Cuento | Tiene que ver con el estómago, por Paulo Neo

Algunos creen que la austeridad es una virtud; yo no, me quedaron pocas cosas. Lo que pasa es que Pablo se llevó casi todo. Menos la biblioteca. Por eso estoy escribiendo esto, seguro. Porque se fue Pablo, digo, no porque no tenga internet. Me acuerdo cuando lo conocí: me tembló todo. Hablo del cuerpo, pero también de la vida. Aunque no supe lo del estómago instantáneamente. Esa vez fue más bien como un espasmo general. Después, en cambio, cuando volvía esporádicamente (porque así fue siempre Pablo: se iba y volvía constantemente), sí que lo sentí. Acá, bien en la boca, un nudo tenso, caliente, capaz de hacer doblar a una ballena. Y no exagero. Si, por ejemplo, se iba un domingo, el nudo me duraba hasta el miércoles, más o menos. Deben ser las mariposas que se alborotan bastante, pensaba como una estúpida. Como cuando tenés algunas en un frasco y lo sacudís a propósito. Solo para disfrutar el efecto. Eso era Pablo: efectos esporádicos. Como la epilepsia.

Y eso que antes de Pablo estuvo Emilio. El día y la noche, es justo decirlo. Con Emilio tomábamos mucho, demasiado. Y todo lo que encontrábamos. Y cualquiera sabe que eso no es bueno para el estómago. Si hasta me diagnosticaron una buena úlcera y empecé con los ataques de taquicardia. Y a dormir mal. Andaba siempre ojerosa. Me di cuenta que tenía que dejarlo si quería seguir viviendo un poco más. Es que Emilio parecía no tener límites. Era adicto a todo: al alcohol, a las pastillas, incluso a mí, creo. Un par de veces quise ayudarlo. Incluso le propuse que nos internáramos juntos. Pero no, nada. No me quedó otra. Después me enteré que se quiso matar. Me llamaron de la clínica porque lo encontraron desmayado. En su teléfono solo tenía un par de contactos: algunos dealers y yo. Y apenas me dijeron que estaba estable, les dije que lo lamentaba mucho pero que ya no lo conocía, que no podía hacerme cargo. Esa fue una actitud medio cobarde, pero de verdad que no podía más. Era demasiado peso, demasiado lastre. Eso, Emilio era un lastre. Y al lastre, mejor soltarlo para que se hunda solo. Que si no, te lleva con él.

Pero antes de Emilio estuvo Iván. Y la verdad es que fue una buena época: Iván era chef, cocinaba como los dioses y odiaba comer afuera. Además era vegano, eso ayudaba mucho. Comíamos todo saludable y corríamos juntos a la tarde, a veces. El sexo era maravilloso, lo hacíamos todo el tiempo. Pero no sentí nada en el estómago. Y creo que él tampoco. Así que nos aburrimos demasiado rápido. La separación fue algo bastante natural. Y quedamos como amigos. Cada tanto se viene a casa a cocinar algo. Eso, Iván es un amigo. Pero un amigo que cocina y sabe escuchar. Lo que lo transforma en un muy buen amigo, por supuesto.

Y yo que anoche no me sentía muy bien. Y necesitaba un buen amigo. Así que le escribí y se vino para acá, a casa. Apenas llegó se puso a cocinar algo. Charlamos bastante y está tan flaco como siempre, con sus jeans gastados y su camisa a cuadros. Casado con una bancaria: toda seriedad y rutina, me dijo. Pero con vacaciones en el exterior, departamento en el centro, auto cero kilómetro y ese tipo de cosas. Dice que se complementan, le dije que lo felicito y que me alegro mucho, de corazón. Aproveché que nos sentábamos para comer y le comenté mi teoría de que el amor siempre tiene que ver con el estómago. Se me rió en la cara, el desgraciado. Le pedí que me pasara la sal para disimular mi enojo y dejé el tema ahí nomás. Seguimos hablando de otras cosas sin importancia. De algunos autores conocidos y de música. De nuestros trabajos y demás. Yo tomé media botella de vino, él solo agua mineral. Más tarde, cuando se iba, me dijo sin darse vuelta, y mientras lo veía caminar por el pasillo:

—Pobrecitas esas mariposas tuyas, deben estar estresadas, Laurita. Dales un año sábatico.

Me quedé largo rato junto a la puerta abierta. Y mucho más pensando en esas palabras. Me terminé la botella de vino y otra más de champagne que tenía en la heladera. Me olvidé de preguntarle si era feliz. Me olvidé de preguntarle si sabía lo que era la felicidad o si sabía de algún servicio de internet decente.


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Paulo Neo. Escritor nacido en noviembre de 1980, en Santa Cruz, Argentina. Ha colaborado en diversos medios de Argentina, Perú, Colombia, México y Estados Unidos. En 2015 publica Microficciones Ilustradas. Escribe quincenalmente para la revista Apócrifa Art Magazine de México y colabora con el sitio web De Inconscientes de Argentina.

Web: http://www.pauloneo.com
Facebook: https://www.facebook.com/paulo.neo.7
Twitter: https://twitter.com/pauloneoweb

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