En busca de tierra firme IV: La isla de Eolo, por Darío Sarago

[Imagen tomada de https://www.poetica2puntocero.com/sylvia-beach-joyce-y-hemingway-una-historia-de-amor/%5D

Como ya se dijo, Ulises logró publicarse por entregas en The Little Review y The Egoist, más o menos, al tiempo, entre 1918 y 1921. Para aquel entonces, en Estados Unidos los pueblos pequeños tenían oficina postal antes que cementerio. Inglaterra hacía lo propio. El compartir a grandes rasgos idioma e intercambiar tecnología, ordenamiento estatal y hasta un sistema de valores mantenía en la misma orilla los mecanismos de ambas naciones para contrarrestar lo que consideraban inmoral. Pero, básicamente, la decisión de catalogar lo que era permitido o no en la época recaía en organizaciones semioficiales de moralistas voluntariosos, cuando no de conservadores radicales dispuestos a proteger por la fuerza las buenas costumbres.

En Inglaterra actuaban principalmente a través de la Sociedad Londinense para la Supresión del Vicio (LSSV por sus siglas en inglés) y en Estados Unidos mediante la Sociedad Neoyorquina para la Supresión del Vicio (NYSSV). Esta clase de grupos se amparaban además en códigos, normas y leyes que les daban, de una u otra forma, la razón. En Gran Bretaña, el pánico moralista culminó en la Ley de Publicaciones Obscenas de 1857, la cual instauraba una férrea persecución contra las publicaciones que entraban en esa amplia categoría. Para el caso norteamericano, desde 1873 existía la Ley Comstock, que, entre otras disposiciones, convirtió la distribución o promoción a través del correo de cualquier “libro, panfleto, imagen, periódico y grabado obsceno, lúbrico o lascivo, o de cualquier otra publicación de carácter indecente” en un delito penable hasta con diez años de prisión y una multa de diez mil dólares.

A la cabeza de la NYSSV, para el tiempo en que Ulises se publicó por entregas en The Little Review, estaba John Sumner. Este guardián del decoro estadounidense, apoyado por padres protectores, líderes religiosos, lectores escandalizados, agentes de aduana y funcionarios del servicio postal cumplidores de la ley, instigó el proceso por obscenidad contra la revista en 1921. Sin embargo, junto al argumento de la moral, a principios de siglo, convivía el reparo político que cualquier expresión contestataria del arte recibía por parte de las potencias de habla inglesa. A decir verdad, los problemas de Ulises con la censura no comenzaron hasta cuando los censores gubernamentales del Servicio Postal estadounidense buscaron textos de espías extranjeros, radicales y anarquistas.

Aun así, la negativa estatal gringa o del gremio impresor inglés a permitir la publicación de la novela no era una preocupación nueva para Joyce. La escritura anarquista del irlandés estaba habituada a la censura de quienes encontraban sus libros un albañal de miserias. Dublineses y Retrato del artista adolescente también encontraron rechazo en su momento. Del primero, tras al menos tres años de dimes y diretes entre el autor y un editor de Dublín, el taller destruyó con guillotina la primera tirada de los cuentos. Al final, veintidós editores habían rechazado la obra. En un momento de este periodo, Joyce pensó comprar un revólver “para que la luz del día entrara en la cabeza” de alguno de ellos. En cuanto a la primera novela de Joyce, durante su publicación por entregas en The Egoist, su editora, la señorita Weaver, tuvo que pasar por cuatro imprentas en dos años y despidió en todos los casos a quienes suprimían pasajes, líneas o palabras.

El talante de Joyce iba por el estilo. A un editor quisquilloso al que había enviado el manuscrito con los cuentos, cuyo impresor estaba eliminando partes de los relatos, le replicó que si descartaba todo lo ofensivo del libro tan solo quedaría el título. En defensa de la libertad que profesaba, Joyce lucharía nueve años para publicar por fin su primera obra en prosa[1]. El libro de relatos únicamente vino a ser publicado el 15 de junio de 1914. Retrato del artista adolescente en 1916, también en Nueva York.

En el caso de Ulises, la censura inicial provino de un colega y promotor mismo de Joyce. Al cuarto capítulo enviado por el autor a The Little Review, Ezra Pound, colaborador de Margaret Anderson y Jane Heap, eliminó al menos treinta frases del manuscrito. Al enterarse de la intromisión del poeta norteamericano, Joyce prometió que en adelante se aseguraría de que los pasajes suprimidos fueran restituidos. El cumplimiento de aquel juramento da valor agregado al papel interpretado por Sylvia Beach en la edición de Shakespeare and Company de 1922, al conferir prioridad al texto íntegro de Joyce.

Como si fuera poco, a la par de la prohibición legal, Ulises debía combatir desde otro frente a un enemigo de igual cuidado: la piratería. En 1922, cuando se estudiaba la posibilidad de publicar la primera edición inglesa, bajo la financiación de la señorita Weaver, llegaron rumores desde Estados Unidos de que impresores fraudulentos preparaban una versión falsificada de la edición original de Shakespeare and Company. La premura de anticiparse a las publicaciones piratas impidieron que la edición de 2.000 ejemplares de The Egoist Press corrigiera las faltas de ortografía que contenía la de Sylvia Beach, lo único que las diferenció fue una fe de erratas que acompañaba al tiraje británico. En realidad, esta “primera edición inglesa” fue impresa igualmente en el taller de Darantière, en Dijon, y promocionada, vendida y distribuida desde París. De hecho se usaron las mismas planchas hechas para la edición de Shakespeare and Company.

Una vez impresos, la dificultad estribaba en transportar los libros al Reino Unido y los demás países con pedidos, principalmente Estados Unidos. Puestos en Londres, sin que pesara aún una prohibición formal, un mayorista descosió los lomos de los ejemplares de la novela y los desencuadernó. Enviaron así ocultos a Norteamérica los pliegos de cientos de ejemplares de la obra entre páginas de una remesa de periódicos, en un barco mercante cuyo primer oficial accedió a introducirla de contrabando. Rearmados en Nueva York, los libros llegaron a manos de los distribuidores y satisficieron en un inicio los pedidos cumplidos desde Inglaterra.

La buena suerte se esfumó hacia diciembre de 1922, cuando el Servicio Postal de Nueva York y las fuerzas del orden público incautaron una gran cantidad de ejemplares de la novela. Ya fueran azuzados por John Sumner y la NYSSV o por la prensa despiadada que se cebó en críticas negativas tan pronto circuló el libro por las calles, lo cierto es que los agentes de seguridad lograron cortar los circuitos de comercialización de la Gran Manzana: librerías, agentes literarios, envíos postales y libreros reconocidos. La maniobra consistió en que la agencia aduanera de Nueva York puso en aviso al procurador del Departamento del Servicio Postal. Este funcionario hojeó Ulises y su dictamen fue: “claramente obsceno”. Así, se autorizó la quema de casi quinientos ejemplares (prácticamente la remesa enviada a Estados Unidos), reunidos por confiscación de ciudades como Boston.

Un cómplice del estraperlo, que por aquel entonces exigía la edición de Shakespeare and Company para el ingreso de Ulises a Estados Unidos, fue Ernest Hemingway. Papa, entonces de 23 años y para nada ilustre, puso en contacto a Sylvia Beach con Bernard B., un buen amigo suyo que vivía en Canadá. Un grupo de los libros llegó allí y cada día, tomando un ferry que al cruzar la frontera iba de Ontario a Detroit, Bernard introdujo a Estados Unidos uno a uno varios ejemplares.

La respuesta de la señorita Weaver a la guerra frontal declarada por los Estados fue lanzar más libros al mercado. Quinientas nuevas copias salieron una vez más del taller de Darantière rumbo a Londres y demás. Por desgracia, a esas alturas se había levantado en Inglaterra la prohibición del texto por parte del Real Servicio de Aduanas, el cual decomisó el embarque y remitió al Gobierno el caso, donde prevaleció la opinión de Sir Archibald Bodkin: director de Procesos Públicos y máximo responsable de la Fiscalía General de la Corona, para quien también la obra de Joyce contenía una “gran cantidad de rotunda indecencia y obscenidad”. En enero de 1923, la tercera edición de Ulises (segunda inglesa), luego de expirado el plazo establecido para que la señorita Weaver presentara apelación, ardía a manos de agentes de aduana británicos.

Las incautaciones y quemas en Estados Unidos e Inglaterra, sumadas a la incertidumbre legal que envolvió a Ulises en esos países angloparlantes, limitaron las ventas de la novela en todo el periodo de Beach y Weaver como editoras. En el caso de Sylvia Beach, tomarla por editora es poco decir. A partir de la publicación de Ulises, Shakespeare and Company y con ella su dueña, se convirtieron en esclavas de la obra y su autor. Por la librería circulaban en todo momento cartas, facturas, libros, acreedores y mensajes para Joyce que Sylvia atendía sin descanso. Ella entregaba su correspondencia, administraba los ingresos del libro, concertaba entrevistas y gestionaba acuerdos de posibles traducciones. El escritor echaba leña al fuego dando a la editora el trato de una secretaria bajo sus órdenes. Mascullando quejas, pedidos y regaños, cubierto por el incesante humo de sus cigarros de Virginia, que llevaba en la boca entonces desdentada, pero antes podrida, Joyce le asignaba tareas de manera inmisericorde.

Por otro lado, mucho del ajetreo que vino tras la publicación de Ulises consistió en tomar Shakespeare and Company por una casa editorial y no por una librería. Sylvia Beach comenzó a recibir y rechazar manuscritos, propuestas y hasta contratos listos para la firma sobre la publicación de otros libros. Rechazó El amante de Lady Chatterley de D. H. Lawrence y la autobiografía de Aleicester Crowwley: fue editora de un solo autor[2]. En 1927 editó 13 ejemplares de un poemario de Joyce para amigos y en 1929 un libro de ensayos sobre la siguiente obra del escritor, Finnegans Wake[3], entre cuyos textos está uno de Samuel Beckett discípulo de Joyce y amante de su hija Lucia antes de que ella desarrollara esquizofrenia–y otro de Williams Carlos Williams.

Por más calma que transmitiera, la paciencia de la mujer se empezó a colmar. “Lo cierto es que mi afecto y admiración por usted son ilimitados”, le escribió Sylvia Beach a Joyce llegado a un punto el atropello, “pero también lo son las tareas que carga sobre mis hombros”Sylvia Beach y James Joyce mantuvieron trato cercano hasta finales de 1931, cuando el escritor comenzó a negociar con Bennet Cerf, cofundador de la floreciente editorial Random House, la publicación de la primera edición legal del libro en Estados Unidos. Juntos enfrentaron antes el primer gran pirateo de la novela, a manos de Samuel Roth y Two Worlds, una de sus revistas eróticas de amplia circulación en Nueva York. Roth tendría por víctimas de sus ediciones ilegales también a Bernard Shaw, Aldous Huxley, André Gide y Hemingway, entre otros. En 1926 inició en Two Worlds la publicación de episodios de Ulises, pero en el proceso suprimió y alteró pasajes que podían considerarse ofensivos. Omitió referencias a la micción, la masturbación y la gonorrea; en otros casos, depuró términos y cambió el sentido a frases enteras de grueso calibre. La coartada de Roth consistía en que las leyes de copyright no cubrían las publicaciones obscenas, de modo que el juicio y la condena de 1921 a Ulises habían dejado a la novela prácticamente sin dueño en Estados Unidos.

Joyce y Beach emprendieron acciones legales, protestas y denuncias en contra de la versión no autorizada, consiguieron que el Tribunal Supremo de Nueva York firmara una orden que prohibía a Roth usar el nombre James Joyce en sus publicaciones, así como el descrédito de Two Worlds en el ámbito literario de habla inglesa. Las ventas y suscripciones de la revista decayeron y pronto desapareció de las estanterías de los libreros. Por desgracia, Roth no estaba dispuesto a detenerse. Al contrario, luego de su primera temporada a la sombra dejó de molestarse por las revistas y, en 1929, pasó a piratear libros del todo. Hizo su estreno, precisamente, con una versión falsificada de Ulises, a partir de la impresión de 1927 de Shakespeare and Company. Luego de unos meses Samuel Roth fue detenido nuevamente y purgó una nueva condena de seis meses, esta vez en Filadelfia.

A medida que la edición de Sylvia Beach recuperó su estatus y los tiempos cambiaron, se hablaba cada vez con más fuerza de la posibilidad de lanzar una edición legal de Ulises en Estados Unidos. A falta de un contrato entre Joyce y Beach, las editoriales postoras que comenzaron a interesarse por la novela intentaron desconocer su papel de editora y dueña de los derechos, la tomaron como a una simple representante del escritor. Beach no llegó a ningún acuerdo con las editoriales, pero Joyce sintió que eran los términos que ella exigía los que impedían alcanzar un contrato y, a través de un amigo, señaló que la actitud de la editora se interponía en sus intereses. Esta acusación estremeció desde lo más profundo a Sylvia Beach. Tras una década de devoción, llamó a Joyce para decirle que era libre de hacer lo que quisiera con su gran “libro azul”. Renunció a cualquier tipo de derecho y salió de la vida del escritor de la misma manera inesperada en que había entrado. Aun así, Shakespeare and Company seguiría ligada por siempre a Ulises y su autor. En 1941, durante la ocupación alemana en la Segunda Guerra Mundial, Sylvia Beach se negó a vender un ejemplar de Finnegans Wake a un oficial nazi. El militar envió días después a un grupo de las SS para que detuviera a la librera y cerraran el lugar. Sylvia pasó los siguientes seis meses en un campo de concentración al sur de París. Tras la guerra, Beach decidió no reabrir el lugar. Una década más tarde, George Whitman, un anarquista errante, fundó un negocio similar al mismo margen del Sena. En 1962, tras la muerte de Beach, Whitman compró su colección de libros. Dos años después, en la fecha del cuarto centenario del nacimiento de William Shakespeare, rebautizó la tienda Shakespeare and Company. Esta es la librería que sobrevive hoy en día y que visitan miles de turista al año en París. Curiosamente, es atendida por Sylvia Beach, nombre que dio Whitman a su hija en honor a la editora de Ulises.

Volviendo a 1932, aquel año Random House firmó un contrato con Joyce. La editorial ideó una treta para que la incautación por parte del Gobierno Federal de un ejemplar importado de la novela reabriera el caso y permitiera rebatir el delito de obscenidad. El abogado defensor contratado por la firma editorial, Morris Ernst, basó su defensa en establecer que Ulises correspondía a un clásico moderno y, según las leyes estadounidenses, un libro considerado clásico era parte del acervo cultural común y no violaba los códigos morales. El argumento, no obstante, tuvo que ser apoyado con reseñas positivas y toda clase de consideraciones al valor artístico de la obra y su altura literaria.

Obtenidas varias postergaciones orquestadas por Ernst, la decisión del caso recayó en el juez neoyorquino John M. Woolsey, un aplomado jurista y voraz lector al que le iban bien los litigios de obscenidad. Pese a la experiencia en el manejo de procesos legales de ese tipo, el caso de Ulises significó para el juez un reto mayor. La lectura de la novela previa al juicio, por ejemplo, supuso “prácticamente los dos meses más duros” de su vida. Además, en su estudio del caso, Woolsey  accedió a una amplia cantidad de material suplementario sobre Ulises. Asimismo, recibió numerosa correspondencia de lectores de Joyce que expresaban su opinión de la obra. Finalmente, tras escuchar las posiciones encontradas entre Morris Ernst y el representante del Gobierno que solicitaba se confirmara la prohibición del libro, la mañana del 7 de diciembre de 1933, el veredicto del Tribunal de Distrito de Nueva York proferido sobre Ulises determinó que el escrito podía ser admitido en Estados Unidos[4].

Presagiando el fallo a su favor y contando lanzarla tan pronto quedara legalizada, Random House había contratado antes los servicios de Ernst Reichl para el diseño de la edición de la novela. Tan pronto se conoció el resultado del jucio, el equipo de Reichl comenzó a imprimir la sofisticada, masiva y sobre todo legal edición estadounidense de Ulises. Para evitar que se repitieran los cargos, la edición incluyó el veredicto del juez John Woolsey. El primer tiraje planeado era de diez mil ejemplares, pero para el día del lanzamiento (25 de enero de 1934) las preventas habían superado los doce mil. La novela vendió en tres meses más que en los doce años anteriores y Joyce recibió en abril un cheque por valor de 7.500 dólares. El único problema radicó en un detalle no menor: el texto que la editorial le entregó a Ernst Reichl no era de ninguna de las ediciones de Shakespeare and Company, sino de la pirata y corrupta de Samuel Roth. Este error, que solo se subsanó entrado 1940, confirma el enrevesado camino del escrito de Joyce y desata algunas de las tormentas que envuelven sus traducciones.

En Inglaterra la publicación oficial y legal de Ulises, aunque en una edición de lujo y limitada, no se anunció hasta el otoño de 1936. La batalla editorial en este caso la libró John Lane. Su victoria y las que siguieron a otros en distintos países le abrieron definitivamente las puertas de la percepción a lectores, escritores y editores de la modernidad en todo el mundo. Ulises, por fin, encontró su lugar en la grandeza. Y llegó para quedarse.

 

[1] Joyce había publicado en 1907 el poemario Música de cámara.

[2] Por su parte, Adrienne Monnier fue la editora de la versión francesa de Ulises, publicada el 1 de mayo de 1931.

[3] Esa obra le ocuparía a Joyce en total 16 años.

[4] Aunque el fallo fue apelado se ratificó el 8 de agosto de 1934 por parte del Tribunal de Apelaciones de Estados Unidos.

 


Darío Sarago. Autor de los libros La fiebre de los cerdos (poemas) y Tantas vidas arrebatas (estudio sobre la desaparición forzada de personas en Norte de Santander, Colombia), además de algunos artículos sobre cine. Actualmente cursa el posgrado Maestría en Estudios Editoriales del Instituto Caro y Cuervo, en Bogotá, Colombia.

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