Cuento: El recuento, por Ronald G. Hernández

Para C. A. Arguedas Dávila.

Septiembre siempre fue un mes sin mucha importancia para mí: aburrimiento total durante esta temporada. Falta un mes para cumplir años, la Tierra le da la vuelta al Sol y
pronto me encontraré un poco más viejo (las canas en la barba me delatan), con menos pelo en la cabeza, más en el resto del cuerpo y menos panza (el gimnasio tiene que servir de algo, al menos). Tomarme una foto sin camisa. Descargar la aplicación. Abrir el perfil y poner algo de información..Empezar a recibir mensajes, ubicaciones, desnudos a medias, fotos de penes, de traseros: ningún perfil que valiera la pena hasta que vi su foto. El GPS que me permitió ver su perfil cerca de donde yo estaba. La decisión de escribirle. Escribirle. Pasaron dos días. Insistir en tener una conversación.

—Hola —enviado… Entregado.
—¡Ey! ¿Todo bien?
—¿Muy bien y vos? —enviado… Entregado.
—¡Pura vida! ¿Cómo te llamás?
-—Roy, ¿y vos? —enviado… Entregado.
—Charly. ¿De dónde sos?
—Ando por San Pedro, ¿y vos? —enviado… Entregado.
—Mae, de Guadalupe…
—¿Y qué buscás por aquí? —enviado… Entregado.
—Lo que se dé, ¿vos?

—Sos muy guapo. ¿A qué te dedicás? —enviado… Entregado.
—Soy músico, ¿vos?
—Soy profesor —enviado… Entregado.
—¿Cuántos años tenés? —enviado… Entregado.
—21, ¿vos?
—Voy para 28… —enviado… Entregado.

Él me reveló que no empezaba a comunicarse con nadie si no veía interés. Era más joven que yo, de estatura más baja y de piel clara (una etnia completamente diferente a la mía); sus ojos claros me hechizaron, me encantaron. Sin duda, de mi parte había absoluto interés por él. Las preguntas que llevan a las otras, a las fotos, al querer verse en persona. La magia de conocernos por Grindr. Darnos los números. Hablar por WhatsApp. Ponernos apodos: él siempre sería mi chiquitín especial; yo fui, por ciertos periodos, “guapo, precioso, lindo, mae, Roy”…

La salida pactada que dio inicio a todo. Llegó por mí a la facultad. Su cara de nervios cuando me monté al carro, le di la mano y le sonreí. Verlo ponerse rojo: él tenía ese color de piel que le permite a las personas saber cuándo hay cambios de humor en ellos; yo, por una suerte de esas herencias genéticas dominantes, era más azabache. Agarró una rotonda para salir con rumbo a su lugar especial mientras yo le acariciaba el brazo y casi provocaba que nos estrelláramos. Tomó la salida de la autopista en dirección al lugar especial que ansiaba que yo viera junto a él.

El primer beso que nos dimos en el camino, su cara roja como tomate debido a la mirada del guarda de seguridad del residencial por el que pasamos de camino al lugar al que nos dirigíamos. Llegar a la montaña a la que quería llevarme Charly: un mirador en Escazú que no recuerdo muy bien. Ver las luces naturales del firmamento en competencia con las luces de la ciudad. La llegada de otros carros. Las luces de la capital frente a mí, frente a nosotros. En el instante en el que acaricié a Charly, entendí que lo iba a querer siempre. El hambre que nos dio. Hora de dejar la montaña. Llegar a un centro comercial y descubrir que toda el área de comidas estaba cerrada. Devolvernos al carro y pensar en qué hacer. Mi confesión inoportuna en el mall que iba cerrando cerca de las 10 de la noche (ambos teníamos hambre: mala hora). Los ojos llorosos de Charly mientras oía mi historia de desgracias: alguien como yo tal vez no cree en el amor, me criaron sin ello, con un padre y una madre ausentes; accidentes, golpes, maltratos, abuso, relaciones tóxicas y amantes por montones… no existe el amor en los tiempos del VIH, las redes sociales y las mentiras. Su cara de impacto y su seriedad me habían dado a entender que me estaba eliminando yo mismo (eso pensé: estaba equivocado). La resolución de Charly. Su beso casi interminable. El deseo de ambos de conocernos.

Mis lágrimas involuntarias. Sus abrazos con esas manos delicadas que tocaban el piano y la guitarra, esas mismas manos pequeñas y delicadas me acariciaban y me sacaban el llanto porque me sentía apreciado después de mucho tiempo. Irnos del parqueo del mall. Tomar rumbo a mi barrio. Acomodaste el carro a una cuadra de mi apartamento. Nos dieron los once “hablando”. Mis manos toscas quitándote la ropa en tu carro. Mis labios recorriendo tu cuello, tus hombros, tus pezones. Tus manos apretando fuerte mis hombros. La ventaja de que fueras pequeño y te pudiera acomodar en tu carro para recorrer con mi lengua todo tu cuerpo. Tu bóxer por las rodillas y yo disfrutando de tu olor, de tu piel, de tu pene: me confesaste que eras virgen. Tus gemidos mientras yo me perdía en tu entrepierna. El carro empañado por completo. Las caricias, los besos en la espalda, en tu pancita. Nos masturbábamos en la parte trasera del carro. Las doce, media noche. El clímax: ambos terminando al unísono. El beso posterior. La luz que se prendió en el corredor de la casa de una vecina que nos escuchó. Una patrulla que apareció. Ponernos la ropa lo más rápido posible. El policía que nos pidió la identificación y el motivo por el que estábamos a altas horas de la noche en el carro (como si hubiera necesidad de explicar lo obvio). La orden de la autoridad para que empezáramos a movernos.

Nuestra primera despedida. Los besos y las caricias. Las sonrisas. Los mensajes que siguieron: “ya llegué a la casa”, “qué dicha, guapo. Me encantó conocerte, espero que esta no sea la última vez que nos vemos”. Continuamos hablando durante la semana. Cuatro días después, salimos de nuevo. La caminata en la universidad. El área de la Escuela de Música llena de telarañas y sus moradoras; fue la primera vez que me hablaste de vos: “Odio las arañas, les tengo miedo. Sé mucho de un montón de especies, pero es porque me dan pánico, me paralizo al verlas”. Te abracé y te di un beso, porque pensé que era lo que debía hacer para aliviar tus miedos. Seguimos caminando por el campus: “La U me trae malos recuerdos”. No entraste a la carrera que querías. O no supiste a qué carrera entrar. Estabas haciendo materias generales solo porque sí. Más tarde, ese día me dijiste que tus miedos eran diferentes a la aracnofobia: padezco de trastorno de ansiedad. Yo no entendía un carajo de lo que hablabas.

Una salida posterior. Me empezaste a gustar más de lo que yo creía que llegarías a hacerlo. Las primeras fotos. La película de terror que fuimos a ver. La foto que Charly me pidió que nos tomáramos con una escultura de un corazón detrás de nosotros. Nuestra cara de supuesta felicidad. Los días pasaron. Para mi cumpleaños no tenías un regalo para mí, no fue necesario. La entrevista de trabajo a la que me ayudaste a llegar en Uber. La cena que te hice el fin de semana. Pensé que no ibas a llegar a mi apartamento. Llegaste. Verte contento, comiendo lo que se suponía era tu comida favorita. El postre que se me ocurrió cocinarte. Buscar algo que no tuviera chocolate. Reposar la comida. Los besos en la cama. Estrenar el colchón. Era la ocasión perfecta, el momento romántico que siempre recordaría.

La primera vez que hicimos el amor, quizá la única. Él era virgen. “¿Me prometés que me vas a cuidar?”, fueron sus palabras, ahí me perdí: era delicado para mí, aunque en el fondo sacaba a relucir ser un demonio seductor que me besaba como si el alma se nos fuera a salir y hubiera que contenerla en ese aluvión de besos y sensaciones en la piel producto de nuestros labios, lenguas, salivas, olores. Él me sabía a ese sudor fuerte e hipnótico que nunca pude sacar de mi olfato inútil (dos septoplastías fallidas no mejoraron la percepción de fragancias magnéticas como la suya). Sentir que era mío, que yo lo iniciaba, que siempre lo sería. Yo un romántico perdido… ¿Hicimos el amor? Vos encima de mí. Vos debajo. Vos dentro de mí. Tu forma de besarme y hacerme gemir, como si no fuera suficiente con sentir tu calor, tu sudor, nuestro sudor. Las sábanas ardiendo debajo de ambos. La forma en la que nos recorrimos, nos acariciamos, nos tocamos, terminamos. ¿Qué fue lo que terminamos?

Los conciertos a los que fuimos. Un tributo al grunge. Las entradas que me gané para mí y para vos. Te etiqueté en la publicación: “Mae, ¡qué jeta!, no puedo creerlo, vamos a ir al Hard Rock Café”, me dijiste; yo me limité a decirte que vos me dabas suerte y que el mejor regalo para mí había sido que llegaras a mi vida. Fuimos por comida antes del evento (llegamos muy temprano). Tener que cruzar una autopista. Tuve que reconocer mi miedo a las alturas. Vos llevándome de la mano por el puente peatonal arriba de la autopista. Las fotos de lo que hubo antes del concierto. Los besos que nos dimos en el chivo, delante de las bandas.

Mi deseo de tenerte conmigo durante la noche, después del concierto. Tu negativa: la hora, la voz de tu madre pidiéndote llegar. Tu negativa a salir del clóset. Tus excusas para dejar todo y terminar lo que, supuestamente, teníamos. Mis celos. Tu cambio en las palabras que me decías. Nos volvimos a ver en la universidad para hablar: “Yo no te pido que me querás, solo que me des una oportunidad de quererte”, te dije; “Ahorita estoy muy confundido, pero no quiero hacerte daño”, fue tu respuesta. No entendía tu confusión. No había una razón para esta. Decidimos continuar. Llegó tu cumpleaños y había un tributo a Foo Fighters, esta vez te habías ganado las entradas vos. Ir al concierto en tu carro. El libro con la dedicatoria que te escribí para que tuvieras algo mío.

Llegamos después del concierto. Quería que subieras al apartamento. De nuevo no podías. Tu mamá como excusa otra vez. El pleito después del último concierto al que fuimos. Tu carro yéndose. Mensajes y audios iban y venían. Gritos. Cortamos (aunque no había nada entre ambos). Devolvernos los “peluches”. El mensaje tuyo de vuelta que venía escrito en el libro, debajo de mi dedicatoria. Los libros que regresaron en un Uber. Los mensajes por WhatsApp que estuvieron de más. Los audios. Los gritos. Las lágrimas. La página que le arranqué al libro que me devolviste por insistencia mía. Había sido un regalo, junto con el otro. Las fotos que nos tomamos. Los desnudos. Las cosas que compartimos. Los recuerdos. El botón de borrar conversación. Más de cien mil mensajes y archivos —y con ellos la evidencia de haber estado juntos— se esfumaron de nuestra historia. No nos veríamos más. Poco después entendí tu confusión: te ibas del país y no estaba en tus planes conservarme; quizá si me hubieras dicho que querías experimentar no habría habido necesidad de hacerme quererte.

Nunca volver a un mirador en una montaña en Escazú. Otra nueva búsqueda en Grindr. Un “Hola”, un “tap” con un diablillo, una foto, ¿tiene lugar?…


Ronald G. Hernández Campos. Escritor costarricense, nació en San José, en 1989. Graduado en enseñanza del castellano y literatura y filología española (ambas carreras en la Universidad de Costa Rica). Ha publicado textos de narrativa y poesía en diferentes revistas literarias. Es autor de los libro de relatos Libre(ta) de cargas (Editorial Eva, 2017) y La aldea: cuentos y memorias de Tontilandia (Mariposa de Vidrio, 2018).

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