En busca de tierra firme V: Ítaca y la tierra firme, por Darío Sarago

La publicación legal y por lo alto fue todo lo que necesitó Ulises para corroborar lo afirmado por Morris Ernst durante el juicio en Nueva York a fines de 1933: la novela de James Joyce correspondía, sin duda, a un clásico moderno por excelencia. La opinión general se pronunció tan solo cuatro días después, cuando la revista Time dedicó su portada del 29 de enero al escritor irlandés. Aunque desde 1922 ya existía un primer estudio a profundidad de Ulises (Nation and Athenaeum, a cargo de J. Middleton Murry), es en adelante —y de manera creciente— que Joyce representó un símbolo de muchas cosas, pero principalmente del mundo editorial y literario. Para el año de su muerte, 1941, las manos del autor de Ulises eran besadas por desconocidos en la calle y tenía, si no el aprecio, sí la atención de todo aquel que se adentrara al mundo por los corredores de la literatura.

En los años sesenta, a partir de que se hizo público del todo el esquema interpretativo del libro elaborado por el mismo Joyce en la década del veinte, el interés por la novela desbordó lo literario y anegó el ámbito académico hasta nuestros días. Existen hoy aproximadamente trescientos libros y más de tres mil ensayos académicos dedicados, en parte o en su totalidad, a Ulises. Las interminables revisiones de Joyce, su estilo formado de muchos estilos, únicos, mezclados y ocultos, su mitología de cigarros y tabernas, y los numerosos errores que plagaron la edición de 1922 y las demás desataron la leyenda de texto infinito. Los errores iniciales, como se contó en su momento, se produjeron debido a la letra casi ilegible de Joyce, a las 100.000 palabras que añadió durante las pruebas de imprenta y porque los 26 impresores franceses que compusieron el libro a mano desconocían el inglés.

A tal punto ha llegado el afán por desentrañar esta obra monumental, que en 1984 se publicó en inglés la canónica edición de Hans W. Gabler (Garland Publishing, Nueva York, 1984), cotejada con una reimpresión de la príncipe, que corrige cerca de 5.000 erratas que peregrinaban en las anteriores ediciones. La exhaustiva investigación desató una nueva oleada de estudios a la novela de por sí más estudiada de todos los tiempos.

Escritores de todas las latitudes han expresado su admiración por el autor irlandés. Entre los incondicionales de Joyce se cuentan William Butler Yeats, Ezra Pound, Valery Larbaud, Samuel Becket, Italo Svevo, Ernest Heminway y Scott Fitzgerald. El último incluso ofreció arrojarse por la ventana como prueba de su admiración por Joyce. Algunos otros, como Bernard Shaw, Jorge Luis Borges, T. S. Eliot o Gertrude Stein, asumieron en cambio una postura ambivalente. La fascinación que despierta en algunos bordea la obsesión, como lo demuestran las páginas subrayadas del ejemplar de David Foster Wallace.

En la actualidad, Ulises sigue vendiendo aproximadamente unos cien mil ejemplares al año. Ha sido traducida a más de veinte idiomas, entre ellos el rumano, el  árabe, el noruego, el catalán, el malayo y el chino, en el que existen dos traducciones. En la fecha en que transcurre la historia, 16 de junio, desde 1954 personas en el mundo celebran el Bloomsday[1], un tributo a la ficción compuesta por Joyce en que se recrea todo lo relacionado con ese día en la vida de Leopold Bloom, Dublín y el Hombre. Como si con la novela, la especie humana completa regresara a Ítaca por un día.

La odisea que significa traducir el texto ha seguido, para el caso de la lengua española, un curso digno del libro. Aunque hoy en día se encuentran más alternativas en las traducciones que se han realizado al español —con la de 1976 de José María Valverde, la de Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas en 1999, la de Marcelo Zabaloy en 2015 o la de Rolando Costa Picazo en 2017 —, ninguna alberga el espíritu joyceano como la primera, llevada a cabo por el argentino Salas Subirat.

José Salas Subirat nació en la zona rural de Buenos Aires en noviembre de 1900, proveniente de una pareja de inmigrantes catalanes. Inmerso en un ambiente de necesidades, el niño no pasaba de quinto grado cuando tuvo que abandonar la escuela para comenzar a trabajar como empaquetador, mensajero y, más tarde, cobrador en algunos negocios como imprentas o zapaterías. Pasado un tiempo ingresó a La Continental, una compañía de seguros de la que, sumados los periodos en que laboró allí, hizo parte los principales años de su vida.

Autodidacta de corazón y versátil de mente, Salas Subirat retomó sus estudios y en 1923 aprobó la primaria y continuó los de secundaria. Al tiempo, inauguró la Academia de Taquigrafía e Idiomas Salas Subirat. Cada noche, después de su jornada en La Continental, enseñaba inglés y técnicas de secretaría a señoras y muchachos porteños de familias burguesas.

En su madurez, con un cargo más alto y recorriendo el país por viajes de trabajo, Subirat se preciaba de conocer inglés, italiano, francés, ruso y algún otro idioma. Difundía un método de aprendizaje que involucraba repetición, ensayo y error. Aun así, más allá de la prolijidad de este entusiasta del lenguaje y las letras, autor él mismo —aunque sin resonancia, con la excepción de un texto imprescindible de las aseguradoras que le dio cierto renombre en ese campo — de al menos tres novelas, dos libros de ensayos, varios cuentos y artículos, el inglés de Ulises estaba muy por encima de sus posibilidades. A decir verdad, aunque Salas Subirat leía habitualmente en ese idioma, no lo hablaba con fluidez y carecía del amplio vocabulario al que recurre Joyce. Además, Salas no contaba con el versátil repertorio de referencias históricas y culturales que hacen comprensible el texto del irlandés.

De todas formas, Salas Subirat entró en contacto con Ulises a finales de 1938 o comienzos de 1939, cuando acompañó durante una temporada sus recorridos en tren con una edición estadounidense de la novela. Ya en 1940, mediante cuadernillos que sacó desarmando su ejemplar para no trasladar el tomo entero, asumió el reto —propio o impuesto por el editor Santiago Rueda, no está del todo determinado— de traducir el libro. Su empresa tardó cinco años en volverse realidad. Al cabo de un lustro de extenuante trabajo, el libro se terminó de imprimir el 14 de julio de 1945 en Artes Gráficas Bartolomé U. Chiesino. En algún momento de la traducción, al tiempo que trabajaba en La Continental, no tenía empacho en usar a sus subordinados para pasar a máquina páginas de la traducción manuscrita.

De aquel primer Ulises en castellano, cuya cubierta presentaba el retrato de Joyce realizado por Augustus John, se imprimieron 28 ejemplares (señalados cada uno con una letra del alfabeto) en dos volúmenes de una edición limitada: una de 300 ejemplares numerados en dos volúmenes en papel especial y la otra de 2200 ejemplares en un volumen. Por suerte para la literatura en lengua española, la edición usada por el traductor argentino corresponde a una de las series del sello Random House libre de los errores de la edición pirata de Samuel Roth.

Durante los años que dedicó a la traducción, Subirat también compuso la mayor parte de su obra. Sin embargo, si en algo sobresale este empleado corporativo, padre de familia y ciudadano ejemplar, es en su asimilación del lenguaje. Subirat simplemente amaba leer. “Traducir es el modo más atento de leer, y en realidad el deseo de leer atentamente es el responsable de la presente versión”, escribió en la nota introductoria a la primera edición.

Lo cierto es que a fuerza de ensayo y error, predicando con el ejemplo, Subirat sacó adelante un texto más que aceptable. El primer traductor al español de la novela de Joyce resultó fiel cuadro a cuadro, aunque sus tomas mostraban una ambientación netamente bonaerense. La incongruencia repercutía en, por ejemplo, un Dublín con léxico lunfardo o porteño, habitado por Juan Enrique Menton, Martín Cunningham, Juan Rogerson o Maruja, entre otros nombres a los que, además, cuando el texto lo exigía, mencionaba con diminutivos menos convincentes aún. En realidad, más que colocar a sus personajes a parlotear como argentinos o siquiera hispanos, Subirat no consiguió reproducir el slang irlandés.

Uno de los detractores más ilustres de la versión de Subirat fue Jorge Luis Borges, traductor él mismo en 1925 de la última parte del monólogo de Molly. Aunque, por entonces, se autoproclamó “el primer aventurero hispano” en abordar el libro de Joyce, el escritor argentino confesó más tarde no haber leído en su totalidad Ulises y en los años cuarenta rechazó la propuesta de traducir el libro entero. Aun así, Borges siempre deploró la traducción de Subirat. “Era muy mala”, sentenció.

La relación entre el autor de Ficciones y el primer traductor de la novela al español no se ciñe a esa opinión, pues se conocieron una noche en casa de Silvina Ocampo y Bioy Casares. “Con Adolfito y Borges lo conocimos. Pepe Bianco lo trajo a cenar. Era un hombre muy tímido que sabía poco de literatura; lo cual, como imaginarás, nos sorprendió a todos. Se parecía bastante en su actitud a Enrique Martorelli Francia, el traductor de la Divina Comedia”, recordó Silvina[2].

Más importante aún resultó que, tras la publicación de la primera traducción, Subirat tomó atenta nota de las opiniones que dejaban caer a su paso Borges y otros y las tuvo en cuenta para su revisión a partir del 50. Para esta corrección, se valió además de la traducción de Ulises al francés realizada en 1929 por Auguste Morel y supervisada por Valery Larbaud, Stuart Gilbert y el propio Joyce.

Pese al empeño inicial y el respaldo absoluto de su editor Santiago Rueda, en una época dorada para la edición argentina —ya que por entonces surgían allí sellos como Losada, Emecé y Sudamericana —, la revisión emprendida por el traductor argentino no sobrepasó la mitad de la novela. Aunque en 1952 se publicó una segunda edición con sustantivas correcciones al inicio, Subirat había entrado en un periodo trágico que incluyó sobrellevar, como el mismo James Joyce, el dolor de una hija enferma, en su caso de poliomielitis, y sufrir en 1957 un accidente aéreo en que perdió el ejemplar sobre el que trabajaba para una tercera edición.

A medida que los lectores en español de Ulises aumentaron y se especializaron, la disección realizada a la traducción del argentino dejó ver muchas y mayores complicaciones en el texto. Entre las falencias señaladas se cuenta que gran parte del esfuerzo de Salas —principalmente en los primeros capítulos— solo alcanza a esbozar los sucesos de la novela, sin materializar el lenguaje ni las voces como ocurre en la escritura de Joyce. A este respecto, los expertos coinciden en que la actitud traductora de Subirat presenta un cambio a medida que la versión en español avanza y su exploración del lenguaje aumenta. El cambio de inflexión lo marca el estilo audaz que se presenta a partir de Hades, el sexto capítulo. Así, “salas traduce, en principio, para leer y no para que otros lean”, afirma Lucas Petersen en su biografía del traductor bonaerense[3]. Finalmente, el trabajo alcanza un punto (por una razón contractual o literaria) en que “la traducción íntima se convierte en traducción para un público”[4].

De igual forma, cuesta creer que Subirat vislumbró del todo la vinculación que existe de cada capítulo de la novela con un órgano del cuerpo humano, un color, un símbolo, un arte y una técnica, según el llamado esquema de Gilbert confiado por Joyce.

Con todo, la importancia del primer contacto del castellano con Ulises pesó más en la preferencia del público. Generaciones enteras de lectores y escritores, de México a la Patagonia, sacaron provecho del trabajo de Salas Subirat y supieron disfrutar sus aciertos, embrollos y licencias. Incluso a España, donde estuvo prohibida del todo en un principio por el franquismo,  llegó la traducción argentina en un tiraje de mil ejemplares a cargo de Planeta en 1962. Cabe señalar que en 1996 el trabajo de Salas Subirat corrió en parte la misma suerte que la obra de Joyce, puesto que Planeta publicó una versión revisada (en realidad podada a la mitad) por Eduardo Chamorro. El resultado fue calificado por algunos como “acto de vandalismo”.

En conclusión, la literatura en lengua española, por los años en que Joyce daba forma a su sueño escrito, se mantenía en forma ante todo por su producción poética, representada en un principio por la Generación del 27 y más tarde por autores como Gabriela Mistral o Pablo Neruda. Aquella artillería de versos conformó la avanzada previa a la posterior conquista del idioma que logró en prosa el llamado boom latinoamericano. Pero para alcanzar esa victoria tendría que correr mucha agua bajo el puente e ir en ella algo de Ulises inoculado al idioma en su primera traducción en español.

En cuanto a las siguientes traducciones al español, pasaron al menos tres décadas y con ellas todo un aparato crítico para que la novela tuviera otra visión, en esta ocasión por parte del intelectual español José María Valverde. Esta traducción —que le tomó ocho años a su autor —, publicada en 1976 por Lumen en dos tomos, sin notas pero con un abundante prólogo, es tenida por la mayoría de los lectores como castiza, académica y menos fluida que la primera, aunque se le reconoce que ahonda mejor que su antecesora en las mayores complejidades lingüísticas impuestas por Joyce. Ya en 1999, también luego de más de siete años de trabajo, los igualmente españoles Francisco García Tortosa y María Luisa Venegas presentaron, a través de Cátedra, su versión de la novela. Esta traducción se enfoca principalmente en resolver aspectos filológicos y depurar, teniendo en cuenta el estudio comparativo de al menos cinco ediciones —entre ellas la canónica de Gabler —, una mayor cantidad de erratas persistentes en las anteriores; por lo que resulta del todo más apegada al texto de Joyce. El volumen, además, incluye una completa introducción y una amplia bibliografía, carente en las traducciones anteriores.

La sorpresa en la serie de traducciones de Ulises al castellano la dio en 2015 nuevamente un argentino, Marcelo Zabaloy. Nacido en Bahía Blanca, ex jugador de rugby e instalador de redes para computador, bilingüe autodidacta sin formación ni experiencia como traductor, Zabaloy, al igual que Subirat, sucumbió por su cuenta al encanto de la novela y el deseo de leerla mejor lo llevó a emprender su propia traducción. Esta versión, publicada ya en dos ediciones por El cuenco de plata, contó con la colaboración de Edgardo Russo y se destaca por exhibir un castellano rioplatense que hace pensar a muchos en un Ulises uruguayo.

Por último, regresando a la corriente erudita de las traducciones del libro, Edhasa lanzó en 2017 una edición crítica de 1784 páginas en dos tomos, a cargo del también argentino Rolando Costa Picazo, reconocido especialista en literatura anglosajona y experimentado traductor. Su sesudo trabajo incluye resúmenes previos a cada capítulo que describen el mecanismo usado por Joyce para su composición y brindan luces sobre las claves homéricas que conlleva el texto. Además, la traducción está acompañada de unas 1600 notas al pie, algunas indispensables y otras prescindibles.

Hasta el momento, tan solo se ha cumplido uno de los muchos siglos que Joyce aseguró que su libro ocuparía a los estudiosos que intentaran descifrar los acertijos y juegos idiomáticos consignados en él. Sin embargo, al correr de los años y con el aumento de las distintas traducciones al castellano, Salas Subirat ha ido obteniendo el reconocimiento justo al servicio prestado como explorador inicial de nuevas formas del idioma y fundador de toda una legión de lectores de Joyce en Hispanoamérica. Todos quienes lo relevaron en su empresa de volcar al español la novela son, en cierta medida, deudores suyos y han debido dialogar —o reñir— con su trabajo. Durante los años posteriores a la publicación de su singular traducción ofreció conferencias en ciudades de Argentina y algunos países de América Latina. Terminó sus días en familia, dedicado a la pintura y el dibujo, siempre de uno u otro modo en contacto con las palabras y el arte. Con su traducción al español de la mayor novela de Joyce instauró un puerto con que Ulises se adentró a una nueva tierra firme que gobernar. Y su corazón golpeaba loco y sí yo dije quiero sí.

 

Referencias

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Notas

[1] Admiradores de doscientas ciudades en sesenta países han homenajeado la novela de Joyce, desde Dublín hasta lugares como Cúcuta. Bloomsday hace alusión al protagonista de Ulises, señor Bloom, y el Doomsday, Día del Juicio.

[2] https://www.elimparcial.es/noticia/186443/opinion/el-ulises-de-jose-salas-subirat.html

[3] Lucas Petersen. El traductor del Ulises. Sudamericana, 2016.

[4] Ídem.

[Foto tomada de https://bit.ly/2Ykp3kb%5D

 


Darío Sarago. Autor de los libros La fiebre de los cerdos (poemas) y Tantas vidas arrebatas(estudio sobre la desaparición forzada de personas en Norte de Santander, Colombia), además de algunos artículos sobre cine. Actualmente cursa el posgrado Maestría en Estudios Editoriales del Instituto Caro y Cuervo, en Bogotá, Colombia

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