En busca de tierra firme I: La publicación de Ulises, por Darío Sarago

El presente artículo reúne las circunstancias de tiempo, modo y lugar que envolvieron la publicación, antes, durante y después de 1922, de Ulises, la afamada novela del escritor irlandés James Joyce (1882–1941) considerada hoy la mejor del siglo XX en lengua inglesa. El texto sintetiza los pormenores —dignos por sí mismos de una epopeya— del libro desde su gestación hasta ver la luz y, más aun, superar de a poco el estigma que impidió su libre circulación no antes de mediados del siglo.

El recorrido de la granada sin seguro en que terminó por convertirse el manuscrito de Joyce para editores, libreros, impresores, agentes de aduana y todo aquel que se inmiscuyera en su publicación —incluido de primero el autor mismo— constituye además una ventana a través de la cual echar un vistazo a un periodo completo y clave de la evolución de lo que ha dado por llamarse la historia de la lectura y en especial de la cadena del libro. Por decir lo menos, Ulises revolucionó, si bien casi hasta la implosión, los campos editoriales y literarios de Occidente, y puso en buena parte fin a la lucha emprendida por obras como las del marqués de Sade o Baudelaire.

Para una mejor presentación del cúmulo de datos, casualidades, entresijos y toda clase de fórmulas pirotécnicas a nombre del lenguaje y su disección propuesta por la descomunal novela, el recuento aquí formado sigue la secuencia de completos pasajes que entrañan el libro —–no siempre abierto del todo— que compone a su vez la vida del escritor. La “epopeya del cuerpo humano”, como definió la obra alguna vez, encuentra asimismo en este intento de retrato de su autor un reflejo del precedente que sentó un antes y un después en el tipo de purgatorio que debe atravesar una obra maestra para ascender al cielo de los lectores.

En el vórtice que crea y amplía el libro en la ya de por sí tormentosa mente de Joyce, caen al paso de los años referidos igualmente emociones y vivencias que se acumulan como trastos que en algún momento encuentran uso valioso en la escritura. De este modo, juergas, exilios, lujuria, miseria, censura, quebrantos de salud, fama y, más que nada, literatura hasta la saciedad integran en buena medida el coctel que hace de la principal novela del genial autor irlandés un dechado de embriaguez lingüística.

Así las cosas, Ulises, voz del héroe mitológico encarnado en Leopold Bloom y Sthepen Dedalus, sobrepasa las adversidades del escabroso camino editorial, por momentos igual que algún paladín de Shakespeare, aunque en otras ocasiones gracias sólo a simples quijotadas. El lector del artículo que sigue encontrará por tanto que la principal pista que persigue el trabajo, sea cualquiera la mención que haga, corresponde a la pírrica publicación, primero por entregas y más tarde —tras enloquecedoras correcciones o completas reescrituras que el autor produjo hasta el último minuto sobre las pruebas de impresión— en forma de libro con la edición francesa auspiciada por Sylvia Beach, de la historia que fuera considerada al poco tiempo la “biblia de los desterrados”.

Por último, el texto se cierra con el posterior auge de Ulises y su trayectoria en lengua española, cuyos tentáculos de la criatura de papel tocaron desde muy temprano, tan pronto comenzó a expandirse por el mundo, y que la envuelven más a medida que crece el mito de Joyce y el interés por desentrañar su obra desde todos los ángulos posibles.

I. A la conquista de Troya

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La publicación en 1922 de Ulises, la afamada novela del escritor irlandés James Joyce considerada hoy la mejor del siglo XX en lengua inglesa, entraña una completa odisea tan azarosa como el relato mismo del libro o su escritura. El protagonismo exclusivo que ejerció el autor en la creación y la forma final del texto, rayano en la obsesión de innumerables detalles, queda compartido con un grupo de personas —y personalidades— en lo que a la edición, impresión, distribución, comercialización, censura, prohibición, contrabando, piratería, defensa en estrados, traducción y consagración final, entre otras, se refiere.

Joyce lastraba la idea básica desde al menos 1905, inicialmente como un relato corto de seguro para Dublineses. Sin embargo, no fue hasta 1914, al borde de la guerra, que encendería la mayor parte de Europa, que se lanzó a la aventura de escribir la que al final fuera para él, entre otras cosas, “la epopeya del cuerpo humano”. Las luchas y los viajes que experimentó el propio escritor durante el paso del relato corto a la novela tuvieron lugar entre Trieste, Roma, Zurich, París y Londres, en un trasegar que requeriría veintitrés residencias, repartidas a lo largo de los años y los países. Por aquel entonces se ganó la vida —más mal que bien— como profesor de inglés, articulista intermitente, conferencista e incluso empleado de banco, pero logró salir a flote ante todo por su aureola como autor de culto, lo que le significaba desde recibir generosas contribuciones por parte de reverentes admiradores (principalmente acaudaladas mujeres, una de ellas Edith McCormick, hija del magnate petrolero John D. Rockefeller), entre los que se contaban destacados escritores y marchantes de arte, hasta sablear sin fatiga a su hermano Stanislaus y a muchos conocidos, todos unánimemente hipnotizados por el torrente de su prosa.

El resultado: un monumental escrito de 732 páginas que describe —incluso en pensamiento— las correrías de un par de habitantes de Dublín entre las ocho de la mañana del jueves 16 de junio de 1904 y las tres de la madrugada del viernes siguiente[1]. A esto se suma que aquél día de verano fue el mismo en que el escritor en ciernes tuvo su primera cita con Nora Barnacle, una camarera de hotel que meses después se convertiría en su compañera de vida y finalmente madre de sus dos hijos, Giorgio y Lucia, traídos al mundo en menos de tres años de ocurrido el trascendente encuentro. El niño a finales de julio de 1905 y Lucia en junio de 1907. Joyce rechazaba el sacramento del matrimonio y sólo hasta el 4 de julio de 1931 —fecha del cumpleaños de su padre, por si las moscas— la pareja contrajo nupcias en un juzgado durante un viaje a Londres.

Ulises —cuyo primer capítulo quedó esbozado en junio de 1915, en medio del desempleo de su autor y recurrentes ataques de glaucoma que lo hacían revolcarse de dolor, a escasos kilómetros de un frente bélico— discurre en clave de la Odisea, la epopeya griega atribuida a Homero, mediante un esquemático símil entre los heroicos pasajes del texto antigüo y los momentos del día en Dublín de un común agente de publicidad traicionado por su esposa. Así, en medio de la cháchara y los encuentros que envuelven la tribial jornada de Leopold Bloom por la ciudad, un funeral en el cementerio de Glasnevin representa el descenso al Hades del poema heleno; un modesto piso de la calle Eccles sustituye al palacio de Ulises en Ítaca; o un par de camareras en un bar de hotel cumplen el papel de sirenas al perturbar la virtud del héroe.

Las horas (19) que narra el libro desnudan la lucha diaria, ridícula pero a la vez trascendente, del yo, del hombre en general y asimismo de la civilización occidental en su totalidad o, como gustaba decir al mismo Joyce refiriéndose a Europa, “sifilización”.

La parodia, a su vez difuminada en una ordenación por capítulos distinta al del relato homérico, más la negativa de Joyce para que se reprodujeran los nombres correspondientes de cada uno en el clásico, se confirma en las figuras de Stephen Dedalus (de 22 años), símbolo de Telémaco, el hijo cuyo padre permanece extraviado[2], y Molly (34), la Penélope abandonada que aguarda al marido pero aún así busca de afuera calor para su lecho.

Por si no fuera suficiente el de por sí numeroso, complejo y nunca claro conjunto de alusiones a la obra clásica en la novela creada por Joyce, de la que “el único punto de referencia homérico sin velar es el título de la novela”[3], el autor, además, a medida que aumentaba las páginas, dotó los capítulos de diversas técnicas narrativas, muchas completamente experimentales para el momento de su escritura, algunas de las cuales finalmente configuraron el modernismo literario del que fue piedra angular.

La técnica más característica de Ulises es la que Valéry Larbaud denominó “monólogo interior”. En ella la escritura instala al lector en el pensamiento de los personajes. Joyce, quien se refirió al tema como “palabra interior”, declaraba haber aprendido la técnica hacia 1903 de la novela Los laureles están cortados, del escritor francés Edouard Dujardin.

En Ulises la técnica alcanza sus últimas consecuencias con el clímax del relato: el monólogo final de la esposa, una verdadera apoteosis verbal sin puntuación ni lógica textual que en ocho extensas frases arrastra en su caída al vacío a la moral y las buenas costumbres de los suyos; pero lo peor: se regocija con ello.

En efecto, el libro de Joyce puso la lupa sobre la clase social y las maneras, irlandesas o no, que pocos envidiarían. “Nadie vale en mis libros más de mil libras”, comentó alguna vez, con lo que dejaba claro que su novela más famosa versaba sobre barriadas y empleados de poca monta.

La obra discurre en un día cualquiera pero de la humanidad entera. Por otro lado, en una vuelta de tuerca distintiva de Joyce, lo narrado por Ulises no es otra cosa que un retrato del padre del escritor y su entorno. John Stanislaus Joyce era un fulano con ingresos por rentas heredadas y, sin embargo, venido a menos, padre de quince hijos (cinco murieron de pequeños), pero con una idea clara de lo que significa comerse al mundo o, en su caso, bebérselo. “El humor de Ulises es el suyo; sus personajes son sus amigos. El libro es como un esputo de su imagen”, reconoció el mismo Joyce a su muerte en 1931.

El escritor avivó aquel torbellino mental lidiando con sus propios demonios, dado el gusto que tenía por la juerga[4]. Con su afición al alcohol —absenta en su juventud y vino blanco de mayor— Joyce hizo honor a su sangre paterna, curiosa, transgresora y mundana hasta el tuétano, por la que sentía una admiración inversamente proporcional a la aversión que le despertaba la materna. Siempre que tuvo ocasión y salud suficiente en sus ojos —por los que fue operado al menos once veces en veinte años y algunas ocasiones sangrado por sanguijuelas en la variedad de tratamientos que recibió, algunos de los cuales incluyeron cocaína y escopolamina que le producía alucinaciones[5]—, recreó el jolgorio acostumbrado e hizo de él una de sus fórmulas predilectas para retrotraer el goce y la miseria que atenazan su mayor novela. Joyce era un fiestero a todo dar. Su nuera Helen Joyce dijo de él: “El alcohol no le subía a la cabeza; le bajaba a los pies”. Sin embargo, muchas veces incluso sus pies le fallaban y Joyce terminaba perdido de la borrachera, tumbado en plena calle, alguna que otra vez golpeado o atracado. De hecho, el libertinaje de Joyce, a fondo en burdeles de Dublín y París en sus años de estudiante, al parecer cobró factura el resto de su vida: recientes estudios atribuyen los problemas de visión y demás del escritor a que padecía sífilis. La infección también pudo originar el trastorno mental de su hija.

Esta faceta del escritor —determinante de todos modos pues en una de aquellas farras a tope Joyce terminó socorrido por un judío del que se rumoreaba que su mujer le era infiel, lo que es la base de Ulises— no resta para nada reconocimiento al autor de la “novela-monstruo”[6], ya que, aunque pintado de luz y sombra por igual, su reino está fabricado ante todo de literatura. Para un empobrecido hogar de cuatro bocas que alimentar, las letras y su pronunciación resultaba un completo manjar aunque sólo Joyce lo creyera. Uno de los recuerdos de por aquel entonces de Lucia, mostraba a su padre tumbado en el suelo, nadando entre cuadernos de anotaciones (notas a las notas), plumas, lápices de colores y hojas con tachaduras en rojo hechas en múltiples idiomas. Aunque el italiano arraigado en Trieste fue el idioma de la familia Joyce, el escritor usaba en sus conversaciones y escritos —en especial Ulises— latín, francés, alemán, griego y ruso. Esa confusión de lenguas impone uno más de los desafíos de la novela consagratoria. Cuando no estaba componiéndolo o estudiando algo relacionado, su tema de pensamiento y conversación igualmente era aquel libro y todo lo que se desprendía de él.

Incluso, en determinada ocasión, la profundidad sensorial que intentaba volcar al papel lo llevó a pedirle a Nora que le fuese infiel[7] para adquirir así un entendimiento más pleno de la aptitud de Leopold Bloom como cornudo. Ella supo a lo largo de los años pagar con la misma moneda e hizo a Joyce arrastrarse en momentos por su amor. Al final, si por un lado, al no poder hablar con ella de Ulises por su escasa educación, resultó que no tenía mucho más que decirle, por otro, Nora, pese a su baja cultura y menos aún interés por el oficio de su marido, fue siempre el dínamo que activó la maquinaria que la empresa novelesca requería. En especial a través de cartas —entre las que figuran muchas subidas de tono en que la pareja deja volar su imaginación hasta elogios picantes a, por ejemplo, el “culo lleno de pedos” de la mujer—, Nora ejercitó en cuerpo y alma la vocación de Joyce[8].

En suma, visto como un todo, Ulises, al procurar alcanzar su conquista particular sobre el lenguaje, desboca los rieles de la razón a medida que la lectura avanza y la expresión se diluye. Quien se enfrenta al libro termina de este modo en un laberinto de sonidos, palabras, símbolos y más que nada pensamientos entremezclados, programados para detonar ante el lector cada tanto en los reglones de la obra, considerada por un crítico al poco tiempo de su publicación como “la biblia de los desterrados”.

Al tiempo, la obscenidad desfilaba campante por pasajes enteros de la novela, lo que le valió en definitiva la condenación que hizo de su publicación un completo viacrucis para sus promotores.

 

[1] Ese era un año bisiesto, en los que las noches y los días es dos veces 366, o sea las exactas escritas por Joyce.

[2] En Ulises, como en la Odisea, el protagonista ha perdido un hijo: Leopold Bloom y Molly lamentan a lo largo de la historia la muerte de Rudy. Asimismo, las interpretaciones que permite la novela, incluyen que Stephen no es otro que Joyce de joven.

[3] Kevin Birmingham, El libro más peligroso: James Joyce y la batalla por Ulises. Es Pop Ediciones. 2016.

[4] Joy significa dicha.

[5] Los métodos por la salud de sus ojos —médicos algunos, otros no tanto— incluyeron compresas frías y calientes, inyecciones de yodo, un tratamiento endocrino y electroterapia, además de toda una variedad de gotas y alucinógenos.

[6] Así la definió su autor en una carta dirigida a su amigo Carlo Linati, el mismo a quien enviaría el primer borrador del esquema que más o menos rige a Ulises.

[7] La periodista estadounidense Brenda Maddox asegura que dichos deseos sexuales fueron satisfechos en reiteradas ocasiones, y usa como evidencia las cartas eróticas de la pareja y apartes de los libros de Joyce.

[8] Sólo se conserva la correspondencia de Joyce a Nora.

 


Darío Sarago. Autor de los libros La fiebre de los cerdos (poemas) y Tantas vidas arrebatas (estudio sobre la desaparición forzada de personas en Norte de Santander, Colombia), además de algunos artículos sobre cine. Actualmente cursa el posgrado Maestría en Estudios Editoriales del Instituto Caro y Cuervo, en Bogotá, Colombia.

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