Fughetta #8: Una fantasía penitenciaria

Quinteto en La mayor D 667 “Die Forelle” (“La Trucha”) (1819), Franz Peter
Schubert

Este quinteto es muy famoso especialmente por la melodía de la canción de la cual se tomó el material expuesto en el cuarto movimiento, Die Forelle (“La trucha”). Sí, el pez. Reza la leyenda que el quinteto llegó a la inspiración de Schubert cuando vacacionaba en Steyr, en los Alpes austríacos. Invitado allá por su amigo el barítono Johann Vogl, Schubert escribió la obra —se dice— para complacer a un rico minero y cellista amateur, Sylvester Paumgartner, quien gustaba de su ya referido Lied, difundido por el compositor dos años antes. Pero la leyenda sobre este auténtico pescado–musa es al menos quince años más antigua que el nacimiento de Schubert mismo y está ligada a la publicación del poema homónimo de su casi homónimo poeta y músico alemán Christian Friedrich Daniel Schubart.

 

 

Este “poeta maldito” del Sturm und Drang, que de niño acribilló a su hermano, se licenció en galantería mientras estudiaba Teología e inspiró a Schiller el argumento de Die Räuber, también tuvo tiempo de escribir desde algún rincón de la prisión de Württemberg el poema Die Forelle, una fábula picaresca en verso. Quizá la escribió durante alguno de los años en que fue confinado en solitario y muy probablemente en alguno de los ocho en que se le prohibió ver a su familia. La trama del poema es sencilla: alguien a orillas de un arroyo observa bajo la claridad del agua a una trucha despreocupada que pronto es acosada por un pescador. Pero ella ni huye ni muerde el anzuelo hasta que, cansado, el pescador enturbia las aguas, confunde a la trucha y, ante el afectado espanto del narrador, la atrapa. El poema cuenta con una última estrofa que Schubert no llevó a la canción, en la cual el convicto sugirió que en vez de pesca hablaba de seducción.

Sería fascinante —y es inútil— dilucidar por qué el compositor excluyó estos versos: ¿habrá sido simplemente porque le parecía un final estéticamente malo, burdo, anticuado o moralizante, o acaso porque intuyó que, más allá del ropaje de moraleja había una identificación, que era Schubart mismo la trucha cuyo cuerpo escamado y caprichoso condensaba a la vez su pulsión y su destino? Lo cierto es que las catorce notas que hacen la primera frase vocal de la canción Die Forelle se multiplican y retuercen hacia el cuarto movimiento del quinteto, que nos regala cuatro metamorfosis del tema, prodigado no solo en el texto sino en las voces de la viola, el violín, el cello y el contrabajo, sumadas al piano original. Aquí la multiplicación de las truchas se vuelve un motivo si no hipnótico, hipnotizado, como la trucha cotidiana en la fantasía penitenciaria de Schubart, encarnada en los sonidos desenfadados de Schubert, seduciendo al anzuelo, ansiándolo y evadiéndolo a ratos, perforando la prisión oscura de Württemberg, los Alpes austríacos, una Lied y el Quinteto en La Mayor, a la postre todo él “La Trucha”.

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