José García o la soledad del citadino: una aproximación a El Libro Vacío, por Nancy Hernández García

[II Encuentro Dolores Castro, Aguascalientes, Ags. 8 de marzo de 2019]

“Se escribe”
Se escribe contra toda inocencia
del clavel o el lirio, contra el aire
inane del jardín, contra palabras
que hacen juegos vacíos, contra una estética
de vals vienés o parnasianas nubes.
Se escribe abriéndose las venas
hasta que el grito calla, con llanto ácido
que nace de pronto pues imposible
nos era contenerlo, con luz dura
como rabia azul, quemado el rostro,
destrozada el alma, desde una rama
frágil al borde del precipicio,
Se escribe.

Marco Antonio Campos

En la literatura mexicana contemporánea hay dos casos excepcionales de obra breve: Juan Rulfo, el más sonado, y Josefina Vicens. El primero publicó tres libros: Pedro Páramo, El llano en llamas y El gallo de oro; la segunda, dos novelas: El libro vacío, aparecido en 1958, y, veinticuatro años después, Los años falsos (1982). Cabe la comparación con Juan Rulfo no simplemente por cantidad, sino también por calidad ya que se trata de autores de una escritura significativa que ha trascendido en el tiempo y ha traspasado las barreras del idioma y lo mexicano, insertándose dentro de la literatura universal.

Desde el título, Josefina Vicens anuncia al lector a qué se enfrentará durante esta lectura, sin embargo, también existe la paradoja, puesto que un libro no puede estar vacío, su sentido se lo dan las palabras que lo conforman y también es necesaria la participación de un lector, pues un libro que no se lee solamente es un objeto más en el mundo. No obstante, Vicens pone ante el lector un libro que está por escribirse, es decir, lo hace partícipe activo del proceso de escritura de José García, quien después sabemos que es el autor, a quien acompañaremos durante su batalla con la temible página en blanco. Eso es en primera instancia, pues, la novela va más allá de este cliché: la batalla de José García no es únicamente contra el blanco de la página sino contra su necesidad de escribir y “hacerlo bien”.

Escribir es una decisión importante per sé, entonces, la angustia de José García por no ser capaz de escribir es comprensible. No se trata únicamente del acto de escribir, sino de escribir algo que interese a todos los demás y, aunado a esta necesidad de expresión, va el sentimiento de soledad que ha sentido prácticamente toda su vida, pero que, por sus circunstancias actuales, se agudiza. José García es un hombre solo en una ciudad llena de gente, solo a pesar de tener una esposa y un par de hijos, solo porque también es incapaz de relacionarse con sus congéneres, pues no encuentra “el modo adecuado” para acercarse y eso lo lleva nuevamente a la angustia.

… en muchas ocasiones me siento profundamente solo. No me basta la compañía entrañable y diaria de mi mujer y mis hijos. ¿Por qué no puedo tener también la de otro hombre cualquiera, la del ser humano que pase a mi lado casualmente, en el preciso instante en que yo siento un cálido e imperioso anhelo de comunicación? ¿Por qué no puede ser así? ¿Por qué no puede brindarse a cualquiera, en su momento único, la frescura de una palabra, de un abrazo, de una pregunta?

No; todo lo guardamos para compartirlo, si acaso, con un reducidísimo número de seres humanos, como si los demás no existieran o fueran incapaces de entendernos y amarnos (Vicens 68-69).

Este fragmento condensa las preocupaciones existenciales del protagonista, quien se debate entre valorar lo que tiene y anhelar lo que no tiene; rasgo que lo humaniza, en el extenso sentido de la palabra, y lo hermana con los otros, pues no es el único que experimenta este sentimiento de soledad.

José García se desenvuelve dentro del círculo vicioso del querer hacer pero no poder. Esa lucha interna lo lleva a tomar la decisión de escribir, pero también lo mantendrá en una tensión constante, ya que se consume en el deseo —que se convierte en necesidad imperante— de contar algo y no tener la capacidad artística para transformar sus vivencias en literatura y, por ende, en algo que resulte interesante para todos.

¿Cómo harán los que escriben? ¿Cómo lograrán que sus palabras los obedezcan? Las mías van por donde quieren, por donde pueden. Cuando ya las veo escritas, cuando con una vergüenza golosa las releo, me dan pena. Siento que van desprendiéndose de mí y cayendo en mi cuaderno. Cayendo solamente, sin forma, sin premeditada colocación.

Yo quisiera algo distinto. Por ejemplo, al ver una bonita tarde, pensar: veo que esta tarde es bella. Me gusta la tarde. Me gusta sentir lo que me hace sentir esta tarde. Me gustaría describir la tarde y lo que siento (Vicens 61).

Contra las creencias de José, todo lo que anota en el cuaderno borrador, es el algo que quiere escribir y resulta todavía más genuino en tanto que son sus tribulaciones más profundas, las que ponen de relieve todo aquello que se considera ordinario por ser parte de la mecanización de la rutina. Sin embargo, en los sucesos cotidianos también cabe el asombro, como lo dice al hablar sobre el atardecer; precisamente de eso, de detalles es de lo que está hecha la literatura, como propone Octavio Paz: “En esto ver aquello”. Cierto es que para lograr tal operación cuasi aritmética es necesario poseer gran sensibilidad; José García la tiene.

La reflexión, como vemos, va hacia el sentimiento de soledad que puede experimentarse aún en una ciudad o quizás, en gran medida, por esa razón. Es decir, al cohabitar con una multitud, las posibilidades de entablar una relación de humano a humano con otra persona son mínimas porque todos están inmersos dentro de sus propias vidas, las posibilidades de compartir preocupaciones y aficiones tampoco son tan altas, como podría pensarse, de modo que la existencia se torna paradójica. Así transcurren los días de la vida de José García, un burócrata de cincuenta y seis años de edad, con una esposa y un par de hijos que no ha hecho una vida de la que se sienta orgulloso; aceptó el ritmo monótono con el que transcurre su existencia, sin embargo, se da cuenta de que no está satisfecho.

Pero El libro vacío tampoco es una novela pesimista o deprimente, al contrario, toma como punto de partida sentimientos y sensaciones que son inherentes al hombre. En este sentido, puede tildársele de filosófica, ya que ahonda en el devenir de la existencia, lo que nos lleva a El extranjero, de Albert Camus, pues, aunque esta persigue otros fines y su exploración de lo humano es a través del absurdo, también dibuja el perfil de un hombre alejado de los demás y de sí mismo, a tal grado de no sentir ni siquiera el dolor de perder a su madre, cuando esa es una de las tragedias del hombre. Así pues, en ambas novelas se habla de la otredad y de la interiorización, situaciones a las que se llega por el sentimiento de soledad. Por otro lado, El libro vacío es una novela innovadora de la técnica narrativa, puesto que la narración tradicional, con un tiempo lineal y sucesos que siguen un orden cronológico, queda atrás para Josefina Vicens; la narración de su novela transcurre en juegos temporales, aunque el ritmo sea lento. Lo que prima aquí es el sentir del personaje, otro asunto que empieza a verse en la literatura nacional con novelas como esta o La región más transparente, donde la Ciudad de México es espacio y personaje. La descripción de cómo es la vida urbana resulta desoladora en buena medida: el gris del concreto, el ruido estruendoso de los automóviles y el ajetreo de los peatones, la prisa, porque uno siempre va tarde adonde quiera que vaya, pues, simplemente el tiempo corre veloz en la ciudad, el ver sin mirar ni detenerse e incluso olvidarse del cielo porque se pasa más tiempo viendo hacia el suelo, el estar rodeado por más edificios que árboles son elementos que conforman una escenografía que empuja al habitante al aislamiento, mas no por misantropía, sino por la búsqueda de sí mismo. Este es otro rasgo valioso de la novela de Vicens: la búsqueda de la identidad ya no es al exterior (nacional), sino al interior (individual).

José García escribe en el cuaderno borrador su día a día, plasma sinceramente el terrible peso de la soledad que lo abruma a pesar de que vive en una de las ciudades más grandes del mundo y aunque tenga una familia que lo espera y se preocupa por él, que respeta su rareza, en tanto que escribir no es algo que pueda esperarse de alguien como él. El libro vacío no solo nos habla de un hombre desolado o deprimido, sino de uno cuya existencia es groseramente banal, nada lo satisface aunque por un momento deposita toda su fe en la escritura; el eterno debate del escritor entre su mundo imaginario y su circunstancia, su sensibilidad y la vulgaridad de su entorno, atraviesan las páginas de esta novela.

Vicens utiliza nouveau roman para desplegar su propuesta narrativa, por lo tanto, el lector se convierte en pieza fundamental: debe permanecer atento porque frente a sus ojos la novela se construye y destruye. Todavía más, ni siquiera lee la novela que José García quisiera darle, sino que lee el cuaderno borrador, las palabras que aún no son dignas de escribirse en el cuaderno definitivo, que es el que permanecerá en blanco. Las páginas en blanco son una suerte de metáfora del protagonista mismo, es decir, mientras José García no sea capaz de expresarse por escrito, el libro que quiere escribir tampoco existirá; así, el libro vacío y él son lo mismo. La soledad seguirá pesando sobre él porque su necesidad de escribir representa la de existir, hacerse tangible en la realidad del hombre.

Soledad y silencio serán los sentimientos que abrumen hasta el último día a José García, un hombre como tantos, incapaz de escribir por más que intenta. Y ese es precisamente su gran error, pues, la escritura no es más que abandonarse a la libertad de decir; si lo escrito es arte o no, no es asunto suyo. En las páginas finales parece vislumbrar esta conclusión:

Escribo esto, tan rotundo, y pienso que si un artista lo leyera me diría que el arte es tan natural e inexorable como la muerte y el instinto. ¿Qué podría contestarle? Si yo, que no soy un artista verdadero, que sólo siento esta imperiosa necesidad de escribir, estoy imaginando desde hace varias horas la forma en que podría abandonar a mi familia y hundirme para siempre en mis cuadernos, ¿cómo podría refutar el argumento de un hombre para quien el arte es la vida y la muerte? No, no podría hacerlo. Si acaso le diría que el arte, la vida y la muerte son el hombre mismo y su relación con los demás, y que el artista es aquel que nace con todos los signos del hombre y uno más que lo distingue y lo obliga (Vicens 212).

Sin embargo, pese a tener claro lo que es un artista, José García no logra verse como tal y persevera en la búsqueda de las palabras “precisas y contundentes” que detonen la escritura de su libro. Mientras tanto, aguardará en su soledad silenciosa.

 

Biliografía

Vicens, Josefina. El libro vacío. México: SEP, 1986.

 


Nancy Hernández García (Cuautla, Mor., 1990). Maestra en Letras Mexicanas por la UNAM, estudiosa de la literatura mexicana contemporánea y lectora de poesía en su tiempo libre.

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