Cuento: Carbonillas, por Alma Naón

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Autor: Omar Felipe Martínez
Técnica: Carboncillos
Medidas: 32 x 25 cm

De escasa estatura, famélico y esmirriado; su edad era incierta, lo mismo se le podían suponer 25 años que 40. Había llegado al barrio igual que un perro viejo. Con la misma mirada cansada clavada en la incertidumbre.

En las mañanas, se sentaba en el escalón de la zapatería de Don Prudencio, abría su mohosa carpeta de cuero ajado, llena de hojas igualmente mohosas, y rebuscando entre los hondos bolsillos de sus harapos raídos, finalmente conseguía extraer algún trozo gastado de carbón.

Y dibujaba. Pasaba horas, horas y horas dibujando, hasta que caía la tarde. No hacía otra cosa, nunca sonreía y no se le había oído pronunciar más palabra que su nombre.

—Bernardo —había susurrado una voz frágil y una mano convulsa se había agitado sobre el papel.

Igual que a perro viejo, los habitantes de la cuadra acabaron por tomarle cariño; a veces, de pasada, alguno le tiraba unas monedas sobre sus trapos mugrientos.

Aunque, pese a sus ofrecimientos, el chico no accedió a entrar al local, el zapatero le facilitaba una bebida caliente todas las mañanas. El muchacho agradecía estas atenciones clavando durante unos segundos sus enormes ojos azules en los de sus amables vecinos.

Lo que nadie sabía era qué hacía exactamente “Nardo” (así le había apodado Don Prudencio) con los dibujos una vez terminados. Hasta que llegó Marito.

La madre de Marito se había mudado al barrio recientemente: era lavandera y la zona le ofrecía una buena oportunidad de trabajo. Marito era muy inquieto (como si pudiera decirse otra cosa de un niño que acababa de cumplir 8 años). Le gustaba jugar a la pelota en la calle y se molestaba cuando su madre le reprochaba por estar tanto tiempo afuera y lo obligaba a estudiar.

No pasó mucho tiempo antes de que él y Nardo trabaran una amistad sólida y, claro, muy particular. Al pequeño le encantaban sus dibujos y, aunque no lo demostrase, a Nardo le complacía este hecho.

Una tarde, sentado como de costumbre en el escalón de la zapatería, le hizo señas a Marito de que se acercase. Cuidadosamente, agujereó los márgenes de las hojas con la punta de su navaja y las apiló en un orden determinado. Luego las ató todas con una hilacha de su ropa y le tendió el improvisado cuadernillo al niño.Y este, fascinado, descubrió lo que realmente eran aquellas imágenes: historias.

Aquellos dibujos contaban historias sin lenguaje.

A la tarde siguiente, Marito fue en busca de su amigo. Llevaba bajo el brazo un cuaderno y en la mano un lápiz. Se sentó a su lado en silencio y, con su torpe letra de niño, comenzó a transcribir las ilustraciones. Las convertía en palabras. En cuentos. Luego, los leyó en voz alta.

Entonces, por primera vez desde que se le conocía, Nardo sonrió.


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Alma Naón (Buenos Aires, Argentina, 2003). Desde siempre amó la música y la literatura. Le gusta escribir cuentos y poemas; a veces, compone pequeñas canciones simples poniéndole música a la poesía de algunos autores que le gustan, pues también le encanta cantar. https://identidaddeletrasavanti.wordpress.com

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