Fughetta #10: Artemisa en el bosque, por Silvano Cantú

Sexteto para dos cornos y cuarteto de cuerdas Op. 81b de Beethoven

Cuando el inagotable Ludwig van Beethoven contaba apenas veinticinco años (1795), los dolores que llenaron su “Testamento de Heiligenstadt” no estaban maduros aún, y su ánimo podía hacer concesiones a armonías que sonaban distinto a su durísima infancia y juventud. ¿Por qué no, si ese año marcó su ascenso definitivo a la fama en el corazón musical de su siglo, Viena, el año en que completó sus dos primeros conciertos para piano y la primera de nueve sinfonías (y media)? Una persona como él, que estaba enamorada de su destino, todavía estaba en posición de cantar al futuro como si fuera una promesa. El futuro le falló, pero no su destino.

El “Sexteto para dos cornos y cuarteto de cuerdas opus 81b” es una pequeña joya temprana en la producción camerística de Beethoven, que a fuerza de inteligencia rebelde y rigor formal trajo al centro del sonido la vida interior y la historia, más allá de las convenciones cortesanas. Cuando Goethe afirmó que la música de nuestro compositor le alteraba los nervios, no exageraba, describía el efecto beethoveniano par excellence: guste o no, nadie escapa a su zarandeo. Este “Sexteto…” no es la excepción, por mesurado y sobrio que nos parezca escuchar sus tres previsibles movimientos (allegro con brio – adagio – rondeau allegro). El escándalo tras la obra no está en el volumen de su sonido ni en el vigor de sus acordes, me parece, sino en su extrema fidelidad a las exigencias del género mismo. El sexteto no es, pues, neoclásico por imitación de los cánones impuestos por sus predecesores sino hiper-neoclásico por exceso de rigor formal, tal como exigían el desarrollo de las ideas del autor y las posibilidades técnicas.

El allegro con brio, construido bajo una forma sonata típicamente dieciochesca, alterna una melodía reiterativa de las cuerdas, replicada en sus términos por los cornos, pero contrastada por largos pasajes líricos que le prestan su característica aérea y dilatada. Se trata efectivamente de una amplitud anunciada —mas no explorada— por formas que nos sugieren a cazadores de índole mitológica. No pueden explorarlo porque el ámbito a que apunta ese sonido es infinito, porque sus visores acaso carezcan de cuerpos, porque es una expedición de caza etérea. Quizá estos cazadores ilusorios no persiguen ninguna presa: tanto en el primer movimiento como en el adagio, Beethoven nos habla de la inmensidad de su paso y no del éxito de su proeza. El adagio tal vez nos devuelva algunos rasgos delicados de sus rostros. Nada más distante a las groseras pelucas y los lunares pintados de la nobleza coleccionista de cornamentas, recetados hasta el cansancio por obras para corno anteriores. Contra la exhibición impúdica de un trofeo que antes respiraba, Beethoven niega toda indiscreción a sus temas incluso en el rondeau final, que es un concurso ligeramente más mundano de fanfarrias y florituras. Sus criaturas son tan ideales, perfectas y casi podríamos decir, marmóreas, que al escuchar sus suaves simetrías, ajenas a la fricción del suelo que arrastran, solo veo dioses cazando quimeras que están soñando.

Este “Sexteto…” es una de las primeras obras compuestas para corno, que había sido perfeccionado en su ejecución apenas cuatro décadas atrás por Hampel, su inventor, y Punto, su ejecutante. El instrumento vino de la cacería a la música; Haydn y Mozart le compusieron conciertos temáticos, para cantar a un hobby de la nobleza; Beethoven lo empleó, quizá, porque le gustaba espiar a Artemisa entre los bosques.

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