Fragmentarios: Días de pesca

Era otra vez Dios, cuyos brazos apretaban la tierra
como dos tenazas de cólera. Dios vivo y enojado, iracundo,
ciego como Él mismo, como no puede ser más que Dios,
que cuando baja tiene un solo ojo en mitad de la frente,
no para ver sino para arrojar rayos e incendiar, castigar, vencer.
José Revueltas.

 

Había escampado hace tres horas y los cadáveres seguían bajando por la avenida principal del pueblo. Algunos bajaban abrazados, como si una bomba atómica los hubiera alcanzado arriba; otros, con sus lenguas mordidas que no saboreaban ya el agua llena de tierra que los arrastraba por la calle. Mariana observaba desde su pequeño balcón todos los cadáveres alborotándose por la fuerza del agua, enredándose unos con otros con sus cuatro metros de intestino sobre sus cuellos y golpeando sus cuerpos con las piedras de la avenida.

Sin querer, ya había vomitado todo el desayuno encima del cuerpo de don Ernesto, que bajó justo cuando veía golpear el cráneo del niño que cuidaba las reses en Santa Rosa. Conocía a muchas personas del pueblo de arriba porque su papá tenía una verdulería, donde era amigo de todos los pescadores, y cada mañana subía a trabajar desde las 7:00 a.m. en su bicicleta. La lluvia de antier en la mañana parecía una niebla espesa e inamovible (o imparable). Mariana había tratado de darle una advertencia a su padre ese día, pero él tenía las manos llenas de zanahorias y no la pudo tomar; se fue caminando calle arriba para llevar el encargo de doña Ema. Con esa promesa entre las manos, su papá se había despedido de Mariana a las siete de la mañana de hace dos días.

La fuerza del agua había convertido la avenida Grijalva en una maldición onomástica. Había gritos de horror al principio; después, lloriqueos tranquilos; al final, sólo susurros —como reconociendo algunos cadáveres— que formaban una melodía con la corriente del agua. Pero nadie podía ver si había orificios de balas en los cuerpos, dedos rotos por tortura o signos de mecates en los cuellos; el agua era un velo sombrío que sitiaba cada cuerpo en su propio despedazamiento. Pudo haber sido el agua maligna del pozo o alguna comida en la fiesta del pueblo o el ejército que había amenazado a una comunidad hace unas semanas.

“Lo que fuera, Mariana, ya todos están deshechos”, decía la madre de la niña que seguía viendo desde su ventana cómo bajaba Fortunata con los brazos rotos por las piedras de la esquina, el niño Carlos con unos ojos en sus manos y Beto con su madre disuelta en el corazón amartillado por las varas de los arbustos.

Así pasaban los días Mariana y los niños vecinos: desde sus balcones y ventanas observaban los cadáveres de personas conocidas y desconocidas. Se gritaban entre ellos los nombres de algunos que creían reconocer y el silencio de los niños recorría las partes de los tristes y desbaratados cadáveres. El agua había hecho el proceso de descomposición más rápido y los esqueletos no eran bien vistos por los vecinos de la avenida Grijalva porque no sabían a qué nombre o familia dirigir sus rezos. Las oraciones ya no alcanzaban para ser dichos a toda hora en cada casa. Se habrían tenido que decir, sin parar, por siete años y medio, para que toda la gente del pueblo de arriba tuviera salvación o una oración en algún lugar. Como la corriente del río de cuerpos no perdía fuerza, los niños arrojaban mayonesa, jamón y pan duro de balcón en balcón para intercambiar comida.

La mayoría de los vecinos de Mariana eran hijos de pescadores y tenían una pequeña caña de pescar entre las cosas de sus padres. Y los que no, fabricarían una con hilo cáñamo y varas o tubos delgados para entretenerse. Lo normal hubiera sido que sus padres les enseñaran el oficio de pescadores, lo normal hubiera sido que Hemingway relatara esta historia de pescadores y cadáveres pero se hubiera convertido en una historia extraordinaria y no en esta exhibición de despedazamiento de huesos y cartílagos.

Las latas de duraznos en almíbar, que habrían servido como postre esos días, se convirtieron en recipientes de destrucción y entretenimiento. A las 11:00 de la noche todos los niños sacaban sus cañas y escogían cadáveres a los cuáles arrancarles los ojos, las narices y las orejas. Al principio dejaban pasar a las personas conocidas con las magulladuras que ya le había hecho el camino. Pero el respeto a los muertos duró poco y a todos les sacaban los ojos por igual, la excusa era la noche —no podían distinguir los rostros claramente—: todos se habían convertido en pequeños cuervos con duraznos en el estómago.

Al quinto día las mamás ya no oraban ni regañaban a sus hijos por arrancar partes del cuerpo de sus tíos o primas lejanas. La hora de meter ojos a las latas se cambió a las 4:00 de la tarde, para que todos los pequeños cuervos durmieran temprano.

Poco a poco el agua disminuyó y al séptimo día ya caían muy pocos cadáveres del pueblo de arriba. Por allá andaba Martín, cerca del vecino del 33 para que se ganara al menos uno de sus ojos; por allá caía el hijo de doña Josefa tan desecho que ni las orejas le quedaban, cerca de Mariana se veía un ovillo de nylon bajando lentamente: era su padre desenvolviéndose de una malla de pescar. Mariana trató de atraparlo con su caña, llorando y pidiendo auxilio; su madre se desmayó al ver el anillo de plata en la mano izquierda de Jesús, su esposo. Sus vecinos trataron de ayudarla desesperadamente con sus cañas, pero sólo arrancaron una oreja, el ojo izquierdo, parte de su nariz y su lengua.

Arrojó por el balcón todas las partes que había juntado los días pasados y sólo se quedó con el ojo de su padre. Los cadáveres habían dejado de caer del pueblo de arriba. La calle seca olía a carne, sangre y heces.

Ese mismo día, al anochecer, sin siquiera terminar el rosario de su papá comenzó a llover. Algunos vecinos dijeron que ese pueblo sería el siguiente, que le pasaría lo mismo que al pueblo de arriba. Todos emigraron al pueblo de abajo. Mariana y su madre se quedaron pensando —ambas pensaban lo mismo y ninguna decía nada— en si valía la pena bajar de pueblo en pueblo hasta llegar al infierno del mar: de igual manera estarían rodeadas por el agua. “María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defiéndenos de nuestros enemigos y ampáranos ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”. El agua acorraló sus ojos y un trueno reventó un árbol.

 


Rodrigo Mora. (Ciudad de México, 1996) Estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado cuentos en revistas como Rojo SienaPalabreríasPrimera PáginaLa liebre de fuego y La Rabia del Axolotl. Es lector de cómics y novelas gráficas. Hoy su canción favorita es “1979” de The Smashing Pumpkins.

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