Cuento | Sobre lo que aconteció con un genio y su esposa, por Dafne Fernández Narváez

Cambio de ropa
Cambio de ropa, por Omar Felipe Martínez
Pintura digital

Allí estaba Johann, el que sonido era y en música se convertía. Allí estaba él, solo, aguardando lo único certero. Entre penumbras repetía su cadencia: “Si, La, Ut, Sol”. Su ronca voz la percibía su esposa desde fuera de la habitación. “Aún quiere componer”, pensó.

El reloj marcó la media noche, hora maldita que indicaba las curaciones de los ojos de Johann. Esa noche, mientras protegía la llama de su vela al bajar las escaleras, Anna Magdalena recordaba las palabras que enunció aquel señor John Taylor, su chavelier que hacía tres meses sin ser visto en Leipzig: “Aplicaré las sangrías durante un mes. Con el corazón de estas palomas bastará para sanar sus humores. No me frunza el ceño, ambos sabemos que su dieta no es muy saludable, ¿o me equivoco? En fin, le recomiendo, señora Bach, aplicar la deposición de las aves en las heridas de su esposo luego de hacer las sangrías, así se cerrarán más rápido. Este método funcionará, ya ve que yo alivié la ceguera del señor Händel y de algunos cortesanos… tranquilícese, yo volveré para ver su mejora”.

Anna contuvo las lágrimas en su garganta y, como si la odiara, golpeó la jaula de las aves con la palma de su mano. Su golpe dejó escapar los desechos de las aves y el hedor de sus plumas. Junto a ellos, se fue la ira causada por el supuesto galeno. Anna Magdalena oró en voz baja:

¿Quién soy yo, sino la esposa de un genio?
¿Quién soy yo, sino la única que lo sabe?
O acaso tú, Dios, ¿también lo sabes?
Porque siempre creí que era así,
pero ahora que, como a tu hijo, nos abandonas,
temo confiarte la vida.
Mi esposo te entregó su talento
Ten piedad de mí, Dios
Jesús alegría de los hombres
Todos creemos en un solo Dios,
¡Su música! ¿La amaste como yo?
¡Ay, no debo dudar, no!
¡Hereje, hereje!
Sin embargo, aceptaré tu voluntad
porque Johann así lo desea.
Primero mis hijos; ahora mi amor.
Con miedo a lo inevitable,
con terror a lo perdido,
con dolor a lo imposible,
me inclino ante tus pies.
Su alma volverá a ti, sí,
pero espero sepas
¡Que él no callará hasta la muerte del arte!

Dicho esto, se puso en pie, recogió en una bandeja el excremento caído y, enjugando sus ojos, corrió hacia la habitación donde reposaba su esposo. Al entrar, vio a Johann con los ojos vendados y respirando con fuerza. Dejó la vela sobre la cómoda y tomó asiento sobre una silla para descubrirle los ojos. Entonces, observó la mucosa verde que escurría de entre los ojos del señor Johann, sin mencionar el excremento rojizo ya petrificado en sus párpados.

—¿Cómo puede ser posible? —exclamó Anna

—¿Qué sucede? —respondió Johann asustado.

—Que… nada… ¿Cómo te sientes?

—No sé cómo sentirme. Tengo mucha comezón y me duelen hasta las venas, pero tú no me dejas que me rasque los ojos.

—Es que el chavelier dijo que… que…

—Que no debo tocarlos, sí, lo sé.

—¡Bah! ¡Nada importa ya! Si quieres, hazlo. Ráscate, anda, quítate las piedritas de los ojos.

—Créeme, en serio quiero hacerlo.

—Pues hazlo, mi alma. Yo la verdad no sé en quién creer. Ese John Taylor ya no volvió, ¿recuerdas cuánto le pagamos?

—Ya sé, ya sé. Si tú te lamentas de ese incidente, imagínate yo. ¡Mírame! “Lamento que la primera incisión no funcionara, pero tranquilo, que las sangrías no fallan”… No vale la pena recordar eso. Mi alma, Dios es el único que lo puede todo, él obra a través de nosotros.

—Sí… pero si lo desea.

—¿Has orado por mí, ¿no es así?

—Todos los días.

A lado de la vela estaban un plato con agua negruzca y un trapo percudido. Anna remojó el harapo y lo deslizó con delicadeza entre los párpados del señor Johann. Ya semilimpios, untó con sus dedos la deposición de las aves y volvió a envolverlos con la pringosa venda. Lo miró unos minutos y en ese momento confirmó para sí lo curativo de la putrefacción. Con las lágrimas contenidas en su garganta se fue quitando el vestido. Después de ponerse el camisón, entró en la cama dispuesta a acompañar a su esposo. Al verlo, se percató que había caído profundamente dormido. Le dio un beso en su frente y sopló la vela.

Horas más tarde, Johann sintió como si sus ojos se ahogaran en fuego. Si eso no era lo suficiente para darle la muerte, esto se debía a la imponente voluntad de Dios. ¿O acaso había otra explicación? Si era así, Johann no lo concebía, no podía pensar con coherencia. Su casa estaba inundada por llamas que absorbían a Anna Magdalena, Regina, Elisabeth… y él, inmóvil y angustiado, no tenía la posibilidad de atravesarlas. Gritó desesperado, su familia se consumía, pero él no. Sin tener una buena razón que explicara el desastre, frotó violentamente sus manos contra sus ojos. Y en un hondo suspiro… los abrió.

Se dio cuenta que había sido un mal sueño. Sin embargo, percibió algo aún más impresionante: una luz. Borrosa, lastimera, poco agradable. Después, su visión delineó un rectángulo obscuro, semejante a su ventana. Luego, se sumergió en una duda que lo mantuvo entre el temor y el placer. ¿Era posible? Un rayo de sol mañanero penetraba con lentitud el cuarto y revelaba de izquierda a derecha cada grieta, cada mancha, cada papel que había en la habitación desde aquel día que sus ojos se nublaron. ¡Cuántos días en penumbras! Se sintió un recién nacido que observa el mundo por primera vez. Vio debajo de sí sus manos resecas sosteniendo la venda harapienta. A su derecha estaban sobre la cómoda un plato con agua y la vela de siempre. Al otro lado vio a su esposa dormir. Hermosa, hermosa, qué más podía decir. Aquello lo había inspirado, si Dios le ofrecía la oportunidad de ver otra vez era para que lo alabara como sólo él lo sabía hacer. ¿Una cantata, una tocata? Tenía que trabajar, desde hace tiempo ansiaba experimentar otra vez con su cadencia Si, La, Ut, Sol. Se levantó y se dirigió a su escritorio. Recordaba una melodía que no podía despegar de su cabeza a menos que la dejara plasmada en un papel. La pluma siguió su ritmo; la tinta se apropió la obscuridad de su ceguera. La miró fijamente. Era espesa. Al parecer no penetraba el papel. ¿Otra alucinación? Volvió a frotarse los ojos y vio sus pentagramas de un café obscuro, casi como el de su ventana. ¡Vaya confusión! Era oficial que el negro se había convertido en su peor enemigo. Si tan sólo las notas fueran de otro color, se sentiría más agradecido. Menos mal que no fue nada, por lo visto el sentido le había regresado, sólo que le costaba acostumbrarse.

¿Un milagro? Tal vez. Recordaba el pasaje en el que Jesús le devolvió la vista a aquel ciego que siempre creyó en él. Quizá de eso debería hablar su nueva obra, buscaría en su Biblia luterana el contrapunto que correspondiera a la sanación eterna. No obstante, sintió mucha hambre. Se volvió hacia Anna Magdalena y se dispuso a despertarla. ¿Cómo era posible que no hubiera notado el milagro? Y sus hijas, ¿qué no estaban ya despiertas? Se acercó a su mujer. Por unos cuantos segundos contempló cómo las manos de Anna sostenían su cabeza. Pero al escuchar su estómago rugir, optó por despertarla dándole leves toques en el hombro. Pero ella no despertó. Después sacudió su delgado cuerpecillo de un lado a otro. Y no despertó. ¡Lo hizo con más fuerza! No despertó. ¡Pronunció tres veces su nombre! No despertó. ¡Lo hizo con más volumen! No despertó. Con el sudor en la frente tomó a Anna de ambos hombros para colocarla bocarriba. Notó que sus párpados, más que cerrados, estaban caídos; así que le pareció pertinente hundir sus dedos en aquellos abismos oculares. Sin tiempo y sin color cayó en un mar de voces carentes de sentido. Una cromática estructura descendía ensordeciendo sus latidos apenas con pulso. Con violencia se frotó los ojos… y los abrió.

De nuevo divisó una luz, aunque esta era un más pálida, casi gris. Como una luciérnaga que brinca para perseguir su amor, se fueron descubriendo las grietas y las manchas de su habitación. No supo si confiar en lo que veía, cualquier cosa podía ser real. Johann esperó a que todo fuera descubierto. Cuando fue así, notó en su ventana una nube que anunciaba la lluvia; esta tenía un carácter agresivo, imponente. Curiosamente, ese paisaje le resultó más agradable que el anterior, ya que le recordaba las tardes de su infancia en las que tocaba el clavecín mientras escuchaba las gotas tocar el suelo, se sincronizaba con su naturaleza. Sin embargo, no se dejó llevar, optó por ver a su esposa antes de hacer cualquier cosa. Dado que aún se encontraba acostado, sólo notó su abultado cabello. Levantó el torso con dificultad y notó la hermosura de Anna al dormir. Acarició su rostro con ternura, pero al recordar velozmente su experiencia anterior, decidió despertarla. Alguien tenía que decirle lo que sucedía; alguien debía hacerle saber la verdad. Al mover su cuerpecillo, ella hizo un gesto que mostraba su dificultad al despertar. Lo miró a los ojos y le sonrió. No obstante, fue desconcertante para Johann no ver en ella alguna expresión de asombro. ¿Qué pasaba? ¿Acaso no era lo que todos esperaban? Quería preguntarle por qué no se alegraba por su milagro, pero en ese momento las sábanas se hicieron agua y la hermosura de Anna se fundió como la vela consumida en la cómoda. Cabellos disipados, ojos de estalactita, mirada fugitiva, silencio incoloro, atacan a Johann sin ninguna razón. ¿Qué hizo él, qué hizo él? ¡Esto no es de Dios, no! Esto era una trampa, una ilusión. Tal vez frotando sus ojos podría volver a su mundo… Así que frotó sus ojos con fuerza… y despertó.

La misma luz, la misma habitación, la misma ventana, la misma nube. Sí, nada había cambiado. Pero… ¿y Anna? Seguramente ya estaba preparando la comida. Su esposa, sus hijos, ansiaba abrazarlos. Espera… esto no podía ser así. ¿Y si esos sueños le mostraron algo más? ¿Y si Anna se va otra vez? ¿O si ya se ha ido? No, por supuesto que no, ella había curado sus ojos esa noche antes de dormir. ¿Pero había dormido con él? La memoria no le pudo responder eso. ¡Anna, no te vayas! Johann se levantó de la cama con sumo dolor, tomó su bastón y se dirigió a las escaleras. Entonces vio una anomalía, como muchas otras: la luz sólo alumbraba el primer escalón. Procuró bajar con cuidado los demás, paso a paso, nada en falso. Y cayó en la nada. Sí, y caló. Ya carente de lenguaje supo que su cuerpo sería impactado por una superficie más dura que el mármol, y así fue. Ahora sus ojos estallaban en rica sangre molida cubierta con la deposición de tres meses. Heces secas, aglutinantes y viscosas se esparcieron por el suelo, creando el gas indicado para el fuego. ¡El fuego, no otra vez! Sin saber cómo, escuchó la voz de Anna y, aún con carne, pudo contemplar su rostro:

—¡Mi alma! ¿Qué haces en el suelo?— dijo ella.

—Eh… Creí que me abandonarías.

—¿Qué? ¿De qué hablas? No digas esas cosas, eso no explica que estés aquí. Tú no puedes levantarte, debes estar en cama.

—¿Aún me amas?

—Por supuesto que sí. Mi alma, ¿por quién me tomas?

—Tú no te alejarías de mí, ¿verdad?

—No, mi alma…

Cuando ella intentó levantarlo, lo empujó hasta hacerlo caer contra la cómoda. Pero algo hizo dudar a Johann, ¿eso fue real… o no?

—¡Primero te quieres ir y ahora me golpeas! Yo nunca te hice daño.

—¿De qué estás hablando?

—Sí, me odias. No fueron alucinaciones, fueron la realidad… ¿Me amas? ¡O dime tú si quieres que muera!

—No entiendo por qué te molestas, intenté levantarte, pero te alejaste. ¡Estás ardiendo!

—¡Eso no es cierto!

Con violencia le dio una bofetada tal que Anna sintió retumbar su cabeza contra la pared. “Qué le sucede a mi marido. ¿Será la fiebre? ¡Dios! Ahora piensa que quiero dejarlo. Está enloqueciendo… esto debe ser mi culpa. ¡Dios, perdóname!”, pensó. Salió de la habitación aún a oscuras para ir corriendo a la cocina por un poco de opio, analgésico que aún conservaba en un plato. No encontraba otra solución a la furia sin sentido del señor Johann, debía hacer algo. Cuando regresó, encontró a su marido en el suelo, con carne molida colgándole de aquellas cuencas que en algún momento tuvieron ojos. Alarmada creyó presenciar lo único certero; sin embargo, al abrazarlo sintió su corazón. Lo llevó a su cama y, sin saber cómo, logró que el agua de opio viajara por su cuerpo. El sol comenzó a salir, y los siete hijos, luego de aquel desastre, acudieron al cuarto.

—Madre, ¿qué sucedió? ¿Papá tuvo fiebre otra vez? —preguntó Johanna.

—Yo… —respondió Anna conteniendo las lágrimas en la garganta— no sé cómo decirles esto.

—Dinos, madre. Dormimos un poco más de lo debido, lo sentimos. Y no supimos lo que pasó.

—Es que ni yo sé lo que pasó.

—Madre… ¿nos escuchas?

Entonces se adentraron y vieron el rostro de su padre. Horrorizados, lloraron sin tener la capacidad de tomar aliento. Y Anna Magdalena, atónita, conservando las lágrimas, dijo lo siguiente:

—Hijos míos, yo hice mal.

—¿Qué hiciste, madre?— preguntó Elisabeth.

—Yo… dudé.

—¿De qué?— preguntó Regina, la más pequeña.

—De Dios.

—¿Dudaste… de su existencia, acaso?— preguntó Johanna.

—No, jamás. Pero… dudé de su bondad. En vez de orar por su padre, yo…— y rompió a llorar.

—Madre, estás muy mal, eso no…

—¿Y cómo puedo estar bien? Estoy cansada, llevamos tres meses entre la vida y la muerte. He llegado a pensar que antes podría morir yo que él. Y lo haría, sí, porque lo amo… pero las cosas no son así. Aún en la oscuridad, vi que por un momento él fijó sus ojos en mí como el día que me encontró en la capilla. ¡Me veía aún sin ellos, eso puedo asegurarlo, fue un milagro! Hablamos un poco y entonces… no supe lo que sucedió. Diría que un demonio se apoderó de su alma por mi culpa. Aunque no lo parece, él aún sigue vivo, mis hijos, tranquilos. Ahora sólo nos resta esperar la voluntad de Dios.

Los hijos no podían creer nada más, pero si seguían cuestionando a su madre recibirían muchas palabras sin respuesta. Todo el día oraron para despedir a su padre, cada uno aportando su dolorosa poesía. Días después acudieron al lecho Gotfried, Johann Christian y Johann Christoph, quienes se encontraban ejerciendo la profesión de su padre en diferentes ciudades. Así pues, la familia reunida aguardó el momento en el que sucediera lo único certero… y transcurrió un día, y otro día, y otro día, y otro día, y otro día, y otro día, y otro día, y otro día, y otro día, y otro día, y otro día…

***

Allí estuvo Johann, el que sonido era y en música se convirtió. Allí estuvo él, acompañado de sus hijos y su esposa. Entre nubes agresivas, Anna Magdalena sostuvo las partituras de Johann al enunciar estas palabras:

Ya descansa, mi alma.
Vuelve con Dios,
pues siempre no fuiste mío, sino de él.
Pero, pese a que soy tu viuda,
aquí en vida te juro
¡Que no callarás hasta la muerte del arte!


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Texto: Dafne Fernández Narváez (1997). Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM). Ha publicado ilustraciones en el fanzine Áspera, en la revista Kaleido (2019). Asimismo, ha publicado textos en Metáforas al Aire y la revista Efecto Antabús.


Ilustración: Omar Felipe Martínez. Estudió la carrera de diseño y comunicación visual, apuntando a la creación de ilustraciones, dibujando, traduciendo y creando mundos y personajes. Apasionado por ilustrar, experimentando y logrando acabados diferentes en cada ilustración.
Instagram: Omr_ilustración
Facebook: Omrilustración

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