Poema | El cuerpo de un dictador, por Oscar Molina

Nos vino desde Europa
y desde el Sur más profundo
presentándose como la más novedosa
de todas las costumbres.

Americanos.
Norteños.
Liberales.
Los habitantes de la cordillera
y el lago
nos rehusamos
(muy ligeramente)
a que una sola persona
quisiera dirigirnos,
más aún
si esta no era Dios
o el Buen Sam
o el cuerpo que sostiene la Mano Invisible.

Hicimos protestas
y otros actos simbólicos,
y firmamos el cielo con flores y palomas,
mas no pudimos enfrentar
el fuego y la sangre
que el enemigo dejaba a su paso.

Llegaron
justo cuando nosotros jurábamos que no llegarían.
Ya se había compuesto
una canción
y se había integrado un coro de niños y ancianos,
cuando ellos llegaron cantando su himno
y haciendo gala de su increíble maestría para matar.

Mi abuelo Ignacio,
la tía Ramona,
Doña Braulia, la vieja loca;
mi madre,
mi padre,
el doctor del pueblo
fallecieron de coraje los meses siguientes.
Sus cadáveres aún no han sido hallados
y lo único que me quedó de todos
es la cínica disculpa de su asesino en cadena nacional.

De manera atípica al resto de los ejemplos presentes
en el manual de dictaduras,
el nuestro duró casi cuarenta años y,
para desgracia de todos y tantos,
no fue la justicia
o el pueblo
o la Comunidad Internacional
lo que le llevó a abandonar su trono,
sino el tiempo y la muerte
(por ser insobornables e implacables).

Falleció un 12 de abril,
tras tres divorcios
(suyos y míos)
y apenas descendencia.
Su sobrino,
titular de un ministerio que se caía a pedazos,
organizó los funerales
y recibió a los más íntimos asistentes:
el señor obispo,
el señor alcalde,
el señor embajador del peor de los países.

Aquel ritual terminó con catorce cañonazos
y con la horrible certeza de que,
para ellos,
nada volvería a ser igual.

Cincuenta años después
y culminando la Tercera Gran Crisis Moral del Mundo
(T.G.C.M.M. para los fanáticos de los acrónimos),
el cuerpo del dictador es exhumado
de la suntuosa tumba,
en la suntuosa iglesia,
en el suntuoso centro
de esta pobre capital.
Es juzgado,
fusilado
y finalmente extraviado
en el largo camino
a una fosa común.

 


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Oscar Molina (Chihuahua, Chihuahua, 2001), adolescente. Le interesa la historia y la política, aunque no escribe ni habla mucho al respecto. Ha publicado sus poemas en revistas electrónicas y otros espacios digitales. Colabora como autor en el Colectivo Letras y Poesía, que agrupa a casi un centenar de escritores de habla hispana.

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