Cuento: Enfrentando a la lluvia, por Anjoss

A la lluvia.jpg
Omar Felipe Martínez
A la lluvia
Acuarela
21 x 25 cm

Nadie creía en mí cuando mencionaba el poder purificador de la lluvia. En esta ciudad todo el mundo se esconde de ella; tan pronto como empiezan a caer las primeras gotas, las calles se desalojan cual tragedia inminente. Las tiendas cierran, las luces se apagan y, en un parpadeo, lo único que puedes ver a tu alrededor son las avenidas inundadas. Se piensa que la lluvia es destructora, que con tan solo poner en contacto una mínima superficie de tu cuerpo con ella, puedes terminar grave en el hospital.

No tengo idea de dónde nace tal leyenda; tal vez es uno de esos mitos que surgen en toda población y de los que se teme sin razón aparente. Todo hasta que un hombre decide probar lo contrario.

Ese hombre soy yo.

Durante muchos años permanecí escondido de la lluvia, ingresando a casa de la mano de mis padres que pretendían protegerme del gran mal de las nubes. Mas yo siempre me quedaba observando a través de la ventana, maravillado ante el espectáculo de las gotas al impactar.

Y finalmente hoy podré comprobar que la lluvia no es ningún mal, que es purificadora, porque, si te detienes a observarla, nace en tu alma algo nuevo, limpia tus pensamientos y los renueva de una calidad artística incomparable. Si todo aquello sucede con la simple observación de las gotas al caer, ¿no sería mayor el efecto beneficiador al sentirlas en el cuerpo? Eso es lo que estoy dispuesto a probar. Hoy, día en que finalmente soy libre de las cadenas de mis progenitores, día en que el permanecer en las calles es una decisión sujeta solo a mi voluntad. Hoy, que las nubes están más grises que nunca.

Las primeras gotas caen y todo el mundo echa a correr. Los padres levantan a sus niños y buscan refugio. De vivir muy lejos, las personas permiten que se alojen en sus casas; todo el mundo se vuelve sensible y empático cuando las tragedias se avecinan, o cuando se ven envueltas en una.

Mientras ingresan, me miran todos con extrañeza. Yo no me muevo, permanezco en la mitad de la calle, riéndome de aquellos que huyen cual ratas asustadas. Les enseñaré a todos que la lluvia es nuestra amiga, que lo único que debemos temer de ella, es su ausencia. Porque el agua procedente de las nubes grises es sinónimo de vida misma.

La tormenta se desata. Gruesas gotas caen y en su trayecto impactan en las desoladas calles de la ciudad. Gran parte de ellas impactan sobre mí. Las siento estrellarse contra mi cabeza, empaparme por completo la frente. Decido entonces acostarme para observar mejor el caer de las gotas a lo largo de mi cuerpo.

Abajo, recostado en el pavimento, la vista es más espectacular. Siento la lluvia llegar hasta mi torso y producir en él un cosquilleo irrisorio, un poco de agua se mete en mi ojo y de pronto la visión se me nubla, todo se torna borroso a mi alrededor. Mis piernas se vuelven débiles y soy incapaz de moverlas. Al echar una mirada a mis brazos, puedo notar que han desaparecido, se marcharon junto a la corriente de agua que recorre la avenida.

Siento entonces que mi torso también se está desvaneciendo. Pierdo total sensibilidad en las piernas e intento hablar, susurrar lo exquisito que es la sensación de consumirse en la lluvia; mas no puedo, mi garganta se ha esfumado.

Ya solo queda mi cabeza, que poco a poco va desapareciendo, desprendiéndose en pedazos que fluyen en un mar de gotas, arrastrados por ellas sin ningún camino fijo.

Me convierto en el primero de los hombres de papel en enfrentar la lluvia, y la sensación del agua dañando el material del que estoy hecho es la mejor que he tenido en la vida.

 


Anjoss. Ecuatoriano, 21 años. Escribo bajo el seudónimo de Anjoss, mismo con el que me encuentran en las distintas redes sociales. El género que me caracteriza es el terror, pero siempre estoy merodeando caminos literarios y experimentando con las letras.

Facebook: Anjoss
Instagram: @anjosscc

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