En busca de tierra firme III: Sylvia Beach and Company, por Darío Sarago

Estas cualidades se vinieron a cumplir al pie de la letra en la figura de Nancy Woodbridge, una joven nacida el 14 de marzo de 1887 en Baltimore, Maryland, pero más conocida con el nombre por el que reemplazó a aquel: Sylvia Beach.

De niña, su familia permaneció en Estados Unidos, pero recién alcanzó la adolescencia, antes de realizar estudios de literatura en La Sorbona, Sylvia emprendió continuos viajes entre Europa y Norteamérica. En alguno de aquellos tours sirvió de voluntaria en una granja de Turena e hizo parte de la Cruz Roja estadounidense en el Belgrado de posguerra. En marzo de 1917, una mañana que dejaba París para tomar un trabajo de ese tipo, visitó en el 7 de la rúe de l´Odéon La Maisón des Amis des Livres y conoció a su librera y propietaria, Adrienne Monnier. Las dos mujeres construyeron una relación amorosa de la que una de las principales beneficiadas resultó ser Ulises.

Radicada del todo en Europa, tan pronto terminó la guerra, el idealismo intelectual de Sylvia Beach se materializó en la decisión de abrir allí una librería que ofreciera literatura anglosajona. Ante lo saturado del mercado londinense y el alto precio de los alquileres, Adrienne le sugirió a Beach abrir el lugar en París, al Margen izquierdo, lo más cerca posible del suyo y de ella misma.

Luego de juntar sus ahorros con al menos tres mil dólares enviados por sus padres, Beach invirtió la mayor parte del dinero adquiriendo títulos esenciales del modernismo en Londres. Otra parte de los volúmenes que iba a ofrecer la recibió de su hermana desde Nueva York. Por último, se sumergió en los mercados parisinos y reunió una colección suficiente de libros de segunda mano, destinados para un servicio de préstamo similar al de La Maisón des Amis des Livres.  

Finalmente, en lo que fuera una antigua lavandería, tan solo a la vuelta de la esquina de la tienda de Adrienne Monnier, amueblada con una mesa y un par de cómodas butacas que invitaban a leer, entre láminas de William Blake y retratos de Óscar Wilde y Walt Whitman colgados en las pocas paredes en que los libros daban espacio, el 19 de noviembre de 1919, en el 8 de la rúe Dupuytren, Shakespeare and Company abrió sus puertas en París[1].

Los locales y sus propietarias, mediante la modalidad de afiliación y préstamo de ejemplares, más que la venta de libros, la una en francés y la otra en inglés, promovieron su lectura y sentaron de paso las bases del mayor centro cultural europeo del periodo entreguerras. Mediante lecturas públicas, veladas musicales y otros actos culturales que atraían a intelectuales y escritores tanto noveles como consagrados, aprovechando además sus cautivadoras personalidades y el toque respectivo que transmitían a sus librerías/bibliotecas, Sylvia y Adrienne generaron el espacio ideal para el encuentro de una generación de artistas marcados por la idea de renovación. Al par de librerías acudirían, antes o después, autores como Ezra Pound, Ernest Hemingway, F. Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Henry Miller, Anaïs Nin o Tom Wolfe, quienes se acercaban para traer o llevar libros, hablar de literatura y tomar té caliente en la trastienda.

A semejante hervidero de inconformidad y literatura, arribó Joyce a mediados de 1920, atraído principalmente por promesas de Ezra Pound sobre traducir en la capital francesa Dublineses y Retrato del artista adolescente, sus dos primeros libros que, al igual que Ulises, padecieron censura y publicaciones a medias por mucho tiempo. Recién llegados a París, convencidos de quedarse por una semana, los Joyces recibieron invitaciones por parte de escritores y artistas de raza pura. Una de ellas consistió en una cena en casa del poeta francés André Spire, a la que Adrienne Monnier asistió acompañada por Sylvia Beach. Ya en el recibidor, Spire comentó en voz baja que se encontraba con él “James Joyce, el escritor irlandés”. Joyce y su familia permanecerían en Francia por 20 años.  

Por aquel entonces, Joyce iba por el episodio catorce de los dieciocho que en total tendría Ulises y era ya un referente de la literatura poscrita de principios de siglo. Venciendo el miedo de conocer en persona al gran autor venerado, Sylvia terminó charlando con aquel Joyce punzante pero a la vez vulnerable, en especial por la anomalía en su ojo derecho que para entonces era notoria.

Al día siguiente de la velada, Joyce visitó Shakespeare and Company, terminó de romper el hielo con su dueña y solicitó inscribirse como socio en el servicio de préstamo de libros. A fuerza de visitas, conversaciones y lecturas, disfrutaba del lugar y, lo más importante, le servía de momentáneo refugio ante la cadena de cuitas que parecían perseguirlo a medida que desarrollaba su genio. Precisamente a la librería de Beach se dirigió tan pronto supo que en Nueva York habían condenado el episodio Nausícaa y por ende el resto de la publicación de Ulises. Ahora mi libro ya nunca saldrá, dijo. En seguida, Sylvia lanzó la pregunta que alteró el curso de los hechos. “¿Concedería a Shakespeare and Company el honor de ser su editorial?”, Joyce aceptó encantado y de inmediato se interesó en el proyecto.

Sin experiencia de ninguna clase en materia de edición, Sylvia se vio envuelta de la noche a la mañana en una serie de asuntos que incluían reunir una considerable suma de dinero y tenérselas que ver con impresores y operarios más tercos que una mula. Asimismo, tuvo que familiarizarse con planchas, galeradas y capillas, entre otra variedad de ocupaciones y responsabilidades que abarcaban además aspectos legales propios de la industria editorial.

Con la prosa de Joyce a punto de quemar las naves en materia de recato, ya que en la redacción seguía Circe, episodio más ofensivo que el anterior en la creciente provocación de Joyce, la perspectiva de éxito para la ahora editora no se presentaba del todo clara. Aun así, el deseo de hacer parte de la historia de Ulises invadió a la señorita Beach, entonces de treinta y cuatro años, y le animó a dar su máximo esfuerzo para sacar adelante el libro en las mayores condiciones profesionales posibles.

La edición que tenía en mente ofrecería tres versiones de calidad variable: la barata de 150 francos o 12 dólares; una en papel de mejor calidad a 250 francos (unos 20 dólares); y una de cien ejemplares de lujo, impresos en papel holandés fabricado a mano y firmados por el autor, que constarían 350 francos la unidad, es decir, 28 dólares de la época. En cifras del mercado, se trataba de una edición privada y costosa que al día de hoy equivaldría a 380 dólares. Se acordó que Joyce recibiría el 66% de los beneficios, los cuales calculaban sumarían en dólares 14.800. Parece increíble, pero a ninguno de los dos se le ocurrió firmar un contrato.

Especular sobre tirajes y formatos resultó sencillo en comparación con hacer pasar a máquina el manuscrito. Nada más para Circe, nueve mecanógrafas intentaron transcribir el episodio. Una de ellas amenazó a Joyce con lanzarse de una ventana, otra salió corriendo sin siquiera reclamar el pago por las páginas que había mecanografiado. Entre las dificultades que solventó la novela, estuvo ver arder en una ocasión varias páginas de una de sus dos copias. El esposo de una de las secretarias contratadas por Beach las arrojó a las llamas, al leer un fragmento de Circe que su mujer llevó a casa[2].

La parte de negocio ideada por la dueña de Shakespeare and Company contemplaba asimismo anunciar en circulares la publicación del cuatro veces censurado Ulises, conservando el texto íntegro”. Igualmente, voz a voz en clubes nocturnos de París y las ventas por suscripciones la lista de compradores incluyó nombres tan llamativos como el de Winston Churchill abonaron el primer público de la edición esperada para otoño de 1921.

Pero antes, durante la primavera y el verano, Joyce escribió de manera simultánea los dos últimos episodios: Ítaca y Penélope. La apoteosis lingüística ingeniada por él para el ser humano llegaba a su máxima expresión. De Ítaca aseguró que consiste en una sublimación matemático-astronómico-físico-mecánico-geométricoquímica de Bloom y Sthepen”. No obstante, la hiperactividad del momento se fue a pique cuando en medio del frenesí de escribir, corregir y volver a escribir para volver a corregir, sufrió un nuevo ataque de iritis que, entre indeseables tormentos y cegueras, lo obligó por un tiempo a trabajar solo con la imaginación, desde una altura en que podía ver el conjunto de su novela. Vuelto a la carga tan pronto sus dolencias se lo permitieron poco más de un mes después, a principios de diciembre, Joyce comenzó a revisar diez episodios de manera simultánea, amplió Hades y Circe, insertó a lo largo del libro estribillos y afinó las correspondencias homéricas.

Por su parte, aquella temporada, siguiendo el consejo de Adrianne Monnier, Sylvia Beach adquirió los servicios de Maurice Darantière, maestro impresor de Dijon, a 240 kilómetros de París, cuyo antiguo taller mantenía las técnicas más rudimentarias que se podían esperar. Un ejemplo era que los cajistas de la Imprimerie Darantière no fundían líneas completas de texto a partir de linotipos, sino que continuaban dedicando horas a extraer caracteres diminutos de un enorme chibalete. Ulises fue compuesto a mano, letra a letra.

Las complicaciones aumentaban con las copias mecanografiadas enviadas a Dijon por Beach desde París de manera apresurada. Algunas traían líneas repetidas, otras que se salían de las páginas, cuando no varias resultaban ilegibles debido a que las mecanógrafas las habían sobrescrito. Los cajistas comenzaron a dejar espacios en blanco donde encontraban palabras indescifrables.

En seguida, pero antes de las pruebas de imprenta, vinieron las galeradas de los primeros episodios y las correcciones sobre ellas por parte de Joyce. Para su mayor sorpresa, lo que los impresores recibieron a vuelta de correo no fueron algunos cambios, sino que el autor llenó las galeradas de toda clase de alteraciones e incluso inserciones, en muchos casos ilegibles por su letra de insecto. Joyce escribía sobre lo corregido.

Pese al aumento en costos que acarreaba la impresión de galeradas que luego variaban nuevamente razón por la que una vez más acudió en ayuda de Joyce su mecenas Harriet S. Weaver, la editora autorizó a Darantière preparar las que el autor estimase necesarias. Ante el terreno movedizo que significaba Ulises, los cajistas empezaron a dejar vacíos entre líneas o al final de los párrafos, con el fin de disponer posteriormente de espacio suficiente para incorporar lo agregado por Joyce y evitar de este modo que el texto desbordase a otras páginas, lo cual habría dañado el trabajo de todos.

Aun en pruebas de imprenta Joyce remitió una gran cantidad de correcciones garabateadas en todas las páginas. Por si fuera poco, los responsables de fijar en moldes el arte del irlandés representaban una complicación mayor: los cajistas simplemente no sabían inglés.

Kevin Birminghan, autor de un minucioso recuento sobre la publicación de Ulises, del cual provienen muchos de los datos hasta aquí mencionados, entrega un preciso reporte: “Joyce acabó revisando no menos de cuatro galeradas y cinco pruebas de imprenta para cada página de Ulises. Escribió casi un tercio de la novela, incluyendo prácticamente la mitad de Penélope, directamente sobre las galeradas y las pruebas”. No contento con la engorrosa y al límite revisión/composición del libro, las exigencias de Joyce en los demás asuntos de edición competían en extravagancia. Fue el caso del diseño de la cubierta, a la que quería con letras blancas y de un azul celeste idéntico al de la bandera griega, o quizás a las bragas de Gerty MacDowell en el episodio Nausícaa. En todo caso, para cumplir con su deseo, Darantière tuvo que viajar hasta Alemania en busca del matiz exacto.

Finalmente, Joyce envió las últimas pruebas de imprenta corregidas a finales de enero de 1922. Con todo, recomponiendo e imprimiendo porciones de los últimos episodios a las carreras, la Imprimerie Darantière cumplió su palabra de entregar el libro en manos de Sylvia Beach en la fecha acordada: el 2 de febrero, día del cumpleaños número cuarenta del autor.

Ese día Sylvia Beach esperó temprano el expreso Dijon-París y recibió por envío un voluminoso paquete. Aunque esperaba tres, se trataba de los dos primeros ejemplares de su edición de Ulises. De inmediato fue a darle la sorpresa a Joyce y este obtuvo por fin el fruto de su esfuerzo de ocho años. El volumen lo integraban 732 páginas cubiertas en pasta dura, de un azul fino, ocho centímetros de grosor y más de un kilo y medio de peso. La edición incluía una nota en que la editorial suplicaba la clemencia del lector por los errores tipográficos, inevitables dadas las excepcionales circunstancias”.

La noticia de la publicación corrió como la pólvora y entre febrero y marzo, a medida que el resto de los ejemplares fueron llegando desde Dijon, Shakespeare and Company organizó las entregas, incluidas las cien copias de lujo firmadas por Joyce. A finales de marzo, la edición más económica se había agotado; las otras terminaron de venderse en los dos meses siguientes, cuando Sylvia Beach acumulaba casi trescientos pedidos nuevos.

Las críticas tampoco se hicieron esperar. Al respecto, si bien más adelante hubo concenso en considerar a Ulises una obra de genio, para algunos contemporáneos de Joyce, como D. H. Lawrence, era “la cosa más sucia, más indecente y obscena jamás escrita”. Viniendo de Lawrence, quien luego escribiría su propia novela impublicable por obscena, el juicio no era nada halagüeño. Por el mismo estilo se pronunció Bernard Shaw, quien en una carta a Sylvia Beach aseguró que Ulises “es un repugnante registro de una etapa desagradable de la civilización”. Aunque el único ganador de un Óscar y un Premio Nobel acepta a renglón seguido que se trataba de “un registro veraz”.

La prensa, por su parte, se despachó en alarmantes reseñas que configuraron la aureola de podredumbre que acompaña desde entonces a la novela. Uno de los diarios la llamó “producción aberrante”; otro, refiriéndose al flujo de conciencia explotado en la narración, la describía como “diabólica clarividencia, magia negra”. Más aun, uno dijo que Ulises era “el libro más lunático, turbio y aborrecible publicado en nuestra era o en cualquier otra: falto de arte, falto de coherencia y tan repugnante que hasta citarlo resulta imposible; un libro que, pensaría uno, sólo podría haber emanado de un manicomio para criminales”. Mención aparte merecen las alusiones al sentido político y religioso atribuido a la obra, insinuado por aspectos como el que Leopold Bloom fuera judío hijo de uno húngaro y suicida y un desarraigado consumado. Las más tendenciosas de este tipo, tildaban la novela de “bolchevismo literario”. Otras olfateaban entre líneas un “producto anárquico, infame en gusto, en estilo, en todo”.

En casa, la reacción por el libro no fue mejor: The Dublin Review denunció el “baño de satanismo” y de paso instó al Gobierno irlandés a destruir el libro y al Vaticano a incluirlo en el Index Expurgatorius. Tal encono despertó el libro en la patria de su autor que, solo casi dos décadas después, Irlanda sería el último país en levantar la prohibición que pesaba sobre la obra.

No obstante, la opinión más esperada por Joyce convivía con él, pero Nora supo meter el dedo en la llaga mediante el desinterés por su arte. Por ejemplo: a pesar de recibir de manos de Joyce, ante amigos reunidos en una cena, un ejemplar (el número 1.000) con dedicatoria, ella se ofreció de inmediato a venderlo. Su lectura nunca pasó de unas cuantas páginas y, cuando se resolvió a hojear el último capítulo, su conclusión no dejó dudas: “Supongo que el hombre es un genio, pero qué mente tan sucia tiene, ¿verdad?”.

Con estas y otras credenciales se presentó Ulises ante el mundo. Las redes de distribución que lo dieron a conocer abrieron un nuevo capítulo igualmente accidentado en la bitácora del libro. En nueve años Sylvia Beach publicó un total de ocho ediciones de la novela[3], alrededor de 24.000 ejemplares, cifra en realidad exigua pero entendible si se tienen en cuenta los escollos a que el texto se enfrentaba.

Al parecer, ganar la guerra no bastaba para una recompensa a Ulises. El libro aún debía seguir su periplo, en medio de otra clase de tormentas, hasta llegar al lugar que creía merecer.

[1] La librería se mudó al 12 de la rúe de l´Odéon, justo al frente de La Maisón des Amis des Livres, en el verano de 1921, y permaneció en esa dirección hasta 1962, cuando Sylvia Beach murió.

[2] No era la primera vez que un escrito de Joyce ardía antes de su publicación: en 1911, durante una fuerte discusión con Nora, Joyce lanzó a la chimenea el entonces inconcluso manuscrito de Retrato del artista adolescente.

[3] Para la octava edición Sylvia Beach rehízo la tipografía y contrató un corrector, quien leyó la obra varias veces. Una vez publicada, Beach le enseñó un ejemplar a Joyce. Luego de inspeccionar las primeras páginas con la ayuda de sus dos pares de gafas más una lupa, exclamó: “¡Ya he encontrado tres errores!”.

[Imagen tomada de http://equivocos.com/2016/09/la-odisea-de-ulises-james-joyce-y-sylvia-beach/%5D

 


Darío Sarago. Autor de los libros La fiebre de los cerdos (poemas) y Tantas vidas arrebatas(estudio sobre la desaparición forzada de personas en Norte de Santander, Colombia), además de algunos artículos sobre cine. Actualmente cursa el posgrado Maestría en Estudios Editoriales del Instituto Caro y Cuervo, en Bogotá, Colombia.

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