Sobre el acto de quemar libros y reinventar a Emiliano Zapata

La semana pasada tuve la oportunidad de ir nuevamente a la FIL Guadalajara, un espacio dedicado a las letras y consagrado a una afición por el libro como objeto, lo cual, personalmente, no me representa problema alguno; al contrario, me he inscrito en esa dinámica de gusto y coleccionismo de libros desde que tengo memoria. De eso a introducirme a la sacralizada institución del papel hay una abismal diferencia: cuando hay que quemar todo lo que no nos permite vivir en libertad, hay que quemarlo todo. Como mencionó Arthur Evans en su libro Brujería y contracultura gay: “El liberalismo no puede reconocer que las escuelas y universidades han sido los más importantes vehículos para la difusión de los prejuicios contra gays, lesbianas, mujeres y personas del Tercer Mundo”. Pero vámonos por partes.

La feria del libro más grande de habla hispana no puede estar exenta de asuntos políticos, por lo que llegó hasta mí la convocatoria para realizar el performance de Un violador en tu camino, enfocado en señalar el silencio de las autoridades de la Universidad de Guadalajara ante los diversos casos de acoso que se han registrado en sus instalaciones, en el cual participé. A pesar de que fue cubierto por un buen número de medios, el performance feminista pasó a segundo plano en cuanto, en la explanada de la FIL, se realizó una quema de libros que promovían las terapias de conversión dirigidas a la comunidad LGBTTTI+, así como de obras de autores señalados como violentadores en múltiples ocasiones. De inmediato, como era de esperarse ante una protesta que molesta las córneas del sector más conservador de nuestro país, comenzaron las críticas en las redes por la desalmada violencia ejercida ante el objeto llamado libro. Aunado a esto, en las conversaciones que tuve con banda en la FIL, me di cuenta de que varias personas relacionaban esta acción con las quemas de libros que históricamente se han realizado a manera de censura, desde la Edad Media, con la destrucción de libros paganos, hasta la Segunda Guerra Mundial, con la aniquilación de libros contra el régimen nazi ordenada por Joseph Goebbels (“¡o sea que siempre sí fueron feminazis! ¿O qué?” No, bro, las que seguimos caminando con miedo por la calle somos nosotras).

Retomo a Arthur Evans para compartir uno de sus múltiples anhelos: “Ansiamos una reducción gradual de la importancia de los libros, y el resurgimiento de la tradición oral, en la que cada colectivo tribal transmita su sabiduría acumulada a través de la poesía, la canción y la danza”, podrá sonar extremista para una amante de los libros, como irremediablemente me considero, pero los libros no son más que un vehículo de transmisión de información y esa información puede ofrecer perspectivas positivas o discursos de odio que es importantísimo saber identificar y desechar. El libro no es un objeto inmaculado. El libro lo escribió alguien y a ese alguien lo ha permeado su contexto.

La polémica se ve motivada porque la destrucción de los libros está íntimamente ligada a la represión de la libertad de expresión, porque normalmente limitaba a los grupos marginados que buscaban alzarse contra sus opresores por medio de la palabra. La diferencia fundamental es que la quema de libros de la FIL Guadalajara, por parte de activistas feministas, consistió en un grupo vulnerable que contribuyó a detener la propagación de discursos de odio hacia otro sector históricamente relegado de la sociedad: la comunidad LGBTTTI+. Al final de cuentas, los libros que promueven las terapias de conversión son métodos de represión camuflados en pseudociencia que pretenden descalificar la identidad de un grupo de personas. ¿Es entonces un atentado contra la libertad de expresión el acto de quemar este tipo de libros? ¿O lo es más el permitir que en la Feria Internacional del Libro más importante de habla hispana se distribuyan tan fácilmente textos que reprimen a una comunidad que, a lo largo de la historia, ha existido al margen de la sociedad?

En la discusión entra, sin dudas, la paradoja de la intolerancia que enunciara el filósofo austríaco Karl Popper en La sociedad abierta y sus enemigos: “La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia […] Tenemos, por tanto, que reclamar, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar la intolerancia”. Esto quiere decir que una tolerancia absoluta, que incluye, por supuesto, manifestaciones de odio tales como racismo, homofobia y misoginia, llevaría inevitablemente a su autodestrucción. Por lo tanto, una sociedad ideal sería aquella en la que no se tolerara la intolerancia. La intolerancia no necesariamente se expresa a través de violencia física, sino también de la negación de la existencia y diversidad de ciertos grupos humanos o de intentos por desaparecer esta diversidad. Por más que los libros que alientan las terapias de conversión luzcan inofensivos para muchas personas, esconden entre líneas un profundo desdén por el ya mencionado sector social y el deseo de que desaparezca.

A pesar de que muchos de los autores de estos textos buscan justificación en múltiples religiones para predicar su mensaje y denunciar censura cuando no se les permite divulgarlo al ser considerado perjudicial para algunas minorías, lo cierto es que la libertad de expresión es aquella que, según el artículo sexto de la Constitución Mexicana, no representa un ataque a la moral, a la vida privada o a los derechos de terceros, provoque algún delito o perturbe el orden público. Cualquier otra cosa es un discurso de odio. Ahora bien, lo que seguramente alguien por ahí debatirá es si la comunidad LGBTTTI+ atenta contra la moral de algún grupo en específico, sobre todo de carácter religioso, pero un atentado a la moral sería no permitir que este grupo profese en libertad sus propias creencias: este no es el caso. Por eso las activistas feministas no quemaron una Biblia, por ejemplo, sino que quemaron Psico-Terapia Pastoral, de Juan Manuel Rodríguez y Misael Ramírez, obra que utiliza como pretexto una creencia religiosa como lo es el cristianismo para propagar un discurso de odio. Espero que la diferencia entre este discurso y la libertad de expresión haya quedado un poco más clara con la explicación anterior.

Otro de los casos polémicos más recientes es el de la exhibición del cuadro del pintor chiapaneco Fabián Cháirez, La Revolución, que muestra una representación feminizada de Emiliano Zapata y es parte de la exposición Emiliano. Zapata después de Zapata en el Palacio de Bellas Artes. El artista pintó de esta forma al caudillo para plasmar la resistencia de la comunidad LGBTTTI+ y una nueva revolución, lo cual fue duramente criticado por la Unión Nacional de Trabajadores Agrícola, grupo que, al parecer, considera que lo femenino es un insulto. La imagen del personaje es otro caso de sacralización de un objeto al que, en este caso, se le atribuyen características viriles como marca inequívoca de valor y heroísmo. Al considerar que esta pieza no debería exponerse y (sí, adivinaron) debería quemarse, el grupo de intolerantes manifestó también un deseo por ocultar toda muestra de homosexualidad y femineidad que el pintor quiso expresar en su obra por medio de un personaje público. Cháirez ejerció su libertad de expresión, pues no dañó la moral o la vida privada de nadie al reinventar a un personaje público cuya imagen en los libros de historia no sufrirá modificaciones. Quienes sí atentaron contra los derechos de una comunidad fueron los miembros del grupo de campesinos que agarraron a golpes e insultos a los activistas LGBTTTI+ que se dieron cita en el Palacio de Bellas Artes para defender una obra con la que se sentían representados.

Una de las acciones que considero han sido fundamentales para el feminismo actual y otras formas de activismo es la resignificación, tanto de espacios como de acciones y de conceptos. El feminismo se ha apropiado, por ejemplo, del concepto de “bruja”, utilizado para designar de manera ofensiva a mujeres con grandes conocimientos que, al ser consideradas como una amenaza para sus comunidades, eran quemadas vivas. Al grito de “somos malas, podemos ser peores”, el movimiento feminista se ha abierto paso para decir que se ha acabado la época de ser buenas víctimas y, así, se ha cambiado el valor del papel que las mujeres tienen en la vida pública. Pintar el monumento que el patriarcado nombró Ángel de la Independencia, aun cuando representa a una Victoria Alada, hizo visible un país en el que gobierna la impunidad y, de paso, le devolvió su nombre arrebatado a la columna de Independencia. Se han resignificado incluso géneros musicales que, se pensaba, eran machistas por definición como el reggaetón y el rap, ahora hay decenas de artistas y agrupaciones que cantan sobre feminismo en estos ritmos. Por último, la quema de libros de la FIL le otorgó un nuevo significado a esta práctica simplemente por el hecho de que viene de un grupo oprimido y se dirige a uno opresor, y esa es una cuestión que no se puede pasar por alto cuando se hable de este caso para no caer en falacias como el “racismo a la inversa” o “el feminismo es lo mismo que el machismo, pero al revés”, por favor.

Si el movimiento feminista ha logrado resignificar el propósito de monumentos icónicos a lo largo del país, no entiendo por qué no debería fomentar una quema de libros, no con el afán de limitar la libertad de expresión, sino con la intención de evitar que se sigan propagando discursos de odio hacia las minorías. Luego los más intolerantes terminan golpeando activistas por haber visto a Emiliano Zapata en tacones. Así las cosas.

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