Un cuento de José David Flores Balderas

“Solo aquellos que andan entre las tinieblas
pueden observar la estrellas”.

Buscaba a tientas su desarmador en el suelo: la niebla era particularmente densa esa noche, no le era posible ver el piso debajo de sus talones; esto significaba que las lluvias eran próximas, se habían adelantado según creía. La avenida era grande y eso, sin duda, era peligroso. Ray se había adaptado desde el principio a salir de noche, esas cosas cazan de día y aun al amparo de la luz del sol era casi imposible verlas. Tenía meses que no había visto a una persona, la última que vio fue un hombre anciano con un horrible caminar errático, cabello canoso, delgado como momia y vestido como un indigente; cruzaba la ciudad en dirección a los volcanes, decía, huyendo de los monstruos que según él habían empezado a salir por las noches. Se estaban adaptando, quizás habían dejado de encontrar presas para descuartizar en el día o quizá solo se habían dado cuenta de que nosotros nos movíamos de noche.

Lo encontró, tomó el desarmador y siguió su camino. Ya se encontraba a dos calles del camión de enlatados que había observado desde su nido en la que alguna vez fue la torre de comercio. Era un camión de enlatados desvencijado que había chocado contra un semáforo, seguramente durante la primera oleada de pánico de la ciudad, estaba bastante maltratado; pero, a pesar de que se veía viejo, (quizás un año ya o tal vez más, había perdido la cuenta del tiempo en que había comenzado todo) parecía que no había sido abierto, a final de cuentas eran enlatados: estaban diseñados para durar. Y si no fuera así, con suerte no estarían tan podridos.

Llegó por fin al camión, para su sorpresa se dio cuenta de que era o había sido un camión refrigerado. La caja estaba cerrada, lo que significaba que lo que se encontrara dentro estaba intacto. Apoyó la barreta en la bisagra de la puerta exterior y comenzó a hacer palanca. La obscuridad era dominante, Ray, como cualquier otro superviviente, había aprendido a moverse en tinieblas, sin luz, sin nada que hiciera obvia su presencia. Los hombres habían cedido la luz del sol a bestias engendradas en tinieblas y se habían refugiado en la oscuridad de las noches. Éramos ahora, seres nocturnos.

La primera bisagra cedió. “¡Bien!”, exclamó Ray, mientras apoyaba la barreta en la segunda bisagra. Se encontraba en el crucero de un boulevard de dos carriles, un punto vulnerable, así que mientras palanqueaba, vigilaba constantemente las 4 esquinas. Se había mantenido vivo gracias a su cautela y sangre fría, viajaba y permanecía solo desde el principio, no cargando a nadie y no siendo carga para nadie, de todas formas los eventos habían ido muy rápido, en pocos días esas cosas habían vaciado la ciudad. Vio a mucha gente caer desde el primer día, principalmente a la luz del sol, pero en todas esas ocasiones nunca pudo ver claramente a uno de esos entes. Cazadores natos que se movían con extrema rapidez y absoluto silencio, era imposible detectarlos de día a menos que estuvieran encima de ti, pero de noche, era otra historia. Parecían tener algún tipo de aura electromagnética, una esfera invisible que hacía a los aparatos electrónicos funcionar intermitentemente; no podías verlos tampoco en la noche, pero sabías que estaban ahí por el parpadear intermitente de los focos cercanos, encendido–apagado, encendido–apagado, como una respiración uniforme, daba la impresión de estar viendo una serie navideña, todos los aparatos electrónicos independientes, funcionando como un solo circuito.

Había logrado romper la segunda bisagra, por lo que la puerta quedaba totalmente libre del lado izquierdo, creía que solo hacía falta jalarla para poder desempotrarla por completo de la caja del camión, pero aún contaba con un candado que la aseguraba a la puerta del otro extremo. Nada que no se pudiera solucionar. Pensó por un momento en martillar la cerradura, pero al cabo de unos minutos abandonó la idea, significaba hacer mucho ruido y claro, revelar su presencia, eso era peligroso aun cuando parecía ser la única persona de la ciudad. Se dispuso  —mejor, pensó— a cortarla con una lima para metal, el proceso sería mucho más lento, pero haría muy poco ruido.

En el tumulto del primer ataque, había llegado de alguna manera en su escape frenético a la azotea de la torre de comercio exterior, un edificio de unos 30 pisos, que había sido asediado por los cazadores, afortunadamente nunca se les ocurrió subir al techo. Permaneció ahí durante 4 días, agazapado sobre el tinaco de agua, escuchando los golpes, gritos y llantos de los pisos inferiores. Pasaron 6 días antes de animarse siquiera a asomarse hacia la calle, le tomó dos noches más tratar de bajar por el cajón de las escaleras. Al final del noveno día el hambre lo punzaba sin tregua, no le quedó otra opción que disponerse a la calle. Afortunadamente, la azotea conectaba directamente con el cajón de las escaleras y este a la calle, le evitaba la necesidad de sortear los pisos de oficinas que seguramente se habían convertido en mataderos. Jamás tuvo el valor de entrar a ninguno de esos pisos. Vivió de los supermercados y tiendas de abarrotes cercanos, siempre bajando únicamente para lo esencial; a veces, se pasaba dos o tres horas vigilando antes de aventurarse a salir y fue así como se dio cuenta del extraño evento que le sucedía a los aparatos electrónicos cuando había una aberración cerca. Solo en los atardeceres y el alba podía observarse; entrada la noche, todo era oscuridad, lo que significaba que no eran activos entonces.

“¡Sí!”, dijo, mientras el cerrojo se rompía: le había llevado cerca de 40 minutos romperlo de esa manera; miró el reloj, las 3:20 am, disponía de tiempo suficiente para hacer uno o dos viajes y almacenar comida para un mes. Jalaba la puerta mientras miraba hacia todos lados, cuando logró zafarla y cargarla, se dio cuenta de que pesaba más de lo que había supuesto: parecía blindada, pesaba como un demonio. Se disponía a bajarla de manera vertical y recargarla contra una esquina del camión, pero la cerradura rota le cercenó la mano; inconscientemente, la soltó, dejándola caer de manera horizontal, la puerta golpeteo el suelo como plato e hizo un estruendoso sonido de metal hueco. A Ray se le aflojó el esfínter y estuvo a punto de mearse encima, se agazapo junto al camión y esperó 1, 2, 6 minutos y nada pasó. Se animó a levantarse y observar en derredor, no había nada, la oscuridad seguía igual de oscura “Gracias a Dios”. Pensaba que las criaturas dormían por la noche o hacían lo que sea que las mantuviera alejadas de las calles, pero eso no significaba que no estuvieran cerca, por eso le incomodaba el ruido.

En el interior del camión había todo tipo de enlatados: puré de manzana, maíz, aceitunas, duraznos, frijoles, atún, cremas, un manjar por la variedad que significaba; Ray comenzó a llenar su bolsa frenéticamente, 2 de estas, 6 de aquellas 10 de las otras. El hambre le devoraba las tripas; pero, a pesar de eso, no podía sentarse a comer en aquel lugar. Las fechas de caducidad marcaban más o menos, según sus cálculos, que se habían vencido hace unos dos meses quizá, pero no importaba “Los enlatadas siempre duran más, por ser enlatados”.

Se colgó su mochila a la espalda, que para ese momento pesaba igual que la puerta, se disponía a irse cuando observó entre el montón de latas, una especialmente ancha y chaparra: “¡Sardinas!”, pensó, maldita sea que si no le gustaban. Se acercó para confirmar lo que pensaba, a pesar de que sus ojos se habían acostumbrado a vivir en penumbras aún le era difícil identificar cosas a cierta distancia, y efectivamente eran sardinas. La mochila se encontraba al tope, no cabía ni una lata más, miró el reloj: 4:14 am; “¡Mierda!”, dijo, demasiado tarde para hacer cambios. Así que se dispuso a tomar unas cuantas latas y llevarlas en las manos, encontró cinco, pero Ray era un personaje peculiar.

Su psicólogo le dijo alguna vez de niño que sufría de trastorno obsesivo compulsivo; “Alguna variante de estupidez, muchacho”, le había dicho su padre. Le molestaban los números impares: o eran 4 o eran 6, no había de ninguna manera oportunidad de que se llevará a casa 5 latas de sardinas. Observó su reloj de nuevo: 4:20, era cada vez más tarde y el amanecer estaba cada vez más cerca. También se caracterizaba a “herencia de su abuela”, creía él, por elegir las decisiones que significaban la manera más difícil de resolver el problema. Fue así que, en vez de dejar la quinta lata, entró a la camioneta dispuesto a encontrar una sexta. Había comenzado a moverlas frenéticamente para un lado y para el otro, cuando por fin la encontró; afortunadamente, era solo una, porque el hecho de encontrar 2 significaba volver al problema inicial de ahora contar con 7 latas y no 6 u 8. Profundamente aliviado, tomó la lata y la jaló sin percatarse de que sobre esta había una pirámide de latas que aún permanecían en su lugar.

La acción provocó que toda la torre se tambaleara, comenzaron a caer latas: una, dos, tres… Ray trataba de agarrarlas como malabarista de esquina, pero muy pronto la torre colapsó, sepultándolo en un alud de alimentos procesados. Estas golpeaban la puerta en el suelo y hacía un estruendoso ruido como cuando el granizo intenso golpea la lámina de un coche. Se levantó a duras penas y se contempló en un mar de latas, anchoas por todos lados, no 7, ni 9, ahora eran como 55. “¡Mierda!”, gritaba en su interior, mientras su pecho emitía un leve silbido de grito ahogado. Tomó dos, una en cada mano, y se dispuso a abandonar el lugar. Horrorizado, se detuvo en el acto cuando una aguja se le clavó en el lado izquierdo de la vista periférica: “Luz”, exclamó para sí mismo.

Dio vuelta la cabeza lentamente y observó, más o menos a unas 8 calles, que entre unos vehículos volcados y un puesto de periódicos parpadeaban los focos de un local de comida, las luces de los carros y la lámpara de la acera; despacio, como una variación de corriente, subía, llegaba a punto máximo y volvía a bajar, obscuridad y de nuevo lo mismo, como una respiración, tranquila y serena. “No puede ser”, gritaba su cabeza, miró el cielo que se encontraba aún en completa oscuridad, el alba aún estaba lejos, lo que significaba que el indigente tenía razón: habían comenzado a salir de noche. Volvió a mirar hacia la luz, seguía parpadeando tranquilamente; al parecer, el demonio no se había percatado de su presencia.

El miedo le había hecho retroceder, sin darse cuenta, estaba revoloteando las latas, el movimiento activó de nuevo la avalancha de metal que causó el colapso total de la torre. A Ray se le volvió a aflojar el esfínter, esta vez no tuvo oportunidad siquiera de intentar detener la avalancha de anchoas, maíz y champiñones; instintivamente, volvió a mirar hacia la luz. Alcanzó a ver en el último segundo cómo se apagaban las luces, ahora no se volvieron a encender; indudablemente, la bestia que estaba ahí sabía que él estaba ahí y había aguantado la respiración como un león entre la maleza que contempla a la presa que está a punto de atacar.

Las luces se encendieron por fin y comenzaron a parpadear en intervalos frenéticamente más cortos, ya no había duda: el ser sabía dónde estaba. Ray pudo apreciar que las luces se acercaban como aire moviendo todo a su paso, se encendían luces de autos, escaparates y farolas, incluso creía alcanzar a escuchar los radios de los coches. Echó a correr sin tiempo de pensar siquiera a dónde se dirigía y perdió de vista la esquina por donde se acercaba el engendro. Sentía agujas en los pulmones, aunque había dejado de fumar desde el comienzo del cataclismo; jamás pensó que, con sus extremadas precauciones, algún día enfrentara esta situación, siempre se sintió a salvo en el cobijo de las tinieblas. El miedo le había hecho olvidar la mochila que traía colgando a la espalda, se miró las manos y se vio apretando las latas de anchoas; con todas sus fuerzas, aventó la mochila junto con las latas hacia un callejón, esperando que sirvieran como cebo para la deformidad que lo seguía. Se disponía a girar a la izquierda en lo que creía era la tercera esquina y, antes de hacerlo, volteó para verificar: la camioneta de enlatados se encontraba efectivamente a unas tres calles atrás y su costado estaba ahora iluminado por la luz que estaba cada vez más cerca.

Había avanzado dos calles más a partir de la esquina que dobló y ya no podía seguir, las espinillas le punzaban, los pies le dolían y se sumaba el dolor de la parte derecha del abdomen. Comenzó a buscar un lugar para refugiarse, pero no había nada más que un callejón, puertas cerradas, ventanas con protecciones a prueba de intrusos y otras demasiado altas para acceder a ellas. A punto de virar al callejón miró hacia el frente, podía distinguir, tenue pero visible, otra ráfaga de luz intermitente que venía de la derecha del lado opuesto por la que se acercaba su primer acechador. Esto significaba que había dos monstruosidades y esta otra también iba hacia él.

Entró al callejón con la esperanza de ver una salida, una ventana o incluso una escalera de emergencia; pero, para su desgracia, era un callejón cerrado. Viró para ver la calle y observó que la luz parecía venir de ambos extremos, sin duda sabían que había tomado ese camino. Buscó desesperadamente algo con lo que defenderse, pero no encontró nada: había dejado sus herramientas tiradas junto a la camioneta, aunque nunca cargaba armas, contaba con la barreta, los desarmadores o el martillo, ahora lo único que llevaba encima era una lámpara portátil en el bolsillo derecho de su pantalón. Registró el suelo con la esperanza de encontrar alguna botella rota o cualquier cosa punzo cortante, pero no había más que botes de basura vacíos, dos bicicletas tiradas y un gran contenedor de basura sellado “Dios me ampare”. Se escondió detrás del contenedor y entre los botes de basura vacíos, había pensado por un momento meterse en uno de ellos, pero eran demasiado estrechos para él, abrazó sus piernas, puso la cara contra las rodillas y cerró los ojos.

Un silencio de muerte, era imposible que el oído le dijera si las quimeras seguían ahí o si habían pasado de largo. Diseñados por algún lápiz infernal estas cosas eran aún más silenciosas que la nada. Estaba empezando a ser optimista, “Quizá sí pasaron de largo” pensaba, cuando pudo notar un destello de luz que atravesó sus párpados y penetró con horror sus ojos atrincherados. Apretó más los párpados hasta sentir presión en la frente, pero la luz que ataviaba sus ojos era cada vez más fuerte y clara, parpadeante, no solo una, sino varias, luces quizá de las ventanas adyacentes, de los faros de las bicicletas, de las lámparas de banqueta. Su bolsillo derecho había empezado a calentarse porque su lámpara portátil se había encendido y apagado y vuelto a encender y de nuevo a apagarse.

Las luces, que se habían vuelto muy intensas, estuvieron a punto de provocarle un ataque de adrenalina, pensó por una rafaga de segundo en abrir los ojos y cerrarse en combate abierto a mano limpia con los malditos, pero un zumbido se lo detuvo de lleno, le enchinó la piel a tal grado que sintió erizarse todos los vellos del cuerpo. Esta vez su esfínter no aguantó el asedio y terminó por mearse encima. El calor que emanaba su bolsillo era ya insoportable, las luces se habían fundido en una sola tan intensa que, a pesar de tener los párpados bien contraídos, podía distinguir a través de ellos una figura, tan cerca que bastaría sacar la lengua para tocarla. Sentía su respiración, como un eco lejano, un quejido eléctrico, no podía escucharla, ni sentir el aire en su rostro, la sentía por dentro, vacía, tan vacía como el abismo a punto de tragarlo.

 


José David Flores Balderas pretende ser escritor y ha publicado algunos relatos en revistas digitales gratuitas. Es politólogo y abogado. Vive en la Ciudad de Puebla y tiene 29 años.

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