaron. Me hacían pensar en la asepsia de la muerte. En una madre que quería replicar con su hijo el ritual del baño cada vez que viniera a visitarlo en la eternidad. O tal vez era la moda de años menos burocráticos, cuando los difuntos podían darse el lujo de ser originales.

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Me perdí entre el pasto cada vez más alto. Hundí las piernas entre las cruces blancas. Una bota se quedó enterrada entre el fango y me senté para ponérmela; al rato caí en cuenta de que estaba sobre un ataúd cilíndrico, tal vez vaciado en cemento. ¿Dónde yace el muerto? ¿Bajo tierra o bajo este cuerpo que palpita?

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El cementerio del pueblo se está cayendo. No solamente por el terreno que cede bajo los muertos, sino porque ellos son obligados a una segunda muerte al tumbar lo viejo para reemplazarlo por lo seriado y sin memoria. Si no puedo poner flores, ¿dónde se marchitarás los recuerdos?

 

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