La cuestión es moverse | Mi camiseta de Ramón Morales (o la importancia de la representación), por Fernanda Piña

—¿Qué vas a querer de regalo? —me preguntó mi madre algunas semanas antes de mi cumpleaños en el año 2000.

—Un uniforme de México —le contesté con ojitos brillantes de niña de cuatro años a punto de ver sus sueños materializados.

Me refería, evidentemente, a una camiseta de la Selección Mexicana. Era inaceptable para mí seguir jugando en el jardín de la casa sin ese preciado artículo del que, en ese entonces, era el equipo al que le iba, porque aún no me decidía por ninguno de los pertenecientes a la liga mexicana. 

Mi mamá cumplió con lo prometido y me regaló un jersey, que estoy segura de que fue comprado en el mercado de Coyoacán, al que desde entonces vamos con frecuencia en cualquier apuro y cuando los fondos para adquirir mercancía cien por ciento original resultan insuficientes. Tenía el nombre de Ramón Morales estampado en la espalda. Claramente, mi señora madre no reparó en ello, para ella daba exactamente lo mismo lo que dijera atrás, era verde, era de la Selección Mexicana, era lo que la niña quería, pues. Ironías de la vida: esa camisetita hacía referencia a uno de los máximos estandartes de las Chivas, pero mi ídolo absoluto era Luis Hernández, “El Matador”, quien en aquel entonces jugaba para el equipo rival: el América. A final de cuentas, poco tiempo después de recibir el regalo, comencé a dedicarle mi pasión a los poderosos Pumas de la Universidad Nacional, que hasta la fecha es el equipo de mis amores aunque las decepciones causadas por ellos se cuenten por decenas.

Ser hija única y querer jugar futbol en el jardín no es una tarea sencilla: requiere de mucha imaginación y de tíos con energía. Afortunadamente, la mayoría de las veces tuve ambas cosas, aunque en ocasiones la segunda me fallaba y tenía que tirarle penales sin portero al espacio que se formaba entre el árbol de naranjas y el de limones. Y era entonces cuando le daba tanto amor a mi camiseta verde que abrazaba el nombre que me había asignado y me convertía, sin cuestionarlo, en mi alter ego: Ramoncita Morales, crack indiscutible de la Selección Mexicana de Futbol. Aunque a veces me daba por ponerme un resorte en la cabeza a semejanza de “El Matador” y transformarme en Luisita Hernández.

Entrené futbol durante unos cinco años, hasta que me llegó indirectamente esa revelación que, supongo, no le es ajena al resto de las niñas a las que les gusta el deporte más visto de México: “¿para qué juegas, si solo los niños pueden vivir del futbol?”. Era demasiado joven como para entender que esa era, realmente, la pregunta que, inconscientemente, me estaba formulando. Pero yo lo veía en los partidos que pasaban en la tele, en los comerciales, en mi álbum de estampas del Mundial de Corea-Japón y en todos los estampados de las camisetas que vendían en el mercado: ningún nombre, ningún rostro de mujer. A lo mejor yo era la única niña rara a la que le gustaba jugar futbol, a lo mejor solo a los niños les sale lo suficientemente bien eso de jugar futbol como para salir en la tele y usar esos uniformes innecesariamente holgados y fajados a medias, como era la moda a principios de este siglo. Entre esas reflexiones y mis variados intereses, que me llevaron a practicar tenis y basquetbol también, fue que supe que mi destino no era convertirme en futbolista profesional. O en deportista profesional en alguna disciplina. A las niñas siempre se nos hizo saber que el deporte era un hobby, que los que podían llegar a profesionales, si se esforzaban y entrenaban lo suficiente, eran los niños. Por más que mi familia apoyara el hecho de que me gustara el futbol, nunca me impulsó a entrenar más duro porque la profesionalización, simplemente, no era una posibilidad. Probablemente, esta imposibilidad de llegar a ser profesionales haya desmotivado y hecho renunciar a cientos de verdaderos talentos del futbol femenil (digo “verdaderos” porque yo nunca fui la persona más hábil con un balón en los pies). 

Muchos años después, en el 2016 (a mis veinte años de edad), surgió el primer esbozo de la liga profesional de futbol femenil en México —73 años después del establecimiento de la liga de futbol profesional varonil mexicana—, con un corto torneo de Copa, a modo de experimento. Desde su primer torneo oficial, el Apertura 2017, conquistado por las Chivas en una heroica remontada ante el Club Pachuca, la liga ha puesto en el mapa a todas esas mujeres que se atrevieron y no dejaron de competir con una alta exigencia a pesar de que el camino aún no estuviera trazado; muchas de ellas tienen mi edad. Nosotras nunca supimos lo que era jugar portando el nombre de nuestra jugadora favorita en la espalda porque, para empezar, ni siquiera sabíamos que había otras mujeres que jugaban futbol y, mucho menos, que lo hacían de forma profesional. Hago paralelismos y recuerdo que, cuando comencé a entrenar futbol, solo permitían a una niña por equipo, porque éramos tan pocas que nos tenían que repartir entre todos los equipos. No puedo evitar pensar de dónde salieron tantas y por qué no tuve la fortuna de conocerlas antes, en mis juegos infantiles. Actualmente, hay 543 futbolistas registradas en la Liga MX Femenil (según su página web oficial), salidas de decenas de canchas de todo el país y repartidas en 19 equipos. Son 543 y las que están en los llanos, 543 y las que están en los patios de las escuelas, 543 y las que por su edad ya no alcanzaron a formar parte de esto, 543 y las que optaron por elegir otra profesión, 543 y las voces de las mujeres que narran sus partidos, 543 y las que apoyan desde las gradas, 543 y las mamás que las llevaron a entrenar, 543 y la niña que sueña con ser la 544. 

Hoy compartimos no solo la emoción de ver a centenares de potenciales ídolas por televisión, sino el gusto por coleccionar estampas con sus rostros a través de un álbum Panini desde hace tres mundiales y la pasión de jugar el videojuego de FIFA, elegiendo a selecciones nacionales femeniles desde el 2016. Los videojuegos, las estampitas y las transmisiones televisivas podrán parecerles, a muchas personas, un montón de banalidades y distractores, sobre todo ante un ámbito futbolístico en el que aún no hay salarios igualitarios, no hay tiempo ni espacio equitativo en medios de comunicación y la inversión en los equipos de la Liga no es ni remotamente similar a sus contrapartes varoniles; pero la representación es una de las llaves que, con suerte, podrán abrir algunas de esas puertas hacia la equidad. Por ahí dicen que Roma no se hizo en un día y dicen bien, sin embargo, se hizo a partir de cimientos sólidos. 

La venta de artículos alusivos a jugadoras y equipos femeniles podría dar pie a inversiones importantes por parte de patrocinadores. Para este torneo Apertura 2019, la Liga MX Femenil se convirtió en la Liga BBVA MX Femenil, lo que representó un paso importantísimo en la consolidación del proyecto, pues ya cuenta con el respaldo de la institución bancaria. El desarrollo de la Liga depende de la inversión que se haga en ella y de los resultados que esté dando. Si bien los medios de comunicación y las directivas de los equipos tienen un papel importante en el crecimiento de este proyecto, los aficionados tenemos que responder llenando las gradas, consumiendo los partidos en televisión y dándole seguimiento a nuestras jugadoras y equipos favoritos. Este es un esfuerzo conjunto ante un sistema que históricamente le ha puesto trabas a las mujeres que buscan emprender una carrera deportiva. En dos años, la Liga MX Femenil ha roto un récord de asistencia tras otro. El récord actual en nuestro país lo ostenta la final de vuelta entre Rayadas y Tigres, con un total de 51 211 asistentes al Estadio BBVA, el “gigante de acero” de Monterrey; de hecho, era un récord mundial hasta que apareció el Atlético de Madrid y nos lo arrebató.

Me imagino a las niñas de la próxima década portando con orgullo los nombres y dorsales de figuras de nuestra liga, como la enorme delantera americanista, Lucero Cuevas; la primera jugadora en llegar a los cincuenta goles en la Liga, Desirée Moniváis; la sólida defensa y capitana de los Pumas, Deneva Cagigas o la carismática y talentosa portera de las Chivas, Blanca Félix. Visualizo a una generación de niñas que pueda apoyarse en el futbol para cuidar de su cuerpo, apreciarlo y entenderlo como una herramienta insustituible para conocer el mundo. Ya estoy ansiosa por conocer a esas niñas que no tendrán que imaginarse que, por unos minutos, cambian de género para poder personificar al jugador cuyo nombre traen escrito en la espalda. No tengo nada en contra de Ramón Morales: Ramoncito, fuiste un crack, pasé gran parte de mi vida jugando a ser tú, ¿cómo podría menospreciarte?; pero qué bien se hubiera visto el nombre de Charlyn Corral en mi camiseta verde. Lo que no fue para nosotras, que sea para ellas.

Mi sobrino está por cumplir la edad que yo tenía cuando pedí mi camiseta verde y mi mamá quiso replicar el regalo. La acompañé a comprar todo el uniforme, esta vez completamente original, queremos mucho al niño, que se note. Llegamos a la conclusión de que, ahora que teníamos la oportunidad, deberíamos estamparle su nombre a la camisetita para que él mismo se sienta la estrella de su propia Selección Nacional sub-4. Lo pensamos más: será mejor estamparle el apellido: su hermanita ya va a nacer y, con suerte, yo podría ser la tía que le enseñe a disfrutar el balón. Se vale soñar.

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