Cuento: Fiesta de cumpleaños, por Ariel Cambronero Zumbado

I

La piñata

Los niños ansiaban este momento. Jadeaban aceleradamente, contemplando, con la mirada temblorosa y brillante, la piñata que colgaba en medio del salón a lo alto, oculta en la oscuridad. La acechaban a su alrededor, empuñando sus bates de béisbol. No le despegaban los ojos de encima. Se lamían y relamían los labios con vehemencia, algunos se los mordían hasta lacerárselos. Finalmente, uno de los infantes, el único fuera del círculo, sujetó la polea, incrustada en una de las paredes, y bajó la piñata. Los corazones de las criaturas se embalaron sobremanera, como si desearan atravesar el pecho que los aprisionaba para embestirse contra la imagen que los excitaba: una mujer embarazada, aproximadamente de unos siete meses, pendía desnuda en el aire, atada de pies y manos, entre sollozos y maquillaje derretido por toda la cara.

—¡Belfegor, rápido! —le gritó impaciente uno de los pequeños al compañerito que se encontraba aparte.

Tras un bostezo y un estiramiento de brazos, Belfegor aplaudió tres veces. Apenas concluyó el tercer aplauso, la turba de chiquillos se abalanzó hacia su presa. Los ojos de la piñata se estremecían con cada batazo que le estampaban. Se aspaba en vano: sus baladros y forcejeos eran opacados por el reventar de huesos y las carcajadas de los niños. Especialmente por las risotadas de Amón: rebotaban por todas las paredes hasta acabar dentro de la mente de la mujer. A ella, poco a poco, se le paralizaba la vista y su semblante llegaba a confundirse con el de una vaca en el matadero que se preguntaba: “¿Qué hice para merecer esto?” Una escena muy cómica para los pequeñines que, en lugar de inspirarles compasión, los incitaba a golpearla con más fuerza hasta estallarla.

¡Al fin lo lograron! La piñata se abrió: un bebé se precipitó hasta impactarse contra la sima. —Buaa, buaa—. Leviatán, quien propinó el golpe de gracia, se apresuró hacia la recompensa; sin embargo, —Buaa, buaa— Belcebú y Mammón fueron más rápidos y, al unísono —Buaa, buaa—, asieron al bebé de la pierna y el brazo diestros, respectivamente —Buaa, buaa—. Ambos tiraron lo más fuerte que pudieron para hacerse con el premio —Buaa, buaa—, hasta que Amón —Buaa, buaa— destrozó el tronco del engendro a batazos —Buaa…—. Las extremidades retenidas entre sus manos se desprendieron del cuerpo: los dos cayeron de espalda. Se extinguieron los llantos. Ambos se desternillaron de risa y se dispusieron a disfrutar lo obtenido. Lo engulleron casi al instante: le arrancaban dedo por dedo, mordisco tras mordisco, para luego deshacerlos en su lengua.

Por otra parte, Amón lo decapitó de otro batazo y machacó el resto del cuerpecito. Por un momento, los chapoteos viscosos del bate contra la carne reinaron por toda la sala, hasta que el llanto de la madre se sobrepuso. Amón, pensativo durante unos segundos, reflexionó acerca de sus actos. Explotó en carcajadas. Se bajó los pantalones y liberó su pene. Se agachó, sin apartar la vista de la madre, agarró un poco del puré de feto en el que habían convertido a su hijo y, tras captar la atención de ella, se masturbó con los despojos.

Leviatán y el resto saltaron sobre la carne molida: manada de hienas muertas de hambre se debatían por su alimento, entre patadas, codazos y maldiciones. Belfegor se limitó a entrever el espectáculo, con los ojos a punto de cerrársele de golpe. Bostezó. Se imprimió unos golpecitos en la cara y se restregó un poco de saliva en los párpados. Se percató de que sus amigos ya se habían hartado el interior de la piñata; unos, inclusive, brincaban para derribarla. Así que se le ocurrió regalarles más distracciones antes de que volvieran a molestarlo e interrumpieran su estado de inercia. Precipitó con brusquedad a la mujer. La dentadura se le reventó al chocar contra el suelo. No reaccionó. Su mente continuaba extraviada en la imagen de su hijo convertido en papilla.

Los niños ovacionaron la iniciativa de Belfegor y, sin vacilación alguna, se arrojaron sobre la piñata. Belcebú corrió hacia su cara. Se quitó los pantaloncillos blancos, adornados con dibujitos de moscas, y se le sentó encima de la boca. Defecó entre carcajeos. Los excrementos se desparramaban por las comisuras. Ella permaneció catatónica, perdida y sin alma que la impulsara a defenderse. No resistió por mucho tiempo: vomitó. Belcebú se apuró a sostenerle la cabeza para que no botara su mierda. El pequeño no pudo contener la alegría que lo invadía. Lloró y carcajeó in crescendo. Más aún cuando admiró el vómito burbujear entre la caca… pero qué apetitoso y oloroso se hacía… Fue imposible refrenarse un segundo más: hundió su boca en la de la mujer y sorbió y engulló la mezcla de desechos que tanto le derretía la boca.

Lucifer, el cumpleañero, se cansó de la piñata. Le entró algo de gula y, sin tomar en cuenta la opinión de los otros, decidió que debían pasar a la mesa para que le cantaran “cumpleaños feliz” y pudieran deleitarse con la cena.

II

La cena

Los niños se sentaron a la mesa. Admiraron el banquete: hombre empalado con una manzana en la boca, cual cerdo navideño, bañado en una salsa de semen y menstruación, acompañado con unas tetas de mujer al horno que reposaban a los lados, cerca de las costillas. En sus copas gorgoteaba la mejor orina rancia que pudieron encontrar. Perfecta para este tipo de festividades. A Belcebú, para variar, le eyaculaba la boca con solo imaginarse el sabor que le esperaba tras cada mordisco. Lucifer se percató de la impaciencia de su amigo. Así que, sin más preámbulos, aplaudió tres veces para iniciar la cena.

Belcebú y Leviatán se apresuraron a engullir cuantos senos les cupieran en las fauces. Lucifer optó por la cabeza: se embuchó la manzana en tres bocados y prosiguió con los ojos, la lengua y el cerebro, en ese orden. El cerebro fue su parte favorita: rompió el cráneo con fineza, como abrir una nuez o un cacahuate, para acceder al manjar más delicioso de todos. Amón, desganado, se limitó a batearle la caja torácica al cadáver. Extrajo cada uno de los órganos que allí se refugiaban y, procurando animarse un poco, los deformó entre sus dedos. Un niño obsesionado con su plastilina. De reojo, advirtió que Belcebú lo avizoraba tembloroso, con la mirada atascada en su juguete. Se volteó y le arrojó, uno por uno, los pedazos de carne. El otro, sin detenerse a pensarlo, entró en el juego de su amigo y, con la determinación de un can, los atajó con su dentadura, para deglutirlos enseguida. Mammón se carcajeaba ante el jueguecillo de esos dos. De vez en cuando, para acompañar el espectáculo, se echaba a la boca algún pezón o algún trocito de intestino. A Belfegor, por su parte, le dio pereza comer.

Asmodeo, el último de los pequeños, se ensañó con una parte del ágape en específico: el pene. Primero, lo contempló largo rato, hasta poseer el suyo erecto. Luego lo asió y le bajó el prepucio: un revestimiento de esmegma se desnudó frente a sus ojos. Tragó un poco de saliva. Cogió uno de los cuchillos que reposaba en la mesa y rebanó el miembro desde la raíz. Arrancó, poquito a poquito, la costra y la frotó con la lengua contra el paladar, hasta deshacerla por completo. El saborcillo cremoso lo forzaba a salivar sobremanera. Remojó el falo en la salsa de semen y menstruación, y lo deglutió en tres bocados. El amargor férreo de dicha salsa lo estremeció estrepitosamente; inclusive, se escalofrió. Se relamió muy bien los labios y continuó con la bebida. Apenas palpó la copa el calorcito que atravesó su palma lo excitó todavía más. Sorbió tres tragos enormes. Con el último se enjuagó la boca y, con expresión de éxtasis, lo deslizó por la garganta lentamente.

Echó un vistazo al resto del cuerpo: gritó en silencio al advertir el escroto aún adherido al hombre. Se apresuró y lo desprendió de un tirón con los dientes. Tras relamerse los labios, extirpó ambos testículos y los trituró entre sus muelas ávidamente. Atisbó las sobras y suspiró. Observó durante unos segundos el escroto que aún conservaba y lo arrojó en el interior de su boca. No le molestó para nada la textura crujiente de los vellos. Lo mascó, lo mascó y lo mascó, cual si se tratara de uno de esos chicles que pierden el sabor rápido.

Después del plato principal, arribó el postre: una copa de helado de caca y marihuana con ojos y uñas. Belcebú tembló y babeó sobremanera. A la par de este platillo, yacía un trozo de tarta de manzana y vísceras. Combinación perfecta: el frío del helado y lo caliente del queque… el paladar eyaculaba al momento. Antes de disponerse a comer, Asmodeo extrajo de su bolsillo una vela y un encendedor. La encendió y, posteriormente, la clavó en la porción de pastel del cumpleañero. Al unísono, los seis le cantaron “feliz cumpleaños”. Lucifer pidió un deseo y apagó la llamita de un soplido.

III

Los obsequios

Los niños se formaron en fila frente al homenajeado. Cada uno cargaba un cofre, en el cual se hallaba el obsequio. El primero en pasar fue Mammón. Abrazó a Lucifer y, tras arrodillarse, abrió la caja: estaba repleto de joyas preciosas y soldaditos de oro. El agasajado sonrió. Aceptó el regalo e hizo desfilar al siguiente: Asmodeo. Al igual que el anterior, se inclinó y mostró su regalo: los miembros de los esposos de Sarah que había asesinado. A Lucifer se le escapó una bandada de carcajadas. Colocó el presente a un lado e hizo pasar a Amón. Su baúl contenía la cabeza de un cordero sin ojos. Embelesado por ese detalle, el cumpleañero suspiró y lo besó en los labios.

A pesar de ser el turno de Belfegor, Belcebú se hincó con ímpetu y abrió su arca: una granja de moscas se develó a la vista de todos. Era un frasco de cristal ambientado con estiércol y ojos humanos. Los insectos revoloteaban y se posaban de vez en cuando sobre las canicas. Lucifer arqueó la mirada e impactó el presente contra el suelo: ¡crac! Las moscas revolotearon por todo el salón, creyéndose libres por obra de alguna deidad. Malhumorado, hizo continuar al próximo. Leviatán, ignorando el turno de Belfegor, caminó tres pasos al frente y cayó de rodillas. Alzó la tapa de su cofre: estaba hasta el tope de agua. En medio dormía un espejo negro, cuyo reflejo proyectaba un alfabeto sin fin. Finalmente, Belfegor, entre bostezos, se hincó y abrió su caja: nada. Lucifer se desternillo a carcajeos.

De pronto, el homenajeado se percató de la presencia de un agasajo más. Esperaba detrás de Belfegor. ¿Quién lo habrá puesto ahí? No había nadie más en la fiesta. Vacilante, caminó hacia él y lo agarró con ambas manos. Advirtió una nota: “De tu Padre. Para mi hijo”. El sitio se ahogó en silencio durante tres segundos. Trémulo y con los ojos tornados en sangre, estrelló el obsequio contra una esquina. Se giró y aplaudió tres veces: la oscuridad sumergió el salón entre sus vísceras en un parpadeo.

 


Ariel Cambronero Zumbado, fotografía

Ariel F. Cambronero Zumbado (Heredia, 1993) cursa la carrera de Literatura y
Lingüística con Énfasis en Español en la Universidad Nacional de Costa Rica (UNA). Ha
publicado algunos poemas en las revistas digitales Factum (2014) y Conexiones (2015).
También ha participado en los recitales de poesía centroamericana Tierra de poetas (2015)
y Feria Caleidoscopio del aprendizaje de lenguas extranjeras (2017). Actualmente es
miembro activo del taller literario Itzamná.

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