Fragmentarios: Jacarandas y eutanasias

Hace poco dos fantasmas muy viejos florecieron en mi jardín. Dijeron que los habían sembrado hace mucho tiempo, los regaron con sangre coagulada del siglo pasado y algunas ideas eutanásicas. La semilla de un fantasma venía de Japón y la otra de Estados Unidos; pero, para llegar hasta aquí, cruzaron por el norte de México: Ciudad Juárez. El japonés se llama Tatsugoro Matsumoto, el gringo Ambrose Bierce, digo que se llaman porque un fantasma siempre está ahí, ¿no? Vive entre todo ese silencio que acumula el fuego cuando aparece y se revuelca entre toda la ausencia de aquel rincón iluminado de tu cuarto.

Nosotros germinamos a la sombra de las jacarandas que, como galgos morados, corren sobre nuestras espaldas hasta que escupimos flores violetas y soñamos flores violetas y todo nos duele en violeta. O lila. O azul. No sé qué color sea, quizá el color cursilería. Pero también crecemos medio tullidos, medio decapitados, medio imbéciles por el color impreciso de la sangre que vemos en cada esquina, dispuesta a pegarse en cualquier cicatriz para volverla a abrir.

Tatsugoro dice que murió de viejo, Bierce dice que no recuerda; que quizá ya estaba muerto cuando cruzó El Paso. Ambos compartían el destino de morir en México.

 

A partir de 1920 Tatsugoro Matsumoto comienza a plantar árboles en las principales avenidas de la ciudad, atendiendo la petición de Álvaro Obregón. Al principio se quería introducir el árbol de cerezos, pero no resisten la falta de lluvia en primavera. El jardinero japonés tenía 65 años cuando ingresó al país el 25 de agosto de 1896, por Ciudad Juárez; mismo lugar en donde Ambrose Bierce se uniría al ejército villista, en 1913, a sus 71 años.

De Matsumoto se sabe muy poco: fue jardinero, medía 1.65 metros, nació en Tokio y era viudo. Datos que pueden verificarse teniendo una cita con él o en su tarjeta de Registro de Extranjeros que expedía el Servicio de Migración. Pero es mejor tener una cita con él, porque en cuanto empieces a enredar tu cabello entre tus dedos e inclinar tu cabeza, y tus ojos observen su transparencia, te dirá que era jardinero imperial en Tokio y que, después, fue el encargado de los jardines del Castillo de Chapultepec durante treinta años, también te dirá que regresó a su país a vender todos sus bienes para hacer dinero, pero se endeudó y tardó diez años en regresar a México cuando la guerra ya había acabado y en el norte se escuchaba la historia de un gringo que murió fusilado y deshecho por lo vieja de su piel. Pero esa era una leyenda y él solo plantaba jacarandas en Insurgentes.

Por otro lado, cuenta el sacerdote Jaime Lienert, de Coahuila, que al escritor lo fusilaron en el cementerio del Pueblo. Este testimonio está alojado en la tradición oral de la villa de Sierra Mojada:

Detrás del camposanto había un árbol seco que eligió un subordinado de Maclovio Herrera para la muerte de un espía estadounidense ‘igual de seco y arrugado que él’. En un español rudimentario, decía que era periodista y había escrito El diccionario del diablo; pero que no le importaba morir como un espía, que acaso era la aventura más grande que un hombre de setenta años pudo haber tenido. Lo obligaron a cavar su tumba y le concedieron su último deseo. Tres balas bastaron para destrozarle el pecho y la mitad de su cabeza. En paz descanse.

Sin embargo, un documento confirma la muerte de un gringo viejo en el sitio de Ojinaga y la Enciclopedia Británica acota este papel como prueba fehaciente del deceso de Ambrose Bierce. ¿A quién creerle entonces? ¿A la comunidad de Sierra Mojada o a la Enciclopedia Británica? ¿A las palabras o a las cosas? Bueno, le pregunté a Bierce cuando lo tenía delante de mí, le di un vaso con agua para que fluyeran sus pensamientos pero empezó a gotear por el pecho, me dijo que el cabrón de García Márquez se había inspirado en él para crear a Prudencio Aguilar. Él recuerda que lo mataron en Ojinaga, pero que su cuerpo fue arrastrado hasta Sierra Mojada y que, allí mismo, lo utilizaron como espantapájaros para practicar tiro con los niños del que sería el General Toribio Ortega Martínez. Su transparencia se volvió celofán rojo al mencionar a Jaime Lienert, estalló en una furia desmesurada en contra de los sacerdotes y la religión, la Biblia y Lord Byron que volvió melancólico y loco a su padre. Después se desvaneció, pero todo lo que sabemos de él está en la historia de la literatura norteamericana; un fantasma gringo, viejo y prepotente.

La última nota que dejó el viejo escritor antes de cruzar hacia México fue:

Adiós, si oyes que me pusieron contra un muro de piedra mexicano y que me han fusilado hasta convertirme en andrajos, piensa que para mí es un buen modo de dejar la vida. Es mejor que la vejez, la enfermedad, o caerse por las escaleras. Ser gringo en México, ¡ah, eso sí es eutanasia!.

Esta violencia cotidiana con la que murió el autor de Aceite de perro, dista mucho de la paz y serenidad con la que murió el japonés; que se dejó arrastrar tranquilamente sobre las aguas del delirio y el perdón. A uno le debemos las vistas moradas de la Ciudad de México desde el segundo piso del periférico y las raíces que fragmentan el asfalto de la avenida Coyoacán; a otro la invención de una leyenda en Sierra Mojada acompañada de una penitencia misteriosa parecida a la de Séneca, y el olor de la ausencia y la sangre en tierra caliente que ahora inunda todos los rincones del país.

Posiblemente la muerte sea sencilla en México y esa sea la razón principal por la que estos dos ancianos vinieron a morirse aquí. Las dos ambiciones son extraordinarias: Plantar árboles sin esperar su magnífico crecimiento dentro de cien años y buscar la muerte en la Revolución Mexicana a lado de Pancho Villa; las dos tareas llevan tiempo para ver los resultados. ¿A Matsumoto le hubiera gustado ver crecer las jacarandas? ¿A Bierce le hubiera gustado sentir su cuerpo viejo y desbaratado para hacer un cuento, una novela? Quizás hayan entendido que la muerte es natural, pero ornamental: sabían que las flores moradas y los cuentos siniestros descansarían para siempre sobre la sangre de dos naciones, seis o siete vidas decepcionantes, pobreza y locura. No les gustaba el mundo que imaginan los que siempre ganan ¿pero quién sobrevive al final, en este país donde plantar árboles y desear el fusilamiento mantiene en perfecto equilibrio la balanza de los sueños? No pretendo ser juez de nada, acaso solo soy un producto de la somnolencia de estos migrantes. Aquí no hay revoluciones, hay esfuerzos enormes por habitar el caos, sutiles eutanasias.

Volví a plantar fantasmas en mi jardín hace poco. Me dijeron que la indiferencia de los árboles se parecía a las ausencias; espero que ahora broten personajes menos melancólicos.

 


Rodrigo Mora. (Ciudad de México, 1996) Estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado cuentos en revistas como Rojo SienaPalabreríasPrimera PáginaLa liebre de fuego y La Rabia del Axolotl. Es lector de cómics y novelas gráficas. Hoy su canción favorita es “1979” de The Smashing Pumpkins.

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