Cuento | Esfera Africana, por Juan Pablo Tovar

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Ilustración de Omar Felipe Martínez
acrílicos
31 x 48cm

Convexo

La rebelión de Yasmina se había extendido a lo largo de la franja argelina que dominaban los tuareg. Los detractores blasfemaban contra su familia, cuya madre fue asesinada frente a ella. Su padre arengó su espíritu con epopeyas y cantos antiguos, conocía el carácter de su hija y por eso sacrificó su vida por ella. En realidad, la furia articulada en su contra no era más que el rechazo a su feminidad, a su temperamento insumiso, rebelde. Pude escuchar cómo se expresaban de ella, cómo la criticaban, y de aquellas voces nacía el resentimiento, la impotencia ante una mujer cuyo nombre representaba, irónicamente, una puga contra los principios y costumbres de un pueblo anclado.

Yasmina incitaba a los tuareg a no permitir más despojos. «Nos han quitado nuestras tierras. ¿Ahora pretenden arrebatarnos el desierto también? ¡Jamás! Esos elementos pertenecen al tuareg, el azul es techo de nuestros pasos. Y ahora nos llama el camino. La mirada del tuareg es la promesa entre la tierra y el cielo». Les hablaba con la apetencia de un dictador en ciernes, inconmensurable, noble, aguerrida. Al escucharla, la multitud comenzó a pisar a un ritmo cadencioso. Los pies levantaban una nube de arena donde las cabezas se difuminaban con sutileza.

Capturé mi primer fotografía durante aquel discurso: Yasmina observó a la gente y, vibrando al borde de la humedad de sus pupilas, se dibujó el trazo de la distancia, una facción indecible que apuntaba hacia el confín del horizonte. Su voz se clavaba en la entraña del desierto, dotando a sus oyentes de una esclarecedora vitalidad, de un movimiento perpetuo. Esa fue la primer imagen que capturé sin una cámara; imagen que maduró en mí y que, posteriormente, me impulsó a convertirme en fotógrafo.

El grupo se desplazó hacia Níger; empezaron por la región del noroeste para bajar la franja del sur hasta llegar a Malí. Cruzar las tres regiones parecía una empresa colosal; muchas personas habían huído por distintos conflictos armados y terminaron consumidos por las zonas desérticas, algunos se convirtieron en nómadas, otros no resistieron los extensos trayectos y murieron insolados. Mi intención era salir junto con el grupo de Yasmina; sin embargo, me atrasé un par de semanas a causa de un parásito que acabó con la vida de Dóloko, mi camello, a quien vi nacer a un costado de la tienda de mis padres. Su madre murió después de parirlo. Mientras ella temblaba, aquél se puso de pie y acercó su pequeño hocico al cuerpo inerme, que aún emanaba un sulfato maternal, y lo restregó con impaciencia, cada vez con más intensidad. Esa noche lo dejé dormir junto al cadáver de su madre.

Para cruzar de Argelia a Níger, usé la carretera transahariana, donde la ruta es más estable y se ahorra energía al evitar los terrenos rocosos; aunque descansé menos para compensar los días de atraso. Cuando alcancé los primeros poblados de la región, pregunté por el grupo tuareg que, con certeza, ya habría cruzado por ahí. Algunos hombres ignoraron mis preguntas; el resto, nervioso, me aconsejó regresar de donde venía. Desconcertado, seguí el camino. Elegí, aunque con un dejo de incertidumbre, la ruta central, que quizá me llevaría a una plazoleta donde alguien podría ayudarme. Caminé durante varios kilómetros hasta observar una pequeña casa; al contemplarla, me invadió la nostalgia de un espacio que sólo comprendía teóricamente: nunca había dormido más de una noche bajo un techo que no fuera fugaz.

Conforme me acercaba hacia el umbral, pude percatarme de que un anciano con un cigarrillo abría la puerta; inmediatamente, una nube de humo revistió su rostro. La corriente de viento reveló sus rasgos: la forma de sus ojeras semejaba dos guadañas de ónice que se diluían hasta los pómulos, y sus labios, aunque finos y bien trazados, poseían una voluptuosidad contenida, sintética. Inhaló de nuevo e hizo una seña, indicándome la bienvenida.

La casa era pequeña. Al fondo se ubicaba un estudio y junto a éste la recámara. No había divisiones o muros entre sí. El hombre se dirigió a la cocina y en breve regreso con un vaso de agua. Ambos permanecimos en silencio por algunos minutos. Arriba de su escritorio, observé un retrato a blanco y negro. Era una niña con cráneo ovalado, su mirada, suntuosa y mesmérica, no  se dirigía hacia el lente de la cámara, sino hacia una persona presente en la habitación. Permancí absorto ante los rasgos de aquella mujer. No me atreví a preguntar quién era.

—¿Cómo te llamas, tuareg?

—Bashir, vengo de la región argelina.

—Sé de dónde vienes. Por aquí pasaron otros tuareg de tu zona.

—¿Sabe algo de ellos?

El anciano se acercó a mí y sujetó el vaso.

—¿Más?

No, gracias.

Caminó firme y seguro hacia el escritorio, donde dejó el vaso. Respiró y luego miró la fotografía.

Es la única que tengo de mi hija. A ella la asesinaron otros nómadas, cuello azul, como tú.

La habitación cayó en la densidad más profunda; el anciano mostraba tanto sosiego que la idea de un ataque se dipsersó de mi mente con rapidez.

Los nómadas que buscas fueron emboscados en la plazoleta.

Quedé paralizado por la noticia. ¿Quién los delató?, ¿habrían capturado a Yasmina para torturarla o habría escapado entre el bullicio y la pólvora? Le agradecí al anciano por la hospitalidad, abrí la puerta y, acuciado por un sentimiento de avidez y zozobra, comencé a correr hacia la carretera. Pero, de pronto, aquel ímpetu voraz que me consumía se transformó en quietud y serenidad. Mis latidos eran sordos. Me escuché a mí mismo detrás de la razón y pude oír el ímpetu perentorio de un hado inexpugnable.

Cóncavo

El negro mete un ladrillo a la boca de mi abuela
.               el negro empuja el ladrillo          lo empuja
.                                                             y…
.   la escuela es un caos
.                                 las balas perforan el techo
.                                                   las balas perforan a mis compañeros
.        los hutus se acercan con machetes en las manos
vuelan trozos de carne
.                                             cortan los cráneos

vuelan trozos de pensamientos
.                                                                        están violando a mi maestra
me arrastro y me escondo debajo de los cuerpos
sudor y sangre escurren por mi espalda
.                                          una mujer grita «creo que ésa aún vive»
el negro voltea

paso tras paso                                                el negro se acerca
.                                      y levanta el machete
caigo

el salón
.                  oprime las paredes

miro a mi abuela        y           sólo veo el ladrillo
.                                                     y     sólo veo la distancia
.              los hutus se van del salón
me levanto con cuidado
.                                          no puedo girar el cuello

la tarde pesa
pesa demasiado

.                                                                                    trato de no pisar los cuerpos y me acerco a
la ventana
asomo un                                     ojo
.                                                                                    nadie afuera
.                                   asomo la cabeza
.                                                               nadie afuera
.                                               cuanto antes
.                    mi herida necesita una sutura
.                                   piensa Janet piensa
.                                    vive Janet vive
hay un botiquín al otro extremo del patio
necesito
subir un piso
.atravesar los salones
. atravesar los cuerpos
.   atraversar la distancia
.    me inclino ante el cadáver de mi abuela
las lágrimas caen sobre el ladrillo
.                                         beso su frente
.                                          después busco
el cuerpo de mi abuelo       y nada
.                                             salgo del salón

.                    el sol                                                 revienta
.                                             en los cristales
corre Janet
vive Janet
.                                    la herida se calienta            mi piel ya no arde
subo un escalón
.                        y otro
.                                  y otro
.                                             y otro
.                                                                              llego al pasillo
atravieso los salones
.                                                                          estoy frente a la puerta
giro la perilla…

Despierto. Estoy inmovilizada sobre una camilla. El cielo sin nubes, llano, extenso. Escucho sonidos tenues que van de un lado a otro. Recupero la audición: son gritos, quejas, pasos constantes, acelerados. Un doctor se aproxima con rapidez, coloca dos dedos sobre mi yugular y me mira. Trata de no moverte. Me pregunta si tengo algún familiar, bajo la mirada. Alguien grita el nombre del doctor. De nuevo el cielo sin nubes.

La anestesia comienza a surtir efecto. Irrumpen en mi mente las imágenes de la masacre, la cólera abriéndose paso entre los salones, los machetes alzados, repartiendo luz y carne; los quejidos que se machacan entre sí… La sangre ha manchado todo menos el dibujo de un búfalo pegado a la pared. Puedo respirar, pero no puedo percibir los aromas. Puedo hablar, pero no hay quien escuche mis palabras. Hay una tarántula cruzando la puerta. Mi pupila exhala. Sujeto la mano aún tibia de mi abuela, y a través de los barrotes puedo ver las copas de los árboles agitándose con el viento.

¿Cómo apago estas imágenes? ¿Cómo revierto el tiempo para decirle a hutus y tutsies que no somos enemigos? Puedo ver un insecto al borde de mi pie, sus alas se agitan, sus alas se convierten en machetes. Escucho el llanto de un bebé que se calla en cuanto alzo la cabeza. El campo está vacío; los cuerpos flotan sobre la tierra. Puedo mover el cuello, puedo ver las huellas de mis manos. Mi primera palabra, la he olvidado. Alguien toca mi hombro… no cierres los ojos si vas a morir.

El médico me dice que necesitan la camilla y deja una mancha roja sobre mi hombro, luego se va corriendo hacia un tienda que tiene la cortina cerrada. Me pongo de pie con precaución: el campo está lleno de hombres y mujeres amputados y mutilados; los médicos se precipitan de un extremo a otro y yo comienzo a caminar sobre los charcos que han manchado la hierba..

Me alejo para tomar algo de aire. Hay una roca a la orilla del camino, junto a unos arbustos frondosos. Esa roca me llama como una inhalación y mis pies descalzos van hacia ella. Me siento. Respiro. Estoy sola: soy blanco fácil. Tal vez alguno de los médicos pueda darme asilo a cambio de labores de sembrado y colecta, sólo hasta conseguir algún lugar, sólo hasta que disminuya la matanza. Respiro. Una ráfaga de polvo se cuela entre los platanares. Escucho un clic. A unos metros, veo a un hombre que baja su cámara y comienza a caminar hacia mí. Se acerca. Percibo el aroma de los huertos desolados. Estamos frente a frente. Su cuello está teñido de color azul. Estamos frente a frente. El hombre sonríe.

Respiro. Esta roca es mi hogar.

 


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Texto: Juan Pablo Tovar. Estudió literatura y creación literaria en Casa Lamm, donde fue editor de poesía en la gaceta Lammadame. Ha publicado poesía y cuento breve en revistas  digitales e impresas. Trabajó como coordinador editorial para el sello Mirlo. Quería ser corredor de cien metros planos y ahora es padre.


Ilustración: Omar Felipe Martínez. Estudió la carrera de diseño y comunicación visual, apuntando a la creación de ilustraciones, dibujando, traduciendo y creando mundos y personajes. Apasionado por ilustrar, experimentando y logrando acabados diferentes en cada ilustración.
Instagram: Omr_ilustración
Facebook: Omrilustración

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