Fughetta #7: Solicitud de empleo (se anexa obra maestra)…

Concerto 3 zo a tre Violini, tre Viole, è tre Violoncelli col Basso per il Cembalo (Concierto
Brandemburgo No. 3), (1721) Johann Sebastian Bach

Los Seis Conciertos con diversos instrumentos, mejor conocidos como Conciertos de Brandemburgo, figuran entre las obras más escuchadas del repertorio bachiano, con una cantidad extraordinaria de grabaciones y un sitio en casi cada antología del barroco que se produce. Irónicamente se sospecha que el compositor jamás los escuchó interpretados por ninguna orquesta debido a la fría recepción que merecieron de la persona a la que fueron dedicados, Christian Ludwig, Margrave de Brandemburgo y Schwedt, de la poderosa casa de Hohenzollern.

La almibarada dedicatoria de Bach, fechada en marzo de 1721, incluía una explícita solicitud de empleo que, entendemos por el desdén ulterior, fue desechada por el pretendido empleador. Aunque entonces el compositor era Kapellmeister del Príncipe Christian Leopold de Cöthen, algo debía incomodarlo para buscar reiteradamente un nuevo patrón. No era la primera vez que ocurría durante los últimos años en que la vida del compositor estuvo plagada de tristes eventos. En 1720, acaso en medio de la enfermedad que le arrebataría a su esposa a inicios de julio, Bach quiso ser empleado como organista en Hamburgo, pero su propósito se frustró. Cuando buscó – sin éxito – servir al potentado de Brandemburgo, Bach acababa de enviudar, tenía a la sazón cuatro hijos vivos, y otros tres habían muerto a muy temprana edad, el último de ellos un año antes que su madre. No sería la primera vez que su talento fuera despreciado en vida; a veces el talento no tiene nada que ver con la persona que lo realiza en el mundo. A veces tampoco con el mundo mismo.

 

 

Los Conciertos de Brandemburgo permanecieron en la oscuridad por más de un siglo, hasta que fueron publicados en 1850 con motivo del primer centenario luctuoso de su creador; se grabaron por primera vez un siglo más tarde. Del tercero de los conciertos se ha escrito mucho, primeramente, porque se cree que la cronología de la composición de los Brandemburgo no fue lineal, que el último fue realmente el primero y, el tercero, el segundo.

Por último, se ha opinado profusamente sobre la escandalosa brevedad del adagio, sobre el que se han amontonado más páginas que la mitad de folio sobre el que Bach lo anotó. ¿Por qué habrá insertado esos dos acordes de inexplicable cadencia frigia, no para unir dos movimientos vivos como se estilaba sino para proponer (¿a quién?) un abismo que se abre sobre sí mismo, como un agujero negro de eternidad serena y sobrecogedora a la vez? Jamás lo desveló, pero nos lo dejó para oírlo a lo largo de un infinito medio minuto de charla entre clavicordio y cuerdas.

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