Cuento | Es un tipo decente, por Cesar Gómez Cisneros

—¿No te acompañó?
—Le pedí que no lo hiciera —Sara prendió el aire acondicionado y llevó la perilla hasta el tope.
—¿Todo bien?
—Sí, mejor vámonos.

Josué arrancó. Rodeó la fuente para salir por la gran reja de arcos. Un carro le pitó: se había adentrado en la calle sin voltear. Siguió todo derecho hasta encontrar el Anillo Periférico.

—¿Y cómo te fue? —espejeaba para meterse a la rápida.
—Creo que bien.

Sara forcejeaba para desprenderse del abrigo. Se quitó las pestañas postizas y se cambió las zapatillas por unas sandalias que llevaba en su bolso. Josué apagó el aire acondicionado, abrió la ventana y prendió un cigarro, luego se los pasó. Ella se quedó mirando al exterior, con la cajetilla en las manos.

—Me dijo que le gustaba mucho.
—Creo que ya lo sabias.
—Lo sentí diferente.  Y no supe cómo reaccionar —veía las luces fijamente por el espejo lateral—. Fue su mirada, su mano en mi brazo.
—¿Te tocó? —su voz sonaba cortada.
—Solo eso, antes de que me fuera. Me dijo que en verdad quería algo conmigo

Dejó la cajetilla en el portavasos y se quedó con la vista al frente, inmóvil. Avanzaban rápidamente  por el carril de alta. Llegaron a un paso a desnivel y tomaron una curva pronunciada. Al incorporarse de nuevo a la principal, se encontraron con  tres hileras de carros, completamente detenidos. Josué tuvo que frenar bruscamente.

—¿Tú qué le dijiste? —la volteó a ver.
—Que no. Que era casado —emitió una risita al escuchar sus propias palabras.
—¿Y qué te dijo?
—Nada, creo que lo entendió.

Detrás de ellos, los carros seguían llegando bastante rápido y tenían que frenar, algunos prendían las intermitentes como aviso para lo que venían aún mas atrás. El GPS en el tablero marcaba 2 kilómetros de tráfico. Josué la miraba de reojo, en silencio. Terminó su cigarro, cerró la ventana y colocó el aire a la mitad.

—Es un tipo decente.
—El gerente más respetado ¿no? —le espetó Sara.
—De hecho —dijo muy despacio—.  Solo creo que se puede confiar en él.
—No es alguien desagradable. Pero hoy sentí que en verdad quería  algo a cambio —había bajado la visera y se miraba al espejo—. ¿Sabes que aun piensa que tú y yo tenemos algo?

Josué no contestó, solo la veía en silencio. Al sentir el resplandor de unas luces por el retrovisor, volteó al frente. Avanzó quince metros para, nuevamente, detenerse.

—Podría servir de algo —contestó él. Entornaba los ojos hacia el espejo.

Un minuto después, los carros se movieron de nuevo y el tráfico comenzó a fluir. Sara sacó su celular y comenzó a escribir un mensaje.

—Salte en la que sigue, por favor —le pidió.

Veinte metros más adelante, se incorporaron a la lateral y al llegar al primer semáforo giraron a la derecha. Siguieron así dos calles más, hasta llegar a una glorieta que  rodearon para entroncar con una gran avenida.

—Al final me dijo que podía contar con ello —aseguró Sara—. Votará por nosotros.
—Bien. Muy Bien.
—Sigue todo derecho, yo te digo —giró la perilla del aire al primer nivel y luego lo apagó completamente.

Dos semáforos después giraron a la izquierda y después de tres calles se estacionaron frente a una puerta de cristal polarizado en la base de un edificio de departamentos. Josué apagó el carro y la miró.

—Oye —la miraba fijamente—, creo que nunca te he agradecido todo. Lo has hecho muy bien desde que llegaste y ahora estamos a punto de firmar un contrato grande.
—Supongo que tampoco te he agradecido nunca —acomodaba su bolso, evitando la mirada de Josué.
—¿La quieres? —dijo Josué extendiéndole la cajetilla.

Sara, después de tomar su abrigo, agarró la cajetilla. Josué bajó y rodeó el carro para abrirle la puerta. Estando de frente, se le acercó. Ella  giró un poco y sintió el roce de sus labios muy cerca de los suyos.

—Hasta luego —dijo, tratando de no verlo a la cara—. Gracias por recogerme.
—Nos irá bien. Juntos —agregó Josué cuándo ella ya caminaba hacia la puerta—. No seremos una filial más.

Sara presionó el tercer timbre y segundos después el interruptor eléctrico emitió  un sonido. Subió al segundo piso, tenía que tocar en el departamento 202. Antes de hacerlo, se volvió a colocar las zapatillas. Dio dos ligeros golpes en la puerta, le abrieron inmediatamente.

—¿Cómo te fue? —el hombre se hizo a un lado para que ella pudiera adentrarse en la penumbra del pasillo.
—Creo que bien.

Sara avanzó hasta la pequeña sala donde yacían varias hojas dispersas en el suelo. Las observó un momento,  luego puso bolso y abrigo en el sofá, se acercó a la ventana

—¿Qué tal la cena?
—Bien. Casi toda la empresa estaba ahí
—Ya lo creo. Tenías que estar tú también —la miraba sonriente, de pie con las manos en los bolsillos—. ¿Y Villegas?
—Agradable. Me apoyará.
—Es el mejor —dio un aplauso y caminó hacia una pequeña vitrina.

Le dio a elegir entre agua, cerveza o whisky. Sara tomó un vaso de agua y se sentó. El se hincó para buscar entre los papeles.

—Mañana mismo tengo cita con los proveedores. Ellos nos certificarán y todo quedará a tu nombre. Es para ser una entidad diferente y con  eso podremos responderle a la empresa…
—Me trajo Josué —interrumpió Sara.
—Pensé que eso ya lo habías resuelto —levantó la cabeza.

Sara tomó unas hojas y comenzó a revisarlas.

—¿Cuándo le piensas decir? —su cuerpo, antes relajado, ahora se notaba tenso—. ¿Qué ha pasado, Sara?
—¿Tienes a los contratistas?
—A los dos —se levantó por un trago de whisky—, con toda su flotilla.

Acabó de un solo trago el vaso sin dejar de mirarla, luego se sirvió uno más y se sentó en un reposet frente a ella. Arqueaba las cejas, con la vista en el techo.

—Sara, tenemos todo para para lograrlo sin él.

Ella lo miraba con los dientes apretados. Tomó su bolsa y comenzó a buscar algo. Finalmente, sacó la cajetilla de cigarros.

—¿Puedo?
—Creí que ya no ibas a fumar.
—Si quieres, no lo hago —pretendió guardar la cajetilla.
—No, está bien —le tendió un cenicero de cristal—. Hazlo aquí mismo.

 


Cesar Heber Gómez Cisneros (22 de octubre de 1990, Estado de México). Estudió Ingeniería Eléctrica Electrónica en la Facultad de Ingeniería de la UNAM. Le agrada tocar con su banda, la fotografía, la escalada y el senderismo. Asiste al taller de Creación Literaria del Faro Indios Verdes, en la CDMX.

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