Fughetta #9: Con cierto truco, por Silvano Cantú

Concierto para violín No. 5 (Concierto Turco) de Wolfgang Amadeus Mozart

Al quinto concierto para violín compuesto por Joannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart, también autonombrado “Amadeus”, le llaman “Concierto Turco” por ciertas interpolaciones otomanas del tercer movimiento. No cabe duda que este es el más complejo y profundo de los conciertos que compuso para ese instrumento, de alta exigencia comprensiva para el solista, obligado a hallar y revelar al público el drama que la obra esconde elegantemente. Consta de tres movimientos: un allegro aperto – adagio – allegro notoriamente jovial y desenfadado, un adagio flotante, y una dramática combinación de tempo di menuettoallegro en el rondeau final.

El allegro aperto inicia con una exposición jocosa que eleva la expectación por la llegada del solista, que se incorpora con un contrastante y personal adagio. Con suave majestuosidad, el concertista vuelve tema el jugueteo inicial de las cuerdas, con una gracia que se autolimita, como si supiera que es, como en la realidad, limitada. En efecto, contra esa simetría frívola que parece marcar el primer tema, Mozart alterna pasajes ligeramente melancólicos, casi diríase reflexivos, que hacen del allegro aperto y su entretejido adagio un personaje mucho más real, muñeco plástico que a veces suspira o Barry Lyndon que, al fondo del salón aterciopelado en que juega naipes, recuerda arrastrar una deuda que lo alcanzará (…pero quizá nunca…).

Solo por prolongar esta idea, cabe recordar que la obra data de 1775, según los registros disponibles, cuando Mozart tenía diecinueve años de edad, es decir, cuando ya el hartazgo de la burguesía francesa afilaba la guillotina que alcanzó una década más tarde las nucas de gente cuyas vidas sonaban a esta música. Casi puede verse al escucharlo a una Madame Pompadour fingidamente despreocupada introduciendo una confitura belga en la boca nerviosa de Luis XVI. Claro, especulamos, pero ¿quién dice que Mozart no festejaba ya la caída del Antiguo Régimen, como luego haría más obvio en Le Nozze di Figaro? “Nadie” sería la respuesta correcta-pero-más-aburrida posible.

El adagio, por otra parte, es una meditación que, no exenta de dudas, tentativas y abismos —como toda meditación sincera— se dulcifica tenazmente con un tema esperanzado. A alguien se le insinúa una consecuencia, pero lejos de adoptar una actitud “solo se vive una vez”, baraja sus opciones con prudencia y sabe que la balsa navegará plácidamente. La introspección que alcanza la voz solista en este movimiento es de una paz entrañable. El tipo de sonido que usted querría para el final de sus días (salvo que prefiera algo más tropical).

El rondeau francés que hace al tercer movimiento comienza con un gracioso tempo di menuetto que pronto se complica por intercambios enérgicos e irremediablemente turcos entre el solista y la orquesta, con un replanteamiento del tema inicial tras cada digresión, como es propio del rondeau. Una batalla. La orquesta empuja al solista allende los confines de la exposición original, que rebate con un heroico repertorio de variaciones correspondidas por ecos marciales, marcadas por la técnica del col legno (con la madera), esos memorables golpes de lomo de arco contra las cuerdas. Pero la guerra mozartiana no es, con todo, un apocalipsis atómico. Por el contrario, la última arcada funde al solista y las cuerdas en un acorde que también es acuerdo.

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