Poema: La condena de la felicidad, por Pedro Martín Aguilar

I

Ayer se ha matado un hombre
tras deprimirse en su tercer año de jubilación.
El Periódico, con su pupila segadora,
permite solazarnos en la nota del suicida:
“Lo siento, amigos. La vida no tiene sentido
una vez dejas de trabajar”.

Ayer se ha matado un esquizofrénico
tras abandonarlo la familia que le dio
todo, y él nada:
no quiso curarse, y ni en Walt-Mart le dieron trabajo.
“Mejor así”, me han dicho los piadosos deudos,
“el mundo no está hecho para gente como él
y nunca iba a ser feliz”.

Ayer se ha matado una mujer
tras descubrir cómo su marido portentoso
mascaba las ingles gimnásticas
de la vecina de abajo.
“Mejor así”, me ha dicho su madre reflexiva,
“ella vivía esperando a su príncipe azul
y nunca iba a ser feliz”.

Ayer se ha matado un empleado
tras cometer su tercer error de la semana
en la transnacional Más Importante del Mundo,
el imbécil se entregó al sueño
y no respetó sus debidas horas de insomnio.
“Mejor así”, me ha dicho su gallardo jefe,
“que se hagan a un lado por su cuenta,
así nos ahorramos en liquidaciones”.

II

Oh Hollywood, aurívora Hollywood
de embrujados incendios proyectada,
hoy te damos gracias
por reemplazar la filosofía
con el decreto de tus filmes enlatados:
una casa hermosa en un barrio hermoso,
una hermosa piscina, un hermoso perro
que sale a recibir a los hermosísimos hijos
—blanquísimamente rubios—
de la pareja más hermosa del mundo:
él, empresario campeador, hercúlea vanidad,
ella, ama de casa, cuerpo por el que Victoria Secret mataría.

Oh Hollywood, omnisciente Hollywood,
hoy te damos gracias por liberarnos
—en verdad nos liberas:
tu país inventó la Libertad—,
por quitarnos el peso de encima
de tener que buscarle sentido a la vida:
todo lo tenemos, todo nos lo das,
nosotros somos los necios
que por flojos no correspondemos
tu prefabricada felicidad.
Oh, Hollywood, sabio Hollywood,
tú eres honesto deseo,
la vitrina que vende los sueños.

III

Nadie podrá ser feliz si no compra
una casa hermosa, un hermoso perro,
unos hijos hermosísimos, el más hermoso amor.
Nadie podrá ser feliz si su trabajo no da
una casa hermosa, un hermoso perro,
unos hijos hermosísimos, el más hermoso amor.
Nadie podrá ser feliz si su felicidad no es
una casa hermosa, un hermoso perro,
unos hijos hermosísimos, el más hermoso amor.

Pero si alguien se atreve, atribulado de ponzoña,
por la noche en que las luces no encañonan las grietas de los ojos,
si alguien se atreve a no comprar, a no trabajar,
si alguien se atreve a no ser feliz,
habrá que azotarlo, mansamente habrá que conducirlo al borde
del balcón ruinoso donde nadie verá
el empujón invisible
al vacío de los juguetes rotos.

 


Pedro Martín Aguilar. (Madrid, 1991) Es maestro en Letras españolas por la UNAM. Ha colaborado en la edición de clásicos mexicanos del siglo XIX en el Instituto de Investigaciones Filológicas de la misma institución. Está en proceso de escribir el libro Metapoesía en las “Soledades” de don Luis de Góngora. Es profesor de poesía en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

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