Cuento: Samonis, por Aurora Boreal

I

Cuando murió su padre, el mundo se fue a la mierda para Stephen. Era su ídolo, su religión, y tan alegre como su abuelo Jack. Trevor O’Carroll acostumbraba a llevarlos a él y a su hermano Bernard al lago Neagh de pesca mientras Lynette preparaba los emparedados y el té sobre la gran roca que servía como mesa en ese paraje bucólico de la campiña irlandesa. Cuando se aburrían de ello, padre e hijos gastaban el tiempo yendo a partidos locales de balompié. Trevor se dedicaba a la ganadería y a la venta de bienes raíces. El segundo hijo del viejo O´Carroll llevaba una vida plena.

Trevor había conocido a Lynette en St. Ciarán’s Community School. En cuanto la vio por primera vez, supo que ella, y no otra mujer, sería su esposa. Luego llegó Bernard y, al año siguiente, él, Stephen. Bernard había nacido un mes después de entrado el solsticio de invierno mientras Stephen en plena celebración de Samhain, 31 de octubre, hora exacta: 3:33 am. Ambos hermanos crecieron en un ambiente de armonía, juegos y paseos dominicales. Pero todo cambió al ocurrir la primera tragedia familiar. La muerte de la tía Darcy en Ring of Kerry. Esa mañana la palidez del sol ensombreció el dolor familiar. Bernard tenía 13 años, Stephen, 12.

Cuando regresaban de los servicios funerarios, la familia encontró en la puerta del departamento a un gato negro famélico. El amor por los animales llevó a Trevor a decidirse por adoptarlo, ya que traería un poco de alegría en ese momento oscuro. Lynette acogió entusiasta al animal. Bernard se mostró indiferente. Pero en Stephen el gato despertó una sensación caliginosa. Había algo en esos ojillos amarillos que lo incomodaba. Y, a partir de ese día, la relación entre sus padres cambió. Trevor empezó a comportarse de forma extraña, principalmente con Lynette, con la que dejó de mostrarse cariñoso. Al transcurrir los meses, Trevor se tornó violento y huraño. Dejó de asistir a los partidos de futbol y optaba por encerrarse en el estudio por largas horas. Los días de campo llegaron a su fin. En vano, Lynette trató de hablar con él. En el mejor de los casos recibía evasivas. En el peor, agresiones físicas por parte de Trevor. Entonces, ella empezó a ausentarse. Por ese tiempo había entrado a laborar como trabajadora social en el mismo colegio donde estudió. Ahí conoció a Aaron, un hombre de origen senegalés con el cual entabló una relación amistosa que después se convirtió en un tórrido romance. Bernard y Stephen fueron mudos testigos de cómo su familia se fue resquebrajando. Ante las ausencias de Lynette, Trevor se entregó al alcohol. La gota que derramó el vaso fue cuando él, en una de sus borracheras, golpeó a Bernard. Esa fue razón suficiente para que Lynette abandonara a su marido, llevándose a los chicos.

Tras repetidas súplicas, se negó a regresar con su esposo. En el último intento, ella le confesó que quería el divorcio, amén de que ya no lo amaba y estaba embarazada. Y entonces sucedió. Tres semanas después encontraron a Trevor ahorcado colgando de una viga en el techo de la cocina del departamento. Además, la policía halló muebles rotos, comida enmohecida, cucarachas y un olor nauseabundo mezcla de vómito y excremento de gato. Conclusión: suicidio. Bamford, uno de los agentes policíacos, poco antes de retirarse y sellar la puerta del departamento, vio al gato negro al borde de la ventana de la sala. En el hocico llevaba un muñeco de paja. Bamford corrió a atrapar al animal pero este salió huyendo hacia el baño. Lo persiguió hasta ahí. Intentó nuevamente agarrarlo, sin éxito. El gato brincó a la ventila, por la cual salió. Saltó a la cornisa. Bajó por la fachada del edificio y alcanzó la calle. Agarró camino sin soltar aquello de sus mandíbulas.

 II

Stephen despertaba siempre de la misma pesadilla: su papá emergiendo de las aguas oscuras y profundas del lago Neagh envuelto en lodo. Brotaba como un engendro maligno del infierno para salir y caminar hacia la orilla, hacia él, con los brazos extendidos. Stephen intentaba correr, pero algo por debajo del agua le sujetaba los tobillos. Y siempre que trataba de escudriñar a través de aquella agua malsana repleta de fango para mirar qué lo detenía, no lograba ver nada. Justo en el momento en que Trevor lo iba a alcanzar, abría los ojos. Esto continuó a diario.

Así, el manto de la soledad pronto envolvió a Stephen, quien empezó a consumir alcohol hasta que, por una chica llamada Orlaith, entró al mundo de las drogas. Inició con hierba, luego siguió el polvo. Cuando Bernard se dio cuenta, se lo contó a su madre. Lynette pareció preocupada: “Steve, ¿en serio tomas drogas? No sabes lo peligroso que es, te prohíbo que vuelvas a hacerlo, ¿me escuchaste? No saldrás a fiestas por un buen rato”. Los castigos surtieron efecto al principio. Sin embargo, Stephen encontró la manera de seguir consumiendo a escondidas de su madre. Comenzó a ausentarse de la escuela para ir a casa de Ben, un tipo mucho mayor que él, a gastar el tiempo bebiendo y fumando.

Con el paso de los meses, las pesadillas se volvieron más recurrentes y oscuras. Stephen se soñaba a sí mismo como un ser hecho de fango atrapado y enredado en una masa informe y gigantesca. En lugar de piernas y brazos, de su tronco surgían ramas putrefactas, serpenteantes, con ojos y boca. Al llorar, en vez de lágrimas le salían lombrices y de su boca surgía paja. Su espanto era tal que sus gritos no eran humanos, sino felinos. Y despertaba sudando, con el corazón latiéndole a mil por hora. ¿A quién contarle lo que le sucedía? Entonces pensó en él, su padre: Trevor. El sí lo escucharía. ¡Cómo le hacía falta!

 III

31 de octubre. Cumpleaños número 14.  Los tres habían quedado de verse en casa de Orlaith. Ben le había prometido a Stephen una nueva experiencia, pero antes debían deambular por aquí y allá, como de costumbre.  Optaron por las verdes colinas de Howth y entraron al viejo cementerio abandonado. Se sentaron sobre un gran bloque de cemento sin inscripciones:

—Bienvenido a la tierra de los muertos. Y nuestro trasero está sobre la tumba de Cormac McCarthy. Sabes quién es, ¿cierto? —preguntó Ben a Stephen en tono burlón.

—No lo asustes con esas tonterías… solo fue un sujeto poderoso que traicionó a los irlandeses —agregó la pelirroja Orlaith dirigiéndose a Ben, primeramente, y después a Stephen.

—¿Asustarlo? Pero si Steve ya no es un niño ¡Míralo! —añadió Ben en el mismo tono socarrón.

Stephen sonrió. Gozaba de las conversaciones con ellos, a los que consideraba sus amigos.

—Te tenemos una sorpresa, pequeño —indicó el alto y regordete Ben.

—Toma, es tu regalo, feliz cumpleaños —agregó Orlaith.

—¿Qué es? —indagó Stephen.

—Algo que te hará sentir libre —contestó Ben mirándolo con sus grandes ojos azules mientras sacaba y encendía una pipa con hierba.

—Consúmelo así —señaló Orlaith con su mano.

Stephen se disponía a colocar sobre su lengua aquello cuando de pronto, se percató de que una figura negra pasó corriendo por entre las tumbas. Sí, era el gato negro que su padre había adoptado hacía dos años y del cual no había sabido nada desde entonces. Se estremeció. El animal llevaba algo en su hocico. Se había trepado en el tope de un hermoso mausoleo de estilo gótico. El chico experimentó otra vez ese escalofrío al contemplarlo, como aquella vez en Kells.

—¡Maldito gato! ¿Qué hace aquí? —pensó Stephen en voz alta.

Orlaith y Ben voltearon para dirigir la mirada al mismo punto.

—¿Es tuyo? —preguntó Ben.

—Mi padre lo recogió cuando vivíamos en Kells. Pero desde que él apareció… todo se fue al caño, él trajo la mala suerte a mi familia ¡La destruyó! ¡Odio a ese animal! —sostuvo Stephen.

—¡Relájate, querido! Es solo un gato, ¿y cómo sabes que es el mismo? —intervino Orlaith.

—Es él. Lo sé. Y quiero que se vaya —reviró Stephen.

Acto seguido, se puso de pie y buscó. Encontró una piedra,lo suficientemente grande como para arrojarla con tal fuerza que atinó de forma precisa en la cabeza del gato. Este soltó un chillido y se precipitó hacia atrás. Salió corriendo.

—¡Yeahhh! ¡Le diste! Yo en tu lugar iría por él y lo remataría.

Las palabras de Ben incitando a cometer algún acto de crueldad contra el felino inflamaron el ánimo de Stephen.

—¡Anda! ¡Ve por él! ¡Coge al bastardo! —añadió.

Stephen corrió hacia la fila de criptas donde vio al minino desaparecer. Lo buscó hasta encontrarlo herido echado sobre una losa. Entonces, se le acercó para tomarlo por la cola e intentó azotarlo contra el mármol, pero el gato, en un movimiento rápido, soltó el muñeco de paja que llevaba en el hocico para lanzar mordidas y zarpazos contra Stephen. El dolor le hizo soltar al animal que volvió a escapar. La ira hizo presa del chico de catorce años que fue en pos del felino. No lo halló por ningún lado, fue como si se hubiera desvanecido en el aire.

—¿Dónde estás, maldito?

Para esos momentos, Ben y Orlaith lo alcanzaron.

—¡Ey, pequeño! ¿Estás bien? —preguntó Ben.

—Me rasguñó y mordió, pero no fue nada —respondió Stephen.

—¡Olvídalo ya, Steve! No hagas caso de este grandulón, mejor relájate y goza de tu regalito —añadió Orlaith.

Después de respirar agitadamente, Stephen sacó de su bolsillo el papel y lo desenvolvió. Agarró el cuadrito con los dedos y lo colocó en su lengua. Treinta minutos después la dimensión de las cosas cambió. Los colores se tornaron brillantes y sonoros. Su viaje comenzaba. Podía “visualizar” al viento mientras los cipreses del camposanto “cantaban” una melodía acorde con el aire fresco del atardecer. El cielo era un gran océano amarillo cuyas nubes eran oleajes espumosos. Se le antojó que podría nadar allá, en las alturas. Y abajo, las lápidas adquirieron vida propia, como un ejército preparado para ir a batalla y combatir.

—¡Wow, esto es… genial! —expresó eufórico el adolescente.

—¡Vaya! el niño lo está pasando de maravilla. Dejémoslo. Vamos a divertirnos tú y yo solos donde nadie nos moleste, conozco un sitio aquí cerca —dijo Ben a Orlaith quien soltó una risita nerviosa antes de que aquél comenzara a besarla. Acto seguido, la tomó de la mano y caminaron.

Stephen los vio alejarse, pero poco importó. El fosal entero era una celebración de sentidos. El momento culminante llegó cuando se vio de niño corriendo con sus padres y hermano a través del campo. Rió. Pero el paso de las horas alargó las sombras. El firmamento se pintó de naranja. El suelo adquirió un matiz negruzco. La necrópolis festiva fue apagándose para revelar su auténtica naturaleza. De repente, un aroma a légamo llegó a la nariz de Stephen. Ese olor se materializó en una silueta fantasmagórica multiplicada en gatos negros que brotaron de las tumbas y de los cipreses. Comenzaron a rodear a Stephen cuyo semblante se fue transformando. Ya no sonreía. El miedo lo paralizó. Reaccionó y corrió tambaleante por entre los sepulcros. Escuchó voces. A menudo volteaba. Los gatos lo perseguían. No maullaban, murmuraban. El no entendía nada. Las ramas de los árboles y el pasto eran como gusanos limosos contorsionándose y enredándose en todo aquello que tocaban. Stephen atravesó el cementerio y a su vista se dibujó una masa de agua ondulante cubierta de lobreguez. Y a partir de ahí todo se volvió oscuridad ¿Acaso se había quedado ciego?

—¿Dónde estoy? ¿Dónde estoy? —inquirió para sí mismo.

A su alrededor distinguió decenas de pares de pupilas amarillas aproximándose a él. Los susurros se fueron haciendo inteligibles. Hablaron. Sus voces eran una cascada helada: “Trevor no era tu padre. Eres hijo de Jack, al que llamas abuelo. El violó a tu madre cuando tu hermano Bernard cumplió un año. Trevor nunca lo supo, siempre creyó que tú también eras su hijo. Lynette y Jack sí lo sabían pero callaron. Sobre Jack pesa una maldición. Y tú, al ser su hijo, eres parte de ella. Tú también estás maldito y llegó tu horaaaaaaaaaaa…”.

—¡No, no es cierto! ¡Déjenme! ¡Ustedes no son reales! ¡No existen! ¡Váyanseeee!

Stephen se llevó las manos a los oídos. Intentó correr pero no pudo. Sus piernas solo le permitieron dar pasos apresurados. Su cuerpo se balanceaba como un péndulo. El olor a cieno se tornó penetrante. Pudo constatar que caminaba sobre paja. Más allá, únicamente tinieblas. Un aire fresco golpeó su rostro. Un paso al aire. No gritó. Emitió un lastimero maullido. El ruido del mar lo acalló.

 IV

Al otro día encontraron el cuerpo de Stephen al pie del acantilado, entre las rocas. Se había desnucado al caer veinte metros. El agua marina bañaba incesantemente su cadáver. Todos en Howth y en Kells lo supieron. Nadie permaneció ajeno al suceso, excepto una niña que paseaba cerca del faro Baily y que encontró a un gato negro con una herida en la cabeza. Al verlo ahí, indefenso, se conmovió de él. Como pudo lo cargó. Lo llevaría con sus padres que eran veterinarios. Lo curarían y, con un poco de suerte, dejarían que se quedara con él.

 


Aurora Boreal (30 de junio, CDMX). Es maestra en Literatura Mexicana Contemporánea y licenciada en Comunicación Social por parte de la Universidad Autónoma Metropolitana. Es escritora, guionista de TV y editora independiente. También ha sido publicista. Compiló, editó y publicó Necrópolia, Horror en Día de Muertos (2014) y Mortuoria, Sombras en Día de Muertos (2017). Además, sus cuentos han sido publicados en diversas editoriales (impresas y electrónicas) de México, España, Canadá y Argentina.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s