Cuento: Los vientos de Tijuana, por Nayeli Rodriguez Reyes

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Autor: Omar Felipe Martínez
Técnica: Pintura digital

[La primera versión de “Los vientos de Tijuana” fue presentada en el XI Encuentro Nacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura “Bienvenidos al ombligo de México”- Lengua y Literatura: el centro de todas las cosas. Universidad de Aguascalientes, 2013.]

Hacía un calorón. Eran esos tiempos en los que me tenía que dormir semidesnuda y con un cartoncito en la mano para que cuando el sudor de mis piernas me despertara a las tres de la mañana, al menos pudiera tratar de conciliar el sueño por unas cuantas horas más.

Aunque no sé si ya había pasado la peor parte o todos los días eran la peor parte. La primera vez que vi Tijuana fue cuando me vine a vivir aquí. En el camino, la Rumorosa se convirtió en la gran señora que me separaba de un enamoramiento que vio dos amaneceres y, después, se esfumó como la ola que estalla contra las rocas.

El asfalto era más frío que al que estaba acostumbrada, al de la capital, ese que es capaz de cocinar un huevo crudo en el verano nada más con el hecho de quebrarlo en la banqueta de mi casa. Cuando llegué, danzaba un viento delicioso en el ambiente. Tenía un sabor a menta que se deslizaba en mi garganta. La ciudad en líneas curvas me dejó en el estupor de lo desconocido.

Ya habían trascurrido dos meses y seguía en las mismas. El cuartucho que rentaba ya me estaba cansando. Apenas cabían dos camitas, una mesa de plástico y una estufa eléctrica. No contaba con zinc ni patio, así que, como nunca se me ha dado eso del trabajo doméstico, ya me estaban fregando mucho todos los choros que tenía que hacer para lavar un plato. Por si fuera poco, dicen que esa época fue la más calurosa de Tijuana. Yo me había venido con el propósito firme de ser escritora y por el clima. En la capital me puse prieta de los pies por usar huaraches, pero si no te los pones sientes como si trajeras por dentro un millón de solecitos que te hacen hervir la sangre, porque las temperaturas sobrepasan los cuarenta y cinco grados. Se supone que aquí es diferente, en las casas no hay refrigeración, pero cómo me jodió el día que se me descompuso el estúpido abanico. Lo compré en el tianguis, “barato, se lo dejamos”, me dijeron. Y nada más duró una semana cuando ya le estaba saliendo un humadero que hasta me espanté y mejor que lo desconecto.

Por esas fechas, recuerdo que la nariz se me terminó de descarapelar y como no podía abrir la única ventana que existía, recargaba los cachetes en la pared que estaba más helada que mi cuerpo. Pero el coraje me carcomía los huesos cuando no me dejaban dormir. La vecinita de enseguida se la pasaba diciendo que se iba a dar un tiro, se iba a cortar las venas y quien sabe qué otras fregaderas. Pero eso no se comparó cuando la escuché vomitar en la pared a las dos de la madrugada, lo más seguro es que haya sido porque se empedó con uno de esos amigos que siempre la visitaban por las noches.

Yo le dije a la dueña que me rentara un departamento de los de arriba de la casa, uno más grande, que tuviera zinc y donde lavar ropa, pero la vieja me dijo que todos estaban ocupados. A las dos semanas llegaron unos batos que pusieron música de banda y se empedaron hasta las seis de la mañana. Yo me levantaba a las cinco. No dormí nada. El sonido me retumbaba en los oídos. Me di como diez vueltas en la cama hasta que me cansé. Después, se callaron un rato, se recargaron en la pared de mi cuarto cerca de la ventana que daba a la calle y se la pasaron hablando estupideces: que si tenían ganas de cagarse y quién sabe qué fregados. Me hartaron. Era como olor a mierda. Podré tolerar que no tenga donde lavar mis calzones, pero nunca que no me dejen dormir, eso sí que no. Yo no vine a andar sufriendo, yo vine a estar contenta, faltaba más. No me quería ir de la zona por la cercanía con la escuela, así que en cuanto vi una casa desocupada a unas calles cerca de donde vivía, me salí de aquel muladar. Le di las gracias a la señora nada más por ser educada y me largué.

Al poco tiempo, un muchacho se fue a vivir allí. Cuando iba por las tortillas evitaba pasar por esa casa maldita. Me traía malos recuerdos, pero en una ocasión en la que vagaba en mis pensamientos, me di cuenta que estaba pisando la misma banqueta en la que me dejaban botellas de cerveza y popó de no sé qué. Como por instinto me volteé y  leí: “Se renta esta habitación”. Seguí con la vista al frente, desenredando poemas en mi mente y con un abanico soplándome en la cara.


Nayeli Rodriguez Reyes (San Felipe, Baja California, 1992). Licenciada en Lengua y Literatura de Hispanoamérica por la Universidad Autónoma de Baja California.  Obtuvo el segundo lugar del Premio Nacional al Estudiante Universitario “José Emilio Pacheco” en la categoría de poesía. Su libro más reciente es Paroxismo (Pinos Alados, 2018).

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