Cuento | El claustro de Lucía, por Emilio Martínez

Después de muchas horas conduciendo, Gabriela Cisneros intuyó aquel hotel como un amparo. Antes de hacer alto sobre la carretera, supo que faltaban doscientos kilómetros para internarse en la ciudad. Mientras intercambiaba algunas palabras con el dependiente, advirtió en el reloj de recepción la media noche. La pieza, aunque consumida, le permitió el reparo de la soledad. De alguna manera percibió las palpitaciones del espacio. Aquel momento lo reconoció imposible. Mientras intentaba sintonizar la radio, en alguna frecuencia extrapolada surgió la voz de Sting; reconocer “Message in a bottle” consolaba el ser foránea. Gabriela imaginaba el resto de la jornada, mientras, por la ventana, la luna como un molusco tibio se asomaba desnuda.

La noche en muchas formas fue menos próspera que el sueño. Tal vez por los ruidos o el ansia de concluir la marcha, despertó aún insomne. No comprendió su negativa al desayuno ni la secuencia mecánica en sus pasos. Sin saberlo, reanudó sobre el camino polvoriento aquel viaje por demás alucinante. A pesar de que el tacómetro rebasaba el límite permitido, ella no sintió el avance. En lapsos, los cambios se iban sucediendo con mayor violencia y las curvas eran cada vez más peligrosas, pero ella estaba ajena a esos detalles.

Saboreaba el viaje cuando comenzó el zumbido. Quiso detener el auto, pero desistió al imaginar que la radio hacía estática por la geografía. Frente al volante, aquel meridiano lo sintió vertiginoso. Aunque el aire era liviano, la náusea resultaba inevitable; sin saber cómo, mientras su mirada escudriñaba el horizonte, imaginó unas manos anónimas explorándola, el olor del cloroformo acosándola desde el asiento, mientras el frío se acentuaba bajo la luz blanquecina de la plancha. Esa otra forma del camino la ganaba. Lo siguiente fue el sabor salino al adherirse lentamente al acero retorcido de otro auto. En algún momento, el sol de invierno y los dos paramédicos que la auxiliaron sólo prolongaron su agonía. 

La fiebre y los sedantes se la disputaron. Tal vez entre las muchas alucinaciones que rigieron esas horas se insinuaba una respuesta, una forma de ser que acaso la devolvería. Semanas después, trató de incorporarse, pero la fragilidad entre las carnes pudo más. Mujeres de edades inciertas y maduras la atendieron. En algún momento también cayó en la cuenta de que eran monjas quienes avivaban aquel hospital de caridades, de las camas que rodeaban a la suya y de los indigentes que las poblaban.  

Entre los espacios que le permitió la lucidez, intuyó la gravedad del accidente. El pabellón de urgencias a penas y lo percibía. Como ella, aquellos pacientes vagamente reaccionaban.

Una tarde, tras los estragos analgésicos reconoció suave el aislamiento. Si bien la pieza no era distinta a la primera, ahora eran tres monjas quienes turnaban sus cuidados. Sin vacilar en la severidad, procedían a ejecutar las órdenes del expediente. El tiempo dentro del dormitorio lo apreció más prolongado. Era probable que la lejanía impidiera las visitas; cada mañana, Gabriela preguntaba a la enfermera en turno por el horario, por sus familiares y los probables encuentros de nombres azarosos.

Los meses maduraron otra angustia. Primero, imaginó que el tratamiento le acortaba la vista de los días; el despertar en lapsos distintos le dejaba la sensación estéril de las horas; después, vinieron distintas las formas en que la luz relumbraba las ventanas, horas donde el oro consumido coqueteaba con la noche, donde los corredores los iba intuyendo en formas diferentes.

Una de las hermanas había llamado a su familia. Las noticias que le llegaban eran vagas: que no tardarían en poner en orden sus papeles para completar el traslado a un hospital de Ciudad Juárez, que sus padres llegarían en el trascurso de una semana ya olvidada, que la madre superiora pronto aprobaría su alta. Para ella, el malestar era menos frecuente; sin embargo, el tratamiento no menguaba.

En la noche, cuando la fiebre era vaga, sentía curiosidad del hospital. En una aventuró sus pasos lejos de la cama. Se sabía sola. En el corredor no escuchó la respiración parsimoniosa de la enorme monja que lo custodiaba. Lentamente comenzó a ganar terreno hasta una sala idéntica a la suya pero sin camas. La siguiente no fue distinta; en las laterales pudo ver salas oscuras y vacías. Algo en el corredor marcaba un cambio, una sintonía fuera de tiempo que al manifestarse gestó en ella el pánico. Sus primeros pasos fueron temerosos. Descendió con cautela hasta probarse en el frío del empedrado, en el olor a cloroformo que le regresó de golpe la escena de las manos y la plancha. Al retroceder escuchó ruidos de otras puertas, pero el miedo supo imponerse. Casi con respeto intentó el regreso. Cerca de ella estaban los dormitorios con las extrañas enfermeras. Las escaleras no descendían más, se pensó encasillada por la geometría del edificio, por la humedad y el abandono de los cuartos; solo al llegar a su piso intuyó otras escaleras, pero el miedo hizo que retomara su camino.

 A una hora imprecisa, después de que en el baño una de las monjas la auxiliara, notó su propia letra impresa en los papeles. La hermana le negó algún informe. Al preguntarle de manera impersonal por sus visitas, la fulminó el candor de la respuesta:

—Cómo te van a encontrar así, sí tú no eres Gabriela, tú te llamas Lucía —dijo.

—Yo sé cómo me llamo. Telefonee a mi familia por favor y dígales que Gabriela la manda, que vengan por mí, que ya no quiero estar aquí, que no me dejen sola en esta ciudad ignorada —chilló.

De inmediato, cuatro hermanas la auxiliaron con ferocidad contraria a su apariencia. La sujetaron ante la crisis nerviosa que lenta se desarrollaba, mientras, la primera aumentaba la dosis del sedante. Lo siguiente fue el crepúsculo flotando por la habitación y ella con las extremidades aseguradas a los filos de la plancha. Luces reverberantes la dibujaron hasta el vértigo, a la par que unas manos blandas la iban recorriendo. Abrumada, supo que ese momento ya lo había vivido; para eso sobrevino su viaje y su accidente, a ese momento se abocaban aquellos espejismos donde a ella la enlazaban inconsciente. Quizá paralizada o aun anclada al efecto de los fármacos, escuchó por segunda vez su nombre. No le extrañó responder, asentir contenta las preguntas que lentas sucedían.

Lucía se dejó llevar bocarriba hasta la estancia. En el trayecto divisó desde la camilla una puerta que adivinó la principal. Al maquinar la evasión, cerró los ojos y fue relajando el cuerpo para despistar a las religiosas con el sueño. En la penumbra del cuarto escuchó con gravedad la marcha fugitiva, una alteración que ignoraba y que alentó secretamente su coraje. Esperó el silencio, escuchó un grito que lento desgarró la noche combinado con la lluvia; la ventana le mostraba una ciudad que la esperaba y que creyó que no sería suya. En el corredor, con calma, como si adivinara su intención, acechaba desde el sillón de terciopelo la enorme celadora. Al ver la puerta entreabrirse, Lucía esperó la cercanía con ella para ejecutar desesperada la maniobra y escapar por uno de los flancos de la puerta. Sin embargo, fue la otra, armada de un breve bisturí, quien esperaba el propósito de fuga.

Lucía cerró la puerta al verla cerca. De la destartalada cama tomó uno de los hierros vencidos y precisando la solidez de su arma acechó con furia. Primero atravesó una mano temblorosa la penumbra, después el cuerpo de la hermana esgrimiendo su lanceta. Con crueldad sucedieron las palabras pero estas no duraron. Calculando la pesadez del cuerpo, acometió con ira sobre el cuello hasta cruzarlo. El pánico dictó la runa. A cada paso, el sitio comenzó a ser otro. En el extremo opuesto se multiplicó la guardia.

La carrera no fue prolongada. A cinco metros del portón, otra guardia pereció ante la brutalidad del bisturí. Ya no le importó ser perseguida cuando sintió las luces, la lluvia dibujando las aceras y la noche que ignoraba en los objetos. Mirar el edificio consumido por el fuego y la potencia de los años acentuó de nuevo el miedo. Aunque las voces sonaban desmedidas en los corredores, sus presencias desde fuera resultaban imposibles. Pensar que todo era una visión la hubiera reconfortado, de no ser porque aún llevaba la bata azul y la pulsera blanca con los horarios de los fármacos.

Su primer impulso fue pedir auxilio en alguna de las muchas casas, recontar el accidente, el traslado que ya no recordaba, rellenar los huecos de una historia inverosímil. La acera se prolongaba desmedida. Al pensar el orden de los sucesos vislumbró el primer error: no recordaba su otro nombre, con el que ingresó, con el que tuvo una existencia dichosa, tampoco el tiempo que rodó infame sobre ella hasta ese instante. Por si acaso, volvía de cuando en cuando la cabeza alerta.

Antes de cruzar, de sentir el agua anegada bajo sus pasos, miró la ambulancia estacionada y la rutina urgente de los camilleros. Quiso pedir auxilio, pero se vio confundida por las coincidencias, por el miedo de sentirse conducida por los días hasta el delirio. Antes de aventurarse, la realidad —al menos aquella que pocos experimentan y que ella conoció plural— la confundió en otro de sus vastos menesteres; con indignación, con angustia, se contempló a sí misma descendiendo en la camilla conducida por los enfermeros y el círculo de monjas que la recibieron alistando sus cuchillos para la cirugía interminable.


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Emilio Martínez. Ciudad de México, 1989. Junto con otros escritores es pionero del Urbanismo Fantástico. Tallerista, cuentista, narrador de literatura experimental y de novela de nostalgia.

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