Entre dioses, héroes y tumbas | Xoaltentli, parte 1

—¿Eso es todo? —le pregunta la cajera, sacándolo del mar de pensamientos que lo envolvían. Eso podía ser todo, sí, eso podía ser todo lo que necesitaba… ¿Necesitaba para qué? ¿Para mantenerse despierto y alerta de los gritos cercanos y lejanos? ¿Para tratar de ignorar lo que sabía tenía que pasar?

Andrés asintió varias veces mientras veía lo que compró sin darse cuenta; varias bebidas energéticas, varias cajetillas de cigarros, cervezas y chocolates por montones. Al estar a punto de pronunciar una palabra, sintió cómo sus labios se abrían ligeramente y tuvo la sensación de un montón de sangre inundando su saliva. Al menos el sabor a sangre era dominante, al menos así podía fingir que recibió una paliza bien puesta en lugar de la humillación a la que se tuvo que rebajar.

La cajera pareció preocupada. Antes de que pudiera preguntarle si se encontraba bien, Andrés pagó y salió del mini súper. Podía sentir el viento frío y húmedo de una lluvia que sucedería casi de forma inmediata, el gélido aire de un río casi seco al que se dirigía para tratar de llegar a casa.

Sintió el aire frío abofetear su cara con un grito de susurros vagos de un lamento ya familiar. Vio las luces opacas de la ciudad de noche, frente a él pasaba el último tren del día. A su alrededor pocos autos pasaban muy rápido; la mayoría iba lento o estaban estacionados, consiguiendo alguna mujer (u hombre que pareciera lo suficientemente “femenina”) para pasar la noche, sus tiempos por desamor; otros, para liberar deseos oscuros o porque realmente eran la única forma en la que podían llenar ligeramente el enorme vacío de su soledad. Sabía, sabía que un pozo de gente deplorable como aquella era lo que la animaba a recorrer sus calles, a tratar de robarse un poco de lo que la obligaron a perder.

El viento frío se coló entre su ropa, haciendo que sus moretones, sus cortadas y múltiples heridas dolieran más. Casi sentía cómo la sangre se congelaba y hacía que la herida ardiera hasta dejarlo sin respirar. Pero Andrés estaba acostumbrado a eso. Se acomodó la chamarra y la bufanda y comenzó su viaje a casa, deseando no perderse en más recuerdos y pensamientos, sueños y pesadillas, mientras sentía las lágrimas congelarse en su rostro, mientras temía que su aliento visto en el aire no fuera lo suficiente para sofocarlo.

La sensación de sangre sobre su piel era similar a la de la pintura.

Andrés guardaba las botellas de sus antipsicóticos en un estante arriba de su cama. Así siempre los tenía a su alcance. En su momento guardaba las botellas vacías, pero con el tiempo descubrió que al hacerlo solo se ponía una cadena más que lo retenía allí. Le gustaba pensar que, si nada físico lo ataba allí, podría escapar en cualquier momento y no volver.

Al lado de las botellas de antipsicóticos ponía el poco dinero que ganaba por aquí y por allá, dinero justo para pagar su departamento, para comer poco día a día y, finalmente, sobrevivir. Tenía tres libros, uno un regalo viejo que era una especie de amuleto que lo ayudaba a sobrellevarlo todo, y los otros dos eran libros que iban de acá para allá, que intercambiaba constantemente por nuevos libros. Su amuleto tenía anotaciones viejas de cómo mantenerla lejos, de cómo hacer que no se acercara más allá de lo necesario para que no pudiera robar su alma.

Todo eso, junto con un par de playeras, otro tanto de pantalones, una chamarra, una bufanda, una cama con una cobija y una almohada, eran todo lo que poseía en el mundo. Andrés había pensado que con tan pocas cosas podría simplemente meterlas en una mochila y largarse a dónde fuera que le diera la maldita gana.

Claro, eso nunca pasaría.

El chico vio con resentimiento los antipsicóticos y lloró en silencio mientras tomaba la dosis de la mañana (de la madrugada en realidad), mientras estuchaba las largas y sucias uñas arañando la ventanas de su casa junto al lejano y cercano grito del lamento que ya le era tan familiar.

 

Su papá había sido enterrador. Su mamá fue la dueña de un cementerio. Su hermana vendía flores para los difuntos. Él…

No sabía lo que significaba estar muerto: no lo había estado; pero tampoco entendía muy bien qué significaba estar vivo, a pesar de que lo estaba. Eso no explicaba en absoluto nada, nunca lo había hecho. A veces se preguntaba si ya se había robado su alma, si por eso se sentía así de vacío, como un cascarón de piedra delgada que no acaba de agrietarse y desaparecer pero que iba perdiendo el color por la luz, que era incapaz de quebrarse. Tal vez ella le había robado el alma desde el primer susto que le dio a las orillas del río casi seco que tenía que cruzar para llegar a su casa.

—¿En qué momento terminaste así?

—¿Terminar cómo?

—Sentado a plena luz del día, criticando a todo el mundo.

—¿Eso importa?

—No lo sé, yo creo que sí.

—¿Quieres que recuerde todos los eventos que me llevaron hasta este momento en particular?

—No, no, yo los conozco bien. Los he visto y vivido todos contigo.

—Entonces, no entiendo a qué viene tu pregunta.

—Solo quiero saber en qué momento terminaste así.

—Creí que ya lo sabías.

—Yo sí, pero tú no.

—¿Hoy quién eres? —la silueta blanquecina se deshizo en un lamento ya familiar, demostrando ese otro lado que no siempre lo aterraba. O quizá no era ella, sino alguien más, alguien que quería ayudarlo. Podía ser así, porque, pese a todo, seguían llegando colibríes a su jardín.

Termina la conversación con un gesto de la mano y el silencio se hace. Y el silencio lo calma. Y el silencio lo altera. ¿Y qué seguía ahora? No lo sabía, no lo entendía, pero no quería hacerlo. ¿Qué sigue en la vida de un hombre que le teme a la muerte tanto como a la vida? ¿En qué momento terminó así? No recordaba su edad. Sabía que debía tener una, pero no la recordaba.

 

La vista a través de la ventana de su cuarto hacía que las sombras de los cuerpos colgados en los árboles de fuera parecieran un montón de orugas en crisálidas; crisálidas oscuras llenas de tierra, casi como si fueran piedra volcánica y fueran a renacer en mariposas negras que volarían al blanco del cielo.

 

—Andrés Cruz Ortiz, 23 años, un metro sesenta, cincuenta y un kilos —dijo la psiquiatra.

Él asintió. No sabía su edad.

—Depresión crónica…

Seguramente heredada de mi abuelo paterno. Me dijeron que él la vio, se enamoró de ella y nunca pudo superarla cuando supo que estaba muerta.

—…, cuadros psicóticos maniáticos…

Gracias a papá. Él escapaba de casa, de pueblo en pueblo, tratando de huir de sus lamentos y de sus gritos que lamentaban por algo que no entendía en absoluto.

—…, esquizofrenia…

Gracias a alguien de familia materna. Alguien que la vio de frente y no perdió su alma por completo, dejándola con pedazos de un alma rota.

—…, delirios de paranoia….

Gracias a ella.

—…y trastornos de sueño.

Porque vivo cerca de las orillas de un río casi seco dónde se escuchan los lamentos ya casi familiares.

El frío en las manos de Andrés era abrazador al punto que sentía cómo sus dedos se volvían hielo que se astillaba con dificultad, provocando un fuerte dolor. El dolor no le permitía ver más allá de la desgraciada maldita sentada frente a él, no le permitía escuchar más que su estúpida voz de tono meloso, resonando en ecos dentro de una cueva hueca sin luz ni sombras, donde todo se resumía a una maldita dosis de medicamentos. De la doctora frente a ella que a cada movimiento de cabeza, juraba, su cara se deshacía en la silueta de ella, gritando y lamentándose cada noche en busca de él.

—Estás muy delgado, Andrés—dijo de repente la psiquiatra. Andrés agachó los hombros. La doctora se levantó y sentó frente a él—. ¿Por qué no has comido bien?

Él guardó silencio mordiéndose el interior de los labios. Una pierna de la psiquiatra rozó su brazo hasta posarse en su hombro. Contuvo las lágrimas. Andrés no prestó atención a lo que ella diría; ese estúpido ritual en el que ella le decía que todo el medicamento que él necesitaba se encontraba agotado, que el gobierno no había dado presupuestos para el área de salud mental y mucho menos para un sitio olvidado por la mano de Dios como era dónde vivían; que en farmacias era imposible de conseguir y, aunque lo encontrase, el precio estaría totalmente fuera de su alcance; que ella podía fácilmente conseguirle las dosis necesarias para una o dos semanas más y así callar los gritos, pero él tendría que ser amable con ella y darle un motivo para devolverle el favor.

Él solo asentiría con la mirada perdida en un vacío lejano, pensando en la historia del mueble donde quedaría sometido, de qué madera estaba hecho, con qué técnica fue labrado, qué clase de barniz usaron, dónde lo pudo haber conseguido. Si es que acaso ese tipo de madera podía ser usado para una tumba, eso es lo que pensaría su papá, sí.

—¿Aceptas convencerme, Andrés? —preguntó finalmente la psiquiatra con las piernas abiertas, encima de los hombros de él.

Él asintió y sintió el aliento a fármacos de ella dentro de su boca, una vez más.


Luis Arturo

Luis Arturo Serna Alarcón, alumno de la carrera de Lengua y Literatura Hispánicas de la UNAM, ha dado clases de Mitología universal en la Facultad de Filosofía y Letras; también, ha dado conferencias en preparatorias (hablando del inframundo mexica y temas relacionados) y fue ponente en el primer coloquio Expo anime-manga de la Universidad Iberoamericana. Actualmente, sigue dando las clases de Mitología.
Facebook: Luis Arturo Serna Alarcón.
Grupo de Facebook: De mitología y otros vicios.

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