Fragmentarios | Manual casero para después de recordar a nuestros muertos

0. Debe llover en cualquier lugar.

  1. Para quitar la ofrenda se necesita de mirada blanda y pensamientos concretos: la vista en lo que parece una mandarina y el recuerdo repentino de la última vez que se dijeron adiós un 17 de junio, cerca del hospital.

1.1. Habrá que fabricar la noche apagando las velas. Guarde esta luz para el punto 2 y retire las velas.

*1.1.2. Cuando nuestros pensamientos se vuelvan blandos y nuestras miradas concretas se habrá acabado el ritual y el mundo seguirá girando, nuestros difuntos se habrán ido, aquella ola se habrá paralizado y las mandarinas tendrán el mismo sabor. Si el ritual no ha acabado: seguir.

  1. La cosecha de fotografías se realizará mientras crece la noche y extiende sus ramas. Y, en el punto más espeso, guardarás una, dos, las tres fotografías indispensables. Ubique la luz de las velas apagadas (punto 1.1.) en los ojos de aquellas fotografías viejas porque las repisas estarán esperándolas.
  2. Retire las flores con ambas manos, como si tomara un pájaro herido. No espere a que las flores se marchiten; si es posible riegue las macetas de vez en cuando. Producir símbolos beneficiará la memoria de las células y reforzará al sistema inmune, también ahuyentará a las moscas.

3.1. Si decide tirar las flores habrá caído en la órbita material y todo girará en torno a la piel de su cuerpo. El ritual, obviamente, habrá terminado.

  1. Recuerde que es de noche: los recuerdos afectan la visibilidad del mundo material, también su sabor. La abuela dijo que toda la comida que estuviera en la ofrenda ya no tendría sabor el 3 de noviembre porque se lo habrán llevado consigo; sí, ¿verdad?, como si arrebatar nuestro cariño silencioso y petrificado a las 4:00 a.m. no fuera suficiente, como si gastar nuestros recuerdos no fuera suficiente.

                   4.1. Todo deberá rehidratarse: El pan duro, los chilaquiles; al igual que las paredes y los pasillos transitados por los muertos porque tienden a secar las superficies, embarrando su amor impermeable y olvidado;

Aquí irrumpe la realidad:

se rompe un vaso de vidrio, un perro ladra,
alguien entra sin tocar la puerta y
hace una broma sobre los automóviles que transitan sin licencia y recuerdas
la invención de la rueda,
el descubrimiento del fuego,
la comida en la estufa que se está quemando y

 

(continúa 4.1) reconoces la saliva en la garganta y esta ya no impide su paso. Habrá que comer todo lo demás también, habrá que seguir lidiando con el mundo después.

  1. Se retirarán los dulces como lo hubieran querido los niños: sin especificaciones, la distinción es cosa de adultos, el aprendizaje caótico alimentará los cariños cercanos sin obstruirlos en los lagrimales.

5.1. Sin embargo, guarde los dulces como un adulto: en recipientes que ya no podrán tener caries, en dientes que no tienen coronas. Guarde los dulces en encías grandes que almacenen enormes cantidades de rabia para un tema ya zancado en la carpeta de investigación BTF/CPYNA./03/2015.

  1. Tomar las croquetas como quien toma pizcas de sal y depositarlas en recipientes limpios, ya que podrán consumirse después. Las mandíbulas de las mascotas, inocentemente, ignoran que su ferocidad se vaciará en algún momento.
  2. Los ornamentos serán los últimos en ser retirados por ser de índole inexacta: Una superstición familiar, tradición cultural o adquisición de belleza. La escultura de cerámica que la tía Clara hizo con sus propias manos, los niveles del Mictlán, el arco de cempasúchil son decisiones subjetivas que adornan los recuerdos, lo aromatizan y le proporcionan una dimensión más profunda, más alta, más cercana.

7.1. El papel picado puede almacenarse o perderse entre la basura. El diurex en las paredes nos recordará que los colores aguantan los desgarros y que nunca los podremos quitar del todo: ni la sangre, ni el azul del cielo.

De nuevo la realidad

No es hora de recordar lo que hizo,
lo que mencionó en la cena navideña del 2011
o lo que te regaló en tu cumpleaños,
el reloj que te dejó cuando murió.
Es hora de encontrar sus silencios,
todo lo que no dijo y todo lo que no sintió.
Los vacíos significan,
algunos los llaman espacios y se representan
y se transitan:

[

 

 

 

]

    1. Barrer cada uno de los pétalos para reconocer que hemos acabado de llorar. El rincón vuelve a ser rincón y pasa a sus dueñas originales: las arañas, las hormigas y el sonido de los grillos en la noche verdadera.
    2. El día vuelve y todas las cosas regresarán a su estado normal, la convivencia de partículas afectuosas no afectará la capacidad para crear otra ceremonia. Se puede, fácilmente, cortar una cebolla, cocinar un huevo o comer cereal mientras vemos caricaturas. Lo que no se puede, naturalmente, es escribir la mejor novela del siglo XXI, hacer un maratón.
    3. Quizá llueva de verdad, regrese a su mirada concreta y sus pensamientos blandos y pase al siguiente manual para ver llover.

 


Rodrigo Mora. (Ciudad de México, 1996) Estudiante de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha publicado cuentos en revistas como Rojo SienaPalabreríasLa liebre de fuego y La Rabia del Axolotl. Es lector de cómics y novelas gráficas. Hoy su canción favorita es “1979” de The Smashing Pumpkins.

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