Fughetta #6: Too [few] notes. Sobre la Sinfonía Veneziana en Do sostenido de Antonio Salieri, por Silvano Cantú

 

MOZART: So then you like it? You really like it, Your Majesty?
EMPEROR: Of course I do. It’s very good. Of course now and then
—just now and then— it gets a touch elaborate.
MOZART: What do you mean, Sire?
EMPEROR: Well, I mean occasionally it seems to have, how shall one say?
[Turning to Orsini-Rosenberg] How shall one say, Director?
<em>ORSINI-ROSENBERG: Too many notes, Your Majesty?
EMPEROR: Exactly. Very well put. Too many notes.

 Del guión de Amadeus, escrito por Peter Shaffer

 

A Salieri lo han tratado tan mal que casi lamento haber escrito una reseña sumamente distraída sobre su “Sinfonía Veneziana”, así que dedicaré mayor espacio, por supuesto, al tema que ya sospechan.

Maestro de músicos monumentales como Beethoven, Schubert y Liszt, el Kapelmeister del Emperador José II, Antonio Salieri, fue un referente en la escena musical europea de finales del siglo XVIII, aunque su música ha sido apreciada muy pobremente. De él hablan bien sus destacadísimos alumnos y habla mal su destacadísimo (y falso) enemigo: Mozart, de quien diremos por enésima vez que no, al menos según nos refieren los detectives musicológicos, jamás fue envenenado por Salieri ni torturado hasta la demencia bajo el disfraz rimbombante de un cruel superyó. Si bien algunos chismes cortesanos promovidos por el mismo Mozart inspiraron la leyenda negra de Salieri (el envidioso en todo caso fue Mozart, que perdió ante el otro a una alumna de la Casa Real), no fue sino hasta que Alexander Pushkin escribió su famoso poema dramático sobre la rivalidad fatal, que ella se volvió el lugar común que ahora es (Pushkin).

Ese mito del músico confabulador de la Corte creció con la puesta en escena de una ópera caricaturesca e infrecuente de Rimsky Korsakov basada en los versos de Pushkin, así como por el mundialmente aclamado filme Amadeus, de Miloŝ Forman. El odio a la imagen del burócrata musical y una obra con pocos adeptos terminaron redondeando su maldición histórica.

 

Lo cierto es que las pruebas de encono entre los dos músicos escasean, mientras las de amistad sobran. Cada vez que se toca el tema alguien nos recuerda, por ejemplo, que Mozart confió al veneciano la educación musical de su primogénito, que una carta del austríaco informó que compartió palco con Salieri en el estreno de Die Zauberflöte (el pequeño paranoico interno insistirá, claro, que era para observar más de cerca al enémigo…), que se conoce al menos una obra (la “Cantata per la ricuperata salute di Ofelia”) compuesta en una curiosa —e insoportable— coautoría por Mozart, Salieri y Cornetti, que a alguien más que a las partes convenía fomentar el rumor de ese conflicto inexistente.

***

Antonio Salieri no decidió sobre el nombre de su “Sinfonía Veneziana”, bautizada así por el editor de sus obras: Pietro Spada. Si bien la partitura ligera y jocosa desde el allegro assai puede remitirnos a una cándida escena cotidiana en la luminosa Venecia, nada nos obliga a pensar que el autor realmente evocara su tierra natal mientras construía aquellos breves, vertiginosos y reiterativos pasajes, más rítmicos que melódicos y más formales que expresivos. Alguna sombra de gravedad se insinúa con demasiada timidez hacia el andantino grazioso, pero se esfuma como si estorbara a la simetría irrefrenable de la obra, que no se agota hasta el presto que la concluye. Se tiene noticia que las melodías expuestas en la “Sinfonía Veneziana” provienen, según los estudiosos, de las overturas a las óperas La scuola de gelosi y La partenza inaspettata. Algo de artificioso exhala del contenido musical de esta obra, que antes fue otras y, luego, ganó identidad por su yuxtaposición bajo un nombre sugerente.

Es una lástima que a Salieri se le interprete y grabe tan poco, porque casi no hay oportunidades de escucharlo y, quizá con ello, comprender lo que representó en su época una de las obras más cruciales y fértiles para la música occidental. Algún resorte movió (o se resistió a mover) en el intrincado carrusel del período clásico, para quedar clavado a ese triste arquetipo del músico que intriga por envidia del talento ajeno. Quizá nos corresponde aceptar la simpleza del destino de Salieri, negada por su cercanía a los de nombres inmensos, para quien pudo ser suficiente gozar en vida la gloria de entretener a los más prominentes oídos de la Casa de Habsburgo y nada más.

 

Referencia

Pushkin, Alexandr.”Mozart y Salieri”. Revista de la Universidad de México. 13-15. Digital. <http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/2406/pdfs/13-15.pdf&gt;

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